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Archive for the ‘FELICIDAD’ Category

Durante mi niñez, mis padres acostumbraban amonestarnos diciendo: «El tiempo perdido lo lloran los santos.» De adolescente, escuché otra que dice «El tiempo es oro, no lo malgastes.» Iniciando mi adultez una muy adaptada a ese tiempo: «El tiempo es un recurso no renovable.» Iniciando mi tercera edad leí con especial interés dos de las más acertadas, una objetiva y otra de índole espiritual. De estas últimas he verificado su efectividad: «El tiempo castiga duramente a quienes no lo toman en cuenta.» y «El tiempo de Dios es perfecto.»

¿Qué quisieron decir quienes crearon estas admoniciones?

¿Qué significaba para ellos el tiempo?

¿A cual tiempo se referían?

No es fácil adivinarlo. Como casi todos los conceptos, el del tiempo tiene mucho de abstracción y nuestra razón nos hace especulativos. Sin que esto represente invadir campos filosóficos, considero que esa ciencia es autónoma y pantónoma, por lo cual alejado de todo academicismo o terminología complicada, debo manifestar mi criterio, en lenguaje llano, sobre este tema y su trascendencia para el hombre común.

Continuamente y con un dejo de resignación, escuchamos exclamaciones como éstas: Mi problema es el tiempo; no tengo tiempo ni para comer; lo siento, no te llamé porque no tuve tiempo; no tengo tiempo para leer; mi problema es que me falta tiempo para todo.» En tales situaciones, un individuo normal que conoce del tiempo lo que le han dicho desde que tuvo uso de razón, sin explicarle realmente qué era, atosigado por las admoniciones del comienzo y salvo las dos últimas, incorpora a su alma otro elemento de temor que se concreta en que siempre estará corriendo detrás del tiempo sin poder alcanzarlo, no tiene otra opción que analizar qué es el tiempo, para qué sirve y cómo debe manejarlo en función de vivir una vida plena.

Para mí, el tiempo es una entelequia. Un invento del hombre en la vía de procurarse problemas. ¿A quién se le ocurrió la idea de que existía el tiempo? No lo sé, ni siquiera me interesa conocerlo; hace años que no me preocupa. Simplemente, es algo que sólo conozco como el tiempo,»esclavos del tiempo»; categoría en la cual incluyo a la mayoría de mis congéneres. ya que uso reloj, los calendarios y continuamente observo los

En mi criterio, sin relojes ni calendarios perdería toda vigencia ese factor de perturbación para las mayorías denominado «tiempo» y seguramente todos seríamos más felices. No obstante, como hasta yo de alguna manera soy afectado por el, me corresponde tratar sobre el tema. Así, como ser humano, vivo sin asignarle mucha seriedad a las supuestas veinticuatro horas de cada día, cada mes de cada año. Sin embargo, religiosamente un «día» específico del «año», quienes me aman se reúnen para recordarme con cantos, abrazos, besos, palmaditas, chistes, torta y demás elementos de engorde, que he avanzado un «año» más hacia la muerte, conforme al «tiempo» promedio de vida de un ser humano.

Aprovecho esa oportunidad para comer y beber por cuenta de los demás; especialmente me siento bien porque allí no hablan de su tiempo, que es algo tan patético por los problemas que les crea, sino que hablan del que me falta para morirme y como hace muchos años que eso no me da ni frío ni calor, porque no se cómo ni cuando llegará, entonces realmente ratifico cómo sería la vida si no existiera el tiempo.

Esa sensación es pasajera, porque nunca falta alguien que diga: «… me tengo que ir porque comienzo a trabajar en una hora.» ¿Abrase visto tamaño dislate y mayor aguafiestas? ¿Cómo es posible que alguien racional abandone una fiesta donde hay comida, bebida, amigos, alegría y amor desbordante, para trabajar, realizando desgaste físico y mental, para recibir una injusta remuneración para que otro se enriquezca? Al menos yo, eso no lo entiendo. Comprendería que alguien deje de trabajar para disfrutar de una fiesta, pero no lo primero.

Eso de que el tiempo es oro, lo entendería si se considera que la vida es nuestro mayor tesoro y la mayoría del tiempo la dedicamos a vivir intensamente, pero no para acumular riqueza que sólo produce bienes materiales, cuales está probado que no aporta por si sola felicidad.

En cuanto a que «el tiempo perdido lo lloran los santos», como no conozco ningún santo, pero menos llorando, ciertamente no tengo idea al respecto; me entristece ver llorar, a no ser que los santos lloren diferente.

Que «el tiempo es un recurso no renovable» lo entiendo como el hecho de que ningún evento puede repetirse, por eso disfruto intensamente lo que hago, porque sé que como el agua en el cauce del río, nunca regresará.

Respecto de que «el tiempo castiga duramente a quienes no lo toman en cuenta», su aplicación me ha producido increíbles resultados, ya que si soy diligente y hago lo que me corresponde con eficiencia y oportunamente pero no logro mi objetivo, no me preocupo, sé que después, sin importar cuando, su resultado me beneficiará, si fuere eso lo conveniente para mi felicidad.

Finalmente, aquello de que «El tiempo de Dios es perfecto», dada mi interpretación personal de esta máxima, como lo expondré en la próxima entrega, no tengo duda que el supuesto «tiempo», en su acepción positiva, si es que la hubiere, por devenir de Dios, tiene que ser perfecto…

Prógima Entrega: EL TIEMPO II

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 Aún frescos los recuerdos de la muerte de Benazir Bhutto; la frustración por el fracaso del canje humanitario con las FARC; el trinfo del «NO» en el Referendum para la Reforma Constitucional y la entrada en vigencia de la Ley de Aministía para los presos políticos venezolanos; más allá de estas emociones disímiles, en nuestra alma y en una parte indeterminable de nuestra espina dorsal, sentimos un arañazo, y no podemos ocultarlo.

Son las garras de una realidad que nosotros mismos hemos fabricado, es un vacío profundo… permanente, agazapado en el ombligo del alma, alimentando el sentimiento de que, en algún recodo del camino de nuestro desarrollo social reciente, se nos quedó una parte de solidaridad, consecuencia, consideración, aceptación e… idilio, con ese mínimo de magia que hizo de la vida de nuestros progenitores una época romántica, confortable, segura, de paz… buena para la vida.

Ese sentimiento de pérdida presente en el alma, choca con nuestra naturaleza integral, que por estar conformada por cuerpo, alma y espíritu nos hace diferentes a cualquier otro ser vivo y dotados de inteligencia, lo que nos convierte en el ser vivo más acabado sobre la Tierra.

Frente a esos vacíos en el alma, intuimos su origen más allá de nuestro cuerpo físico, o el paisaje geográfico en el que hacemos nuestra vida cotidiana, porque sentimos que nace de nuestro propio comportamiento individual y colectivo. Esa certeza nos hace reflexionar sobre los valores y principios que deben regir nuestra vida como hormigas de una misma cueva, en la búsqueda de su mejor calidad más que el mero hecho de sobrevivir.

