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Archive for the ‘AÑOS DORADOS’ Category

«El entusiasmo, pasión, ternura y… amor, como el espíritu, no tienen edad.»

La tarde de ayer fue simplemente bella. Para alimentar esa magia que Nancy y yo hemos mantenido durante 39 años de feliz unión conyugal, cuyo factor fundamental es el practicar y mantener la magia de algunas de las cosas que hacíamos cuando novios, como por ejemplo, asistir a  algún café, dos o tres veces a la semana, en compañía de los amigos, y allí, bajo ese aroma típico y reminiscente, sana y positivamente, especular sobre lo divino y lo humano.

Departimos con una querida amiga, de esas que como mi esposa, se parecen a los buenos vinos, que con el tiempo se hacen suculentos. Teníamos varios años que no nos reuníamos personalmente, aunque siempre hemos mantenido el contacto telefónico y vía Internet.

Llegó hermosa, sobriamente elegante, obsequiándonos su mejor sonrisa, que seguramente era la misma de veinte años atrás, pero renovada, lo cual no es muy usual en personas como nosotros que pasamos sobradamente el medio siglo de vida.

Me produjo satisfactoria reflexión su respuesta a mi pregunta tradicional de: ¿Qué es de  tu vida?

Disfrutando de mi adolescencia otoñal. –Me respondió.

-Que lindo, le acoté. Háblame de eso que me parece muy interesante.

 -Hoy, a mi edad, en un mundo nuevo que yo asimilo perfectamente, estoy en tan buena condición física y espiritual que me siento como una adolescente, pero otoñal, que no invernal,  porque mi cuerpo y mi espíritu siguen capacitados y sedientos de amor, que yo no les niego; con la diferencia que la experiencia que me dejó la vida, me hace estar más segura de lo que soy, de lo que puedo dar y recibir. Así, al esperar menos, disfrutar más de ellas y las cosas, todo eso me posibilita para saborear  intensamente de cada momento feliz y me blinda frente a cualquier evento desagradable o infeliz.

¿Significa eso que tienes un amor? Le pregunté.

-Simplemente espectacular. Me respondió y continuó:

-Amo intensamente, sin ataduras ni falsos prejuicios y con plena conciencia de lo que hago. Vale decir: amo cómo y a quien quiero, pero plena y espontáneamente. De alguna manera,  lo hago con el entusiasmo, ternura y pasión de una adolescente, pero con la experiencia, cuidado, y quizás sabiduría, de una mujer otoñal, de lo cual se carece a temprana edad. Pudiera ser que mi mayor motivación para disfrutarlo con fruición, sea el hecho de que no tengo duda de que en el camino hay  mucho amor para mí, que puedo y debo apreciar, pero ignoro… por cuanto tiempo.

Fue tan bello por reconfortante oírla, pero especialmente ver su cara radiante y su entusiasmo, que bien podrían envidiarlo las adolescentes, pero que Nancy y yo entendimos perfectamente.

Que lástima que muchas personas jóvenes, con quienes todos los días departimos, no entiendan ni compartan esa filosofía de vida buena, que nos ratifica que el espíritu no envejece, sino que crece y se fortalece.

Por otra parte,  el cuerpo obedece al espíritu y su actuación es proporcional  a cómo este se  sienta.

Dios bendiga a esta buena amiga, porque ella es ejemplo de que somos cuanto pensamos de nosotros mismos; que los límites, cuando existen, es porque nos los autoimponemos. Pido  para ella mucha salud y amor, cuales son dos factores muy importantes para una vida feliz.

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 «Soy una partícula de Dios; eso me da fuerza, sabiduría, compasión y poder.»

Un amigo me comentó con gran entusiasmo su decisión de dejar su trabajo de alto ejecutivo de una Corporación industrial, para desarrollar un nuevo proyecto, iniciándolo prácticamente desde cero.

 Creo en los proyectos como índice de amor por la vida; tanto que pienso que cuando no se tiene ninguno, o somos infelices, o nos estamos despidiendo de este mundo. Sin embargo, por mi experiencia de muchos años como empresario, conozco que cualquier proyecto requiere de un gran esfuerzo para reunir y dinamizar los varios factores que en el influyen, así como un mínimo de años para dar fruto; por lo cual le escuché con profundo respeto, un poco de extrañeza -que no sorpresa- pero con una gran satisfacción y admiración.

 Tengo muchísimo respeto por los emprendedores, porque no se contentan con lo de todos los días; asumen riesgos y cumplen una función social importante al dinamizar la economía, generando empleo y riqueza, que luego es aplicada y revertida a la comunidad mediante la justicia redistributiva que representan los impuestos, precisamente en los sectores socialmente más vulnerables.

 La atipicidad que generó mi admiración no se debió a que alguien dejare un trabajo seguro y remunerativo para iniciar  un nuevo proyecto, porque eso me parece de lo más normal. Era que se trataba  de un hombre de más de setenta años, en un país y época, donde y cuando, en los negocios, un ejecutivo de más de cuarenta años, ya se considera viejo para iniciarse en responsabilidades de envergadura.

 Sin embargo, esta conversación con una persona tan seria y calificada, que por cierto es bien cristiana, refrescó mi alma y solidificó mis convicciones. Me pareció ejemplar que luego de haber luchado duramente  en la vida, por  más de cincuenta años, desarrollado una carrera exitosa y una sólida familia, este guerrero de larga data, en vez de estar pensando en preparar sus cuarteles de invierno,  tuviese los arrestos de emprender un nuevo proyecto.

 Lo sentí como ejemplo de un cristiano que ama la vida y no  tiene temor; sabe que Dios siempre está pendiente de nosotros y que cuando tenemos voluntad, optimismo, confianza y una idea que desarrollar, a la cual ponemos dedicación, trabajo, entusiasmo, diligencia y fe, como alguien escribiera, el universo conspira para que se realice.

 Con esta anécdota, quiero ratificar a mis lectores que no es importante la cantidad de años vividos, sino como nos sentimos con ellos. Que fuimos dotados por Dios de razón e inteligencia especiales que nos hacen buenos en cada edad para muchas cosas, no para una sola.

 Que no es la fuerza física o la juventud lo que define el éxito de un  individuo, sino la seguridad en sí mismo, la fe  y  confianza de que somos un todo,  con todos y  con Dios. Que como consecuencia, heredamos una parte de su poder y su sabiduría, pero también la responsabilidad de utilizarlos  de la manera más eficiente, no sólo en función de nuestra propia felicidad, sino también en  la de nuestros semejantes. 

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