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Archive for the ‘AGRADECER A DIOS’ Category

Por mi formación familiar, desde que tuve uso de razón temí a la muerte. Tal sentimiento hizo menos felices algunos momentos de mi vida, cuando ocasionalmente, alguien tocaba el tema y lograba atemorizarme. Esto me llevó a analizar bien la situación  y convencido de que no debía permitir que nada me atemorizara, reflexioné sobre el evento hasta llegar a determinar qué: la muerte es un suceso futuro, incierto e indeterminable; que no existe forma de prever cuando sucederá; que su arribo es fatal, vale decir, que sucederá independiente de cómo, dónde y ni cuándo; y con esta certeza, es algo que no tiene solución y por tanto: si un problema no tiene solución no vale la pena preocuparse;  precisamente porque no tiene solución.

 Esa acertada reflexión me eliminó ese temor y  años después se fortaleció con la anécdota que leí sobre los últimos días del famoso Pastor evangélico Billy  Graham, quien cuando ya estaba a pocas horas de morir, un amigo íntimo le preguntó si no le atemorizaba el hecho de que la muerte estuviere tan cerca. Serenamente, éste le respondió que no, porque “…ardo en deseos de ver la cara de mi Padre.”

Tal afirmación no nos deja ninguna duda de que el Pastor Graham no tenía ningún miedo a la muerte, porque él, esencialmente,  estaba seguro de dos cosas: 1) Que él era un hijo de Dios y que al dejar esta tierra regresaría a la casa de su Padre celestial; y 2) Que la muerte como tal no existe para quienes están convencidos, de que nuestro paso por esta vida no es más que una oportunidad para crecer espiritualmente, porque es en espíritu la próxima etapa de nuestra vida.

Yo comparto plenamente la base del criterio del difunto Mr. Graham, porque como él creo en mi espiritualidad, pero como tengo una vida física feliz soy demasiado terrenal, siendo que aunque desde hace años perdí el miedo  a la muerte física porque sé que mi próxima vida será espiritual, para ser muy sincero la evito a toda costa, porque no estoy muy urgido de “… ver la cara de mi Padre.”, como parece que si lo estaba este buen Pastor de la Iglesia evangélica. Simplemente, vivo lo mejor posible tratando de disfrutar, ser feliz y hacer felices a mis semejantes, sin temor a la muerte pero con gran amor por esta vida terrenal que Dios me dio.

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           EL AMOR ES ANTES Y DESPUES DE ESTA VIDA

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Hoy escribo para las parejas que se aman con todo su cuerpo y alma para dejarles un mensaje de esperanza, que además contradice la voz de las “Casandras agoreras” que tantos males le atribuyen a la unión permanente de dos personas que se aman y deciden compartir su hoy y su… mañana.

Soy casado, convencido de que es esta condición la que me ha permitido ser feliz toda la fase de mi vida en unión de mi actual cónyuge, cual ya lleva más de 43 años lo cual me da autoridad moral para hablar del matrimonio; por lo menos… del mío. Muchas veces he oído decir que los cónyuges se unen hasta que la muerte los separe. En verdad, sin ánimos de calificar a quienes lo aseguran, no creo en esta expresión usada especialmente en el momento de contraer matrimonio.

Soy un convencido del apotegma de que “No somos cuerpos viviendo experiencias espirituales sino espíritus viviendo experiencias corporales.” Como consecuencia, contraje matrimonio con mi querida y tierna esposa no solamente con mi cuerpo, sino, y quizás con una vinculación más fuerte, también con mi espíritu. Por eso, para nosotros (Porque mi esposa comparte conmigo este criterio), cuando llegue el momento de regresar al lugar del cual vinimos a este mundo –cual es lo que el vulgo llama “muerte” – independiente de quien se vaya primero, no nos separaremos porque nuestros espíritus seguirán vinculados por ese cordón de plata supra físico entre esta vida y en el más allá, con la misma o mayor intensidad como lo es ahora.

