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Archive for the ‘CUERPO SANO MENTE SANA’ Category


 

¿Qué es la juventud o la vejez y cómo se presenta más allá de la edad cronológica?

Más allá de la semántica, estas interrogantes quedan al arbitrio de quien sobre ellas quisiere predicar algo.

He compartido con personas que acumularon varias decenas de años, pero tenían viva y activa su curiosidad, entusiasmo e interés por explorar nuevos caminos y proyectos,  quienes  de tal manera mantenían una juventud prolongada.

Quien acuñó el término “años dorados” fue alguien realmente brillante. Es esa edad la que nos permite mirar la espalda de las cosas, cuando parados sobre el pedestal de lo vivido, podemos determinar sin mucho problema quienes realmente son viejos  porque se sienten como tales  y quienes, independiente de los años vividos, disfrutan de juventud prolongada.

También he conocido algunos que  a los treinta años, por su forma de ver la vida y las cosas, su temperamento timorato, taciturno y negativo, parecían encontrarse de vuelta del final del camino, cual verdaderos… viejos.

Porque… más allá de la apariencia física ¿Qué diferencia la juventud de la vejez,  sino el entusiasmo, la curiosidad, el deseo de emprender, experimentar nuevos senderos, retos y proyectos?

¿No es el deseo de soñar, amar con pasión, enfrentar con valor y optimismo la cotidianidad y sus desafíos, independiente de cual fuere su entidad?

No son la cantidad de años vividos lo que determina la actitud juvenil, que se materializa en la aptitud y arrojo al plantearse metas, fantasías e ilusiones, para avanzar de frente y sin tregua a la consecución de su logro, en un mundo sinérgico y cambiante, sino la actitud frente a la vida y sus circunstancias.

Recordemos que fueron personas mayores de cuarenta años, quienes sintiéndose con su juventud prolongada, realizaron los mayores e importantes aportes a la civilización; sin que eso signifique  que brillantes jóvenes no aporten, especialmente en el mundo cibernético,  grandes beneficios a la sociedad contemporánea.

Un sesentón me decía: me siento muy bien con mi edad, tengo dieciocho años, porque los restante cuarenta y dos son de… experiencia.

Lo entendí perfectamente y creo en ello. La edad cronológica es subsidiaria a la edad que sentimos tener. Si nos apreciamos entusiastas, enamorados de la vida y de la gente, sin duda somos jóvenes; pero, si sentimos desgano, aburrimiento y no nos entusiasman los retos y nuevos proyectos, aunque tengamos pocos años, simplemente somos… viejos;  bendito Dios que la decisión es nuestra.

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Soy experto en eso de cumplir años; de hecho he cumplido sesenta y nueve, cual es una cifra que a nadie disgusta. Estoy satisfecho y disfruto mi edad, tanto que disiento de mis colegas de juventud prolongada, quienes con la edad,  progresivamente, descuidan la atención a su figura.

Siento que es un compromiso conmigo mismo mantenerme lo mejor posible, pero especialmente con mi pareja, porque es una forma expresivamente sentida de decirle: me importa como me veas porque… te amo.

El paso firme,  pelo bien arreglado, vestimenta apropiada, perfume agradable, buen humor y… una amplia sonrisa,  pueden hacer la diferencia entre una imagen de “viejo desgarbado” y una persona de “edad interesante”.

No es que los anos sean un estigma, pero buen tinte en el pelo, elegantes lentes de sol, ademanes gentiles y una cara de buenos días, además de elevar la autoestima, son capaces de presentarnos con cinco o diez anos menos de los que realmente tenemos, lo cual a nadie hace dano y nos hacen sentir de maravilla.

Conservarse activo; regalarse con el ser amado o los amigos un cafecito en un sitio público (que no en el Club de los Viejitos); un paseo diario, cuando un bailecito y… hacer el amor cuando se pueda, traducen la mejor medicina contra el estrés y el hastío, cuales son nuestros peores enemigos.

