«LA FUENTE DE LA FELICIDAD ESTÁ EN EL MUNDO DE LAS COSAS SENCILLAS»
Las felicidad no es ni puede considerarse una situación extraordinaria o especial, porque fue a ser felices y no infelices para lo cual vinimos a este mundo. Por eso en la naturaleza encontramos todo lo necesarios para nuestro disfrute y solaz.
Fuimos dotados de razón e inteligencia, para que pudiésemos poner a nuestro servicio todo lo que existe, utilizándolo con mesura para que no se agote.
La fuente de la felicidad no vive o corresponde a ningún espacio, tiempo o evento recóndito, especial o extraordinario, sino en cada espacio de nuestra cotidianidad: en nuestra interioridad y en el entorno que nos rodea en cada circunstancia, que gracias a nuestro estado de ánimo podemos hacer agradable, desagradable, mejor o peor.
A cada uno, de forma exclusiva, corresponde tomar esos elementos innatos de amor por la vida, alegría y solidaridad humanas con que vinimos dotados en nuestro fuero interior, para imbuirlos de ese maravilloso mundo de las cosas sencillas de todos y cada uno de nuestros días y preparar ese coctel mágico, sin costo económico o de esfuerzo físico que se materializa en el estado de felicidad personal.
Una palabra, un gesto, un sonido, un color o cualquier circunstancia que capturen nuestros sentidos, pueden ser utilizados para encajarlas dentro de ese amplísimo abanico que cubre nuestra felicidad personal.
No puede ningún bien tangible (material) por sí solo hacer la felicidad, pero sí ayudar a que algunos momentos alcancen mayor confort o plenitud; pero no son su raíz o fuente, porque esta se constituye del nivel de trascendencia que pudiéremos darle. Por el contrario, en algunos casos lamentables, la abundancia de bienes materiales produjeron escasez de felicidad.
No existe posibilidad de asistir a ningún evento en el cual podamos adquirir, cambiar o canjear valores como el amor, la amistad o la solidaridad a cambio de dinero u otros bienes materiales, porque una de las características esenciales de los valores es su intangibilidad y sólo pueden ser determinados y captados en nuestro fuero interno; por tanto, dependen de nuestra capacidad para ponerlos en función de nuestro beneficio.
Podemos apropiadamente aseverar que la felicidad no debemos buscarla en nada extraordinario porque se encuentra en el mundo de las cosas sencillas: esas que vivimos en cada minuto de nuestra existencia. Cuales no nos esperaràn por siempre, porque como el viento, el agua del río y el tiempo… no regresan.
Una lectora me solicitó una fórmula o consejo frente a su progresivo estado angustioso debido a la crisis económica, que según sus palabras «…se avecina en el futuro inmediato»
Comparto el criterio de que como seres humanos, integralmente representamos un triángulo determinado por los lados cuerpo, alma y espíritu: el primero que tiene que ver con lo tangible; la segunda, que nos permite experimentar sentimientos; y el tercero, que representa el contacto con lo sobrenatural, especialmente nuestra relación con Dios.
Mi alma, que es eterna, no envejece ni se hace obsoleta.
Luís Guarenas 1936 (Venezolano)
Mis lectores insisten en un consejo sobre como vencer el temor globalizado que hoy aquejan a nuestros conglomerados humanos: tememos al terrorismo, inseguridad personal, crisis económica, enfermedades, clima, no poder pagar la hipoteca, perder el trabajo, perder la pareja y… pare de contar.
Respecto de la felicidad, coincido con Oswald en que para la civilización -que considero sinónimo de cultura- debe ser su objeto máximo; por tanto, se constituye en un derecho humano natural, orientado hacia el logro de un nivel de vida óptimo, que todos debemos procurar. Venturosamente, como lo veremos de seguidas, exclusivamente dependerá de nuestra disposición para crear las condiciones que la materialice.