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Archive for the ‘DIOS’ Category

LA ENFERMEDAD Y EL ESPIRITU (TERCERA ENTREGA)

                            AYUDATE  Y  YO  TE  AYUDARÉ

Frente al multimillonario negocio que ha resultado para laboratorios y “especialistas” los más de mil tipos de cáncer (Existentes especialmente en sus mentes),  diariamente divulgados y que inciden en contra de nuestra economía y salud, algo tenemos que hacer para protegernos.

Desde mi óptica, nada comprometida con intereses económicos ni científicos, pero profundamente humana y elementalmente práctica, dos son las armas más efectivas a nuestro alcance: en primer lugar, nuestra fe en el poder que Dios nos comparte en cada segundo de nuestra existencia; y en segundo término, una alimentación balanceada y menos acidificante de nuestro cuerpo, cual es el terreno abonado para la mayoría de las enfermedades,  conforme a la opinión del Dr. Otto Heinrich Warburg (1883-1970), Premio Nobel 1931 por su tesis «La causa primaria y la prevención del cáncer», quien atribuía esta enfermedad a una “…alimentación antifisiológica y un estilo de vida antifisiológico…”. Este científico de la salud relacionaba la “Alimentación  Antifisiológica”, a la dieta basada en alimentos acidificantes y sedentarismo. Sobre esta base él determino que “Los tejidos cancerosos son tejidos ácidos, mientras que los sanos son tejidos alcalinos.»

 De tal manera, en primera instancia nuestro fortalecimiento espiritual nos protegerá de muchas enfermedades, en la medida en que no tengamos duda de que:

-Somos la obra más acabada y perfecta de Dios y por tanto nada debemos temer;

-Como hechura de Dios, lo normal es la salud,  la enfermedad es la excepción;

-Tenemos capacidad para vencer cualquier padecimiento, porque nuestro cuerpo  se renueva permanentemente;

-Nuestro cuerpo sigue las órdenes de la mente que se conecta con el espíritu y este con Dios, quien nos transfiere su poder y podemos aplicarlo;

-Nada es más poderoso que Dios y Él está con nosotros y así será… siempre.

Para crear las condiciones para aplicar la efectividad de nuestra fe, estamos obligados a amar y por tanto cuidar de nuestro cuerpo físico, proporcionándole alimentos que fortalezcan el organismo mediante un metabolismo  fisiológicamente idóneo.

Así tendremos que, para tener una vida sana deberemos estudiar la abundante información tanto en Internet como en otras fuentes, de cuál es el valor nutritivo y curativo de las frutas y los otros vegetales, que tenemos a nuestro alcance; así como el nivel de utilización de fertilizantes e insecticidas en su producción, que pudieran afectar negativamente su consumo.

En segundo término, investigar los niveles de acidificación de las diferentes carnes y otros productos energéticos utilizados en la alimentación, especialmente el azúcar refinada. Asimismo, revisando sobre los conservantes utilizados en los productos enlatados y embotellados, así como su integración química para determinar su influencia en la salud.

Con toda esa información procesada y evaluada, estaremos en plena capacidad de consumir y utilizar aquello alimentos que nos permitan considerarnos sanos, fuertes y bellos, lo cual unido a nuestra espiritualidad nos hará menos vulnerables, y quizás inmunes a la mayoría de las enfermedades. Es esta la actitud que conozco en la gente sana y… feliz.

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ESTO TAMBIÉN PASARÁ…

Terremotos, tsunami, explosión en plantas nucleares con efectos impredecibles, tristeza, dolor, sorpresa, terror e impotencia; todo un coctel horrible que debemos tomar… todos, para  lo cual nunca estaremos preparados.

No son solo cifras o guarismos, son nuestros hermanos humanos;  no importa si su piel es negra, blanca o sus lágrimas brotan por una rendija… japonesa; son mis hermanos y me duelen en lo más profundo de mi ser.

Estos días mis desayunos y cenas frente al televisor,  se han humedecido con mis lágrimas. Lloro por quienes no conozco y quizás nunca conoceré; pero el dolor está aquí, rasgando mi espinazo, lacerando mis entrañas. Me siento tan impotente como el que más, frente a tanto dolor y a una naturaleza espectacular, avasallante e impredecible, que no podemos entender ni enfrentar y que, cuando ataca no da tregua.

Por qué sucede todo esto? La respuesta siempre es la misma: no lo sé. En siete décadas, he visto a la naturaleza destruir en segundos lo que costó decenas de años construir; he visto a mis hermanos humanos, independiente de su nacionalidad, posición social, poder, fama, raza o sexo, huir desesperados como hormigas, para caer más adelante, sin saber… por qué.

De todo esto he aprendido que no debo preguntar por qué; nadie puede responderme, porque esa es una respuesta de Dios y no de ningún ser humano. Es una especie de razón de la sin razón, que escapa a mi lógica racional. Ver morir sin conocer el motivo lo mismo a un niño que a un anciano, no encaja en mi raciocinio, pero sí que afecta profundamente mi sentimiento; por lo cual no puedo hacer más que orar y… llorar.

Creo que mi dolor, mi tristeza y mi impotencia frente a tanta adversidad incomprensible, es el precio que pago por mi racionalidad.

