La sensación de TEMOR, al cual todos los seres humanos estamos expuestos, deriva del latín timor, timōris, que significa miedo o espanto; .pero en nuestro idioma, el español, dentro de otras definiciones se le asigna la de “… el sentimiento de inquietud o angustia que impulsa a huir o evitar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso…”, por lo cual es absolutamente indeseable, porque además de esa angustia que nos produce, pudiera llevarnos a cometer los más grandes errores. En principio, pienso que tal indeseable sentimiento puede afectar a cualquier ser pensante, sin discriminación alguna; pero que en el caso de las personas que creemos en Dios y que hacemos nuestra vida sobre la base de los valores y principios que siguen las enseñanzas de Jesús de Nazaret, especialmente el “Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”, lo cual involucra el no hacer daño conscientemente a nadie, tenemos un escudo protector para vencerlo, que es precisamente esa creencia de que, si Dios está con nosotros y es el más poderoso, omnipresente y omnipotente, pues… ¿Quién o qué podría afectarnos?.
En ese mismo sentido, como quiera que nuestro principal y original sentimiento de defensa es el proteger nuestra vida, y nosotros estamos conscientes que ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios, cualquier acontecimiento, bueno o malo que nos afecte, simplemente nuestro Padre Celestial lo conoce, y como quiera que El nos ama, de ninguna manera permitirá en nuestra contra algo que fuere inconveniente para nuestra vida física, intelectual o espiritual. Por cierto, lo cual es bien diferente a pensar que todo lo que nos suceda tiene que ser, de acuerdo a nuestros parámetros, absolutamente positivo. Esto, porque en nuestra vida existen elementos y eventos totalmente aleatorios, cuales pudieren parecernos temporal o permanentemente negativos, pero que, con el tiempo y las consecuencias de dichas circunstancias, pudieran resultar positivas en sí mismas, o por lo menos evitarnos males mayores. Como consecuencia de estas apreciaciones, al menos yo, me acostumbré, en tales casos, a no preguntarme… ¿Por qué? Ya que a mi manera de ver la vida y las cosas, la respuesta a esa pregunta que pareciera elemental, en la mayoría de los casos trascendentes para nuestra existencia o las de nuestro entorno más íntimo, correspondería a Dios, quien todo lo conoce, sabe por qué, cómo y cuando sucede o sucederá.
Es por lo cual, cuando personalmente o a alguien de mis seres queridos les ha acontecido algo que, a simple vista pareciera negativo, tengo mucho cuidado de preguntarme ¿Por qué?, ya que, como antes lo anoto, siento que esa es una pregunta que solo puede responderla Dios; a quien por cierto no tengo medios para preguntarle y esperar una respuesta, al menos con mi raciocinio humano. Como consecuencia de esta aseveración, en tales casos, me he acostumbrado a preguntarme para qué, porque esta pregunta tiene una respuesta que yo mismo me puedo regalar, y como la hago por mi propia voluntad dentro de mi libre albedrío heredado de Dios, simplemente preparo mi respuesta conforme a mi mejor conveniencia lógica, o simplemente, con base a mi concepción del amor y la voluntad de Dios para sus hijos; esto es, como me fuere más aplicable al caso en concreto. No obstante, existen situaciones en las cuales se hace conveniente la pregunta ¿Por qué?, ya que al compararla con hechos similares a los que nos acontezcan, no requerimos que Dios nos responda, porque se evidencia la respuesta en nuestro beneficio.
En una oportunidad hace bastantes años, una vecina amiga muy querida por mí, lloraba amargamente por la muerte accidental de su hijo de 19 años, a quien por cierto yo conocía desde que era un bebé, y ella me preguntó: ¿Por qué Dios me quitó mi hijo tan joven? Yo le dije, absolutamente consciente de que era muy real lo que le decía, que esa pregunta no podía hacerla de esa manera, porque la respuesta sólo correspondía a Dios. Le sugerí que utilizara una pregunta que le ayudara a sentirse privilegiada en vez de infeliz, porque cualquier respuesta que ella diera, le resultaría positiva y consoladora, en vez de dolorosa. La pregunta que le sugerí fue: ¿Por qué Dios me dio 19 largos años para que disfrutara a mi hijo fallecido, cuando conozco tantas madres cuyos hijos murieron antes de nacer, bebés, de dos o menos años de edad y sus madres no pudieron disfrutarlo tantos años como el mío?… ¿Qué hice yo de especial para ser una madre tan afortunada? Creo que ella me entendió muy bien y meditó sobre mi comentario, porque la noté más calmada y antes de irme le sugerí lo que siempre hago en estos casos: Ahora que usted está consciente que fue una madre privilegiada dentro de millones de madres sobre esta tierra de Dios, compleméntese preguntando: ¿Para qué Dios permitiría esta situación? Y no tengo duda que El la iluminará para que sea usted misma y no El, quien se regale una respuesta que convenga a su delicada y dolorosa situación que le ayude a traer alivio y paz a su corazón.
