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Archive for the ‘AUTOANÀLISIS’ Category

AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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¿Pueden todas nuestras vicisitudes denominarse problemas?

Aunque pareciera una creencia generalizada que todo lo inconveniente es un problema, pienso que en nuestra cotidianidad, la mayoría de los supuestos problemas no son más que asuntos por resolver, lo cual cambia radicalmente el estatus de su solución.

En mi criterio –práctico que no semántico- los reales problemas humanos son aquellos en cuya solución no podemos personalmente influir, o que no tienen solución conocida. Por ejemplo, la muerte de una persona amada; porque nada podemos hacer o influir para restituir su vida, cual sería la única solución al caso.

Cualquier otra circunstancia que nos afecte negativamente, en la cual nuestra gestión, diligencia o acción pueda incidir para producir una solución, es un asunto por resolver y como tal, susceptible de solución en la medida de nuestra efectividad. Por ejemplo, la pérdida de un amor, una enfermedad, una situación difícil de trabajo o económica, no pueden considerarse problemas sino asuntos por resolver y, a nadie más que a nosotros mismos corresponde resolverlos.

Tal óptica vivencial se hace interesante, ya que, al hacer depender las posibles soluciones de nuestra propia gestión o diligencia, pone los asuntos por resolver en nuestro ámbito de acción personal y efectividad, evitándonos culpar o esperar que otros los resuelvan y forzándonos a utilizar nuestra mejor capacidad para producir lo concerniente.

Muchos asuntos por resolver se convierten en verdaderos problemas, precisamente por esa visión pesimista que los presenta como predestinados, o fatalmente dependientes de la suerte, gestión y diligencia de terceros, creándonos una fijación mental negativa, que nos impide actuar oportuna, diligente y efectivamente.

Los reales problemas en nuestra vida son muy pocos, ya que, en su mayoría, son asuntos que podemos resolver, en tanto y en cuanto creamos en nuestro poder personal y capacidad para enfrentar cualquier reto, por grave que este fuere. Es que, aún la muerte, que generalmente se concibe como un problema sin solución, en determinados casos o situaciones, más que un problema se convierta en una solución para el fallecido y/o personas de su entorno íntimo o cercano.

No obstante, la historia nos ha enseñado que, al final, lo importante no es la definición de los sucesos sino la trascendencia que les demos; porque nada sobre esta tierra es tan terrible o desastroso, que con el pensamiento positivo, la fe en nuestra capacidad personal, diligencia, trabajo y la ayuda de Dios, no podamos encontrarle solución apropiada.

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NOTA ESPECIAL: Por solicitud especial de  uno de mis queridos  lectores, me permito transcribir nuevamente este post, cual ciertamente es bueno para la reflexiòn.

«Con el niño activado, probablemente recordaremos los días de noviazgo con esa persona tan especial que fue joven, bella, dulce y glamorosa; que llenó las más hermosas horas de nuestra juventud. Porque ella está ahí, como siempre bella, dulce, tierna y con esa atracción especial de las niñas cuando se hacen… mujeres. Ella siempre ha estado cerca, muy cerca de nosotros, aunque a veces nos haya pasado desapercibido; y quizás más cerca que nunca porque ahora es nuestra esposa: la compañera de viaje largo que escogimos libremente y sin ningún apremio; nuestra inseparable amiga, única confidente segura, consecuente y…leal.

Es la misma que besaba las rosas que le llevábamos el día de los enamorados, flores que sigue amando, pero se contenta con verlas tras los cristales de la floristería, porque hace bastante tiempo ya que no le traemos una… para besarla. Aquella que esperaba temblorosa de emoción en los momentos íntimos, sólo al olor de ese perfume que sabíamos que le gustaba tanto y que usábamos especialmente para ella; pero que ahora más hermosa y más mujer, lo cual pareciera que a veces no notamos, tiene que contentarse con recibir el poco tiempo que nos quede, sin el perfume aquel que la hacía vibrar, porque ya no nos acordamos ni siquiera… cual era el que usábamos.