No, la muerte no nos separará, porque así como no hemos permitido que en esta estancia terrenal con tantos altibajos, circunstancias especiales y tentaciones nos separen; menos aún lo asentiremos cuando alguno de nosotros o ambos dejemos esta “morada”. Es que como lo sentenciara Jesús de Nazaret: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay…” esta es sólo una de esas moradas y lo único que sucederá cuando nos vayamos será que pasaremos a una nueva “morada”, que no tiene porqué ser ni exclusivamente espiritual o física. Esa es nuestra mayor esperanza, que no tenemos duda se fortalece todos los días con los mil detalles que nos permiten ratificar ese amor maravilloso que por tantos años hemos compartido y transformado en tres bellas hijas y dos hijos, quienes nos obsequiaron once hermosos nietos, que hacen más dulce nuestra tercera edad.

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Seguramente existen variadas definiciones de lo que significa la vocación,  pero generalmente la referimos a la supuesta capacidad especial que uno imagina que alguna persona podría tener en el futuro (especialmente los niños o adolescentes) para realizar alguna actividad artística, artesanal  o profesión.  Esta especie de paradigma, también suele referirse a los anhelos, sueños o gustos de las personas.

En verdad, en mi concepto muy personal la vocación es una tendencia que pareciera aflorar en algunas personas hacia una actividad, física- cultural o espiritual conocida. Pero no es algo fatal que tiene que materializarse, sino que   sólo es eso: Una tendencia, que no obligatoriamente tiene que llevar a una persona a realizar una actividad específica. De hecho, si una persona no conoce que existe alguna actividad, profesión u oficio, nunca tendrá una vocación a ese respecto.

Por otra parte, pienso que toda persona normal (Sin patologías especiales) que se le repute con una vocación especial hacia algo, podría igual o con mayor aptitud realizar otra actividad muy distinta; porque la vocación sin la formación y el conocimiento de ese algo, sin duda no tiene ninguna efectividad benéfica, ni para la persona ni para la sociedad.

De hecho, conozco brillantes profesionales que me comentaron que en su niñez sus relacionados y ellos mismos pensaron que tenían una vocación especial para las ciencias de la salud, pero con el correr de los años terminaron siendo extraordinarios Abogados o Economistas. Sin duda que si hubieran estudiado medicina, odontología o enfermería, hubiesen sido igualmente brillantes.  Me hago estas reflexiones porque creo que la “falta de vocación” para algo no es más que una justificación para la mediocridad.

Creo que fuimos dotados de una inteligencia y un espíritu especialísimos que nos hace aptos para cualquier actividad sobre esta tierra de Dios. Por tanto, creo más en la actitud y aptitud para realizar cualquier actividad en esta vida, que en la vocación que supuestamente traemos en nuestro equipaje cuando llegamos a esta vida.  No tengo  ninguna duda que si nos interesamos por algo, lo estudiamos, le ponemos amor, constancia, diligencia, perseverancia, pasión  y trabajo, es muy difícil que no logremos  materializar un sueño o anhelo de coronar exitosamente alguna actividad que nos haga especialmente útiles a nuestra sociedad.

Mi mensaje es: vale más la actitud positiva y el trabajo duro y constante en busca del éxito en lo que anhelamos, que la predisposición  o tendencia a lograrlo.

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En verdad, soy enemigo de esa tendencia tan en boga de que todas las enfermedades son cáncer;  y que cuando se diagnostica tal enfermedad el paciente y su familia lo reciban como una sentencia de  muerte. Simplemente, me consta que el cáncer es curable.

Hace más de 2.500 años antes de Cristo, un filósofo griego sentenció: “No hay enfermedad del cuerpo sin enfermedad del alma” Como no creo en generalizaciones y menos aún cuando se refieren a seres humanos, pienso que quiso significar  que si estamos enfermos de nuestra alma porque no somos felices, envidiamos, odiamos o tenemos ira, somos más proclives a la enfermedad del cuerpo.

Sin embargo, por experiencia propia porque soy sobreviviente  por meses de un cáncer a  los 71 años de edad, en el  cual  me compliqué gravemente tanto en mi hígado como mis pulmones,  lo superé.   Pienso que cuando se trata de tal enfermedad, en primer lugar debe aceptarse la enfermedad, igual como se hubiese podido sufrir un accidente o ser herido gravemente en un asalto; especialmente  porque en Venezuela existen recursos médicos y medicina  de última generación para atacar el cáncer, especialmente cuando se diagnostica a tiempo.