Todo lo que aquí escribo no corresponde a ninguna teoría o plática positiva, sino que ha sido fundamental en mis más de casi ocho décadas de vida, felizmente casado por casi cincuenta años, con hijos, nietos y bisnietos; e independiente de que vi morir mis padres, mi única hermanita y tres de mis hermanos menores y dos mayores que yo, así como muchos y muy queridos amigos de diferentes edades y género, de mi entorno más cercano. Derivado de todas estas experiencias vividas en mi larga vida, estoy convencido de que, si creemos y tenemos fe en Dios, si seguimos sus mandamientos y amamos a nuestros congéneres y hacemos todo lo que podemos por serles útiles, no tenemos por qué temer, porque Dios está aquí, no en ningún otro sitio, sino a nuestro lado, a toda hora, siempre pendiente de protegernos, por lo cual jamás ni de ninguna manera podemos tener temor, ya que, cualquier evento que nos acontezca –independiente de su naturaleza- está en la esfera de lo que nuestro Padre Celestial considera positivo para nuestra vida física, intelectual y espiritual.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
Releyendo algunas de las disertaciones de Steve Jobs, me encontré una, al contenido del cual me referiré de seguidas: El decía algo como esto:“… haz de tu comida la medicina o tendrás que hacer de la medicina tu comida…”. Ciertamente,aunque nunca fui fan de Steve Jobs, simplemente porque creo que es el ejemplo de una relativa corta vida y porque aun sin conocer todos los detalles de su vida, creo que pudo vivir bastantes más años de los que vivió, lo cual hubiera sido lógico, ya que disponía de todo lo que requería para ello.
Ahora bien, respecto del contenido del pensamiento citado, pienso que tenía absoluta razón, ya que conozco personas que cuidan muy bien de lo que comen, en cuanto a calidad y cantidad de los alimentos, con extraordinarios y positivos resultados. Así, por ejemplo, si usted cuida de comer muchas frutas, otros vegetales como la calabaza, zuccini, pepino, granos y tubérculos variados, acompañados de ensaladas, evitando en lo posible ingesta continua de carnes rojas, pero abundando en el pescado, pavo, pollo y cerdo magros, seguramente su salud estará muy bien y por tanto, salvo contaminación con algún virus, microbio o bacterias, difícilmente requerirá tomar constantemente medicinas; precisamente porque como lo dijera Steve Jobs, usted ha hecho de la comida su medicina.
Por
el contrario, las personas que ingieren abundantes cantidades de alimentos
ricos en grasas saturadas, como enlatados, carnes rojas y la denominada “comida
chatarra”, así como azúcar y bebidas azucaradas, incluidos los muy
peligrosos “refrescos” y los jugos
que se toman en la calle, sin conocer con certeza la calidad del agua con que
los elaboran, corren el riesgo de consumir en ellos los muy dañinos
conservantes, sabores y coloración artificiales, cuales afectan gravemente la
digestión, así como que tienen otros
efectos secundarios negativos sobre gran parte del organismo. Este tipo de
personas, independiente de su edad, suelen tender a la obesidad y a contraer,
entre otras, la enfermedad conocida como
“diabetes
II”, cuales pueden hacerles la vida una verdadera tragedia, porque no
sólo física sino espiritualmente les hacen grave daño, ya que afectan además de
su salud física su salud mental, como su
estado de ánimo y autoestima. Como consecuencia de tan negativa forma de vida,
estos individuos indudablemente son los primeros clientes de los laboratorios,
como consumidores permanentes de fármacos, que es lo mismo que decir, como lo sentenciaba
Steve Jobs,“hacer de las medicinas su comida…”
Creo
importante comentar que venturosamente, en los últimos años se ha difundido la
tendencia a la alimentación, sino naturista por lo menos hasta cierto
punto semi-vegana, vale decir consumir muchos productos alimenticios vegetales en vez de
hacerlo con carnes rojas y/o aquellas muy grasosas, pero si consumiendo
productos proteicos como los huevos, cuales las últimas investigaciones han
determinado que de ninguna manera per se hacen daño al organismo, independiente
de que comas uno o más. En este mismo sentido, también es de nuevo cuño la
tendencia a utilizar algunos productos de muy bajo costo, que se mantuvieron de
muy bajo perfil, gracias a la poca divulgación y publicidad de sus grandes
beneficios al cuerpo humano, como lo son el bicarbonato de sodio y el cloruro de
magnesio; quizás por la gran influencia de los laboratorios en los
medios de comunicación social de todo género, con la enorme propaganda a
productos con nombres ostentosos y creadores de propensión a su consumo, que
realmente derivan su origen de estos dos
extraordinarios ya citados productos medicamentosos: el cloruro de magnesio y
el bicarbonato de sodio, por lo cual perjudicaba a su mercado cautivo, el
conocimiento de su uso directo disueltos en agua o de cualquier otra
manera.