Todos esos bellos sentimientos en estado de hibernación; sueños casi evaporados por un tiempo que no termina de pasar; de emociones disminuidas y enfermas de gravedad, que se niegan a morir por causa de una realidad que no tiene razón de ser… como es, han producido esos vacíos vivenciales que aumentan nuestro estrés, que nos deprimen sin una razón aparente y que le hacen perder sabor a la vida, sembrándonos de interrogantes aterradoras; produciendo barreras en la mitad o más allá de ese camino que iniciamos con tanta emoción y entusiasmo, y que hoy amenaza con la monotonía, la nostalgia y el aburrimiento.

Enigmas que como la cizaña penetran nuestra alma y como hiedras clavan sus raíces en nuestros más puros sentimientos, obligándonos a hacernos las preguntas más lacerantes:

¿Valió la pena todo esto?

Para degradarla en mil interrogantes menores: ¿Quizás escogí mal? ¿Sería que me equivoqué en la elección? ¿Quién tendrá la culpa? ¿Debo hablar sobre ello o callar hasta que no pueda más? ¿Podremos rehacer lo andado? ¿Tenemos tiempo aún?. Creo que en este caso lo sano, lo inteligente, lo apropiado no es especular sobre lo que no se hizo, sino sobre lo que aún se puede hacer. Es revisarnos y escarbar dentro de nosotros mismos buscando las respuestas acertadas, pero no las que quisiéramos oír.

Si analizamos nuestra actuación a detalle, abriendo el corazón y nuestra alma a las personas que conforman ese entorno íntimo, y las aceptamos como son, con sus virtudes y sus limitaciones, seguramente entenderemos que en mucho hemos permitido que nos alejen de ellas, dejándonos llevar por la praxis de una vida todos los días más exigente y compleja, donde lo importante no es cómo nos sentimos, sino cuánto producimos. Sin tener real conciencia de lo que hacemos y sus consecuencias, nos han llevado a ambicionar bienes materiales, cuales la mayoría de las veces no son indispensables, con prioridad a los espirituales, que si lo son.

Tanta confusión nos ha orientado a equipar un hogar con una gran casa, con lujosos y confortables muebles, pero sin el sentimiento de compartir; mullidas camas, sin importar el sueño o la pasión de quien en ella nos acompaña. Riquezas que no pueden aportarnos ni un minuto de vida, ni pueden comprar amor, salud, amistad o lealtad, mientras el afecto familiar muere por falta del calor que le dio origen. Pero, gracias a nuestro origen divino, en el mundo de nuestra intimidad siempre hay tiempo para enmendar lo errado, especialmente si aún vive la llama del amor.

En el caso de la pareja, que es donde se producen más a menudo esos vacíos existenciales, conviene combatirlos en la raíz: la nostalgia, el desencanto de la pasión, la rutina y el hastío. Cualquier solución que se decida debe reforzar los sentimientos del amor y la solidaridad que produjeron la unión. Así, para combatir el desencanto y el decaimiento de la pasión, la solución es volver a enamorarnos. Volver a ver a nuestro cónyuge con ojos de enamorado; al menos para los hombres otra vez como novia, pero ahora más tierna, más hecha, más… mujer. Ahora, con más motivos por los cuales amarla: continúa amándonos, nos ayuda, nos soporta y por si fuera poco, nos dio nuestros bellos hijos.

Aprovecharemos que ella no tiene novio; tuvo uno y lo perdió cuando lo convirtió en su esposo. Es una oportunidad que no podemos desperdiciar. Nuevamente la enamoraremos y nuevamente nos convertiremos en su novio. Es todo lo que le hace falta: un novio a quien amar, con quien soñar, con quien fantasear. Un novio…mágico. Y… ¿Que fenómeno más mágico que un novio-esposo?

Sería simplemente fantástico. Se sentiría la mujer más bella, la más sensual, la más deseada y feliz del mundo. ¿Qué pensamiento nostálgico podría ser más fuerte que esa realidad maravillosa? Ninguno. Y el hastío y la rutina ya no tendrían cabida en la relación. ¿Quién podría hastiarse de un evento entre dos novios-esposos que se hacen amantes? Nadie que pueda considerarse hombre o mujer.

Entonces, ¿A qué esperar? Salga de su trabajo antes de la hora, pase por la licorería, compre champagne, galletas y caviar; no olvide la perfumería, usted sabe cual comprar. Ah… y recuerde las flores, pero una sola, eso es más íntimo… más significativo. Por cierto, antes de salir llámela e inteligentemente, sin dejar que lo imagine todo, dele un anticipo, algo que le haga pensar que debe ponerse sexy porque hay algo especial para ella… esta noche.