 Aceptada la situación, la confianza, el valor y la fe en la curación se convierte en parte muy importante del restablecimiento. Cumplir estrictamente con la indicación médica y alimentarse bien para mantener altas las defensas. Les cuento que en mi caso, ingerir alimentos alcalinos, como vegetales,  y algunos muy especiales para aumentar la hemoglobina como el tomate de árbol, me dio  extraordinarios resultados.

Aunque tenemos que aceptar que es una enfermedad grave, su diagnóstico no significa que vamos a morirnos. Hoy en Venezuela tenemos buena quimioterapia, radioterapia y cuando es necesario, inmejorables  y expertos cirujanos oncólogos. No es sólo mi caso, sino muchos otros que conozco que han sobrevivido 5, 10 y 20 años, terminando por morir de otra enfermedad. Por ejemplo, luego de un año de mi última sesión de quimioterapia ninguno de los 20  o 30 pacientes que estuvieron conmigo ha muerto. Todos están tratando de vivir una vida más sana (especialmente la alimentación y menos estrés), pero aquí están.

En mi caso, terminé de superar mi enfermedad bajo la convicción de que era yo y no mis médicos quienes podían terminar de mejorarme. Esto, porque ellos ya habían hecho su trabajo, lo habían hecho bien y ahora me tocaba hacer mi parte, y así lo hice.

(*)Dr. Amauri Castillo Rincón – MsC

http://www.unavidafeliz.com

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HOY ES NUESTRO MAYOR TESORO Y VAMOS A DISFRUTARLO

Vivir el hoy sin mayores preocupaciones por lo que vendrá mañana, porque esa es la parte de la vida que, de alguna manera, podemos controlar y nos corresponde por entero. Ciertamente, nadie puede hacernos mejor o peor este eterno presente. Siempre será producto de nuestra concepción de la vida y de las cosas, de nuestras actuaciones, del color del cristal con que miremos los acontecimientos que nos afecten y la trascendencia que les otorguemos.

Para quienes crean en la existencia del futuro, se trata de algo absolutamente incierto y que, en casi su totalidad, escapa de nuestro control,  si algo puede hacerse por el es ocuparse -que no preocuparse- de hacer las cosas bien… hoy. Nada más se puede aportar a favor de un tiempo que ni siquiera sabemos si llegará… para nosotros.

Pienso que un análisis serio y desprejuiciado sobre estas especulaciones, fundamentado en la concepción de que somos espíritus viviendo experiencias físicas y no lo contrario; que heredamos de Dios la razón e inmortalidad del alma, debería disminuir o evitar esa angustia colectiva que produce el creciente estrés, que aqueja al ser humano de hoy, convertido en fuente de enfermedades físicas y mentales.

Al menos en mi caso, no solicité que me trajeran a este mundo, ni tampoco establecí condiciones de tiempo y espacio para vivir mi vida. Simplemente, me siento con vocación para una vida confortable, donde el amor a Dios y mis semejantes guíen mis pasos, lo cual por cierto es el mayor reservorio para la felicidad que todos los días disfruto, en esta vida que me he impuesto, no de años, sino de períodos de veinticuatro horas, y que me ha dado un extraordinario resultado.

Hemos recibido mucho y mucho debemos dar. También hemos luchado duro para hacernos una vida, conforme a nuestra diligencia, optimismo, confianza y óptica personal. El resultado ha sido conforme al esfuerzo e inteligencia que le hemos puesto, por eso no podemos quejarnos ni considerar que somos especiales. Somos hijos de Dios, imperfectos pero con ambición de perfectibilidad y hacia ella debemos encaminarnos.

Recibamos los acontecimientos sin grandes aprehensiones y como realmente son, producto de una época extraordinaria por su condición de transición de una era a otra. Quienes nacimos antes del año dos mil y aún nos mantenemos con vida, representamos una generación de personas especiales y sumamente privilegiadas, porque conocimos dos siglos y dos milenios, y esa especialísima situación vivencial, únicamente se da cada mil años.

