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Archive for the ‘EL ETERNO PRESENTE’ Category

A LAS PUERTAS DE LA MUERTE

Hoy fue una jornada dura para quien, como yo, vive por días y por tanto no puede permitirse ni unsegundo de tristeza, porque en mi corta vida de veinticuatro horas, no podría recuperarlo nunca.

En la TV, mostraron imágenes captadas por una cámara de amplio espectro, de los mineros chilenos que quedaron enterrados, en una mina de explotación de oro, bajo millones de toneladas de tierra, a setecientos metros de profundidad. Estaban barbudos, semidesnudos, con hambre, sed y… lágrimas en sus ojos.

Afuera madres, esposas, hijas y hermanos, cambiaban su amargo llanto hasta de hacía pocas horas, por dulces lágrimas de bendición y agradecimiento a Dios por el milagro de mantenerlos vivos.

Había seguido el proceso anterior con extraordinario dolor, compasión e impotencia, al verlos tan desvalidos, tan vulnerables, tan impotentes, tan… solos, que al conocer la noticia de su hallazgo, sentí tanta alegría como cualquiera de sus familiares.

Me sentí especialmente reconfortado cuando observé, que aún en las peores condiciones y gravemente afectados física y psicológicamente, mantenían su unidad, coraje, esperanza, y esa especial hermandad que genera el peligro común; siendo que, desde los resquicios de la muerte, tenían ánimo para gritar aquí estamos y a sus seres queridos: los amamos.

Quienes tenemos hijos o hermanos que amamos, vimos en el rostro en cada uno de estos desventurados, uno de los nuestros; de alguna manera, nos sentimos parte de ellos y si perecieran, moriría un poco de … nosotros mismos.

Esa tristeza y dolor experimentados como todo en la vida tiene una parte positiva, porque el dolor es un buen maestro al recordarnos la maravilla de no sentirlo. Quienes tenemos avanzadas edad, una labor cómoda y honesta que realizar en equipo con esa bella compañera de viaje largo; que tenemos toda mi familia viva y con riesgos infinitamente más pequeños que ellos; sentimos que todos nuestros supuestos problemas, no son más que nimiedades, comparados con esa gran tragedia de la cual algunos, pudiera ser que nunca lleguen a recuperarse totalmente.

Por eso, pido misericordia a Dios por ellos y por nosotros; para que los rescaten salvos, sanos y así todos mantengamos nuestra fe inquebrantable en su poder universal, cual es lo único capaz de darnos fortaleza espiritual frente a nuestra inmensa vulnerabilidad, en un mundo dinámico, imprevisible y donde los hombres por adquirir bienes materiales valiosos, sin considerar los riesgos, todos los días exponen la vida de sus hermanos.

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«LO IMPORTANTE NO E S CUANTO SE VIVE, SINO COMO SE VIVE»

¿Debe medirse la edad de las personas por la cantidad de años vividos o por su actitud frente a la vida?

Pienso que por lo segundo; en mi largo pero interesante camino por esta vida, he compartido con quienes acumulaban varias decenas de años, pero tenían viva su curiosidad, entusiasmo e interés por explorar nuevos proyectos; actitudes que no se compadecían con su avanzada edad cronológica, porque eran personas de juventud prolongada

Conocí también otros de treinta años, quienes por su forma de ver la vida y las cosas, su temperamento timorato, taciturno y negativo, parecían encontrarse de vuelta del final del camino, asemejando personas realmente… viejas.

En un mundo sinérgico y cambiante, no son los años vividos lo que determina la condición juvenil o diferencia los jóvenes de los viejos, sino la actitud entusiasta, curiosidad, deseo de emprender y experimentar nuevos senderos; de soñar, amar con pasión, enfrentar con valor y optimismo la cotidianidad y sus desafíos.

Sin que pueda significar que brillantes jóvenes no aporten grandes beneficios a la sociedad, de hecho, fueron personas mayores de cuarenta años, quienes haciendo valer su juventud existencial, realizaron los mayores e importantes aportes a la civilización. Pero en cada uno de estos casos, jóvenes o viejos, para nada influyó en ellos su edad cronológica, sino su actitud frente a la vida, perseverancia, diligencia y gestión, que representaban su edad existencial.