Desterrar conversaciones sobre médicos, achaques o enfermedades y comentar que nos sentimos “mejor que nunca” cuando nos preguntan por nuestra salud, logra que las personas apetezcan compartir con nosotros y se interesen por conocer como logramos ese buen estado de ánimo.

Una dama de ochenta anos, elegantemente vestida y un pelo gris que no canoso bellísimo,  quien igual que yo pidió un whiskey en las rocas, me contó que conduce al hospital donde trabaja,  y todos los anos en vacaciones, viaja a Europa o Medio Oriente… completamente sola. Al despedirnos, cuando le manifesté mi admiración por su talante de mujer joven, me dijo con una bella sonrisa:

-El cuerpo es importante y debemos cuidarlo, pero lo es más el espíritu  y ese, definitivamente, no envejece.” Ella es un ejemplo de que trabajo, optimismo y confianza alargan la vida; y eso deberíamos aprenderlo.

Alguien escribió: la vida no es una fiesta pero debemos bailarla. Suscribo integralmente este apotegma. Nuestra existencia es una aventura emocionante, pero aunque no lo fuera tanto, seguramente vale la pena bailarla.

 

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“Si amas dilo, repítelo, no te canses de hacerlo; porque el amor en silencio es medio amor”

Millones de personas a las puertas de la muerte, darían lo que fuere sólo por unos minutos más de vida; en ese momento, quizás por primera vez, ellos, un poco tarde, logran entender el valor de un minuto de existencia, que en esa especialísima ocasión equivaldría a una vida… más.

Asimismo, si pudiésemos consultar quienes yacen bajo la tierra, seguramente nos manifestarían su frustración por no poder corregir su mayor error mientras vivieron físicamente: haber desperdiciado minutos de felicidad. Quizás fue esto lo que nos quiso recordar Borges, cuando al final de su vida sentenció: “He cometido el mayor pecado de la vida: no he sido feliz”.

Hoy al despertar, cuando abrí mis ojos frente a una mañana radiante y al abrir mi ventana el aire, que no sabe de donde viene ni hacia donde va, en su raudo vuelo con mil sonidos y aromas diversas acarició mi cara, sentí en toda su plenitud el privilegio de poder recibir esas maravillosas sensaciones, que me prueban que aún estoy aquí, en este extraordinario mundo que Dios me dio por heredad.

Entonces sentí la necesidad de orar, de decirle a mi Padre Celestial cuanto le amo; cuanto le agradezco el haberme permitido conocer y disfrutar de la bella e incuantificable naturaleza, y muy especialmente, por haberme regalado mis hermanos humanos, que con sus altos y bajos, me han hecho protagonista de una vida, que es una hermosa aventura, la cual, si pudiera repetir, lo haría exactamente como la he vivido.

Es que sólo respirar ya es una experiencia indefinible; pero amar, tener una familia, amigos, educación, trabajo, sueños, esperanzas, y la posibilidad de ser útil aunque fuere a una sola persona, son experiencias que no se pueden dejar de disfrutar con fruición.

Hay tanta gente sola, enferma física y espiritualmente, pero que tampoco tuvieron acceso a la cultura ni al conocimiento; quienes no disponen de un techo donde guarecerse, alimentación básica ni seguridad de ningún género, que estamos obligados a protegerlos y orar por ellos.

Por eso, no podemos desperdiciar ni un segundo, porque como el agua bajo los puentes pasará y no podremos recuperar ningún instante perdido.

Pero… aun hay tiempo; vaya, ponga contra su pecho a sus seres queridos, béselos, dígales y repita hasta el cansancio cuanto les ama y necesita; póngalos al rescoldo de su ternura, siémbrelos en el fondo de su alma, porque sólo allí lo acompañarán… siempre.

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Mucha oportunidad de disfrutar y disfrutarnos, se desperdicia en preocupaciones por cuanto debe o puede ser nuestro peso ideal; paradójicamente, corresponde más a nuestra preocupación por como nos ven, que por como nos apreciamos nosotros mismos.