Como consecuencia nos preguntamos:

¿Acaso habremos permitido que nuestros valores, que pueden ser cambiantes de acuerdo a la época, el espacio, la evolución y el desarrollo social, hayan privado sobre nuestros principios fundamentales de vida que deberían ser permanentes e innegociables?

Si eso es así, en ello pudiera estar la respuesta, que al conocerla convierte el problema en un asunto por resolver, el cual, gracias a nuestra herencia divina que nos hizo pensantes, racionales e inteligentes estamos en capacidad de solucionar. Sólo requerimos de voluntad para emprender, actitud positiva para avanzar y aptitud para la aplicación de los correctivos necesarios; para lo cual disponemos de las múltiples herramientas de las cuales dentro de nosotros mismos fuimos dotados por Dios.

Todo nos lleva a considerarlo como un asunto de jerarquía. Entonces debemos determinar prioridades entre las circunstancias de nuestra vida, como familia, carrera profesional o actividad laboral, poder o representatividad, fama y riqueza. Cada una tiene su importancia como sentimientos, esperanzas y ambiciones, conforme al lugar donde le ubiquemos.

Es su jerarquía individual lo que determinará la incidencia en nuestra felicidad integral, cual será proporcional al nivel de importancia que demos a cada uno de esos aspectos, por tomar el principal que es la familia, con sus colaterales amor de pareja, solidaridad, respeto y sexo, por nombrar algunos, son realmente fáciles de ordenar jerárquicamente en función de la felicidad integral; entre otras cosas porque responden a principios fundamentales innegociables y valores humanos con vocación de permanencia. Pero además funcionan y hacen la diferencia entre las personas felices y las que no lo son.

Algunos otros elementos a decidir, que son menos definitivos y proclives a la vanidad o banalidad humana, como el poder, la fama, la riqueza, la belleza, ciertamente requieren de sabiduría más que de conocimiento, para ubicarlos debidamente con respecto a nuestras ambiciones en la vía de lograr una felicidad integral.

Seguramente, si rescatamos esos valores humanos, si nos aferramos a esos principios de vida recta y consecuente con nuestra condición de entes especiales, diseñados a imagen y semejanza de Dios, la cual permitió a nuestros padres, y de alguna manera a nosotros mismos en nuestros primeros años, sentirnos plenos espiritual y materialmente, al ordenarlos lograremos llenar esos vacíos que hoy nos dificultan reconciliarnos con nosotros mismos y sentirnos plenos.

Esos vacíos existenciales también son fuente abundante del peor mal del nuevo Siglo: el estrés, que a su vez se convierte en factor de origen de la mayoría de nuestras enfermedades físicas, mentales y psíquicas, entre las cuales las más graves pudieran ser precisamente aquellas que afectan nuestra alma, para las cuales no tenemos medicina conocida, porque no se satisface con cosas materiales o tangibles, ya que nacen, crecen y se reproducen en nuestra espiritualidad, creando insatisfacción, hastío, aburrimiento y… frustración.

Todo lo cual sólo puede ser combatido y vencido con el crecimiento espiritual, que nos eleva por sobre nuestra propia naturaleza originaria, para sentir amor, solidaridad, compasión, respeto, ternura y aceptación para todos y cada uno de nuestros congéneres, en esta madre Tierra que Dios nos dio como herencia.

Próxima Entrega: TIEMPO DE AMAR

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Alguien me preguntó si yo creía que podíamos amar a varias personas al mismo tiempo y con la misma intensidad. En principio le respondí que me parecía difícil, pero luego rebobinando mi propia vida, tuve que corregir rápidamente. Aunque de sentimientos tan personales como el amor no debería generalizarse, creo que sobre mis vivencias  si que puedo hablar sin temor a cometer errores.

En el mundo de mi vida diaria amé, sigo amando y creo que amaré toda mi vida. Personalmente, no concibo la vida de un ser racional sin el amor, pero menos aún el logro de la felicidad personal.  Al menos lo que yo considero que es la vida, como nuestra realización material y espiritual, que se concreta en disfrutar plenamente de las personas y  las cosas que nos rodean.

En verdad, creo que hasta que tuve uso de razón mi mayor concentración de amor lo fue en mi madre. Cuando adquirí raciocinio amé además a otras personas como mis hermanos, mis amigos y algunos de mis maestros. Ya de adulto, amé con pasión de varón a una mujer lo cual continúo haciendo, sólo que adicionando una permanente solidaridad y comunión integral.

Desde mi espiritualidad, sin duda amo a Dios porque me hizo  capaz de entender todo mi potencial así como mis propias limitaciones y siento que siempre me acompaña.  Amo además los valores como la verdad, la solidaridad, la aceptación, la libertad, la caridad, la fe, el optimismo  y la esperanza, porque me hacen sentir por encima de esa tendencia tan natural a las miserias humanas, contra las cuales tenemos que luchar todos los días.

Aunque parezca raro, amo al amor y lo amo tanto que lo confundo con Dios, quizás  porque me hace sentir que ciertamente soy su hijo.

Amo el amor, porque me da fuerzas suficientes para no sentir temor, soledad, tristeza, odio ni envidia. El amor cura mi alma en todo momento, pero también me hace perdonar y olvidar  cualquier agravio por grave que fuere.

Amo el amor, porque gracias a él puedo expresar todo ese torrente de emociones que me embarga cuando siento a mi lado a esa inigualable compañera de viaje largo, que después de treinta y ocho años todavía me mueve el piso, haciéndome olvidar los sesenta y seis años que he vivido. Es el sentimiento del amor que me permite sentir esa especial ternura y plenitud cuando abrazo a mis hijos, a mis nietos o  a cualquier niño que tomo entre mis brazos.

Por el amor vivo y he vivido mis más intensas emociones, pero también me induce a tratar de compartirlas con mis semejantes, sin distinción de ningún género.

Pienso que el amor va más allá de una experiencia, es todo un mundo de sensaciones y sentimientos. Su representación es tan variada que pudiera ser infinita, porque sólo la limitamos nosotros mismos.

No es cierto que amemos más a nuestra familia o a nuestros seres más allegados que a las demás personas. No, no es así. Lo que sucede es que amamos lo que conocemos y nos es inmediato. Pero nuestra capacidad de amar es tan grande que podemos amar hasta lo que ya murió o no ha nacido.

Por eso nuestros ojos se llenan de lágrimas cuando leemos las hermosas historias de los amores nunca realizados,  o de los perdidos, porque aún existiendo en el corazón de los actores nunca llegó a concretarse; o  de los sueños no realizados no obstante los mayores esfuerzos, que se sucedieron cientos o miles de años atrás, pero nuestro llanto es, precisamente,  porque en este momento… los amamos.