¿Por qué? No lo sé   y… quizás sea mejor así. Por eso tengo que inventar algo que me ayude a sentirme mejor frente a mi propia pequeñez y vulnerabilidad ante los elementos de la naturaleza.

Sólo me queda preguntarme: ¿Para qué suceden estas tragedias? Entonces puedo fabricar respuestas que se ajusten a mi experiencia, fe en la vida  y convicción de que todo lo que acontece  siempre tiene una razón, aunque inmediatamente no la conozcamos; porque existe una fuerza universal que ordena todo lo que existe; que lo ha hecho durante millones de años y no se equivoca: Dios.

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«LOS HIJOS SON LAS FLECHAS, LOS PADRES LOS ARCOS, PERO DIOS ES EL ARQUERO; SOLO ÈL SABE A DONDE VAN.»

Khalil Gibrán.

Por solicitud de una de mis consecuentes lectoras, me referiré a un tema poco divulgado pero      de importancia fundamental en los casos de segundas nupcias -tan comunes en estos días- cuando uno de los contrayentes trae consigo descendencia.

Amar es aceptar a la persona como es y con lo que es, recibirla en nuestra alma como nos la manda Dios. Cuando el amor toca nuestra puerta y le abrimos es porque un sentimiento superior se impone al egoísmo y personalismo, dando paso a los más tiernos y solidarios sentimientos. Cuando amamos de verdad o perdonamos con olvido, son las dos oportunidades que más nos parecemos a Dios.

En un segundo experimento de pareja, si se tratare de una persona sin experiencia de este tipo de relación, nos correspondería no sólo amar sino además cierta labor, gustosamente didáctica, transfiriendo nuestras experiencias anteriores de pareja. Si la persona escogida viniere de una relación de pareja anterior pudiere traer descendientes. ¿Cuál debería ser la actitud frente a esta situación?

Personalmente, siento que cuando amamos de verdad lo hacemos integralmente. Por tanto, deberíamos amar a esa persona escogida, como ella es, con todo lo que ella tiene, incluidos sus descendientes y su familia.  En todos los casos, los hijos son regalos de Dios.  Realmente, parangonándolo con la naturaleza, un hogar sin ellos, aunque puede ser un jardín, le faltarían las flores.

Cuesta levantarlos y como decía el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, desde que nacen, los padres tenemos todo el miedo de la tierra a que algo les pueda suceder. Pero uno los ama tanto que todo esfuerzo es poco y los padres a cambio sólo esperamos recibir… amor.

Cuando la pareja viene con hijos, trae en su equipaje amor, mucho amor. Aporta bendiciones al nuevo hogar. Es un privilegio para la pareja, que se aporte amor y además se obsequie hijos, evitándonos las angustias del embarazo, parto y los primeros años de los niños que son tan riesgosos, cuando ellos casi no pueden valerse en nada por si mismos.

Por otra parte, esos hijos -al ser tratados como propios- dan una gran fuerza a la relación, ya que si se los ama y protege, para quien los aporta es la mayor demostración de amor y solidaridad de su pareja, lo cual adiciona al natural amor conyugal el agradecimiento y la admiración por la grandeza de alma.

Considero que amar a los hijos que nacen de nuestro amor de pareja, es hermoso y edificante pero normal; porque los concebimos, los esperamos ansiosamente y los vemos nacer. En cambio, amar aquellos que son producto de una relación de la persona que amamos con otro, supera el amor normal, para elevarnos por encima de nuestra condición natural. ¿Que pareja no amaría a quien ame como propios a sus hijos?

Siento que todo aquel que contraiga nupcias con alguien que adviene con sus hijos, es simplemente un ser privilegiado. Así debe entenderlo, disfrutarlo y vivirlo.  Al fin y al cabo, como dijo Khalil Gibrán, ellos son los hijos de Dios los hijos de la vida, del amor; nosotros sólo somos el medio que Él usa para darles vida y cuidarlos.

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«EN TODA OPORTUNIDAD BUSCA AYUDA, PERO SI TIENES LA DE DIOS… ES LA MEJOR»

Hoy, cuando los temores abundan porque se teme al terrorismo internacional, asesinos en serie,  depredadores infantiles, al VIH,  los precios del petróleo,  al recalentamiento global y… pare de contar, cualquiera de estas realidades, sin considerar otras muchas como perder los bienes, un amor o un ser querido, se convierten en factores de perturbación, que podrían llevarnos a un estado mental de pseudoparanoia, por decir lo menos.

¿Qué hacer frente a tantos posibles riesgos?

Como habitante de esta aldea global que crece y crece… sobre todo en problemas, no creo exista una fórmula mágica para la tranquilidad que funcione para todos. Pero sí puedo comentarles lo que, siendo menos joven en años y en bienes materiales que muchos, he hecho para evitar que esos agentes negativos afecten mi decidida intención de continuar  disfrutando una vida feliz.

Acepto y asumo mi vulnerabilidad personal física; admito que puedo ser objeto de esa violencia indiscriminada e injustificada, que pareciera haber llegado al mundo para quedarse, quien sabe por cuanto tiempo. Pero al asumir y aceptar los riesgos, abro opciones que me permitan vulnerarlos, o por lo menos disminuirlos.

Me convenzo de que se trata de riesgos POSIBLES pero no actualizados. Por tanto, dependerá de como actúe el que esas posibilidades no se conviertan en reales probabilidades, para lo cual debo neutralizar  el temor porque distorsiona la realidad y magnifica situaciones que aún no han llegado y quizás… nunca lleguen.