Así como la juventud genera entusiasmo, valor, curiosidad y deseos de lucha, la edad permite mirar la espalda de las cosas y sobre el pedestal de lo vivido, determinar quienes actúan como viejos y quienes como jóvenes, independientemente de cuantos inviernos hayan vivido sobre esta madre tierra.

Esa actitud vivencial, que diferencia un viejo de un joven, pude palparla cuando un sesentón por su apariencia, pero con cara alegre y risueña, respondía sobre su edad diciendo: – Me siento muy joven: tengo dieciocho años de edad y cuarenta y dos de experiencia. Sé que es posible sentirse así, aún teniendo edad avanzada, si se mantiene el convencimiento de que todo tiempo es bueno para amar, soñar, esperar de la vida, aceptando que es nuestra actitud y estado de ánimo, lo que determina como nos sentimos.

Todas las edades son malas para la tristeza e infelicidad; asimismo, todas son buenas para la buena vida que, venturosamente, depende de nuestro estado de ánimo, en su más alto porcentaje.

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AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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Hoy mantuve dos reuniones interesantes; la primera, con un activo luchador social e inscrito desde siempre en las teorías izquierdistas; la segunda, una empresaria desde el punto de vista filosófico-político, en el lado opuesto. En ambas la constante fue la preocupación por los vacíos existenciales que no logra llenar el poder, la riqueza ni la fama, que para mí responde a la necesidad de encontrar un medio para crecer espiritualmente.

Se trata del hastío de tanto materialismo que pretende imponerse frente a los principios y valores que fueron las raíces sobre las cuales cimentamos el desarrollo de familias honestas, con padres e hijos que disfrutaran de gozo, plenitud y solidaridad perdurables, pero conscientes de su importante rol individual, como guardianes de esos principios y valores, sin los cuales el hombre deja de ser importante frente al poder, la riqueza y la fama.

Quienes hemos mantenido esos principios y valores, dentro de los cuales Dios y el amor al prójimo son los principales, ni tenemos vacíos vivenciales, ni tenemos temores; porque al sentirnos hijos de Dios y por tanto imbuidos de su poder y amor, haciendo introspección del compromiso con nuestro congéneres, así como nuestra extraordinaria capacidad de adaptación a cualquier situación por muy difícil que fuere, la plenitud es tal, que no tenemos espacio para ningún vacío, porque ese coctel maravilloso compromiso-amor es demasiado dinámico, renovador y reconfortante.

No existen mecanismos de carácter externo, que divorciados de los principios y valores humanos, puedan substituir la espiritualidad de que éstos últimos están imbuidos; y como consecuencia, no son los elementos materiales como la riqueza o el poder, los que pudieran llenar esos vacíos que nacen y sólo pueden ser satisfechos por elementos intangibles como el amor, la solidaridad y el respeto por la persona humana, prioritarios frente a cualquier circunstancia económica, de poder o bienes tangibles.

Siento que se hace necesario reencontrarnos con la espiritualidad, dando oportunidad de expandir hacia el exterior ese potencial de amor y solidaridad humana, que todos tenemos como parte de nuestra herencia divina; aceptando gozosos, que nuestro espíritu prevalece frente a nuestra condición física, y por tanto es allí donde nace y se desarrolla la esencia de nuestra individualidad; y que de él depende la indispensable armonía físico-espiritual, que nos blinda frente a cualquier tentación, debilidad o adversidad, pero muy especialmente frente a esa insatisfacción angustiosa, de sentir y no saber como llenar esos vacíos… existenciales.

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Quienes tuvimos la experiencia de presenciar -aunque fuere parcialmente-  dos Milenios y dos Siglos, de alguna manera vivimos dos mundos: ninguno mejor que el otro, pero… diferentes. En este nuevo, se comienza a percibir un profundo cambio de la estructura social, utilizando como ariete el sistema económico, porque hoy más que nunca, la economía es el mecanismo idóneo para profundizar hacia la deseada justicia social global.