La sociedad, más por intereses mercantiles que estéticos, ha diseñado modelos y etiquetas, con los cuales manejarnos a su antojo, sin ninguna preocupación por nuestra sagrada individualidad y… diversidad.

De niños, con la intención de que crezcamos “Sanos y fuertes”, se nos induce a consumir productos energéticos con alto contenido de carbohidratos, y consecuentemente, a favor del aumento de peso. A determinada edad, se invierte la presión y entonces se nos aplica todo tipo de expresiones peyorativas a nuestra humanidad, para que dejemos de comer.

Así, por causa de nuestra apariencia física, más pensando en los modelos creados para controlarnos que en nuestra propia satisfacción, terminamos descontentos con nosotros mismos.

A todas estas nadie se ha preguntado, con relación al peso, cuál es aquel que, como individuos, sentimos que es bueno para nuestra vida.

Más allá del factor salud, en el caso de personas con patologías como la obesidad o anorexia… ¿Puede alguien determinar que sea el peso lo que decida la felicidad? No, de ninguna manera.

Que un peso apropiado pudiera ser conveniente para una mejor salud, eso parece bastante lógico. Pero que una persona para ser feliz dependa de su peso, realmente me parece un contrasentido.

El peso ideal es aquel que uno escoge y se procura; porque el primer admirador del cuerpo debe ser uno mismo y no hay nada más reconfortante que sentirse bien.

Conozco mujeres llenitas que a todos atraen, cuales nadie podría negar su hermosura y sensualidad. Igualmente conozco otras flacas o delgadas, que inspiran más ganas de regalarles un caramelo que de saborearlas como tal.

Lo importante no es como me ven o me perciben los demás, sino como me siento yo mismo, porque tengo que vivir con mi cuerpo veinticuatro horas y sería horrible hacerlo insatisfecho.

La belleza es una apreciación absolutamente subjetiva; por tanto, para quienes me aman soy la imagen física que ellos ven, o quizás como me quieren ver, diferente a la que pudieran percibir los demás. Para ellos no es trascendental mi peso corporal, porque aprecian mis valores humanos individuales y mi capacidad de expresar y concretar mi amor, y eso es lo único que debe importarme.

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No me interesa mi edad, pero si me preguntaran cuanto he vivido, entonces puedo hablar de esos espacios de tiempo, que para mì no tienen decisiva importancia. Lo trascendente es cómo he vivido, porque siento que tengo los años que quiero y que disfruto… intensamente.

Hago lo que considero bueno; de tal manera, emprendo mis proyectos viviendo intensamente el camino de realizarlos, sin darle demasiada importancia al resultado; si tengo éxito me congratulo, pero si fracaso atesoro el aprendizaje y acto seguido inicio uno nuevo.

Los años vividos me han permitido mirarle la espalda a las cosas; por lo cual, me apasiona vivir cada momento y sus detalles; en la vía de lograr mis cometidos son cada paso o circunstancia, lo que me permite sentir las cosas, disfrutar de las personas y apreciar la obra de Dios en las soleadas mañanas al inicio de la faena, o las puestas de sol en la tarde cuando descanso, luego de un día agotador pero emocionte.

Es tan lindo sentir que se ha vivido gustando de lo que se hace, más que haciendo lo que nos gusta; que el cuerpo y el cerebro –sin importar las dificultados- siempre dicen: sí… adelante.

¿Que valor tienen los años si lo importante es cómo se han vivido? No es haber vivido poco o mucho lo que determina lo vivido, sino la intensidad, satisfacción, emoción, alegría, generosidad y la felicidad con que se ha recorrido el interesante camino de compartir la existencia.

No existe edad especial o ideal para amar, esperar, desear, disfrutar del amor, la familia y… ser útil. Puede el joven, adulto o viejo, igualmente sentir el calor del afecto, el frío de la soledad o el sabor agridulce de las lágrimas. Nuestros sentimientos no dependen de la edad, ni es algo que se construya fuera de nuestra interioridad; se trata del obrar humano, que paulatinamente forma óptica de ver la vida y las cosas, y por ende, cómo logramos nuestra realización individual.