Por eso rechinan nuestros dientes de rabia, cuando leemos las grandes injusticias que se cometieron en el pasado con personas buenas que nunca conocimos y que sin duda, en este momento… las amamos.

Revisando papeles viejos encontré la foto de un  querido amigo que hoy tiene ya  más de 15 años de fallecido, con quien compartí variadas experiencias de mi vida. Mi mente hizo el milagro de presentármelo como lo vi, no en su lecho de muerte sino  la última vez que en perfecto estado de salud departimos juntos. Aunque no acepto la nostalgia ni temo a la muerte, percibí un sentimiento confuso entre la tristeza, el amor y la resignación. Es ese sentimiento indefinible de ausencia que nos embarga cuando recordamos las personas queridas que ya… se fueron, pero que seguimos amando.

Al amor se debe que nuestro espíritu se sienta elevado cuando leemos los tiernos cuentos de hadas perdidos en el vientre de los sueños en esas tierras lejanas,  porque  ellos narran el amor que vence todos los obstáculos, que logra concretarse y que es… para siempre jamás.

El amor es el sustrato de nuestra vida racional; es el color, la música y el aroma que hacen nuestra vida buena sobre esta madre tierra. El amor se parece a los sueños y a…  la esperanza.

Por eso, como hijos de Dios no tenemos que preguntarnos a quien amar, ni cómo, ni cuando, ni porqué amar. Simplemente debemos amar, porque ese es nuestro destino; a eso vinimos a esta tierra y mientras amemos cumpliremos el mandato divino por y para el cual fuimos concebidos. Si no lo hiciéramos estaríamos frustrando  nuestro más alto fin, traicionaríamos nuestra propia esencia y ya no podríamos considerarnos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega. VACIOS VIVENCIALES

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El enemigo más terrible a combatir en la lucha por lograr una vida feliz, definitivamente lo es el temor que según Dale Carnegie «…es una creación demoníaca del hombre.» Yo suscribo ese criterio, porque el temor inhibe de disfrutar las cosas bellas de cada día; nace y se mantiene sobre la base de los eventos negativos que podrían producirse en el futuro, con lo cual disminuye o acaba con la tranquilidad de «hoy». Por eso, para vencerlo y que no nos haga daño, debemos utilizar todo tipo de herramientas de que disponemos, cuales venturosamente son abundantes y están disponibles sin mucho esfuerzo.

Gracias a que somos la obra más acabada de Dios sobre la tierra, estamos en capacidad de vencer todos los inconvenientes que nos impidan ser felices con los recursos de que vinimos dotados y que se encuentran ubicados dentro de nosotros mismos. Así, frente al temor tenemos la herramienta valentía, que es la capacidad para imponernos frente a cualquier adversidad, y que se fortalece en ese poder derivado de nuestro origen divino, que nos permite modificar el paisaje geográfico traspasando continentes; abriendo túneles en las montañas y atravesando los mares; volar como los pájaros y como las estrellas viajar por el firmamento; y hoy, determinar el sexo y hasta el color de los ojos de un niño antes de que este nazca, dentro de otras muchas proezas, que en otros tiempos se hubieran llamado «milagros».

De igual forma, frente a la tristeza, la depresión y la desconfianza, que transforman la vida buena en algo menos que una tortura haciendo difícil lograr la felicidad, tenemos las herramientas de la fe y la confianza en Dios que acompañada de la acción y el esfuerzo, vencen cualquier situación por grave que pudiere parecer. Frente a los sentimientos frustración y fracaso, tenemos la herramienta del optimismo que nos asegura que somos capaces de superar cualquier inconveniente. Para combatir los momentos de duda, tenemos la extraordinaria arma del pensamiento positivo, hermano gemelo del optimismo, que nos reconforta y nos recuerda que como hijos de Dios, no hay ningún problema que con su ayuda no podamos resolver.

Frente a la maldad que perturba la vida y produce dolor, evitando que seamos felices, tenemos la herramienta más poderosa de la tierra: el amor que transforma el mal en bondad, que vence el egoísmo, que amansa las fieras y… cura las enfermedades.

Para enfrentar al odio que aleja la felicidad, tenemos una herramienta de origen divino que nunca falla, y cuando la utilizamos nos hace parecemos a Dios: el perdón, que acompañado por el olvido neutraliza todos sus efectos malignos del rencor, regalándonos paz, tranquilidad y la sensación maravillosa de que nos elevamos por encima de nuestra propia naturaleza.

Otra herramienta que nos hace mejores y nos ayuda a ser felices es la caridad. Esta virtud que camina de la mano de la compasión y es exclusiva del ser humano, nos permite compartir con nuestros hermanos en Dios, no solamente las cosas materiales de que disponemos, sino también aquellos sentimientos como los de la solidaridad, la aceptación y la ternura, que cuando los damos, por ser tan elevados y reconfortantes, no sabemos quien es el más beneficiado, si quien los recibe o quien los otorga.

Para utilizar eficientemente estas herramientas y algunas otras que las complementan y que en adelante iremos analizando, no requerimos ni un esfuerzo especial ni de nadie para ayudarnos, porque nacen y se desarrollan dentro de nosotros mismos, en la misma medida en que les utilizamos. Pero además, contrario al efecto del uso de las herramientas materiales como un martillo o una pala, no agotan ni consumen nuestra energía, sino que por el contrario, nos hacen más poderosos, más fuertes y más nobles, aportando a nuestra vida, en la medida de su uso, más tranquilidad, paz y plenitud, que hacen el ambiente ideal para una vida feliz.

No debo concluir esta entrega sin hablarles de algunas técnicas, más que herramientas, que de alguna manera parecieran virtuales, pero que en mi caso han sido físicamente efectivas porque materializaron muchas de las cosas que ambicioné y por las cuales trabajé con dedicación y entusiasmo, lo que me permite con toda propiedad asegurar que debidamente aplicadas son capaces de convertir los pensamientos en cosas: la visualización, la divulgación y la sensación de posesión física. Las tres por demás interesantes y sobre las cuales en estos tiempos mucho se ha escrito, por lo cual recomiendo su estudio y práctica, pero sobre las cuales por falta de espacio, al menos en esta oportunidad, no puedo extenderme.

Próxima Entrega: FANTASIA Y MAGIA

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¿Qué cuál es la diferencia entre el cuerpo y el espíritu?

Para  quienes tenemos la seguridad de nuestra espiritualidad no es difícil determinarlo. Sin embargo, para quienes se autodenominan  «materialistas» pudiera serles difícil entenderlo, porque de alguna manera tampoco es muy fácil explicarlo.