En un planeta con capacidad para alimentar a doce mil millones de personas, con una población por debajo de la mitad, el hecho de que más de mil doscientos millones vivan en pobreza crítica, es la mayor demostración de fracaso del modelo económico.

Los cambios a la situación social mundial son urgentes. No se puede continuar con un sistema económico en función del beneficio casi exclusivo de exiguas minorías y en desmedro del derecho natural de las grandes mayorías, a obtener la cuota parte que en justicia les corresponde para cumplir con sus necesidades, en un mundo sobradamente dotado para satisfacerlas.

Debemos asumir la grave crisis económica, política y social por la que atravesamos, pero sin temor; los cambios son incómodos, pero propios de los acomodos del mundo. Nadie tiene una varita mágica para solucionar los problemas, ni es labor de un solo hombre o país. Se trata de una labor que nos corresponde a todos, pero con voluntad, fe y optimismo para producir los cambios necesarios, que provoquen una forma nueva y diferente de ver la razón de vivir, estaríamos comenzando bien.

No es posible cambiar de la noche a la mañana un modelo económico desarrollista e insensible, diseñado en función de la acumulación de riqueza y no de la mayor felicidad del hombre, porque ese escaso 5% de la población mundial que, de forma grotesca disfruta del 70% o más de sus recursos, no va a hacer las cosas fáciles sino que va a pelear con todo por mantener sus groseras prebendas.

Si estamos claros que el camino es largo y difícil pero auspicioso, todo será más fácil y –si lo vemos positivamente- inclusive podríamos disfrutarlo; especialmente, quienes por años hemos soñado con un mundo mejor: más humano, más afectivo y solidario, donde todos como hormigas de la misma cueva, compartamos integralmente nuestro intelecto, conocimientos, recursos y amor, en búsqueda de la realización personal que redundará en la felicidad colectiva.

Es un compromiso global y todos podemos incorporarnos: manos a la obra.

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«SI LA MUERTE NO TIENE SOLUCIÓN, PREOCUPARSE POR ELLA ES INÚTIL»

hombre-de-espaldas_21255Pudiera ser que el temor a la muerte, sea el sentimiento más arraigado en la mayoría de los seres humanos; en principio como mecanismo de defensa frente al peligro, dentro de los márgenes de racionalidad es conveniente, pero sin análisis sincero sobre su naturaleza, puede llegar a convertirse en factor perturbador de nuestra felicidad.

Sabemos que el temor, que es una creación mental maligna que distorsiona la realidad, pero en el caso de la muerte su efecto es exacerbado. Frente a este sentimiento, hoy en el límite del paroxismo a nivel mundial, se hace necesario analizarlo, no desde el punto de vista científico o esotérico, sino en lo fáctico, cual es como decir, el tratamiento que debe dársele en la vivencia diaria.

El primer paso es asumir, que comenzamos a morir en el mismo momento en que nacemos. Por tanto, cada segundo de vida que transcurre, nos acerca más hacia el día que la perderemos, que venturosamente, no conocemos.

En segundo lugar, considerar que si es un evento que no tiene solución ni podemos evitar, preocuparse por él es una real pérdida de tiempo, que en nada ayuda, sino que puede aumentar el problema.

Luego de aceptado que inevitablemente llegará ese momento sin conocer cuando, lo inteligente es tratar de vivir lo más felizmente posible, ese período durante el cual estamos vivos.

Nuestro mayor tesoro es la vida, porque sin ella ninguna cosa podemos disfrutar ni puede servirnos de nada. La consecuencia lógica es que tenemos que disfrutarlas intensamente, porque no sabemos hasta cuando estarán a nuestro alcance; y como son tantas y diversas, en ello debemos afincar nuestra actividad e intelecto, en vez de desperdiciarlos pensando en algo que no tiene solución ni sabemos cuando llega.

Es ilógico que teniendo a nuestro lado esa bella pareja que amamos, maravillosos hijos, reconfortantes amigos; actividades de estudio, trabajo y recreación; y un paisaje natural increíblemente diverso y bello, permitamos que ese deleite nos lo robe un temor injustificado, cual no aporta ninguna solución al asunto.