Controlado el temor, desenvaino mi arma más poderosa: mi fuerza espiritual que me asegura que soy un pedacito de Dios, quien es el más poderoso y me transmite parte de su poder y sabiduría, dos elementos contundentes frente al mal.

Para atenuar las posibles contingencias malignas, me escudo en mi amor por la gente y mi sentimiento de aceptación a mis hermanos humanos, quienes, en su mayoría, son buenos y sólo buscan  ser aceptados y  tomados en cuenta con todas sus virtudes y… defectos.

Pero lo más importante para evitar que me afecten gravemente esas posibles contingencias dañosas, es mi convicción absoluta de que nada, ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios;  y que, independiente de cual sea la magnitud del riesgo o peligro, su acaecimiento siempre dependerá de su voluntad.

Así he vivido mis 67 años y aquí me tienen, feliz, con salud, con una bella familia. Siempre bajo la protección de Dios; haciendo las cosas que pienso le agradan, cuales no son difíciles, pero además agradables: confiar en su poder y bondad, aceptar y amar a mis hermanos como a mi mismo, compartir con ellos y tratar de serles útil. Confieso que no me ha sido difícil entenderlo, asumirlo y convertirlo en mi arma defensiva más eficaz, quizás porque me ha funcionado… siempre.

Por eso hoy, mi admonición final es: NADA PUEDE AFECTARME SI DIOS NO LO APRUEBA y Él sabe mejor que  yo lo que me conviene. Puedo vivir tranquilo, estoy en  las mejores manos.

 

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«No me des lo que poseo, dame lo que no puedo procurarme.»

No creo en las etiquetas y algunos patrones que una sociedad deficitaria de amor, acostumbra establecer para algunas actuaciones humanas. Una muy errada es aquella que establece que las suegras y los suegros son cansones, entrometidos, y que los yernos, a diferencia de las nueras, nunca llegan a integrarse como reales miembros de la familia.

En ambos casos se trata de meras consejas y por tanto equivocadas, porque esas buenas personas que hacen pareja con nuestros descendientes, definitivamente traen amor y solidaridad a la familia.

Hoy me desperté muy temprano y me levanté con el mayor sigilo para no despertar la familia, quienes los Sábados duermen hasta tarde.
A pocos minutos de levantarme apareció ese hijo que Dios me regaló, cuando contrajo nupcias con mi hija mayor, quien por voluntad propia se ha convertido no sólo en mi mejor amigo sino en mi hijo mayor. Traía en sus manos un humeante café con galletas hechos por él mismo, aderezados con unos buenos días, de esos que expresan no sólo como nos sentimos, sino como deseamos que se sientan los demás, que entendí como un mensaje de bienvenida y solidaridad humana, dentro del espectro más significativo: EL COMPARTIR.

Este acto sencillo me produjo reflexión sobre lo fácil que es vivir una vida edificante. No se requieren grandes cosas ni especiales presentes para demostrar el amor, la estimación o el reconocimiento.

Especialmente cuando se tiene avanzada edad, que en sí misma establece naturales limitaciones, es tan reconfortante sentir mediante los actos espontáneos y cotidianos de nuestros allegados, que somos bienvenidos y que contribuimos a hacer mejor el ambiente familiar.

Narro esta anécdota para quienes tienen el privilegio de tener sus padres vivos y pueden disfrutar de sus últimos años, con oportunidad para decir: te amo. El lenguaje del amor es ilimitado, pero es tan corto el tiempo e imprevisible el viaje al más allá, que todo hijo debería aprovechar cualquier ocasión para compartir con sus padres, cuando todavía tiene… tiempo.

Cuando las personas ya han partido de nada sirven flores, lágrimas o inútiles «…si yo hubiera…» La muerte es el regreso a esa dimensión de la cual un día vinimos. Cuando mueren los seres queridos, la única satisfacción para el que se queda, es lo que en vida hizo por el que ya no está, porque integrará la calidad del recuerdo.

No olvide que las cosas trascendentes están imbuidas dentro del maravilloso mundo de las cosas sencillas. Son detalles que por obvios suelen representar por ellos mismos un mensaje… imborrable.

Así que, no pierda tiempo. Si aún los tiene vivos, vaya, abrace a sus viejos, su esposa, sus hijos y amigos. Si no viven con usted, llámelos… ahora mismo. Dígales que los ama que eso a nadie disgusta. Hágalo de una vez, sin pérdida de tiempo. No sea que luego fuere demasiado tarde, porque todos sabemos cómo y cuándo llegamos, pero ninguno cómo y cuándo nos vamos.

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Aunque me salgo un poco del tema  de la felicidad, para satisfacer un apreciado amigo, catedrático del Área de Postgrado de una Universidad venezolana, debo tratar sobre lo que es un abogado.

Luego de más de veinte años  como Empresario, estudié Leyes en dos Universidades venezolanas y luego  incursioné en otras en el Exterior.

Hoy, casi veinte años después, siento que fue mi decisión más acertada. Hacerme abogado definió la proyección de mis mejores años. La Escuela de Leyes me dio las herramientas, y la vida, la oportunidad de utilizarlas. Dios me orientó a tomar la decisión de estudiar Derecho y me acompañó en mis años de ejercicio,  que fueron plenos de satisfacciones personales.