Como cuando escribo lo hago para todo tipo de lectores y no especialmente para doctos, eruditos o filósofos, trataré de analizar la diferencia así como su origen utilizando situaciones de la vida diaria. Por ejemplo, cuando alguien me pregunta de quien es mi casa o mi auto respondo que son míos. Asimismo, si alguien pregunta de quien es mi cuerpo igualmente contesto que es mío. Por lo tanto, si yo digo que mi cuerpo es mío estoy asegurando que soy un Ser diferente a mi cuerpo, de la misma manera que al decir que  mi casa o mi auto son míos estoy determinando que son entidades diferentes a mi Ser. Vale decir que yo y mi cuerpo somos entidades distintas aunque hacemos un conjunto.

Pero entonces, si yo no soy mi cuerpo ¿Realmente quien soy para poder decir que el cuerpo es mío? ¿Mío de quien? Bueno, para mi no es complicado porque estoy seguro de que soy un Ser espiritual, que usa un  cuerpo en esta vida para servirse de el físicamente, como lo hago con mi auto o mi ropa. Por eso digo «mi auto», «mi ropa» y «mi cuerpo»,  porque sé que esas cosas físicas son independientes de mi Ser espiritual.

 Tal será mi convicción, que si por alguna circunstancia amputaran a una persona un brazo, o una pierna, o ambos miembros, su Ser espiritual seguiría intacto, no se afectaría en su integridad sino que seguiría siendo el mismo Ser espiritual, independiente de cualquier sentimiento de tristeza, frustración o cualquier otra actividad sensorial o mental. Es que por su esencia  espiritual, al Ser, nada físico puede afectarlo, ni siquiera la muerte que desactiva  la totalidad del cuerpo.

En mi concepción de la vida y las cosas, esa es una  prueba de que ciertamente tenemos  un espíritu que es intangible y por lo tanto físicamente inubicable e indeterminable.

Es por razón de nuestra espiritualidad que sentimos amor, tristeza, alegría, lealtad, solidaridad, sensibilidad, porque ninguna de esas sensaciones son tangibles sino intangibles. No podemos ubicarlas  ni determinarlas en el mundo físico. Por eso no podemos mirarlas,  tocarlas,  medirlas, ni pesarlas. No precisamos dónde las sentimos, pero sí tenemos conciencia de  que las percibimos.

Un «materialista»  podría decir que son las células haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas y otros argumentos con la intención de desvirtuar la existencia del espíritu, lo cual obligaría a formular nuevas preguntas:

-¿Quién dirige la operación de las neuronas haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas, etc.?

-¿Quién les ordena cómo y cuándo deben actuar?

-¿Quién dice a quien debes amar y a quien no, o qué es bueno o malo?

-¿Quién establece la diferencia entre unos sentimientos y otros? Los sentidos no tienen capacidad para hacerlo, porque ellos solo  reciben y cumplen órdenes.

Por ejemplo, los ojos detectan  imágenes, pero no es la vista la que decide si son  bellas, agradables o desagradables. El sentido de la vista es como una cámara fotográfica: toma  imágenes y las presenta, pero la decisión de cómo afectan al individuo no es función del sentido de la vista. Decidir si son bonitas, feas,  mejores, peores, agradables o desagradables corresponde a esa otra entidad supra física que es nuestro Ser espiritual.

Es ese espíritu el canal mediante el cual Dios se comunica con nosotros, en ese lenguaje especial que sólo él y nuestro espíritu conocen y que hace llegar de diferentes maneras a nuestro intelecto, quien lo transmite a los sentidos que son su medio propio  de sensaciones,  para transformarlos en actuaciones físicas y tangibles, que hacen la diferencia en nuestra forma de vivir, inclusive en muchos casos pueden diferenciar la felicidad de la infelicidad, la vida de la muerte.

Esa concepción de espiritualidad nos permite  realizar intensamente nuestra vida terrenal; nos motiva a mirar la muerte como un paso más de nuestra existencia y no como un evento desgraciado, precisamente por  la seguridad de que nuestro Ser no terminará con ella, porque trasciende el cuerpo físico en su  camino de superaciòn espiritual.

 La concepción de espiritualidad y  la seguridad de que por conformar una unidad con Dios, cuando llegue el momento de dejar este cuerpo ascenderemos a un plano superior, a un nuevo destino diseñado por El para nuestro progreso, nos posibilita presumir  lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay.»

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega: TEMOR VS.  FE Y CONFIANZA

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PAREJA

 

Suscribo la máxima de que «Cuando aprendemos a comunicarnos abiertamente y con sinceridad, la vida cambia». Especialmente en el caso de la pareja, para establecer una buena comunicación requiere el estar dispuestos a oír, ya que, independientemente de que en el amor los medios de comunicación pueden ser diversos, es el idioma su forma más expresiva. Fue de forma oral como se intercambiaron las primeras ideas, que se sugirió la posibilidad de la unión y en su oportunidad se solicitó la decisión. También es mediante el uso de las palabras que ratificamos los votos cuando se repite la frase más hermosa y sentida: te amo.

Una fluida comunicación orienta el camino a la sinceridad recíproca de doble vía, donde exista confianza de las partes para que el temor quede en último plano, abriendo la posibilidad de cualquier tipo de confidencia por más difícil que pudiere resultar. De hecho, no podría concebirse la relación más íntima como es la sexual sin una muy buena comunicación entre ambos participantes.

En mis entrevistas con personas que tuvieron problemas de pareja, una de las constantes fue las malas comunicaciones o la ausencia de este indispensable recurso. Primordialmente, porque cuando se producen los mal entendidos, problemas, desacuerdos o actuaciones dudosas en la pareja, como no existe la confianza y seguridad que genera la permanente y buena comunicación, el afectado entra en un proceso progresivo de desmejoramiento cual similar a una copa que se llena gota a gota llega un momento en que se rebosa, y al derramarse el líquido se hace imposible recoger su contenido íntegro.

Es que el amor conlleva comprensión, ternura, camaradería, concordia, respeto, consideración y…entrega; no puede progresar y desarrollarse por conjugar en sí mismo todas esas emociones que no se mantienen ni progresan, si mediante una buena comunicación no se ratifica que se es parte integral y no parcial de esa otra persona con quien se hace vida común. La mala comunicación entre los que se aman engendra el virus de la desconfianza, el cual se nutre con la sospecha de que no somos importantes ni prioritarios en la escena afectiva de nuestro par.

Quienes optan por vivir en pareja, lo hacen con el convencimiento de que al unir su vida con otro los convierte en una sola persona, y por tanto con una intercomunicación fluida, sincera y permanente… casi automática. Es sobre la base de esta premisa, que se presume que la pareja que no tenga una buena comunicación, le será muy difícil lograr sus dos fines principales: la permanencia y la felicidad.

¿Cómo podría alguien imaginar que dado el alto grado de afectividad que encierra la relación de pareja, pudiere mantenerse por mucho tiempo en estado de felicidad si entre ambos no existe una fluida comunicación.? ¿Dónde quedarían la ternura, la comprensión, la solidaridad, la emoción y la pasión que hacen del amor en pareja la más hermosa aventura, si su canal de expresión ideal no estuviere presente y activo?