El temor a la muerte, de la cual nadie tiene experiencia real que contar, pero que pareciera el que la sufre no se entera cuando sucede, es la rémora que puede disminuir el disfrute inigualable y diverso que nos ofrece la vida, de la cual sí que estamos conscientes las veinticuatro horas del día.

El Rey Salomón, hasta hoy y por milenios reputado como sabio, opinaba que debíamos disfrutar intensamente de todo lo que disponíamos, porque según sus propias palabras, «… es nuestro pago en esta vida.»

Guardando las lógicas distancias, yo comparto ese criterio. Por tanto disfruto con fruición de las cosas en cada segundo de mi vida, como si fuera el último, sin preocuparme de cosas que no me aportan nada positivo.

A usted le toca escoger: ¿Felicidad o Sufrimiento? Es su decisión y, es… muy personal.

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«EL TIEMPO DE DIOS ES PERFECTO Y SOMOS UNO CON ÉL»

El éxito de nuestras actividades vitales siempre será proporcional al interés, amor y diligencia que pongamos en su realización,  cuyo fin último procura mayor cúmulo de felicidad posible.

Porque… ¿Cuál es la idea de nuestras vida terrenal sino la de vivir felices? ¿Podemos disfrutar algo físicamente más allá  de esta vida corporal? No, definitivamente, no. Todos nuestros esfuerzos desde el punto de vista físico, tienen que serlo para lograr regocijo, placidez y plenitud.

No tenemos otra posibilidad que fortalecer el amor y entusiasmo por las cosas que hacemos. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, todo estará condicionado por nuestra actitud, que determinará la aptitud para concretarlo.

Tanto desde el punto de vista físico como espiritual, requerimos tomarnos un espacio de tiempo antes de iniciar cualquier actividad, para pensar cómo realizarla mejor; en eso puede residir el  éxito o el fracaso.

La tendencia a no tomarse el tiempo necesario para planificar, o no dar un tiempo de interrupción necesario de las labores, los estudios o cualquier otra actividad por terminarla más pronto, puede a veces producir contrarios resultados.

El tiempo para pensar, meditar o planificar es fundamental. No obstante, la mayoría de las personas no lo utilizan, no  porque crean que  no es positivo, sino porque tienen la fijación mental de que «no disponen de tiempo.» Pero eso no es cierto, porque basta con levantarse media hora antes de lo normal, para planificar las actividades del día y la mejor forma de realizarlas.

En la mayoría de las actividades que realizamos, podemos tomarnos un mínimo de espacio de tiempo para pensar en algo diferente, o realizar alguna otra actividad que establezca ese break necesario, para recargar baterías y continuar con entusiasmo renovado lo que estamos haciendo, que sin duda redundará en un resultado eficiente.

El trabajo, el estudio y la mayoría de las cosas que hacemos son de aprendizaje cultural; vale decir que no estaban dentro de nuestro programa natural originario, por lo cual como rutina, representan un gasto de energía y esfuerzo, que independiente de su intensidad, producen cansancio.

Pues bien, la forma ideal de luchar contra el cansancio, el hastío y el aburrimiento que generan las actividades diarias recurrentes, lo es regalándose un espacio psíquico, que aquiete nuestra mente y la aleje de la actividad que realizamos, para que por virtud de nuestra creatividad, matizarla del color que más nos convenga.

Todo lo que realizamos tiene una parte bella, positiva, formativa y emocionante. Tenemos que tomarnos el tiempo necesario para descubrirla, porque es el combustible que nutre esa sinergia que mantiene nuestra vida diaria.

El tiempo siempre es suficiente y además es nuestro; nosotros lo planificamos y administramos conforme a nuestra conveniencia. Debemos tomarlo como un recurso más que responda a nuestra voluntad y no como una circunstancia que pueda hacernos la vida más difícil de lo que realmente es.

No debemos olvidar que el tiempo de Dios es perfecto y que nosotros somos uno con Dios.

Próxima Entrega: SALUD Y ESTADO DE ANIMO.

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4479_1200525196764735.jpgNormalmente, las personas se angustian especulando sobre cuál es su tiempo y como administrarlo eficientemente.