 En el ejercicio del Derecho  aprendí  que entre un rábula y un Abogado,  la diferencia es la actitud. El primero, al perseguir el enriquecimiento personal viola la confianza,  lealtad y  buena fe de su patrocinado, convirtiéndose de auxiliar de su cliente y la justicia,  en sórdido mercenario, que marcado por la vileza y la bellaquería, abdica de la causa encomendada, a favor de la suya propia.

El letrado, sabe que fue dotado por la Universidad del conocimiento de la ley, forma y razón de la administración de justicia; y por el Estado, mediante su Colegio Profesional, de la licencia para ejercerlo. Sabe que dispone de una herramienta que requiere de valores y fundamentos de acción, que no puede dárselos ninguna universidad, porque corresponden a su integridad y honradez personal.

Los abogados  nos parecemos a Dios: somos los únicos profesionales que podemos ser Jueces;  éstos absuelven o condenan, y esa es una función de Dios. Mayor dignidad y  responsabilidad, imposible.

En una entrevista de televisión una moderadora me expresó su extrañeza de que siendo abogado escribiera sobre la felicidad: «Porque uno tiene la impresión de que los abogados  son desalmados…». Esa es una etiqueta común, pero demasiado injusta, porque son más los abogados éticos, honestos, leales y buenos, que esa especie de tránsfugas que desdicen de la profesión y ensucian el vaso donde todos los días toman el agua.

Los Abogados no somos desalmados. Por el contrario,  como lo escribiera Don Luís Ossorio, «Somos arquitectos del alma de la gente.» En nosotros, las personas depositan la confianza en la defensa de dos de sus más preciados valores: su libertad y su patrimonio, pero sobre el cumplimiento correcto de la confianza otorgada, lamentablemente no existe ninguna etiqueta.

 Los buenos Abogados, que son la mayoría, no  pregonan el apropiado desarrollo de su trabajo; les basta la satisfacción del deber cumplido, que por eficaz y oportuno  conforma la base de la armonía colectiva y la paz social, en toda instancia de la vida ciudadana.

El Estado, el Gobierno,  la sociedad, la familia, los negocios y las personas serían ineficientes en sus actuaciones y resultados, sin el concurso de los Abogados.

No administramos la justicia  pero somos sus auxiliares, en cuanto proponemos e ilustramos a los justicieros sobres los argumentos, pruebas, ley, jurisprudencia y doctrina aplicables a favor de las causas de los justiciables. Sin nuestro ministerio eficiente y oportuno, el Juez no tendría elementos para sus decisiones.

Sobre el ejercicio profesional del Abogado existe mucha confusión. Las personas desconocen que nuestra obligación es de medio y no de resultado, como sí lo es la de otros profesionales. En las causas judiciales, siempre, alguien pierde y alguien gana. El abogado  procura los elementos que benefician a su representado, pero la decisión corresponde al Juzgador. Por tanto, no es mejor el abogado que gana el juicio que el que lo pierde. Si ambos fueron diligentes, ganar o perder es parte del quehacer profesional.

 En su mayoría, las personas nos consideran como «gladiadores», que se lanzan a la arena a matarse utilizando cualquier tipo de arma a la mano. Que equivocados están. Una de las funciones más importantes de un abogado es la de prevenir; su consulta y asesoramiento oportuno promueve evitar conflictos y  litigios.  

Complicados,  largos y costosos juicios se habrían evitado con la consulta, o atendiendo el asesoramiento del abogado. Pero, lamentablemente, es común que las personas con solo leer el Código Civil tengan la tendencia a sentirse cuasi abogados y desestimen la necesidad del consejo profesional.

 En estos tiempos, cuando la justicia por sus demoras casi promueve la injusticia, el perfil del abogado exitoso,  es precisamente el de negociador más que de litigante. Ciertamente, un cliente inteligente apreciará más el abogado que evita el pleito, que aquel que lo gana pudiendo haberlo evitado.

 De mi profesión lo único que lamento es haberme iniciado de avanzada edad. Sin embargo, mientras pueda escribir, divulgaré que el  Abogado es uno de los muy pocos profesionales que trabaja sin otras herramientas que su propio intelecto. De hecho, casi todos los demás profesionales desarrollan su labor sobre algo tangible como los cuerpos, terreno, máquinas, equipos y estructuras físicas; pero los  abogados, como lo dijera Ossorio, trabajamos en el alma de la gente, sus derechos, intereses  y acciones. Esa esencia y relevancia de ser un letrado, nos obliga a ser responsables y honestos a carta cabal.

 Quizás por eso, a veces es difícil entender cómo y porqué actuamos de determinada manera. Pero al final, para los abogados honestos lo importante es la certeza de que somos una parte fundamental de nuestra sociedad,  y que cuando actuamos como tales, hacemos honor a nuestra gran responsabilidad como elementos de estabilidad de la vida de nuestras comunidades. 

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Tengo un querido amigo quien es CEO de una naciente corporación -con destino incierto como todo proyecto ambicioso y audaz- pero de un gran potencial prospectivo en el bussines world de hoy.