Son las parejas bien comunicadas la piedra angular sobre la cual se establecen las comunidades que producen los mejores ciudadanos, y hacen a los países buenos para la mayor felicidad de sus habitantes. No puede racionalmente concebirse un país próspero y bueno para la vida de sus ciudadanos, donde las parejas y las familias no tengan capacidad para comunicarse de manera fluida y gratificante, porque ya no podría denominársele nación. En todo caso, sería lo más parecido a la… Torre de Babel.

En una oportunidad y por causa de una de nuestras conferencias, alguien preguntó: ¿Si todo lo que usted ha dicho es obvio, por que es tan difícil de admitir, y sobre todo… de realizar? Precisamente porque ES OBVIO; y cuando las soluciones son obvias, extrañamente no las consideramos importantes, o simplemente… no las advertimos.

Procede observar que no realizamos ningún esfuerzo personal para nacer; luego, para nuestra subsistencia física durante la niñez y adolescencia, si no nos la proporcionan nuestros padres o el Estado, la naturaleza se encarga de hacerlo con esa variedad de productos y elementos que con una mediana diligencia, nos asegura. Asimismo, desde el punto de vista intelectual somos unos especialistas en complicarnos la vida. El mayor porcentaje de nuestro intelecto lo dedicamos a perseguir metas de enriquecimiento, poder, y otra multiplicidad de cosas materiales con la intención de sobrevivir más que de vivir intensamente, sin advertir que esas cosas materiales por sí solas de ninguna manera pueden suplirnos lo fundamental para mantener nuestra máxima aspiración: paz y felicidad.

En descargo de la población joven tan afectada por la desconfianza, debemos aceptar que esa tendencia hacia la negatividad, es producto de un cúmulo de basura mental, que por dosis progresivas, les fueron inoculando desde su más tierna edad, con especial descuido por su formación espiritual, tanto en sus hogares como en sus escuelas, donde el temor al futuro, a la tentación, al pecado, al demonio y quien sabe cuántas taras mentales más dentro de las cuales la más terrible se la endilgaron al castigo de Dios al desvirtuar su naturaleza divina y por tanto sustentada en el amor infinito a sus hijos, que lo hace padre amoroso, que no terrible y castigador…

Próxima Entrega: COMUNICACIÓN EN LA PAREJA II

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En la entrega anterior les hablé sobre los hoy científicamente comprobados efectos del perdón sobre la salud física y mental de quien lo concede. Debo comentarles que investigaciones científicas muy recientes han ratificado, que en las personas enfermas de cáncer, en las cuales se logra una alta producción de endorfinas, las células buenas que se hacen fuertes, ayudan a combatir y destruir las células cancerígenas. 

Ciertamente, para mí no ha sido ninguna sorpresa; yo siempre he estado persuadido de nuestra capacidad de autocuración, a lo cual siempre he atribuido las «curas milagrosas»  de las que tantas veces hemos oído hablar. Pienso que en esos casos, de forma inconsciente logramos excitar algunos centros de nuestro cuerpo que actúan y producen ese resultado.

      Algo relevante de esos nuevos descubrimientos es que las endorfinas se producen proporcionalmente a como se encuentre nuestro estado de ánimo, y por tanto como todas las cosas trascendentes en nuestra vida, Dios nos las ubicó dentro de nosotros mismos para que no requiriésemos ningún tipo de recurso, esfuerzo o ayuda externa para lograrlas.

       La producción de estas hormonas y su consecuente beneficio sobre nuestro cuerpo y espíritu, estarán a nuestro alcance en la medida en que seamos capaces de superar los problemas que se nos presenten en nuestras vivencias diarias. Esto es: cambiar nuestro mal humor por el buen humor; la tristeza por la alegría; el resentimiento por el amor; los pensamientos negativos por los positivos; la frustración por la confianza; el desánimo por la esperanza; la rabia por la risa; el temor por la fe y la oración;  y el deseo de venganza por el perdón.

      Si logramos producir esos cambios en nuestra integralidad corporal-espiritual, las endorfinas aflorarán en abundancia y sin costo o esfuerzo alguno, para reforzar nuestro sistema inmunológico y de tal manera afianzar una buena salud integral. Creo que Jesús conocía muy bien los beneficiosos efectos del perdón sobre el ser humano, cuando aconsejaba a sus discípulos que deberían perdonar «Setenta veces Siete».

      Por tanto, mi recomendación a mis amigos lectores es que  perdonen siempre, porque esto no sólo nos pone a distancia del ofensor y le hace perder el malsano efecto por él deseado, sino que abona a nuestra salud, bienestar, paz y tranquilidad espiritual, tan necesarias para ser felices. Considero importante recordar que el perdón no exime de culpa al ofensor, sino que libera al ofendido.

       Me corresponde comentarles que existe otro apotegma que aunque muy romántico, poético y de divulgación masiva, es todo lo contrario de lo que indica su enunciado: «Amar es nunca tener que pedir perdón». Quien escribió esto, ciertamente  nunca amó, nunca mantuvo una relación personal permanente o con vocación de tal. Yo que amo intensamente y que mantengo una relación sentimental,  emocional, activa y mágica con la misma persona por más de treinta y siete años puedo darles testimonio con toda propiedad, de que es todo lo contrario: AMAR ES SIEMPRE TENER QUE PEDIR PERDON.

       Es que cuando se ama, el solicitar perdón es una de las formas más trascendentes de decir: te amo, frente a ti, frente a este sentimiento maravilloso no tengo límites; tú persona, el que tú te sientas bien es lo más importante para mì. Pero además, perdonar es un acto que solo puede ser ejercido por personas valientes, que son capaces de aceptar sus errores y reconocer las virtudes de los demás, aunque éstos los superen largamente. Ya lo decía Mahatma Gandhi:  «Perdonar  es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar.»

       Especialmente en  el mantenimiento de una relación personal tan emocional como es la de pareja, siempre estará expuesta a malas interpretaciones, actuaciones desacertadas, omisiones involuntarias y susceptibilidades a flor de piel. Por tanto, las palabras o frases como discúlpame, perdóname, lo siento, lo lamento, no quise ofenderte, te prometo que tendré más cuidado,  tienen un valor incuestionable.

      ¿Qué recurso de discusión quedaría a la otra parte frente a un error nuestro, luego que sinceramente pidamos disculpa o perdón?

       Si con humildad aceptamos que hemos actuado incorrectamente  y  solicitamos una disculpa ¿Qué mayor demostración de amor e interés por la relación que reconocer el error y solicitar perdón? ¿Quién podría negarse a concederla, máxime en el caso de una persona que convive con nosotros  y que también nos ama? ¿No fue acaso eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñó que hay que ir a reconciliarse con el hermano antes de la ofrenda? ¿No es acaso el mejor hermano quien comparte contigo todos los días de tu vida y no es acaso la mejor ofrenda el amor?