En
el mismo orden de todo lo antes expuesto, creo que procede referir que hoy
abunda la literatura por Internet sobre la importancia de la medicina natural,
traducida en la utilización de plantas y sus cortezas, que durante muchos años se usaron como plantas
de jardín o decorativas, pero que no se consideraban medicinales; pero que hoy se aplican a estos fines, como
son por ejemplo y entre otras, las hojas
y corteza de sauce para la inflamación prostática y como sustitutiva de la
aspirina; las hojas y/o flores de
amaranto, también llamado bledo y la sábila o aloe vera para diferentes usos
medicinales, especialmente para mitigar las quemaduras o cualquier daño en la
piel, así como de uso en productos de
estética corpórea femenina.
Finalmente, yo interpreto como muy acertado el mencionado argumento de Steve Jobs, porque ciertamente, si no se tiene una alimentación sana, balanceada y con raciones de volumen estrictamente necesario para mantener la buena salud, nuestro cuerpo se afectará y enfermaremos de tal manera, que tendremos que consumir continuamente y a veces a diario, variados fármacos que, como lo dijera el mencionado Steve Jobs, prácticamente la persona afectada “..hará de la medicina su comida…” con los indudables resultados, en todos los casos, fatales para su salud.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
Recordando a mi viejo pero admirado amigo
académico, don Luís Yépez
Trujillo –seguramente hoy ya muerto- cuando me contaba que, a principios
del siglo XX fue nombrado embajador de Venezuela en uno de los Países Bajos en
Europa, pero cuando sus hijos empezaron a crecer y tener sus nuevas relaciones
empezó él a ser menos importante para ellos, y fue entonces cuando escribió un
Poema en el cual exponía la tristeza que le producía el que por sus nuevas
relaciones, sus hijos que en Venezuela le amaban y admiraban profundamente, a
medida que tenían nuevas relaciones sentía que ya no era tomado en cuenta como
antes, por lo que en algunas de sus estrofas escribió: “Por todo lo que tú serás, por
todo lo que conocerás, por todo lo que tendrás estoy,,, profundamente triste”. Confieso
que en aquel tiempo, hace más de cincuenta años, no pude entender bien su dejo de tristeza al hablar, aunque le
escuché con todo respeto su narración, que en verdad, más que una narración era
un lamento escondido por mucho tiempo en su corazón, quizás, por falta de un
interlocutor que le generara confianza,
En
aquella oportunidad, aunque por mi naturaleza romántica y mi ambición de algún
día llegar a ser un escritor, me afectó un poco; en primer lugar, no era posible que pudiera
procesar el fondo de aquellas dolorosas palabras porque aún no era padre, ni
tenía idea de lo que sería serlo. En segundo lugar, porque había vivido tan poco y siempre como
soltero, que ciertamente, no concebía una familia propia con esposa e hijos.
Hoy, a cincuenta y cinco años de esos días, dos veces casado y con cinco hijos,
puedo al menos intuir, lo que aquel viejo valuarte de las letras venezolanas,
sin ninguna mala intención quiso transmitir. Hoy, que siento la vida, en su
integralidad, y sé que no es como nosotros quisiéramos que fuera, sino
simplemente, como es, entiendo que ciertamente, una de las labores más
difíciles de los padres, es prepararse
para procesar el hecho cierto, de que los hijos crecen y a medida que lo hacen
adquieren nuevos intereses, que de alguna manera pudieren variar la actitud
que nosotros esperamos en una época
determinada.