Haber vivido intensamente, disfrutando de las muchas bendiciones que Dios puso sobre esta tierra, nos permite mirar el mundo sin temor, en paz con nosotros mismos y nuestros semejantes; nos ayuda a pensar que fue bueno haber nacido, haber sentido que de una u otra manera, esos hermanos nuestros que caminan sobre la tierra, independiente de su edad, contribuyeron decisivamente para que se diera ese fenómeno típico de los seres pensantes: una vida feliz.

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AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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Independientemente del sabor, nuestra vida se asemeja a un pastel, que Dios nos permite confeccionar durante nuestra existencia física, tomando los ingredientes de nuestras vivencias diarias.

Muchas personas no llegan a entender este detalle existencial y pierden la oportunidad de crear, mezclando los elementos que, separados pudieran ser tóxicos, desagradables al paladar o negativos a nuestra salud espiritual y así construir un rico pastel de vida.

Por ejemplo, las situaciones difíciles y los momentos duros tomados individualmente o aislados, cuales nos preocupan y atemorizan, simplemente se convierten en una desgracia; pero, cuando los mezclamos y dejamos trabajar al tiempo, entendemos que son convenientes porque son ellas las que nos enseñan como evitar males mayores.

Cuando alguien deja de amarnos con la misma intensidad de nuestro amor o nos es infiel, la tristeza y desagrado temporal, visto como hechos aislados, nos frustran y duelen. Sin embargo, cuando mezclamos estos sentimientos con nuestra integridad vivencial, entendemos que son el tamiz mediante el cual aprendemos a separar lo mejor, de lo mediocre o negativo.

Además, existen otras dimensiones que no podemos determinar con nuestra lógica racional, donde se mueve esa organización universal perfecta, que nos permite respirar y bombear sangre a nuestro corazón, sin preocuparnos de la secuencia de tan importantes funciones; que nos permite sentir emoción, amor y temor, sin ubicación exacta de donde se producen estos fenómenos.

De alguna manera, nuestras circunstancias vivenciales se asemejan a los materiales necesarios para producir un pastel. El amor, la amistad, la familia, el sexo, el trabajo, los estudios, la diversión, los tropiezos, los errores, los aciertos y desaciertos, los sentimientos, nuestras visiones de la vida y las cosas, el dolor, la tristeza, la culpa, la caridad, la generosidad y el perdón; todos independientes y por separado, tienen un sentido diferente a cuando los amalgamamos en función de nuestro proyecto de vida.

La textura, presentación y sabor de ese emocionante pastel que es nuestra vida, sólo dependerá de nuestra creatividad, positivismo y fe en las muchas bondades que podemos extraer de las diferentes situaciones y eventos de nuestra vida.

Sólo tenemos dos posibilidades: mezclar los acontecimientos que nos afecten, bajo la premisa de que podemos transformarlos en beneficiosos, y seremos felices; u olvidando el poder que nos otorga nuestro origen divino, permitir que el pesimismo se imponga al optimismo, la resignación a la acción, y entonces con toda seguridad seremos infelices.

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Cuando dos personas diferentes llegan a hacer de sus vidas un solo cuerpo y una sola alma, es un evento especial que sólo puede producirlo… el amor. La principal motivación para unir nuestra vida a la de otro, casi siempre extraño hasta poco antes de conocerlo, es confundirse en uno solo con esa otra persona.

El amor surge espontáneo, pasional y… urgente. Su espontaneidad le genera riesgo, pasión y peligro. Su urgencia es la de lograr unir el cuerpo y el alma con quien amamos, sin importar el riesgo. Cuando amamos, jugamos a ganar o a perder; simplemente, lo arriesgamos todo sin reservarnos nada. Nuestros mecanismos de defensa se minimizan y sólo queda espacio para la emoción, la pasión, el entusiasmo, la ilusión y… la esperanza. Todo inmerso en esa bruma rosada que nos hace ver la vida como debería serlo: muy bella.