Les invito a pensar, meditar, reflexionar sobre todos y cada uno de los acontecimientos globales y de cómo afecta nuestra individualidad. Pero con tranquilidad, con sinceridad, sin sobresaltos ni permitir malos presagios; con fe en Dios y en nosotros mismos; con esperanza en un mundo mejor, para nosotros y para las nuevas generaciones, al cual podemos contribuir todos los días, en la medida en que seamos capaces de interpretar los acontecimientos y en vez de angustiarnos, ser felices y dar gracias a Dios por haber vivido una época tan especial, cuando prácticamente hemos sido protagonistas en la forma de vivir en dos mundos… bien diferentes.

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Hoy, temporalmente lejos de mi lar, en calidad de visitante, en un espacio bien diferente a aquel donde me manejo diariamente, he tenido tiempo para reflexionar sobre lo elemental y sencilla que, más allá de la vanidad humana, es nuestra vida.

Ciertamente, como seres físico-espirituales, nos movemos en dos áreas que potencian nuestra existencia: por una parte, la  subsistencia física –que debemos lograr en el exterior de nuestro cuerpo- y por la otra, el mantenimiento de nuestra espiritualidad, que vive, crece o se disminuye en  nuestro ser interno.

Así tendremos que la parte física sólo requiere de oxígeno y alimentos apropiados para mantenernos vivos, así como la protección frente a los elementos naturales del medio ambiente, que de alguna manera pudieran afectarnos. Dicho de otra manera: aire, comida y un espacio protegido donde vivir (casa o apartamento).

Adicionalmente para esa parte física, conforme a nuestra actividad, deseos y aspiraciones personales, vamos requiriendo algunos elementos secundarios que nos dan mayor confort  y seguridad, como la formación educativa, mobiliario y vehículo.

De tal manera, el oxígeno que requerimos lo tenemos en el aire, sin requerir para lograrlo más que respirar; esto es, sin ningún esfuerzo físico o costo económico. En cuanto a la alimentación, lo más importante que es el  agua, normalmente es barata y se encuentra al alcance de todos. Para los restantes alimentos, la sociedad ha creado mecanismos, que los pone a  disposición de cualquier persona, a precios alcanzables, independiente de la actividad, profesión u oficio.

Sin embargo, observamos como el mayor estrés no se lo producen las personas por la carencia de estos elementos fundamentales, sino debido a la vanidad o competencia con sus congéneres, sobre tal o cual tipo de cosa que supere o puede ser superada por los demás.

De tal manera notamos como algunas personas, complicándose una vida que es  elemental,  dejan parte de sus años en el camino, restando el tiempo para su familia y dañando su salud, únicamente para ostentar bienes muy costosos, que permitan a los ojos del público, destascar su supremacía económica.

Respecto de nuestra parte espiritual –que es interna- únicamente requerimos para su crecimiento y mantenimiento, el amor, la comprensión, la generosidad y la convicción de que todo está a nuestro alcance, en la misma medida en que seamos diligentes y proactivos.

Mucha razón tenía el sabio Salomón, cuando escribió que la vanidad no trae más que  dolor y aflicción de espíritu.

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Si invocamos a Dios y todo lo hacemos en su nombre, gracias a esta forma de vida sentimos que podemos amar sin limitaciones ni exclusiones porque, sin importar quienes somos, de dónde venimos o a donde vamos; cual nuestro sexo, posición social, económica, ideología o religión; sabemos que conformamos la gran familia humana, que es su creación más acabada sobre esta tierra para hacernos uno con él y nutrirnos de su esencia divina que nos transfiere una parte de su poder, que es inconmensurable como lo ratificó Jesús de Nazaret cuando sentenció: “…si tienes fe como una semilla de mostaza, moverás esa montaña…”

Cuando observo tantas personas atemorizadas por el castigo divino que supuestamente les espera; que se complican su vida con problemas, que por su intrascendencia son sólo asuntos por resolver, siento que por ignorar ese poder heredado de Dios, están desperdiciándolo para resolver asuntos elementales de sus vidas, que progresivamente convierten en importantes.