No
es fácil adaptarse al paso del tiempo; la influencia de nuevos intereses, el
cambio de valores, que normalmente corresponden al ambiente donde se
desarrollan, definitivamente harán lo suyo. De alguna manera, los padres como
los árboles, echamos ramas, hojas y algunos flores o frutos, pero como las
ramas se secan, e igual que las hojas el viento se las lleva y nunca regresan; escondido en los más profundo de nuestra alma,
todos los padres tenemos oculta la esperanza de ser bambúes, que resisten al viento, se bambolean, pero
aunque luchan para no romperse y
permanecer con su tronco, al final las
alcanza el destino y desaparecen, pero antes de morir, dejan retoños que iniciarán
el ciclo vital que nunca terminará; nacer, crecer, reproducirse y morir. Cuando
los hijos son niños, los padres, conscientemente y como un mecanismo de defensa
vivencial, nos convencemos que no
cambiarán… más de la cuenta, para al final tener que aceptar que una cosa es lo
que uno desea y otra cosa es lo que sucede en una realidad de la vida, que
nunca cambia, quizás porque somos “…los mismos hombres sobre la misma tierra.”
Creo que al amor de algunos padres para con
sus hijos, especialmente con una
diferencia tan grande de años, podrían
determinarse como enfermizos, por lo cual somos los padres y no los hijos, los únicos culpables de esta situación vivencial,
para ellos normal pero para los progenitores, hasta cierto punto… anómala. Es la terrible paradoja de
nuestra vida, que uno de nuestros grandes males como seres
racionales, es precisamente, el ser inteligentes. Ningún otro animal carente de
inteligencia sobre este planeta tiene o sufre de este tipo de dolores o
frustraciones; procrean sus hijos, los protegen y ayudan máximo hasta los dos
años y después… cada quien por su lado y que la naturaleza se haga cargo. Estos
animales irracionales ni los padres esperan nada de sus hijos ni los hijos
esperan nada de sus padres; pudiera ser que normalmente, nunca más vuelvan a
verse y es posible que no sientan ningún sentimiento mutuo, y si con el correr de los años volvieran a
verse, ni siquiera se reconocerían.
Por eso, por todo eso, los humanos tenemos la carga de ser felices, aun en las peores circunstancias; porque a diferencia de los animales irracionales, que pueden ser felices comiendo, bebiendo o durmiendo, que son factores elementalmente físicos. nosotros requerimos de algo más que de la supervivencia física para lograrlo, y desventuradamente, nadie ni de ninguna manera diferente a nosotros puede ayudarnos, porque nuestra felicidad tiene poco que ver con la cosa física, sino que es algo que sentimos dentro de nosotros mismos, aunque no podríamos negar que algunas cosas físicas pudieran complementarla, pero sólo eso… complementarla. Es que nuestros sentimientos son intangibles, viven con nosotros y dentro de nosotros y por tanto, únicamente nosotros podemos determinarlos. Pero como todo en la vida tiene su pro y su contra, igualmente que como depende de nosotros ser felices, asimismo depende de nosotros ser infelices, y en tal caso, también cualquier acto en contra nuestra para hacernos infelices, escasamente podría complementar una parte de nuestra infelicidad.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
Normalmente, el ser humano que
tiene poder, riqueza o fama, difícilmente puede disfrutar integralmente de las
muchas bendiciones que nos da la vida, que en su mayoría son sencillas. Es que
estos factores tan apetecidos no son fáciles de administar sin una dedicación especial,
que normalmente deberá tomarse del tiempo que correspondería compartir con las
personas de nuestro entorno íntimo que más amamos. En mi largo camino por esta vida,
he podido compartir con personas que disponían de estos supuestos atributos; de
ellos aprendí que paradójicamente disfrutaban más de la vida, aquellas personas
humildes que los servían o asistían. Ciertamente, cuidar el poder, la riqueza o
la fama, requiere dedicación exclusiva y atención permanente, y sin que ellos
fuere condenable, sin duda que sacrifica el tiempo que se debería dedicar a la familia y los amigos más íntimos, lo cual
crea vacíos vivenciales difíciles de llenar, que al
acumularse, producen estrés, tristeza y
a veces estados depresivos, que por mucho que se disimulen, afectarán la salud física,
espiritual o mental de los involucrados.
En una oportunidad me reuní
con un importante hombre de gobierno, quien me confesó lo ingrato que era para
él, ocupar buena parte de su tiempo que requería para mirar crecer a sus hijos y
atender a su esposa, en ocuparse de asuntos oficiales que por ser su obligación
personal, a los cuales debía poner su mayor atención, no podía delegarlos a nadie más. En esa
oportunidad me dijo con un dejo de tristeza, que aún con todo el poder que ostentaba,
no era feliz a lo cual le respondí que no lo entendía bien, ya que por su posición
a él debería sobrarle todo, a lo cual me respondió textualmente:“¿Sabes
amigo? Es increíble que algunos fines de semana, mientras mi chofer o la chica
que ayuda a mi esposa con los niños en la semana, aún con sus menguados
ingresos están disfrutando sin ninguna preocupación
en la playa con sus respectivas familias,
mientras yo que tengo ingresos muy
superiores a los de ellos y una posición sólida en la sociedad, no obstante ser
un fin de semana, tengo que estar atendiendo algún asunto por cuenta del
Presidente o Vicepresidente de la República, que requieren mi atención personal.