En mi caso -porque este es un testimonio- nunca me he hecho problema pensando qué debo hacer con el o como lo administro. Vivo cada segundo disfrutándolo como si fuera el último, con la convicción de que es parte del plan divino diseñado por Dios, para guiar mis pasos sobre esta tierra.

No considero importante qué representa el tiempo, sino cómo lo interpreto y asumo. Todo tiempo es mi tiempo; no me preocupa para nada, porque lo utilizo de la mejor manera posible, con sentido de continuidad.

El día y la noche me pertenecen por entero y a nadie respondo por su uso. Mi incapacidad en conocer su extensión, lo constituyen en un privilegio que utilizo en función de mi felicidad, única posiblidad de dar felicidad a otros.

Cubierto por su manto etéreo y acariciando sus largas barbas lo bendigo al meditar, trabajar y estudiar, seguro de que siempre me será agradable y suficiente. Lo hice mi amigo y por eso no le temo, sino que me instalo en su vagón de sueños, bien distante de aquel donde suben los desesperados, los inconformes, los que nunca aprendieron a… soñar.

Hace años descubrí que si no me permito precipitaciones, disgustos, apuros o preocupaciones por lo que vendrá o sucedió en el pasado elimino el «estrés», que es generador de graves enfermedades físicas y mentales.

Yo manejo mi tiempo, no permito que él me maneje a mí. No permito que me preocupe, acose o esclavice porque él existe para servirme. Mi tiempo es hoy, en el presente, no mañana ni después. Amo, vivo y sueño el «hoy» que presiento limitado. No me arriesgo a dejarlo para un futuro que no se si llegará para mí.

No tengo duda que, si realizo con amor y diligencia mis actividades, todo me llegará en su debido tiempo y como consecuencia, porque mi tiempo es el mismo de Dios y el tiempo de Dios es perfecto. Especialmente, si planifico cada una de mis actividades, sin presión o presentimiento negativo, pero sí como una guía que me evitará improvisaciones o desperdicio de un espacio que debo disfrutar integralmente.

Hay tiempo para nacer, vivir y… morir. El cuánto no depende de nosotros, pero cómo utilizarlo sí. Es una elección individual que determinará su resultado.

El tiempo, similar al agua de los ríos que podemos tomarla, encauzarla o simplemente ignorarla, siempre estará agazapado en su propia esencia. Si no lo utilizamos bien crecerá, se agigantará y nos pasará por encima.

Diariamente observamos personas viviendo la sensación de que no les alcanza el tiempo. No se dan tregua para pensar, son víctima de una patología representada por la fijación de alcanzar algo que nunca llegan a determinar, negándose el espacio necesario para notar las cosas bellas de la vida, que se quedan en el camino y que, como en el caso del agua de los cauces, nunca regresarán.

Disfrutar nuestro tiempo, vivirlo intensamente con alegría y la seguridad de que juega a nuestro favor, no es sólo una conveniencia sino una necesidad vital, porque es lo único realmente nuestro y la entidad de su disfrute, es lo sólo aquello que realmente nos llevaremos de este mundo. Así de simple, si se quiere… elemental, pero como todas las cosas obvias, los humanos le restamos importancia y casi siempre pagamos un alto precio.

Próxima Entrega: EL LENGUAJE DE DIOS.

 

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 Hoy me referiré a la necesidad de entendimiento en la oportunidad de terminar una relación de pareja, ya que generalmente la predisposición de rechazo automático a los cambios, por temor a desestabilizar nuestra rutina, nos priva de disfrutar experiencias novedosas que harían más emocionante, variada y edificante la relación amorosa.

Me corresponde aclarar que bajo ninguna circunstancia promuevo la disolución del vínculo matrimonial o rompimiento de la pareja,  sino que considero que cuando éste es inevitable y se determina la imposibilidad de su permanencia, se hace necesaria una actuación civilizada y armónica en función del bienestar físico, mental, emocional y espiritual del entorno familiar, para lo cual se requiere el concurso de ambos.

Especialmente cuando la relación de pareja finaliza, la sensación inmediata es de frustración y fracaso, sin considerar ni por un momento que más allá de los inconvenientes que pudiere producirnos la separación, que siempre son pasajeros, es una nueva oportunidad que nos da la vida para iniciar un nuevo proyecto, donde los resultados pueden ser más reconfortantes que en la relación perdida.