Hablando con su esposa -quien es su mejor aliada, admiradora y amiga- sobre lo interesante de saberse haciendo lo que nos realiza,  jugándole un todo o nada a una vida que como característica principal tiene, precisamente, nuestra gran fragilidad personal, tanto por la dependencia de los elementos naturales que escapan a nuestro control,  como por la imposibilidad de conocer por adelantado, qué sería lo más conveniente de cada cosa que proponemos. 

Poco podemos hacer por el porvenir. Especialmente, en  cualquier proyecto económico se depende de factores que escapan a nuestro control, como el tiempo, el financiamiento, los recursos humanos, la economía de mercado, la política; y por si fuera poco, también de aspectos humanos como salud, disposición, empuje, fe, confianza, perseverancia y  temperamento de quienes dirigen el proyecto. 

Sin embargo, los elementos necesarios coadyuvantes al logro del éxito, con diligencia, constancia y trabajo pueden localizarse y aplicarse; pero no la previsión del resultado, inmerso en ese limbo que, más allá de fórmulas matemáticas, se traduce en especulaciones y se conoce como la ley de probabilidades. 

Frente a esa incertidumbre, el emprendedor tiene una opción que bien interpretada y aplicada, puede reducir al mínimo su estrés frente a los posibles resultados: en vez de preocuparse, ocuparse de hacer las cosas bien… hoy. Como nada ulterior puede predecir, nada puede hacer por un mañana incierto e imprevisible.  Entre otras circunstancias, porque ni siquiera sabe si llegará para él. 

Pero si se hacen las cosas con amor, dedicación, en beneficio colectivo, se obtendrá el pago por adelantado: la satisfacción del deber cumplido; máxime cuando es voluntario y no impuesto por una obligación determinada externa. 

En  el juego de la vida sólo quien arriesga siempre tienen la posibilidad de ganar. La vida difícilmente regala algo más allá de su propia existencia. Hay demasiadas personas detrás de… todo. Por eso se tiene que hacer algo más que desear; se debe luchar, convencido de que se logrará el objetivo. 

En un mundo repleto de gente inconforme, preocupada, hastiada, estresada  y aburrida, crear proyectos, establecerse y procurarse metas enriquece, le da sentido y utilidad a la vida;  y eso es vivir intensamente y no sobrevivir.

 Todos los días son buenos para comenzar un proyecto. No importa su naturaleza, característica, volumen o supuesta dificultad. Somos la hechura máxima de Dios; disponemos de una parte de su poder y a través de los tiempos Él ha demostrado que  siempre ayuda a los que se ayudan. 

¿No tiene un Proyecto? No se preocupe, no es un problema, es un asunto por resolver y usted puede solucionarlo.  Adelante… piense en uno, no importa de qué se trate, ni el tamaño. Recuerde, Dios está ahí; Él no se muda, cree en usted y es muy buen Socio.  ¿Por qué no aprovecharlo? Siempre está… disponible.

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¿A quién me parezco? ¿Con quien puedo compararme?

Creo que con nadie, porque simplemente soy  una individualidad; soy particular, diverso, típico… único. No hay ni existirá física o intelectualmente, nunca nadie exactamente igual como yo, o con idénticos sentimientos a los que yo experimento en cualquier circunstancia de mi vida.

De tal suerte, es  inútil y sin sentido práctico que me compare con alguien más, porque a ciencia cierta y de forma perfecta, no existen parámetros exactos para la comparación, ya que, como no soy exactamente igual a nadie más, siempre habría un desequilibrio, que de alguna manera, inclinaría el fiel de la balanza a favor o en contra.

Físicamente, siempre ha  habido o habrá alguien más alto, bajo, gordo, flaco, liviano, pesado, rápido o lento, fuerte o débil, sano o enfermo que yo. Como consecuencia, siempre ha habido o habrá alguien que me supere, por defecto o por exceso en cualquiera de estos aspectos, por lo cual, desde el punto de vista físico, no puedo considerarme  mejor o peor que otra persona; simplemente, soy diferente.

Intelectualmente, siempre han existido y existirán personas con más altos o bajos niveles de coeficiente mental que  yo; más o menos nobles, valientes, generosos, amorosos, positivos o negativos. Por tanto, no debo sentirme superior, inferior, mejor o peor que ningún otro individuo, precisamente porque soy diverso.

Mi atipicidad es mi escudo frente a esa sensación, que como casi todos los males que aquejan nuestra espiritualidad, son una creación maléfica de nuestra mente, que se traduce en sentirnos disminuidos frente a las cualidades, características, actuaciones o realizaciones personales de otros, conocido como el sentimiento de inferioridad.

Como es cierto soy atípico, diverso e individual en mi conformación física e intelectual, también lo soy en mis actuaciones y en mi forma de ver la vida y las cosas. Con respecto a otros individuos, soy mejor en algunos aspectos y actuaciones, pero peor en otras. Mis cualidades y condiciones corresponden a mi especial y única forma de ser y actuar, y por tanto, de alguna manera, en justicia son incomparables.

Dentro de mi esencia como ente particular, el resultado de cualquier comparación que haga con otro individuo, va a depender de criterios de «normalidad» predeterminados no por mí, sino por una sociedad,  en un momento y espacio determinados.

De la misma manera, no voy a comparar los hechos o actuaciones en sí mismos, sino lo que yo creo, estimo o pienso de ellos, en base a esos patrones sociales aprendidos, cuales considero aplicables en cada caso. En esa posible comparación, en su resultado incidirá especialmente la concepción personal del qué, el porqué y el cómo nos comparamos o medimos.