Por experiencia propia sé que no es difícil producir esos cambios de actitud, ya que mientras no los conocí, procesé internamente, me convencí y practiqué, también viví con temores, zozobra y angustias injustificadas, que sólo eran producto de mi ignorancia de ese esencial conocimiento tan fácil de usar, pero que atrasaron mi felicidad y la que pude dar a otros por muchos años.

Es un tema de reflexión que dejo para mis lectores, en la vía de ayudarles a vivir una vida con menos temores y más edificante, que en mi caso me dio inmejorables resultados y no tengo duda que quien de ustedes se convenza de ello, mejorará en muy poco tiempo su forma de vida, convirtiéndose en fuente amor, optimismo y bondad para sus relacionados.

En recuerdo de lo que pude hacer y no hice por mí mismo y por las personas que amé y amo, precisamente por desconocer cómo aplicar estas verdades, quisiera ayudar a otros a evitárselo dejándoles para su revisión, meditación y a ser posible ACTUACION, estas reflexiones que no son ficción sino experiencias de mi propia vida.

Así, amorosa pero respetuosamente, les sugiero que, más allá de cualquier creencia religiosa –que no se afectaría con su nueva actitud- se convenzan de que tienen ese poder de Dios dentro de sí mismos, y usándolo diariamente en su amor con la familia, trabajo, salud y en sus relaciones con las otras persona y puedo asegurarles que SERÁ ESPECTACULAR EL que experimentarán en sus vidas.

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             TODOS SOMOS UNO… CON DIOS

Hoy, expectantes, observamos como el planeta cambia aceleradamente;  no sólo en su aspecto ambiental natural global (Meteorología, clima, pluviometría, etc.), sino en la manera como el hombre interpreta su  circunstancia vivencial.

La máquina del tiempo tritura viejas estructuras mentales y paradigmas que durante milenios indujeron al hombre a sentirse en lo interno temeroso, desamparado, imperfecto, insano,  pecador, inseguro, y consecuencialmente… infeliz.

Estamos rompiendo cadenas atávicas que nos amarraban  a supersticiones, gurúes religiosos y santos  e iluminados  dirigentes, quienes  supuestamente representaban la intermediación entre Dios y el hombre, con lo cual logramos liberarnos y  acceder directamente a Él mediante la oración -que es una confidencia íntima- más que con el rezo, que es invocación repetitiva y memorizada.

Como Él es nuestro padre y no se requiere antesala o intermediarios para hablar con nuestros padres ¿Por qué lo requeriríamos con nuestro Hacedor? Tal interrogante no tiene lógica y nuestro contacto con Dios no es ilógico sino racional.

Siento que por fin comenzamos a entender nuestro poder interno y capacidad personal para hacer nuestra vida conforme a nuestros ideales, sueños y metas; más seguros que nunca de que nuestro gran Hacedor  (Dios), quien es una energía universal que lo organiza todo perfectamente, vive en nosotros; pero de ninguna manera para castigarnos o reservarnos castigos en otra vida, sino para ayudarnos a vivir mejor y conforme a nuestra fe, optimismo, amor, generosidad y diligencia en ésta, con lo cual preparamos el camino para la próxima.

Por nuestra condición espiritual, sabemos que estamos aquí con un propósito, que presumimos de crecimiento y avance en esa instancia, por lo cual debemos deber  recorrer este camino de la vida de la mejor manera posible, y para eso está con nosotros el amor, la consecuencia, la aceptación, la generosidad, la solidaridad humana y ese tesoro exclusivo del ser humano, que nos permite transformar cualquier evento a nuestro favor por trágico que fuere: nuestro estado de ánimo.

No tenemos duda que Él  vive en nuestro corazón si lo invocamos y hacemos las cosas en su nombre, convirtiéndose y convirtiéndonos en  nuestra mejor  guía; y nada de eso tiene que ver con la religión que se profese, que responde a un comportamiento personal externo orientado al conocimiento de Dios, por lo cual, el contacto con Él al ser puramente  espiritual e interno,  acentúa la fe en creencia religiosa y no tiene porque colidir con ella,  sino que, jerarquizando la espiritualidad, pudieran   complementarse.