Como ya no soy tan joven por lo cual no estoy para emociones tan fuertes, no quiero imaginar a detalle el final de la velada. Al otro día, nadie debe levantarse temprano, ni los hijos ir al colegio. Le recomiendo un desayuno energético: huevos y tocineta para recuperar las fuerzas, pero eso sí, hechos por usted mismo. No importa si se queman un poco. Ella los comerá feliz.

Se me olvidaba. Regálese un día y no vaya al trabajo. Monte su familia en un auto y váyase a pasear, luego a almorzar fuera y finalice ese nuevo día con una película familiar, con cotufas y snacks.»

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Si concebimos la vida como un camino a recorrer con amor y emoción, debemos actuar ahora y sin ninguna dilación, porque pudiera ser que no tuviésemos nueva oportunidad para repetir ninguno de nuestros actos.

Tenemos que capturar todo lo bello que tengamos delante y guardarlo en lo más íntimo de nuestro ser, sin dejarlo para más tarde o para mañana, porque no sabemos si tendremos oportunidad de repetirlo.

No dejaremos pasar oportunidad para ser corteses y solidarios, haciendo sentir a nuestros hermanos humanos, que compartimos su necesidad de comunicarse y nos importan sus sentimientos, lo cual será para ellos como un bálsamo especialmente apreciado.

Cuando despertemos y la luz del día ilumine nuestro mundo lleno de sonidos y aromas familiares, daremos gracias a nuestro padre celestial por ese nuevo día que nos regala, que pudiera tener el valor de una vida entera.

Celebraremos diariamente la maravillosa sensación de ver, oír y disfrutar de los demás sentidos que nos regalan inconmensurable belleza; porque sabemos que tantos hermanos desventurados, sin explicación lógica aparente, nunca podrán hacerlo.

Si Dios nos obsequió una bella familia, ahora mismo y no después los amaremos; y veneraremos especialmente a esa maravillosa persona que nos escogió como pareja entre millones de otras personas; regalaremos ternura, respeto y solidaridad a esos pedacitos de amor concentrado, que vinieron al mundo para dar sentido a nuestra vida y permitirnos continuar nuestro amor en ellos… por siempre.

El hoy es lo más importante, porque es lo único realmente nuestro. Cada situación representa una oportunidad para ser felices, porque sólo depende de nosotros el estatus que otorgamos a cualquier circunstancia. La realización material y espiritual representada en una vida armónica y en paz, depende de valores trascendentales como el amor, el respeto, la consideración, el reconocimiento, la sensibilidad, la solidaridad, la lealtad, la aceptación, la generosidad y la caridad, cuales son intangibles y para obtenerlos únicamente requerimos nuestra voluntad y decisión.

Somos tan vulnerables físicamente, el tiempo transcurre tan rápido y no conocemos cuanto estaremos aquí, que no podemos permitirnos el lujo de perder ni un momento para disfrutar, decir cuanto amamos, deseamos y esperamos.

Manifestaremos nuestra fe, optimismo y entusiasmo en disfrutar todo lo que tenemos al alcance, y la esperanza de que luego, más allá de esta vida viviremos como en esta, porque igual que aquí estaremos con ese padre amoroso, que nos acompañó durante esta vida y nos espera ansioso en la otra.

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Independientemente del sabor, nuestra vida se asemeja a un pastel, que Dios nos permite confeccionar durante nuestra existencia física, tomando los ingredientes de nuestras vivencias diarias.

Muchas personas no llegan a entender este detalle existencial y pierden la oportunidad de crear, mezclando los elementos que, separados pudieran ser tóxicos, desagradables al paladar o negativos a nuestra salud espiritual y así construir un rico pastel de vida.

Por ejemplo, las situaciones difíciles y los momentos duros tomados individualmente o aislados, cuales nos preocupan y atemorizan, simplemente se convierten en una desgracia; pero, cuando los mezclamos y dejamos trabajar al tiempo, entendemos que son convenientes porque son ellas las que nos enseñan como evitar males mayores.

Cuando alguien deja de amarnos con la misma intensidad de nuestro amor o nos es infiel, la tristeza y desagrado temporal, visto como hechos aislados, nos frustran y duelen. Sin embargo, cuando mezclamos estos sentimientos con nuestra integridad vivencial, entendemos que son el tamiz mediante el cual aprendemos a separar lo mejor, de lo mediocre o negativo.