Estas premisas me llevan a la conclusión de que, definitivamente, nadie es superior ni inferior que yo en todo lo que haga, sino que en algunos asuntos -que no tienen por qué ser los trascendentales- alguien puede ser mejor o peor que yo, pero dentro de los parámetros de lo que, en una sociedad y un momento determinado, esos patrones que la rigen se determinen como «normales».

De hecho, lo que para una persona muy sensible o sentimental sea «normal», pudiera ser que para otra insensible y desentendida no lo sea, no obstante que esa sociedad donde se desenvuelva lo tipifique en uno u otro sentido. En este mismo orden, lo que para una persona resulte importante, trascendente o especial,  pudiera ser que para la mentalidad de otro, no reúna ninguna de esas valoraciones y lo estime desprovisto de toda importancia.

Para un jugador de béisbol, no es determinante para realizar bien su trabajo, tener la capacidad de memorización de diálogos o una especial capacidad gestual; como tampoco requiere fuerza en los brazos o velocidad al correr, una artista dramática para concretar una buena representación teatral.

En el caso citado, el primero funda su éxito en su capacidad física, que le permite superar en velocidad, agilidad y fuerza a sus contrincantes;  pero la segunda radica su éxito en su capacidad intelectual, que le facilita la memorización de los diálogos y la representación de sus personajes, de tal manera que motive a los espectadores. Por eso, la comparación entre ellos, respecto de lo que cada  uno hace, simplemente  no tendría sentido práctico.

Diferente es «qué piensa o estima cualquiera de ellos de lo que hace, o la valoración de lo que realiza la otra persona», porque eso corresponde a su manera muy personal de  ver e interpretar la vida y las cosas.

Todo esto me lleva a concluir que, como individuos, no somos ni «superiores» ni «inferiores» a nadie con respecto a nuestra vida integral. Simplemente somos «nosotros» y no tenemos por que creernos ni mejores ni peores que nadie, porque esas son apreciaciones personales nuestras, que nacen y se desarrollan en nuestro intelecto, por lo tanto no pueden ser generales, sino como nosotros individualmente las estimemos, cual sin duda puede ser bien diferente a la evaluación de otras personas.

Si algo pudiera ser trascendente en nuestra mayor aspiración vivencial, debería serlo el que,  sobre la base de los principios éticos y valores morales que rigen nuestra vida, en todas nuestras actuaciones, en vez de compararnos, imitemos la cosas buenas que observamos en la actuación de otros individuos, que con sus resultados nos demuestren que benefician a nuestros semejantes; lo cual también nos beneficiará como personas, y es completamente diferente a una comparación, que no nos deja nada positivo y casi siempre juega en contra nuestra.

Fuimos hechos por Dios individuales, diferentes y diversos, con el mandato de amarnos y ayudarnos de tal modo que hiciéramos lo más placentera nuestra corta etapa sobre esta madre tierra. Bajo esa consideración, el respeto por la individualidad, la diversidad y la disidencia, son condiciones fundamentales para el logro de la mayor aspiración  como personas y como colectivo: armonía, paz y felicidad.

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Estábamos citados para almorzar a una hora determinada. Llegó un poco retardada y me dijo que no tenía mucho apetito. La noté angustiada, preocupada, como en la frontera de la depresión. Como se trata de una colega de bufete más joven que yo, a quien por cierto aprecio especialmente, le pregunté si tenía algún problema.

 -Muchos, me respondió.

 Tengo tantas cosas que hacer que el tiempo no me alcanza. Me levanto muy temprano y regreso tarde a la casa, pero no obstante, nunca termino de hacer todo lo que me corresponde. Siempre estoy apurada pero siento que eso no me sirve de nada.»

 ¿Apurada por qué? -le pregunté.

  -Porque debo terminar todo lo que tengo que hacer en el día.

  -Pero…¿Lo logras? -inquirí nuevamente.

 -No. Me respondió -aunque trato no lo logro, por más que me apuro siempre algo me queda pendiente. Creo que algo anda mal conmigo.

 -Si, coincido contigo en que algo no lo estás haciendo bien. Se trata de que andas muy apurada y eso no te ayuda en nada, sino que, por el contrario, te perturba y resta energía.

Los antiguos decían que «De la prisa lo único que queda es el cansancio» y pienso que eso es muy cierto. Más allá de que la prisa nos resta capacidad de reflexión y análisis en lo que hacemos, lo cual se refleja en el resultado final, un principio supra natural nos indica que, en verdad, nosotros como humanos sólo proponemos, porque al final es Dios y nadie más quien dispone.

 Yo no tengo ninguna duda de que, como humanos, lo único que podemos hacer es ser diligentes al realizar las actividades que nos corresponden, pero hasta ahí. Si nos convienen o no, o si alcanzamos el final, es algo que no nos está dado conocer; al menos en el tiempo y la oportunidad que nosotros estimamos puedan ser los convenientes.

Nuestra diligencia conlleva reflexión, planificación y coordinación, en el camino de lograr nuestras proposiciones, pero con la convicción de que la decisión final no es nuestra, sino de Dios. Nosotros no hacemos nada más que proponer, acompañándolo de nuestro esfuerzo y diligencia, dentro de los parámetros de lo que consideramos normal.