Hoy, gracias a esta forma de pensar,  sentimos que podemos amar si limitaciones ni exclusiones porque, sin  importar quienes somos, de dónde venimos o a donde vamos; cual nuestro sexo, posición social, económica, ideología o religión; sabemos que  conformamos la gran familia humana, que es su creación más acabada sobre esta tierra para hacernos uno con él y nutrirnos de su esencia divina que nos transfiere una parte de su poder, que es inconmensurable como lo ratificó Jesús de Nazaret cuando sentenció: “…si tienes fe como  una semilla de mostaza, moverás esa montaña…”

Cuando observo tantas personas atemorizadas por el castigo divino que supuestamente les espera; que se complican su vida con problemas, que por su intrascendencia son sólo asuntos por resolver, siento que por ignorar ese poder heredado de Dios, están desperdiciándolo para resolver asuntos elementales de sus vidas, que progresivamente convierten en importantes.

Por experiencia propia sé que no es difícil producir esos cambios de actitud, ya que mientras no los conocí, procesé internamente, me convencí y practiqué, también viví con temores, zozobra y angustias injustificadas, que sólo eran producto de mi ignorancia de ese esencial conocimiento tan fácil de usar, pero que atrasaron mi felicidad y la que pude dar a otros por muchos años.

Es un tema de reflexión que dejo para mis lectores, en la vía de ayudarles a vivir una vida con menos temores y más edificante, que en mi caso me dio inmejorables resultados y no tengo duda que quien de ustedes se convenza de ello, mejorará en muy poco tiempo su forma de vida, convirtiéndose en fuente amor, optimismo y bondad para sus relacionados.

En recuerdo de lo que pude hacer y no hice por mí mismo y por las personas que amé y amo,  precisamente por desconocer y  no aplicar estas verdades, quisiera ayudar a otros a evitárselo dejándoles para su revisión, meditación y a ser posible  ACTUACION, estas reflexiones que no son ficción sino experiencias de mi propia vida.

Por todo esto, amorosa pero respetuosamente, les sugiero que, más allá de cualquier creencia religiosa –que no se afectaría con su nueva actitud-  se convenzan de que tienen ese poder de Dios dentro de sí mismos, y úsenlo diariamente en su amor con la   familia, trabajo, salud y en sus relaciones con las otras persona y puedo asegurarles que SERÁ ESPECTACULAR EL CAMBIO EN SUS VIDAS.

QUE DIOS LES BENDIGA HOY Y… SIEMPRE.

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LA ENFERMEDAD Y EL ESPIRITU (TERCERA ENTREGA)

                            AYUDATE  Y  YO  TE  AYUDARÉ

Frente al multimillonario negocio que ha resultado para laboratorios y “especialistas” los más de mil tipos de cáncer (Existentes especialmente en sus mentes),  diariamente divulgados y que inciden en contra de nuestra economía y salud, algo tenemos que hacer para protegernos.

Desde mi óptica, nada comprometida con intereses económicos ni científicos, pero profundamente humana y elementalmente práctica, dos son las armas más efectivas a nuestro alcance: en primer lugar, nuestra fe en el poder que Dios nos comparte en cada segundo de nuestra existencia; y en segundo término, una alimentación balanceada y menos acidificante de nuestro cuerpo, cual es el terreno abonado para la mayoría de las enfermedades,  conforme a la opinión del Dr. Otto Heinrich Warburg (1883-1970), Premio Nobel 1931 por su tesis «La causa primaria y la prevención del cáncer», quien atribuía esta enfermedad a una “…alimentación antifisiológica y un estilo de vida antifisiológico…”. Este científico de la salud relacionaba la “Alimentación  Antifisiológica”, a la dieta basada en alimentos acidificantes y sedentarismo. Sobre esta base él determino que “Los tejidos cancerosos son tejidos ácidos, mientras que los sanos son tejidos alcalinos.»