       Eso fue lo maravilloso de esa enseñanza de Jesús, la cual selló para siempre cuando, en su último momento de vida, solicitó a su padre el perdón para quienes más daño le hicieron porque terminaron con su vida, e imploró: «PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.»

             Cuántas veces en nuestra vida diaria  de pareja mal interpretamos acciones o palabras, o  no entendemos reacciones absolutamente justificadas, que luego resulta que aceptamos fueron consecuencia de una omisión o actuación involuntaria, pero errada de nuestra parte. ¿Qué sería de la relación si quien comete el acto erróneo no tuviera el valor y la nobleza de aceptar humildemente su error y solicitar la disculpa o el  perdón? Lo menos que se podría esperar sería una acumulación de sentimientos de frustración y desencanto, que cuando llegaran a su máximo extremo, al explotar,  producirían graves problemas, inclusive poner en riesgo la estabilidad familiar.

      Siendo así, en tales situaciones la actuación inteligente, solidaria y si se quiere de autoprotección, lo es precisamente la palabra salvadora de la disculpa o el perdón, acompañada del sincero propósito de enmienda, que conlleva el compromiso interno de evitar repetirlas.

       Creo muy remota la posibilidad real de mantener algún tipo de relación humana, independiente de cual fuere su rango, sin que medie la permanente disposición de, en caso de actuación errónea o inconveniente, solicitar la disculpa o el perdón. Porque de alguna manera el respeto es su hermano gemelo, y por tanto pudiera ser la forma más gráfica de demostrarlo permanentemente.

      Cuando en mi vida me he visto precisado a pedir disculpa o perdón -que han sido muchas veces- para darme valor siempre recuerdo a Jesús, cuando enseñaba: «Porque lo que hagas a los demás, eso ellos harán por tí.»

Próxima Entrega: EL SEXO DE PAREJA I

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      En una oportunidad leí que «El perdón es divino…» Suscribo en su totalidad esa máxima, porque el  hecho de perdonar a quienes nos agravian sin que nada de dolor o rencor quede en nuestro corazón y extirpando de nuestra alma todo sentimiento de frustración o revanchismo, ciertamente nos acerca a Dios y eso nos da un destello de divinidad. Es que el acto de perdonar nos eleva por encima de nuestras miserias humanas. Cuando perdonamos y olvidamos, simplemente vencemos nuestros sentimientos originarios, permitiendo que nuestra espiritualidad supere nuestro instinto natural.

      Pero la recompensa del perdón es grande porque sobreviene la tranquilidad y el sosiego, vuelve la calma y se llenan vacíos espirituales. El alma se siente superada, elevada… más limpia. Sentimos que estamos más cerca de Dios. Para Jesús el perdón era tan importante que condicionó el contacto del hombre con Dios a la práctica del perdón, cuando sentenció: «Cuando vengas a hacer una ofrenda y tengas problema pendiente con tu hermano, anda primero y arréglalo y luego ven a  hacer tu ofrenda.» Como Él consideraba que el perdón limpia el alma, con esta admonición quiso decirnos que mientras no tengamos nuestra alma limpia no debemos hacer nuestra ofrenda (oración), siendo que para limpiarla simplemente debemos perdonar a quienes nos ofenden.

      Tan importante sería el perdón para Jesús que cuando enseñó la más excelsa de todas las oraciones como el Padre Nuestro, condicionó el perdón de su Padre a que a nuestra vez  perdonásemos a quienes nos ofenden, cuando dijo: «Padre nuestro (…) perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores…».  Lo cual es como decir: si yo no perdono tú no tienes porque perdonarme.

      Por otra parte, en las enseñanzas a sus Apóstoles también les decía: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.»  Y yo puedo dar testimonio de la gravedad para el agraviado de no perdonar, porque tuve la oportunidad de conocer personas que por años vivieron una vida espiritualmente miserable, por sufrir de angustias indeterminables por ellos mismos, hasta que pudieron intuir que el origen de tal estado permanente de mal ánimo, lo era precisamente el recuerdo doloroso por los agravios recibidos. Al identificar el problema perdonaron con el firme propósito de olvidar y el remedio fue efectivo: volvió la calma a su alma y mejoró substancialmente  su estado de ánimo.

      La misma situación de angustia y desasosiego se da en el ser humano que estando consciente de que ha cometido errores, actuaciones u omisiones que han causado daño a otras personas, no se perdonan a sí mismos. En estos casos, luego de reconocerlo, meditarlo y procesarlo, al perdonarnos nos elevamos por encima de nuestra propia materialidad, nos acercamos a Dios y sentimos otra vez nuestra alma limpia y la recompensa es la tranquilidad espiritual, que es el mejor remedio para eliminar la angustia.

      Es que perdonar es amar y amarse, y conviene recordar que «Sólo el amor puede vencer el odio.»  No deberíamos olvidar que fue por amor que fuimos diseñados por Dios y por amor engendrados y concebidos por nuestros padres.

      Considero que algunos paradigmas muy comunes lo único que han hecho es producir problemas. Por ejemplo, aquel de que «Hay ofensas tan graves que no se pueden perdonar»  Siempre me ha parecido muy emocional pero  nada inteligente ni práctico, o por lo menos nada beneficioso al agraviado. En principio el mayor efecto dañoso del agravio se produce en la misma medida en que el agraviado lo recuerde.  Por tanto, mientras el ofendido recuerde el agravio, sufrirá por ese ingrato recuerdo,  con el agravante de que pudiera ser que el ofensor ya ni siquiera recuerde el evento dañoso.

      Mientras no se olvide el agravio se estará trabajando a favor del agraviante, ayudándole a lograr mejor su objetivo: producir sufrimiento; y para evitar ese dolor la mejor solución es perdonar y… olvidar. Cuando se logra olvidar y perdonar, simplemente se gana la partida porque pierde su efecto el daño y el agraviado se  pone fuera del alcance del adversario, al constituirse el perdón en una solución liberatoria.

      Como lo escribiera Francoise de La Rochefocauld:  «Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos.»

       Con absoluta certeza debo referirles que la sed de venganza y el desasosiego que produce el recuerdo del agravio cuando no ha sido perdonado, afecta gravemente nuestro cuerpo físico. Hoy ya no es una especulación sin base científica, el que cuando estamos llenos de rencor nuestra química corporal se altera y nos produce un estado neurótico, que nos hace más vulnerables al desmejoramiento de nuestra salud física y psíquica.

      El estado mental que produce el recordar el agravio por no haberlo perdonado, nos convierte en receptores de estrés y como consecuencia, en  una fuente generadora de enfermedades, disminuyendo nuestra capacidad de disfrutar de las cosas hermosas que existen en el ambiente que nos rodea, y que hacen agradables y confortables todos los días de nuestra vida.