El resultado de esa hermosa aventura que significa hacer pareja, dependerá de que los dos tengan la capacidad de confundirse en un solo corazón y una sola alma; lo cual por cierto no es tan difícil, pero sí requiere de nobleza, generosidad, deseos de dar, reconocer y aceptar a quien amamos, en sus propias y originales dimensiones humanas.

No es posible encontrar un “prototipo” conforme nuestros deseos, pero si tenemos la capacidad de fundirnos con el otro, al confundirnos nos hacemos una parte de su cuerpo y su alma. Así, al integrarnos en uno solo, vencemos las diferencias, caminamos por el mismo sendero con los mismos intereses, ambiciones y sueños; eso es posible, lo he vivido y disfrutado por más de treinta y nueve hermosos años. No ha sido fácil, pero si emocionante y engrandecedor.

Es como una meta que establecemos, en beneficio de la cual todos los días hacemos algo positivo, beneficioso y… agradable. Tiene que ver mucho con el color que uno asigna a las situaciones y eventos de la vida diaria. Somos nosotros y nadie más los responsables de lograr el premio; viviendo de la mejor manera posible, manteniendo vivo el afecto y el respeto, haciendo del hogar un nido de amor donde se funde y progrese una familia; y eso sólo puede lograrse cuando dos personas que se aman y hacen pareja, tienen el valor y sinceridad de mostrarse como son, de actuar para fundirse y confundirse en un solo cuerpo y una sola alma.

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«SI VOLVIERA A VIVIR, NO ESCOGERÌA OTRA VIDA DIFERENTE.»

Siento que vivo en un mundo de gente muy rica. Las personas que tropiezo todos los días me recuerdan con variados ejemplos y circunstancias, que realmente disponemos cada uno de grandes tesoros que, lamentablemente, para la mayoría, pasan inadvertidos.

No existe posibilidad de medir el valor de algunas cosas imposibles o muy difíciles de readquirir o recuperar, que tengan que ver con la integralidad física del ser humano,  porque por el efecto de la relatividad, su entidad  estaría determinada por las características específicas de cada caso en particular.

Así, en una oportunidad tropecé en un parque con un tierno niño de ojos  hermosos y sonrisa amplia, que no reprimía su emoción, mientras trataba mediante señas explicaba algo  a su hermanita menor, porque… no podía hablar.

Otra vez, sentado en un café, me llamó la atención la inocultable alegría de una adolescente, quien en compañía de otras dos reía, mientras tomaba su taza de café con la mano izquierda porque la derecha la suplantaba una prótesis.

Muchas veces he visto en las calles a un niño llevando de la mano a un adulto, narrándole lo que sucede alrededor y señalando los obstáculos, porque se trata de una persona ciega.

Por mi trabajo, recibo diariamente quejas de novios, cónyuges y personas solteras, por la situación económica, familiar, política o de la desatención de los seres que aman; en su totalidad, se trata de personas sanas e integral y físicamente completas.

Toda esa diversidad de situaciones y actuaciones, me hacen evaluar los tesoros que aunque están a la vista de todos, para algunos pasan inadvertidos. Siento que únicamente disponer en buen estado, de los órganos que posibilitan ejercer mis cinco sentidos, mis extremidades y el resto de mi cuerpo, me hacen el hombre más rico del mundo.

Ciertamente, soy tan rico que si alguien me ofreciera todos los millones del mundo por una de mis extremidades, no necesitaría pensarlo para decirle que no. Tampoco concibo precio para ninguno de mis órganos sensoriales, ni los internos como el corazón, el hígado o los riñones, por nombrar algunos. Si alguien pudiera generalizar su precio -lo cual no es posible- sumaría tantos millones que se necesitarían muchas vidas para gastarlos.