 De tal manera, en primera instancia nuestro fortalecimiento espiritual nos protegerá de muchas enfermedades, en la medida en que no tengamos duda de que:

-Somos la obra más acabada y perfecta de Dios y por tanto nada debemos temer;

-Como hechura de Dios, lo normal es la salud,  la enfermedad es la excepción;

-Tenemos capacidad para vencer cualquier padecimiento, porque nuestro cuerpo  se renueva permanentemente;

-Nuestro cuerpo sigue las órdenes de la mente que se conecta con el espíritu y este con Dios, quien nos transfiere su poder y podemos aplicarlo;

-Nada es más poderoso que Dios y Él está con nosotros y así será… siempre.

Para crear las condiciones para aplicar la efectividad de nuestra fe, estamos obligados a amar y por tanto cuidar de nuestro cuerpo físico, proporcionándole alimentos que fortalezcan el organismo mediante un metabolismo  fisiológicamente idóneo.

Así tendremos que, para tener una vida sana deberemos estudiar la abundante información tanto en Internet como en otras fuentes, de cuál es el valor nutritivo y curativo de las frutas y los otros vegetales, que tenemos a nuestro alcance; así como el nivel de utilización de fertilizantes e insecticidas en su producción, que pudieran afectar negativamente su consumo.

En segundo término, investigar los niveles de acidificación de las diferentes carnes y otros productos energéticos utilizados en la alimentación, especialmente el azúcar refinada. Asimismo, revisando sobre los conservantes utilizados en los productos enlatados y embotellados, así como su integración química para determinar su influencia en la salud.

Con toda esa información procesada y evaluada, estaremos en plena capacidad de consumir y utilizar aquello alimentos que nos permitan considerarnos sanos, fuertes y bellos, lo cual unido a nuestra espiritualidad nos hará menos vulnerables, y quizás inmunes a la mayoría de las enfermedades. Es esta la actitud que conozco en la gente sana y… feliz.

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            SOMOS EL MILAGRO MAS GRANDE DEL MUNDO

Estudiosos estiman la vida del hombre sobre la tierra en Dos Millones de años, sufriendo enfermedades que  logró superar hasta poblar el planeta.

Como siempre tuvimos el mismo cuerpo con el cual hemos sobrevivido como especie, independientemente de las enfermedades que siempre han existido, si consideramos que también es casi unánime el criterio de que la medicina como disciplina no tiene más de seis mil años (Civilización Sumeria- Código de Hammurabi)… ¿Cómo sobrevivió miles de años sin conocerla?

Pienso que lo fue por su instinto natural y la convicción de su capacidad para identificar los elementos a su alcance para vencerlas.

Hoy, avanzado  el conocimiento en materia de conservación de la salud, no obstante haber surgido nuevas enfermedades y mutado algunos virus, microbios y bacterias que contribuyen a afectar su salud, el hombre ha descubierto la alta incidencia de su estado de ánimo y comportamiento interno en la posibilidad de evitar, hacer menos graves o, inclusive vencer las enfermedades.

Así, lo que antes se llamó “curaciones milagrosas” o se atribuyó a labor de personas “iluminadas”, serias investigaciones han demostrado que no es otra cosa que el convencimiento  y uso de esa fuerza interna y ese poder auto sanador que somos capaces de generar, en la misma medida en que  nos convencemos de nuestro poder para vencer los males que nos afectan.

Por ejemplo, siempre existió el cáncer, pero ese bombardeo permanente por todos los medios posibles que, de alguna manera, todos estamos en riesgo de contraerlo: las mujeres en los senos, el útero y ovarios; los hombres en la próstata; los fumadores en los pulmones; y en general, todos en el colon, el hígado, los riñones, por citar algunos, crea una psicosis colectiva de riesgo que en nada beneficia la confianza en la salud.

Supuestamente con intención preventiva, logra el  efecto contrario: terror y perturbación que afectan el estado de ánimo colectivo, aumentando el estrés, que se ha comprobado es fuente de las  enfermedades, y que lleva a relacionarlo con  situaciones que no tiene nada que ver con el asunto.

Como la mente se nutre de la información  que recibe y el cuerpo responde a lo que esta le ordena, ese mismo temor, que se hace progresivo e inicialmente infundado, pudiera ser el principio de la patología.

¿Qué podemos hacer para fortalecer nuestra mente  y cuerpo frente a tales augurios de riesgos fatales? Lo trataremos en la próxima y última entrega.

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