      Por otra parte, descubrimientos científicos en los últimos veinticinco años del Siglo pasado, nos han demostrado la capacidad de nuestro cuerpo de generar hormonas beneficiosas a nuestra salud física, tales como las endorfinas y las feromonas,  cuales únicamente surgen y se desarrollan cuando nuestro estado de animo está en su mejor momento, como en ocasiones de alegría y en la práctica de los deportes. Las primeras, conforme al criterio de los doctores Guillemín y Huges (1975) son «moléculas polipeptídicas, en realidad drogas que segrega el cerebro», las cuales tienen un efecto inmediato y casi mágico sobre el carácter del ser humano, e inclusive en el dolor en su parte física.

      Dentro de los beneficios de esas hormonas podemos asegurar que son extraordinariamente positivas en el mantenimiento de la lozanía de la piel y el sistema capilar, así como que en estados mórbidos graves como en el caso de células cancerígenas, estas hormonas contribuyen a reforzar las células sanas que al final pueden destruir las enfermas…

Próxima Entrega: EFECTOS POSITIVOS DEL PERDON (PARTE II)

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hombre-pensando-iii.jpgEn la entrega anterior nos quejábamos de esa sociedad desarrollista en que vivimos, a la cual hemos permitido que nos condicione en esa supuesta necesidad de acumular bienes materiales, que en el fondo no es más que el efecto de esos otros sentimientos que no trajimos con nosotros en nuestro advenimiento a este planeta, sino que aquí aprendimos y que nos producen sensaciones de inseguridad y desesperanza que pretendemos controlar con la errada convicción de que, disponiendo de mayor cantidad de riqueza o poder nos blindamos frente a los males de ese mismo medio ambiente que cuando niños nos entusiasmaba conocer y explorar, pero que hoy por haber perdido nuestra espontaneidad y haber inventado el temor, observamos con recelo y desconfianza.

      Pero eso no significa que no podamos enderezar el rumbo, o volver a rescatar algo de lo que se nos quedó atrás. Por virtud de nuestra propia naturaleza, somos el ser vivo más adaptable que ha pisado esta madre tierra. Tenemos la capacidad de mover montañas, dividir continentes, subir al cielo e inspeccionar los más profundos abismos marinos.

      ¿Quién podría convencernos de que no podemos enderezar nuestra vida?

      Nadie tiene ese poder. Ya lo dijo Jesús hace dos mil años, que únicamente requeríamos fe como el tamaño de una semilla de mostaza para lograr el éxito, y el devenir de la historia y sus acontecimientos nos han ratificado las palabras de ese hijo predilecto de Dios.

      Comenzaremos con el acto más valiente de un ser humano: luchar contra sí mismo, imponiéndose a sus errores y desaciertos venciendo su propia adicción a las ficciones engañosas. Enfrentando un ambiente cargado de conceptos y paradigmas comunes pero erróneos y desacertados, por cuya causa hemos perdido una buena parte de nuestra perspectiva de la realidad.

      Aceptaremos que algunas cosas no las hemos hecho muy bien y hasta que otras las hemos hecho peor. Aplicaremos nuestra extraordinaria capacidad para enmendar. Volveremos a apreciarnos como seres humanos, nosotros mismos y a las personas que amamos, en el largo pero interesante camino de la vida que aún nos queda por recorrer.

      Lucharemos contra esos anti valores que como bacterias han inundado nuestros espacios, para robarnos buena parte de nuestra propia individualidad. Nos ayudaremos recordando que tenemos un pequeño mundo que es nuestro, conformado por esas personas de nuestro entorno íntimo que tanto amamos, que con nosotros hacen causa común, luchando por sobrevivir dentro de un gran mundo que es ajeno y algunas veces adverso.

      Defenderemos con gallardía la necesidad de satisfacer ese pequeño mundo nuestro, para luego atender los requerimientos del otro gran mundo del cual también formamos parte, pero… que es ajeno. De forma definitiva nos sinceraremos con nosotros mismos y nuestro entorno inmediato, defendiendo lo que queremos ser, que concreta nuestra identidad personal conformada en ese pequeño gran mundo propio e íntimo, sin importar que choque con los convencionalismos sociales que rigen ese otro gran mundo… que no es nuestro.

      Tenemos que ser y actuar como somos, con nuestros propios valores, sentimientos e identidad, pero no como lo deseen o nos quieran ver los demás. Seremos consecuentes con nuestro propio pensamiento, tomando consciencia de que tenemos una sola vida, que es muy corta y que debemos vivir  intensamente, porque no volveremos a repetirla.

      Recordaremos que somos nosotros y nadie más quienes podemos hacernos felices… o infelices. Liberaremos aunque sea por poco tiempo al niño que tenemos retenido adentro hace tantos años, y él, que nunca llegó a contaminarse nos señalará el camino. Aunque sea por un momento debemos olvidar, y si se quiere rechazar los mecanismos de defensa que nos hemos creado para evitar que alguien pueda herirnos, que se reflejan en nuestra diaria forma de actuar.

      Como los niños ignoraremos el riesgo. Aprenderemos otra vez a llorar y… lloraremos. Nuestras lágrimas después de tanto tiempo mostrarán un pedacito de un alma sensible y buena que no hemos perdido. Porque si queremos recuperar nuestra felicidad tenemos que hacer un stop en el camino, un espacio en la jornada. Regalarnos la posibilidad de intentar volver a comportarnos aunque sea por poco tiempo, otra vez como… niños.

      Dibujar el mundo a nuestra conveniencia y colorearlo con sueños multicolores, aunque tengamos que pedir prestado… el arcoíris.

      Como niños saldremos corriendo de nuestra habitación y nos colgaremos del cuello de la persona que más amamos… sin cuidar que piensa de nosotros, ni interesarnos en lo que sienta. Mancharemos su vestido o su camisa. Meteremos el dedo en su postre y lo comeremos sin pensar en nada… sólo en comerlo y disfrutarlo. Sorberemos su leche, o su café, o su sopa, fría o caliente… no importa.

      Diremos te amo, aunque no nos oigan o entiendan que lo decimos, eso… no importa. Gritaremos si algo no nos gusta y brincaremos de alegría sobre el colchón de la cama, si nos dan lo que deseamos. Sacaremos la lengua al vecino y sonreiremos al hombre que corta el pasto. Vestiremos de colores, aunque no combine nuestro atuendo.

      Usaremos esas pijamas que hace tiempo que no usamos, porque sabemos que sólo a nosotros nos gustan. Fingiremos que estamos dormidos o…enfermos, para dejar un día de trabajar o ir a la escuela. Caminaremos descalzos por la casa y a ser posible por el patio, y salpicaremos todo con el agua de la lluvia.