Además, existen otras dimensiones que no podemos determinar con nuestra lógica racional, donde se mueve esa organización universal perfecta, que nos permite respirar y bombear sangre a nuestro corazón, sin preocuparnos de la secuencia de tan importantes funciones; que nos permite sentir emoción, amor y temor, sin ubicación exacta de donde se producen estos fenómenos.

De alguna manera, nuestras circunstancias vivenciales se asemejan a los materiales necesarios para producir un pastel. El amor, la amistad, la familia, el sexo, el trabajo, los estudios, la diversión, los tropiezos, los errores, los aciertos y desaciertos, los sentimientos, nuestras visiones de la vida y las cosas, el dolor, la tristeza, la culpa, la caridad, la generosidad y el perdón; todos independientes y por separado, tienen un sentido diferente a cuando los amalgamamos en función de nuestro proyecto de vida.

La textura, presentación y sabor de ese emocionante pastel que es nuestra vida, sólo dependerá de nuestra creatividad, positivismo y fe en las muchas bondades que podemos extraer de las diferentes situaciones y eventos de nuestra vida.

Sólo tenemos dos posibilidades: mezclar los acontecimientos que nos afecten, bajo la premisa de que podemos transformarlos en beneficiosos, y seremos felices; u olvidando el poder que nos otorga nuestro origen divino, permitir que el pesimismo se imponga al optimismo, la resignación a la acción, y entonces con toda seguridad seremos infelices.

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La mayor responsabilidad con nosotros mismos, como seres dotados de raciocinio, es que en su mayor porcentaje nuestro éxito o fracaso únicamente es aplicable a… nuestra propia actuación.

Si somos exitosos, bienaventurados y felices, se deberá a nuestros personales aciertos; igualmente, si fracasamos, somos desventurados o infelices, será producto de nuestros errores o toma de decisiones desacertadas. El conocimiento de esta realidad nos crea la tendencia a la justificación, achacando nuestros errores a la mala suerte o los designios de Dios; no obstante que, la suerte –si existiera- la propondríamos nosotros y fue precisamente Dios quien nos dotó del raciocinio suficiente para tomar decisiones acertadas, que producirían resultados positivos. Esas quejas y lamentos diarios de malos momentos y carencias que nos afectan, sin analizar suficientemente qué los origina, neutralizan nuestras capacidades y desestiman las muchas bendiciones a nuestro alcance.

Es una tendencia enfermiza el pregonar los males y eventos desagradables como algo fatal e ineludible, sin analizar los orígenes de las situaciones que determinaron esos resultados negativos, donde seguramente el factor dominante lo fue nuestra negligencia, negativismo, falta de empeño y ausencia de fe en nuestra capacidad para convertir los pensamientos en cosas.

Cuando escucho lamentaciones y quejas personales, todas comparativamente inferiores al estatus de disfrute de vida, salud, paz y amor, siento que somos especialistas en complicarnos la vida, especialmente nuestra psiquis; así como que somos desagradecidos con esa fuerza universal y maravillosa que organizó todo, obsequiándonos condiciones especiales de razón e inteligencia, que negó a otros seres vivos.

Por ejemplo, nos quejamos si no tenemos manjares en la mesa; perdemos un amor vivido; tenemos que trabajar duramente; por sentirnos viejos; considerarnos menos agraciados o sexys; por disgustos e incompatibilidades familiares; sin considerar aquellos que mueren de hambre, que nunca llegaron a disfrutar un amor, quienes no tienen un trabajo digno, quienes carecen de un miembro, son ciegos, tienen sus rostros desfigurados, o aquellos que no tienen una familia ni un techo en el cual guarecerse.

Debemos aceptar que si desperdiciamos tantos beneficios que Dios nos otorga, si no contamos nuestras bendiciones, si desaprovechamos esa fuente de amor que son nuestros hermanos humanos y por tanto no somos felices, la única culpa es nuestra porque disponemos de libre albedrío y estado de ánimo, los cuales debidamente utilizados darían a nuestra vida el color y sabor deseados. No son Dios ni la suerte los culpables, sino nosotros y… nadie más.