Erróneamente tendemos  a desmejorar los recuerdos de ese pasado, olvidando exprofeso los buenos momentos vividos, sin considerar que tener el valor de amar conlleva la integridad para reconocer cuando ya no se ama o no nos aman, quizás por desconocer que se desmejora y muere la relación entre los amantes, pero el sentimiento del amor como una necesidad vital que debe ser satisfecha, sigue vivo en cada uno de ellos. 

El amor engendra amor que es ternura, aceptación y solidaridad, no odio, ni revancha, por lo cual no se debe irrespetar esa época bella cuando dos personas se amaron. Es un compromiso mutuo que no tiene otra compensación que no sea el mismo amor, pero como no existe forma de medir su entidad, si ambos se amaron no queda deuda pendiente.

El odio, la incomprensión, la soberbia  y el deseo de revancha, al sustituir los nobles sentimientos  de amor y solidaridad, aportan a los actores soledad y tristeza, como destino final para quienes no supieron entender que si Dios es amor y todo debemos hacerlo por amor,  ello es la salvación.

Es sano recordar que la ira, el rencor y los ingratos recuerdos, son terreno abonado para patologías físicas, pero también aumentan la soledad y la tristeza afectando gravemente la fortaleza espiritual.  En cambio el amor, el perdón y el olvido, al producir paz espiritual fortalecen la salud y curan las enfermedades.

Por otra parte, nuestro derecho de comenzar una nueva vida es el mismo que en justicia le corresponde a nuestra pareja. No tenemos ninguna justificación a interponernos a su felicidad, sino por el contrario, colaborar con ella.

Cuando queda descendencia, la fluida interacción con el anterior consorte no sólo es una conveniencia, sino que se convierte en una necesidad, máxime cuando esta actitud beneficia una buena relación entre los hijos y el progenitor, con quien ya no convivirán permanentemente.

Si bien es cierto que el amor de pareja no puede ser sustituido por la amistad, sin embargo dos que se amaron sí que pueden ser amigos, especialmente en beneficio de sus vástagos. 

La actitud positiva, que promueva elevados sentimientos de solidaridad humana y rechace aquellos que por ingratos sólo producen desagrado y dañan el maravilloso presente, conforman terreno abonado para  una futura relación amorosa, donde capitalizando experiencias pasadas y adicionando el entusiasmo de volver a comenzar, nos regale la plenitud y permanencia, que como hijos de Dios todos merecemos.

Próxima Entrega: RESPONSABILIDAD SOCIAL INDIVIDUAL

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amauri-y-nancy.jpgEn la entrega anterior analizamos la Dieta Ideal de vida y  expusimos someramente en qué consistía. Me corresponde comentarles que como en todo proyecto exitoso, para manejarla con éxito se requiere preparar un Plan.

Cuando como pareja disertamos sobre los exitosos logros que nos mantienen juntos y felices, contínuamente nos preguntan: ¿Cómo lo logran? Desarrollamos un Plan que hemos hecho parte integral de nuestras veinticuatro horas de vida y que gustosamente cumplimos.

Ese Plan es elemental: al levantarnos agradecemos el nuevo día, lo bendecimos como el día perfecto que nos prometemos disfrutar intensamente. En corta oración lo agradecemos a Dios, junto con nuestra salud, nuestros hijos, nuestra familia,  amigos y la provisión diaria que estamos seguros no nos faltará.

Cuando nos duchamos, alabamos a Dios por ese líquido maravilloso e indispensable, del cual carecen millones de nuestros  hermanos. Al secarnos y mirarnos al espejo, damos gracias por nuestro bello cuerpo, que es completo, saludable y nos permite disfrutar las cosas bellas de la vida.

Al vestirnos, felices disfrutamos escogiendo el perfume y el vestuarrio, usando colores alegres que contribuyan a hacernos sentir más bonitos y felices.

En el desayuno, para nosotros fundamental,  como en cada comida no excedemos las raciones, ingerimos alimentos sanos, masticando lento para disfrutarlos plenamente; damos gracias por lo exquisito del mismo, haciéndolo rico en carbohidratos y proteinas,  suficiente para resistir sin hambre el tiempo del día que fuere necesario, pero también por todas las personas que con su trabajo lo hicieron posible.