      En verdad, escaparemos por veinticuatro horas de esa realidad impuesta, que pretende ignorar que antes de todo somos… seres humanos y no máquinas o fríos e inmutables guarismos. Gritaremos que somos imperfectos, pero perfectibles; que necesitamos amar y ser amados, aunque a veces no lo hagamos muy bien; que no queremos ser tenidos como objetos, sino como sujetos, dignos de amor, de aceptación, de comprensión y decuidado.

      Nos regalaremos este espacio de tiempo en el anchuroso mundo de nuestra corta, pero interesante vida; en un paréntesis sobre el lomo del tiempo, detrás de la sombra del pasado y tomados de las manos del hoy, para regodearnos en lo inmenso de nuestra capacidad de disfrutar, de olvidar, de ser mejores, de amar y ser amados como lo que somos, como lo que nunca dejaremos de ser… niños

      Próxima Entrega: UN STOP EN EL CAMINO -Parte III

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La historia nos ha enseñado que Dios siempre ha provisto nuestras necesidades. ¿Por qué preocuparse entonces por ellas? ¿No se comportan la salud, el bienestar y la vida en general, conforme a nuestra manera de actuar y nuestro estado de ánimo? Pues bien, no tengo duda que ninguno de los supuestos “males” con los cuales desde que nacemos nos asustan, no tienen poder sobre los valientes, que son aquellos quienes tienen fe en Dios, confianza en si mismos, optimismo en el resultado de sus actos, amor por sus semejantes y la seguridad de que esta vida es bella, porque es el máximo regalo que Dios obsequió a sus hijos.

Debo por tanto insistir en que los temores a las incidencias de la vida y sus eventos, especialmente aquellos futuros e inciertos, no son más que un invento o “creación demoníaca” de quienes ignoran su propio potencial personal, carentes de optimismo y fe, porque fueron alimentados por su entorno íntimo desde su más tierna edad, con la bien intencionada pero errada premisa, de que toda esa carga de negatividad, les estaba creando mecanismos de defensa que preservarían su vida, en un mundo supuestamente peligroso y agresivo.

Sin duda, estas personas ignoraron siempre las maravillosas e inigualables condiciones y recursos de que este globo terráqueo dispone para nuestro disfrute, así como nuestra capacidad para asimilarlos como seres hechos a imagen y semejanza de Dios, con potencialidad casi inagotable para convertir los problemas en… asuntos por resolver; cuya solución por cierto, no tiene siempre porqué ser desagradable, porque entre otros aspectos, nos prepara para una vida… mejor.

En tal situación es imperativo destruir esos paradigmas y etiquetas negativas, que pudieran haber sido diseñadas con la intención de prepararnos para sobrevivir en un mundo supuestamente ingrato y problemático, lo cual por cierto es todo lo contrario de la realidad, porque este inconmensurable mundo sólo es ingrato y problemático para aquellos que viven bajo la oscuridad del miedo, que es una ficción que se alimenta de la predisposición a los pensamientos negativos, de la falta de confianza y fe en las fuerza universales que rigen el mundo y en nosotros mismos, porque para los valientes -aquellos que vencen el miedo- vivir y no sobrevivir es una experiencia extraordinaria. Tanto, que harían cualquier cosa para no perdérsela, y es por esto que bajo ninguna circunstancia desean… morir.

Determinado que formamos parte del equipo de los positivos y que preferimos vivir a sobrevivir, nos corresponde crear nuevos mecanismos que nos dispongan a experimentar una existencia grata, en un mundo lleno de hermosos paisajes, recursos y oportunidades sin límite; sustituyendo los viejos modelos por el optimismo y la fe en nuestra capacidad y potencialidad para vivir intensamente en cada instante de nuestras vidas, todas esas bendiciones que Dios puso sobre esta madre tierra para ser vividas, que no para sobrevivirlas, porque para esto último no requerimos nuestra privilegiada inteligencia. De la sobrevivencia física se encarga nuestro instinto natural.

De tal manera, como es cierto que depende de nosotros el poner a nuestro favor las eventualidades de nuestra existencia diaria; si el color de nuestra vida lo será conforme a nuestra propia óptica; si el noventa por ciento de la trascendencia de cualquier evento, con respecto a nuestra vida, lo es como nosotros lo interpretemos; si el más minúsculo acontecimiento, como una actitud, una palabra, una sonrisa o un gesto, pueden cambiar nuestro destino conforme a como lo interpretemos, asimilemos o pongamos a nuestro favor… entonces:

¿De qué deberemos temer?

¿No es acaso el temor una ficción creada por nuestra mente respecto de lo que podría o no suceder en cada caso u oportunidad?

¿No hemos aceptado que el espacio de tiempo entre un evento y otro es infinitesimal, y en consecuencia no existe posibilidad cierta de predecir con exactitud cuál será el resultado final?

¿No fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y por tanto con la mayor capacidad intelectiva sobre este planeta?

¿Qué debe suceder para convencernos que somos un pedacito de Dios… no importa cuál, pero un pedacito de Dios, y Dios… lo puede todo?

¿A qué esperar?

Hemos perdido demasiado tiempo. No lo pensemos más. Esta es la hora de hacerlo. Tomemos estas herramientas y combatamos el temor. Digámosle sí al optimismo, a la fe, a la ventura, a la felicidad; porque si luchamos y vencemos el temor –de lo cual no debemos tener duda- porque como alguien lo escribiera: “Estamos inevitablemente condenados a ser felices” Creo que una buena manera de no olvidar estas verdades, es recordando la infinidad de veces que en nuestra vida temimos que algo podría llegar a acontecernos y ciertamente nunca sucedió.

Nos conviene recordar las muchas oportunidades que temimos que un evento desagradable que nos ocurría era lo peor que podía pasarnos, pero años después entendimos que ese suceso sólo había sido un paso necesario de dar, sin el cual seguramente hoy no disfrutaríamos de la felicidad que tenemos.

Como una demostración de que es cierto que algunos eventos cuando suceden los vemos negativos, pero con el devenir del tiempo los consideramos positivos, les ilustro sobre el comentario de un amigo quien me confesó que hace veinte cuando se divorció, pensó que había fracasado en su más importante empresa, por lo cual se sintió desolado y triste. Luego -me dijo- no he parado de dar gracias a Dios por haberme dado la lucidez para tomar esa decisión. Pero además, el considera que aquella fue uno de los actos más acertados de su vida, ya que se dio a si mismo y a su ex consorte, la oportunidad de comenzar una nueva vida que para ambos ha sido buena.

Por todo lo expuesto, aconsejo a mis lectores recordar algunas de las últimas palabras de Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyła ) dirigida a los jóvenes en su lecho de muerte el año 2005, cuando les recomendó de forma concreta, pero muy sabia: “NO TENGAN MIEDO”.

Próxima Entrega: UN STOP EN EL CAMINO- PARTE I

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