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Hoy, como padre más que como consejero familiar, me he sentido triste al leer un comentario de una de mis lectoras muy jóvenes, quien se quejaba de su supuesta enfermedad de depresión permanente –para lo cual está siendo medicada- al punto de confesarme que lo único que la apegaba a la vida, era el dolor que sabía produciría a su familia en caso de perderla. Tal injustificada situación me hizo reflexionar sobre el hecho de que, en la mayoría de los casos, los humanos producimos muchas de nuestras enfermedades físicas y creamos las condiciones para desestabilizar nuestra psique. Opino que la raíz de esa desacertada circunstancia vivencial, reside en el hecho de que pensamos y nos preocupamos más de lo que carecemos y/o pudiéramos llegar a tener, que de lo que realmente disponemos a nuestro alcance. En este mismo sentido, nos preocupamos más por el objetivo final de nuestras metas, que por vivir el camino que recorremos para lograrlas. En el primer caso, descuidamos contar las múltiples bendiciones que recibimos de Dios todos los días, como el mantenernos vivos, cuando tantas personas menores, de igual o mayor edad, mueren todos los días de diferentes maneras. Unicamente el disponer de juventud –como el caso de la joven que refiero- que es el mayor tesoro de un ser humano racional, es sin duda, una de las más ricas bendiciones. Igualmente, poseer todo nuestro cuerpo, cuando hay tantas personas que carecen de uno o más miembros; poder utilizar nuestros sentidos, que nos permiten disfrutar de la belleza; oír la música y la palabra amor; degustar los múltiples manjares de nuestra dieta diaria; oler el maravilloso perfume de las flores; y sentir el toque mágico en la piel del ser amado, no podemos llamarlo más que bendiciones. Pero, en un mundo donde cada quince segundos muere un niño de hambre; y un mil trescientos millones de personas viven bajo pobreza crítica, lo cual implica no tener trabajo, ni casa, ni educación, ni bienes de ningún género, y escasamente el alimento mínimo para no morir de inanición, tales datos que no nos afectan personalmente, no pueden más que hacernos sentir privilegiados. Entre otras cosas, porque nosotros tenemos –al menos en la medida conveniente- casi todas las cosas de que ellos carecen, especialmente alimentos, cuales algunas veces rechazamos por el temor a engordar, en las mismas cantidades con las que ellos, si los tuviesen, sobrevivirían. Pues bien, todas esas bendiciones son las que debemos contar todos los días, porque en la medida en que lo procesemos, estaremos en capacidad de disfrutar mejor de nuestra vida cotidiana; pero también porque ese sentimiento de satisfacción inmediata, hace disminuir la importancia de las pocas cosas de las cuales carecemos, ubicándolas en su justo sitio. En el segundo caso, si en vez de dedicar todo nuestro esfuerzo, intelecto, dedicación y a veces hasta el sacrificio del afecto de quienes amamos, por lograr el objetivo final de nuestras metas, disfrutáramos del camino de lograrlo viviendo cada paso y cada estación; amando lo que hacemos y edificando a quienes con nosotros colaboran y nos hacen compañía; regocijándonos en cada momento y evento como si fuera el último, pero con la esperanza de que tendremos muchos mejores; dejando sobre el camino nuestra huella de diligencia, afecto, reconocimiento, gratitud, solidaridad y plenitud, seguramente al llegar a la meta estaríamos mucho más frescos, pletóricos de optimismo y llenos de vida, para disfrutar plenamente de esos ambicionados logros. Es que si descuidamos disfrutar el recorrido del camino, que es largo, lleno de actividad y oportunidad de dar y recibir, lo perderíamos; y, pudiera ser que luego, cuando lleguemos al final, si el resultado fuere como lo ambicionáramos, el tiempo para regocijarse pudiere resultar muy corto… y eso nunca nos lo perdonaríamos.

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JOHNNY Y JENNY“Gustar de lo que hacemos, es más importante que hacer lo que nos gusta.”

Esa sabia admonición de que lo importante no es hacer lo que nos gusta sino gustar de lo que hacemos, atribuida desde un antiguo filósofo griego, pasando por un escritor ruso, hasta el maestro Don Luis de Unamuno, me parece de lo más acertada por su profundo contenido práctico, respecto de la posibilidad del disfrute de la existencia.