De tal suerte, si estoy convencido de que mi actividad es sólo una proposición, que realizo  sobre la base de la reflexión, planificación y coordinación apropiadas, pues entonces  no me queda nada más para hacerla óptima que acompañarla con mi mejor diligencia. Reunidos y aplicados estos factores, que se de o no es algo que escapa a mi control.  La decisión es de Dios, lo cual por cierto me da una gran tranquilidad, porque Él sí conoce perfectamente que es lo que me conviene.

Todas nuestras actuaciones están enmarcadas dentro de máximos y mínimos que nos impone la vida; si nos salimos de esos parámetros por exceso o por defecto, el resultado será negativo. Entre otros aspectos, porque la naturaleza es equilibrio y nosotros somos parte de la naturaleza. Por eso en ninguna actividad  se nos exige ningún exceso, porque si nos excedemos desequilibramos la balanza indispensable para lograr buenos resultados.

Siempre recuerdo la experiencia de una familia italiana, quienes al llegar al Aeropuerto se sintieron tristes porque un atascón de tránsito en Nueva York les impidió llegar a tiempo  y perdieron el avión. Media hora después daban gracias a Dios por el incidente, porque ese avión saliendo del Aeropuerto de La Guardia se precipitó en el mar y fallecieron todos sus tripulantes y pasajeros. En este caso, ellos fueron diligentes al comprar, reservar y reconfirmar sus pasajes; asimismo, actuaron diligentemente contratando con suficiente tiempo el taxi, pero condiciones fuera de su control les impidieron llegar a tiempo para abordar. Fue que el resultado final no era de ellos sino de Dios, y por eso salvaron sus vidas.

La venturosa experiencia de esa familia italiana, es una de las muchas demostraciones de que fuerzas supra naturales rigen nuestra vida, a la cual nosotros solo le damos matices conforme a nuestro estado de ánimo.

Por eso todos los días sé cual es mi tarea para esas veinticuatro horas; reflexiono, planifico y coordino lo que debo hacer. Pongo lo mejor de mí en el empeño de lograrlo y trato de disfrutar haciéndolo. De tal manera, no tengo apuro por hacer más de lo que me corresponde, o de ganarle tiempo  a lo que debo hacer mañana, porque hoy pongo lo mejor de mí para lograrlo, pero si algo queda pendiente no me estreso, porque estoy seguro que hice todo lo necesario y con eso cumplí con mi parte. Lo demás, es obra de Dios y no tengo duda que Él sabe hacer las cosas muy bien.

En la mayoría de nuestras actividades, el cómo o cuándo hacemos las cosas son aspectos del proceso; pero el resultado importante es el final: llegar o lograrlo.

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«SI MANTENEMOS ELEVADO EL ESPIRITU, LO COMPLEJO PUEDE HACERSE SIMPLE.»

Algunas realidades que no se pueden obviar porque son parte de nuestra vida diaria en este mundo globalizado, hacen muy difícil, sino imposible, mantener una vida simple, como sí la disfrutaron nuestros ancestros.

En ese mundo mayormente prosumista, no tenía mucho de complejo pastorear los animales, cuyo alimento lo producía la tierra en abundancia y por el cual no se requería erogar ningún recurso económico. Tampoco debía pagarse ningún salario  a los miembros de una  familia troncal que realizaban las labores del campo, siendo que los restantes alimentos eran igualmente producidos  en  el predio o huerto familiar, de cuyo producto participaban conforme a su propia necesidad.

Desde curar un catarro hasta atender un parto, pasando por entablillar una fractura o sobar una falseadura,  eran actividades que alguien de la familia o algún vecino realizaban de la manera más natural, como algo común, corriente y sin más costo que el agradecimiento y la ratificación de reciprocidad solidaria, o consuetudinario respeto reverencial de ahijado.

El hombre conocía,  pero no consideraba indispensables para subsistir, servicios especiales como energía eléctrica, alumbrado o sistemas de tuberías para suplirse del agua potable. La leña, el carbón, kerosene, carburo o las velas le suministraban lo necesario y el agua de la mejor calidad se encontraba en los manantiales y en los pozos artesianos.

De tal modo, las pocas necesidades para la subsistencia cotidiana que no podía cubrir la producción hogareña o suministrar la naturaleza, normalmente eran logradas y compensadas sobre la base del trueque por productos o trabajo, ayuda de la comunidad, o a precios al alcance de todos que cómodamente podían cubrir las familias, tan bajos que hoy parecerían ridículos.

En las escuelas de niños y párvulos, su única solicitud era la asistencia de los alumnos. Los padres no requerían erogar cantidades dinerarias para la educación básica de sus hijos. Entre otras particularidades, porque por aquellos tiempos no se estilaban las múltiples contribuciones para el cumpleaños de la maestra;  el día de la bandera, del deporte, de la  madre, del padre, del árbol,  de la alimentación, del ambiente, de la tierra, del mundo, de la libertad, del niño, de la mujer, de la mascota y… pare de contar, que convierten tales celebraciones en una fuente de estrés para las familias de pocos recursos, que constituyen la mayoría.

En las Ciudades, las personas se trasladaban a su trabajo en medios de transporte muy simples y económicos, cuando no a pie, porque en esos tiempos la gente gustaba y podía caminar por las calles, sin miedo a ser atropellados por bólidos a alta velocidad, motocicletas que ensordecen,  empujados por los buhoneros que invaden las aceras, o asaltados por los delincuentes que han hecho de las calles su predio privado.