Entonces ¿Cómo entender que diariamente veamos en la calle personas sanas e integralmente completas físicamente, angustiados  por cosas tan intrascendentes como el dinero, la fama, la belleza física o el poder, cuales individual o conjuntamente no podrían solucionar ninguna de las deficiencias señaladas, sin considerar el incuantificable tesoro que significa poseerlas?

¿Porqué no tomar el ejemplo de aquellas extraordinarias personas minusválidas, que sonríen y son felices dando todos los días gracias a Dios por mantenerlos vivos?

¿No es acaso la vida en sí misma el mayor regalo de Dios y disponer con salud de nuestro cuerpo físico, nuestro mayor tesoro?

Es tiempo de meditar sobre ello, porque es la única manera de disfrutar a conciencia de todas las bendiciones que Dios nos da… todos los días.

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«MI CUERPO NO INFLUYE EN MI ESPÌRITU, PERO MI ALMA DETERMINA COMO SE SIENTE MI CUERPO.»

En su màs alto nùmero, las enfermedades del cuerpo son soportables, controlables y en muchos casos, curables. Conocí personas que convivieron más de veinte años con enfermedades consideradas graves, así como vi morir en menos de una semana, por una supuesta gripe mal curada, a una persona de apenas treinta y cinco años.

Como quiera que no escribo para doctos o eruditos, sino para la gente común que le interese oír un testimonio de alguien que ha vivido más de sesenta y seis años con mu buena salud, les comento mis observaciones sobre el tema de las enfermedades físicas que pudieren afectarnos.

Considero la más grave de las enfermedades aquella que agrede mi alma; porque al perturbar mi estado de ánimo, me hace más vulnerable al crear las condiciones para que las enfermedades ataquen mi cuerpo.

Mi sistema inmunológico natural responde a mi estado de ánimo. No conozco a personas que derivado de un estado de felicidad, le haya afectado alguna dolencia o enfermedad. Pero si se de quienes por situaciones de estrés, tristeza, baja autoestima, frustración o ira, derivaron enfermedades que les fue muy difícil o imposible superar.

Fuimos diseñados con todas las condiciones para ser felices y se nos dio un mundo donde todo está previsto y a nuestro alcance para lograrlo. La contrapartida es la de ser útiles a nuestros semejantes.

No conozco personas ciertamente felices y útiles que sufran de graves enfermedades; y eso lo atribuyo a que su alma rebosa de amor, alegría por la vida y las personas.

Creo en reglas naturales que no están escritas, pero en mi caso siempre funcionaron; pienso que nuestra vida tiene dos objetivos primordiales: felicidad y utilidad. Cuando no los cumplimos a cabalidad, la naturaleza nos saca del camino, porque ni merecemos la vida ni justificamos nuestra permanencia en ella.

Hoy disponemos de una medicina alopática que elimina cualquier dolor, pone a dormir al insomne y hace más llevadera cualquier dolencia. Asimismo, la medicina natural se aplica con éxito a muchas de las enfermedades del cuerpo.

Pero no hay laboratorio que fabrique o expenda un gramo de tranquilidad espiritual, amor, sensibilidad, solidaridad, fe, confianza o… esperanza; porque estos factores solo están presentes cuando tenemos tranquilidad espiritual y estamos contentos con nosotros mismos, respondiendo al fin para el cual Dios nos trajo a este mundo.

Por eso sugiero procurar salud espiritual, disfrutando las bendiciones que Dios nos da todos los días; considerando que la vida es buena; aceptando que todo problema es pasajero; disfrutando de lo que tenemos y preocupándonos menos de lo que carecemos; aceptando a las personas en su diversidad y bendiciendo cada día, porque el mayor privilegio es mantenernos con vida.

Creo que más que la enfermedad del cuerpo y su gravedad en sí mismos, debemos ocuparnos de buscar su origen, y estoy convencido que la felicidad personal, al preservar nuestra alma, sino se constituye en un antídoto, pudiera ser una especie de buena vacuna para cualquier enfermedad.

Próxima Entrega: LA IMPORTANCIA DE SENTIR.

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