Caminando por una acera tropecé levemente con la escalera sobre la cual una chica, estiraba su cuerpo en posición incómoda, para limpiar la parte alta de la ventana. Avergonzado me disculpé, esperando por lo menos una mirada fulminante, pero no fue así; la chica me miró, me sonrió y continuó limpiando de buena gana su ventana.

Esa actitud ratificó mi criterio de que sobrevivir es instintivo, pero vivir intensamente y con deleite es algo cultural, típico del ser humano y derivado de su intelecto, que debe aprenderse y practicarse. Es que nuestra vida se desarrolla en lapsos de veinticuatro horas, durante las cuales, ocho horas trabajamos, otras ocho descansamos y las restantes realizamos diversas actividades sin determinar su tiempo exacto.

Dada esta distribución de tiempo, es al trabajo a lo que dedicamos un horario fijo seguro: ocho horas al día, durante por lo menos cinco días a la semana, lo cual representa la tercera parte de nuestra existencia total, pero el cincuenta por ciento de nuestra vida consciente, esto es mientras permanecemos despiertos.

Para quienes laboran sonrientes, alegres, transmitiendo vitalidad y optimismo, su trabajo representa un motivo de alegría y con ello ganan la mitad de su vida en felicidad. En cambio, quienes trabajan taciturnos, con cara de cansancio y desidia, lo sienten como un castigo y como consecuencia se hacen infelices, por lo menos en esa mitad de su vida consciente.

Para asegurarse la felicidad, por lo menos durante la mitad de la vida, si no se logra hacer lo que gusta, se debe evaluar y encontrar utilidad y positivad en lo que lo que se hace, con lo cual no solamente se logrará felicidad, sino que mejorará la salud física y mental, así como que se aumentará el caudal  de relacionados y amigos, lo cual por cierto es la base de ese sabio proverbio que enseña: “ quien es rico en amigos, es pobre en dificultades.”

Como consecuencia obligada de lo expuesto, quien realiza alguna actividad que no  disfrute, o no logre condicionarse a amar lo que hace, ciertamente pierde miserable e injustificadamente una parte importante de su vida, que ciertamente, es absolutamente irrecuperable.

Por cierto, a los jóvenes -a quienes corresponde luchar por hacerse un futuro- les cuento que esas personas que se condicionan para amar lo que hacen en vez de esperar encontrar lo que les gustaría hacer, normalmente atraen interesantes oportunidades profesionales y de trabajo, cuales les permiten desarrollar lo mejor de sí mismos,  lo que se conoce como el éxito personal. Vale la pena imitarlas.

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«LA FUENTE DE LA FELICIDAD ESTÁ EN  EL MUNDO DE LAS COSAS SENCILLAS»

2432472Las felicidad no es ni puede considerarse una situación extraordinaria o especial, porque fue a ser felices y no infelices para lo cual vinimos a este mundo. Por eso en la naturaleza encontramos todo lo necesarios para nuestro disfrute y solaz.

Fuimos dotados de razón e inteligencia, para que pudiésemos poner a nuestro servicio todo lo que existe, utilizándolo con mesura para que no se agote.

La fuente de la felicidad no vive o corresponde a ningún espacio, tiempo o evento recóndito, especial o extraordinario, sino en cada espacio de nuestra cotidianidad: en nuestra interioridad y en el entorno que nos rodea en cada circunstancia, que gracias a nuestro estado de ánimo podemos hacer agradable, desagradable, mejor o peor.

A cada uno, de forma exclusiva, corresponde tomar esos elementos innatos de amor por la vida, alegría y solidaridad humanas con que vinimos dotados en nuestro fuero interior, para imbuirlos de ese maravilloso mundo de las cosas sencillas de todos y cada uno de nuestros días y preparar ese coctel mágico, sin costo económico o de esfuerzo físico que se materializa en el estado de felicidad personal.

Una palabra, un gesto, un sonido, un color o cualquier circunstancia que capturen nuestros sentidos, pueden ser utilizados para encajarlas dentro de ese amplísimo abanico que cubre nuestra felicidad personal.

No puede ningún bien tangible (material) por sí solo hacer la felicidad, pero sí ayudar a que algunos momentos alcancen mayor confort o plenitud; pero no son su raíz o fuente, porque esta se constituye del nivel de trascendencia que pudiéremos darle. Por el contrario, en algunos casos lamentables, la abundancia de bienes materiales produjeron escasez de felicidad.