Dada esa vida tan simple, no se requerían celulares, faxes, ni computadores. Como la delincuencia no estaba institucionalizada sino que era excepcional, tampoco eran necesarios vigilantes privados, guarda espaldas o vehículos blindados, salvo aquellos obligatorios para los mandatarios, o uno que otro ricachón que gustara y pudiera pagarse tales aspavientos. Como la televisión era muy incipiente, el consumismo, la violencia indiscriminada,  la vanidad exagerada y la promoción a los anti valores no había encontrado, como hoy, un camino tan expedito y provechoso para su aumento exponencial, en contra del exiguo presupuesto, tranquilidad y solidez familiar.

Pero, todo eso quedó en el pasado. En el mundo nuevo que nos toca vivir, asiento de los mismos seres humanos de todas las épocas, ni mejor ni peor que aquel sino diferente, no queda casi nada que se pueda considerar simple, especialmente la actuación personal. La sobre población que aqueja los conglomerados urbanos, especialmente nutridos por la migración recibida de los sectores rurales, la globalización de las comunicaciones y la competencia a muerte por todo, ha globalizado también los problemas, la corrupción, la insensibilidad y la indiferencia afectiva, haciendo la vida del hombre realmente compleja.

Nada puede ser simple hoy porque todos estamos interconectados en todas y cada una de nuestras actuaciones, inclusive en aquellas que parecieran muy personales o elementales, como cantar, estornudar, reír o…toser. El creciente estrés producido por una competencia sin límites en todos los ámbitos de la vida contemporánea, ha hecho a un creciente número de seres humanos irascibles, inquietos, apurados, angustiados, malhumorados, impacientes, desconfiados, negativos y casi… insoportables.

Aquel que saluda afable, sonríe, tararea  una canción, hace un stop en su camino diario  para observar una flor, disfrutar de una fuente, acariciar un niño, o abre la puerta a una dama o un anciano, es mirado como bicho raro, desactualizado, tonto o… anticuado. Pero algo más grave, se expone a una reprimenda o una demanda por ruidos molestos, intervención del orden público, o intromisión en… la privacidad de las personas.

Y es que todo es tan complejo, que no se puede ser integral y actuar conforme se desea, sin correr el riesgo de afectar a alguien en el vecindario, el autobús, el trabajo o la calle,  sin importar si es  el de adelante, detrás o de los lados. La complejidad lo invade todo. Nada es simple ahora, incluido casarse, curarse  una gripe,  comprar un pasaje de autobús, mudarse a otra ciudad o… morirse.

Frente a esta situación cabe preguntarse:

¿Qué podemos hacer para no afectarnos más de la cuenta por tanta complejidad? ¿Es posible aún en un mundo tan  complejo vivir una vida simple?

Frente a la primera pregunta, ciertamente hay mecanismos que podemos utilizar para adaptarnos de la mejor manera posible a un mundo que ya nunca volverá a ser simple. Con respecto a la segunda, claro que siempre, independiente del nivel de complejidad, sí que es posible vivir una vida simple.

Pienso que en ambos casos es un problema de actitud personal. Así, la solución frente a la complejidad es asumirla como una situación normal de estos tiempos que nos corresponde vivir,  y aprender a convivir con ella. Se trata de entender las realidades cotidianas y ponerlas en función de nuestros intereses, buscando hacer esa complejidad lo más sencilla posible para nuestra vida. Al fin y al cabo, está aquí y no podemos desterrarla. Luchar contra ella es hacerlo contra la corriente y eso no es inteligente ni beneficioso de ninguna manera.

El proceso de actuar de forma simple,  o de simplificar las cosas, va a estar en mucho, en nuestra forma de interpretar el tiempo y el espacio en el entorno donde hacemos nuestra vida diaria. Tenemos que jugar con lo que conocemos y tenemos, que por cierto no son más que personas, cuyas actuaciones se derivan, en su gran mayoría, de nuestra propia actuación personal frente a ellos.

Si estamos claros con lo que queremos hacer de nuestra vida, independiente de la complejidad que involucren los tiempos actuales, la satisfacción de nuestras necesidades fundamentales, físicas y espirituales, es realmente limitado y no muy difícil de alcanzar. Fuimos dotados de suficiente intelecto para hacer de lo complejo, simple, al menos con respecto a nuestras necesidades vivenciales.

Dios, el amor, el respeto, la verdad, la solidaridad, la aceptación, la generosidad y la ternura, fundamentales para una vida feliz, sin excepción aunque trascendentes son muy simples. Nacen, se desarrollan y viven dentro de nosotros mismos. En consecuencia, el nivel de complejidad que le otorguemos, es algo que nosotros mismos y nadie más decide. El mundo externo escasamente nos suministra elementos para sobrevivir físicamente, y al  menos hasta  hoy,  los indispensables se encuentran hasta en el último rincón del planeta.

Por tanto, si somos capaces de manejar los recursos internos que alimentan nuestra espiritualidad, en contacto con Dios y fuente de nuestra intelectualidad, lo demás, como lo enseñara Jesús de Nazaret «… vendrá por añadidura.», e independiente de su complejidad,  no es lo fundamental; y eso, ciertamente, es bastante… simple.

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