Cuando nos trasladamos al trabajo, si el tràfico está colapsado ponemos música alegre o un cd con lo que nos interesa estudiar o recordar, con lo cual nos distraemos y avanzamos en el quehacer que nos corresponde.

Al arribar al trabajo, obsequiamos a los compañeros con sonrisas, miradas alegres, frases optimistas y palabras de reconocimiento, porque conocemos que una palabra cariñosa, una mirada o una sonrisa significa mucho para ellos, quienes dan lo mejor de sí en su labor diaria, por una paga imposible de compensar el tiempo que restan a sus familias.

 Si surgiere algún inconveniente, no lo consideramos  un problema sino un asunto por resolver y lo interpretamos como una oportunidad de crecimiento para una vida mejor. 

En todo momento, mentalmente pedimos a nuestro Hacedor dirección y guía para tomar acertadas decisiones, conscientes de que vendrá en nuestro auxilio. Asimismo, nos repetimos afirmaciones que mantienen nuestra mente en positivo, tales como: «Dios es amor», «El tiempo de Dios es perfecto»,   «Somos maravillosos», «Hacemos todo bien»  «Amamos la vida», «La vida es bella», «Todo está bien en mi mundo», por citar algunas.

Llegada la hora del descanso, al agradecer a Dios la oportunidad de haber vivivo ese  día, que para nosotros es una vida más, perdonamos y olvidamos agravios que nos hubiesen afectado; nos ponemos en manos de Dios y dormimos plácidamente, con la esperanza de un nuevo día que Él nos proporcionará, si ese es su Plan para nosotros.

Como solo vivimos veinticuatro horas, que para nosotros es HOY, no nos preocupa el ayer ni el mañana,  siempre es HOY, es nuestro eterno  ahora que hacemos alegre, dichoso, enamorados de la vida; bendiciendo a todos las personas, saludándolas con amor, conscientes de que todo lo semejante se atrae y esa actitud producirá para todos crecimiento espiritual, fundamental para la felicidad.

 El Plan, es más  una dieta mental  que condiciona la alimentaria, por lo cual sugerimos algunos tips, que como en nuestro caso nos mantienen en excelente condición física y mental.

Al levantarnos ingerimos por lo menos un vaso de agua, que completamos en el día hasta llegar por lo menos a un litro y medio. Nuestro desayuno incluye una banana, claras de huevos, queso y suficientes carbohidrados para no volver a comerlos después del almuerzo.

En el almuerzo evitamos carnes rojas, ingiriendo  granos, pescado, pollo o pavo, acompañado con ensalada y berenjenas. Hacemos casi un ritual tropical del cazabe y dentro de lo posible, bebemos una copa de vino tinto al día.

Cenamos sólo carnes blancas con  ensalada de vegetales, que antes hemos pasado por agua con vinagre, rica en coliflor, brócoli, tomates, repollo, lechugas  y un toque de locura con pedacitos de alguna fruta, nueces o pasas.

 El agua que tomamos la  hervimos por más de diez minutos con clavitos de especie, porque desde que usamos este método nuestras enfermedades bajaron casi a cero.

Caminamos por lo menos cinco kilómetros tres días a la semana; tomamos diariamente algún polivitamínico y tratamos de hacer el amor con la mayor frecuencia posible, con lo cual cerramos el círculo de nuestra bella vida, que es el resultado de ejecutar, sin fanatismos ni dándonos mala vida, ese plan de vivir mejor todos los días.

Olvidaba decirles que una parte importante de nuestro tranquilidad espiritual nos la da el hecho de que tratamos de aquietarnos en todo;  meditamos y reflexionamos sobre el porqué en un mundo tan riesgoso y siendo tan fìsicamente vulnerables, seguimos vivos sobre esta madre tierra y no  obstante que nos faltan horas para disfrutar el día, nos acostamos cansados pero felices y … nunca sufrimos de insomnio.

Próxima Entrega:   COMPORTAMIENTO ETICO.

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