No existe posibilidad de asistir a ningún evento en el cual podamos adquirir, cambiar o canjear valores como el amor, la amistad o la solidaridad a cambio de dinero u otros bienes materiales, porque una de las características esenciales de los valores es su intangibilidad y sólo pueden ser determinados y captados en nuestro fuero interno; por tanto, dependen de nuestra capacidad para ponerlos en función de nuestro beneficio.

Podemos apropiadamente aseverar que la felicidad no debemos buscarla en nada extraordinario porque se encuentra en el mundo de las cosas sencillas: esas que vivimos en cada minuto de nuestra existencia. Cuales no nos esperaràn por siempre, porque  como el viento, el agua del río  y el tiempo… no regresan.

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«Si existe un futuro, corresponderá a mi actitud de hoy.»

EULALIO TOLEDO TOVAR (1964)

EULALIO TOLEDO TOVAR (1964)

En tiempos difíciles, especialmente el actual, cuando las estructuras económicas, y especialmente financieras, parecieran indicarnos que el modelo, que por siglos hemos manejado, ya no funciona como factor para producirnos la mayor felicidad; procede meditar con toda cautela y sinceridad, porqué y cómo hemos llegado hasta aquí y  hasta donde llegaríamos de continuar esta carrera desesperada por alcanzar riquezas materiales, que de poco sirven cuando se anteponen al interés colectivo y violenta valores humanos esenciales.

En ese proceso de meditación obligada, con miras a asimilar los acontecimientos, repensarnos y a ser posible redimensionarnos, debemos cuidar de dos enemigos, que, como la tensión arterial en el organismo, son silenciosos pero letales.

El primero es la nostalgia, que al devolver nuestra mente a un pasado enfermizamente magnificado, distorsiona la realidad haciéndonos aún más difícil digerir el presente y prepararnos a enfrentar un futuro que será diferente, pero no por eso debe ser peor.

El segundo, el temor, que al ser una creación maléfica de nuestra mente, por cuanto también, al desvirtuar con su carga negativa las situaciones vivenciales, reduce nuestra capacidad de actuación, al magnificar las posibles consecuencias negativas en nuestro espíritu, que pudiera hacernos perder la perspectiva de la realidad.

Pues bien, desde que se tiene conciencia de la existencia del hombre sobre el planeta, de alguna manera, los humanos hemos convivido con esos dos enemigos, y hemos aprendido que podemos vencerlos. Si, claro que podemos vencerlos. Porque no nos llegan de fuera de nosotros mismos, sino que son creados por nuestra mente; responden a una inexplicable necesidad de hacer la realidad… irreal; de la falta de fe, de confianza en nuestra propia capacidad y el poder que nos da nuestro origen divino.

La nostalgia se combate con el convencimiento en que el día de hoy es mejor que el pasado, porque únicamente el poder vivirlo ya es un privilegio, pero además, nosotros podemos hacerlo muchísimo mejor.

El temor lo vence el valor, que no es otra cosa que superar esa tendencia perversa al pesimismo, materializada en la seguridad de que podemos superar cualquier acontecimiento.

Pienso que la diferencia entre quienes son afectados por esos dos males y quienes no lo son, resulta del hecho de que los primeros viven presos de la nostalgia de lo que pasó o pudo ser, y tienen aprensiones respecto de su capacidad para afrontar y vencer cualquier dificultad que pudiere presentarse en su vida diaria.

Por su parte los segundos, combaten la nostalgia con el convencimiento de que hoy es mejor y lo disfrutan; pero además están conscientes de que si están con Dios, sin duda nadie puede contra ellos.

En resumen, se trata de disfrutar lo bello de la realidad, frente a la frustración por lo que pudo ser y no fue; de la fe y el optimismo, frente a la incertidumbre de los efectos negativos que pudieran sobrevenirnos como consecuencia de nuestra cotidianidad.

Por cierto, son las 12:40 de la madrugada y acabo de oír un discurso corto, profundo, concreto, concienzudo, conciliador, profundamente humano y lleno de futuro de un hombre muy optimista, que demostró no ser timorato ni nostálgico, quien acaba de escribir, quizás, la página más grande de la historia de su País en este Siglo: el Sr. Barack Obama, nuevo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

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