En verdad esto me afecta tanto, porque no sé como esta situación podrá afectar
la salud mental en esta etapa de
crecimiento de mis hijos y hasta cuando
mi esposa podrá soportar una soledad y falta de atención que no merece.”
De la misma manera, un buen
amigo que poseía una sólida fortuna económica, con el cual en mi época de empresario mantuvimos
relaciones comerciales pero también amistosas, un día cualquiera que departíamos
en el lobby de un hotel en Caracas, me hizo una confesión, que aunque dolorosa
fue muy didáctica en mi carrera de empresario; en aquella oportunidad él se
quejaba de que atender la dirección de varias Empresas que le producían mucho
dinero y estaban bajo su responsabilidad, no le dejaban espacio para el
esparcimiento normal de una persona, pero además lo más grave era que su hogar
estaba muy decaído, toda vez que su cónyuge –a quien amaba profundamente- no podía
procesar que para él fuera más importante dedicar el tiempo a velar por sus
negocios y acumular dinero, que atender una
familia que lo amaba y necesitaba permanentemente y que, según las palabras de
ella, nadie podía vaticinar hasta cuando duraría, mientras su Secretaria
seguramente estaba paseando o compartiendo con su familia sin ninguna preocupación.
En esa ocasión no emití ningún criterio fundamental, sino que me limité a
observarle que era necesario que midiera los riesgos y actuara en consecuencia.
Esas cuitas de mi amigo me
afectaron significativamente, porque yo también era el Presidente de algunas
Empresas en el territorio nacional, y
aunque mi esposa por su profesión hacía
equipo conmigo en la administración de las
mismas, en oportunidades nosotros estábamos empezando a sentir esas mismas
preocupaciones, ya que nuestros hijos, aunque muy bien atendidos por las
empleadas domésticas que tenían muchos años con nosotros y eran de toda nuestra confianza, estaban creciendo mientras
yo debía viajar constantemente, lo cual me limitaba de compartir con ellos
integralmente. Pues bien, esa conversación nos produjo una profunda reflexión
que nos comprometió a poco a poco ir reduciendo nuestra actividad empresarial para
estar más tiempo con nuestros hijos, al punto de que como apenas tenía cuarenta
años de edad, con la idea de cambiar de vida, ingresé a la Universidad a estudiar Derecho, me gradué de
abogado y di un giro de ciento ochenta grados a mi vida, de lo cual hoy estoy
convencido que fue una decisión trascendental para nuestra felicidad y la de
nuestros hijos.
He querido hacer la referencia a mis lectores de esta triste paradoja, porque ciertamente y en la mayoría de los casos, mientras los poderosos y poseedores de grandes riquezas, descuidan una parte muy importante de su vida, dedicándose a luchar por mantener y/o aumentar su poder o patrimonio, sus empleados con sus limitados recursos, disfrutan intensamente de sus fines de semana, vacaciones y días feriados en la playa o la montaña, sin otra preocupación que la de compartir en armonía familiar, acumulando la mayor felicidad posible, convencidos de que para ello sólo requieren de los recursos que les genera su actividad normal, común y corriente. No significa esto que sea en todos los casos y axiomático, por lo cual vale la pena para los ricos y poderosos, meditar sobre el tema para no caer en esa especie de trampa que significa descuidar lo que no se puede lograr con poder o dinero, por adquirir cualidades y beneficios que no son indispensables para la unión, el amor y la felicidad familiar.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
Hoy, revisando en mis papeles viejos,
encontré una conferencia de ese Barcelonés especialmente inteligente,
estudioso, curioso y polifacético, Eduardo Puncet (09-11-1936/22-05-2019), quien
dentro de su formación académica acumuló Títulos de Abogado, Escritor, PolÍtico y Presentador
de TV, en cuyo programa trataba sobre sociología, medicina, psicología, biología y astronomía; siendo que también en sus últimos años se dedicó, a dar
conferencias en varios países. Pues bien, este hombre trató en sus disertaciones
temas para mí -como estudioso de la
felicidad- especialmente interesantes como el amor, el desamor, la belleza, el
deseo, el dolor y el miedo; por cierto utilizando un término en el cual nunca ha había
personalmente meditado: el desaprender. Aunque tengo mi
propio criterio sobre qué fue primero, el amor o el deseo, su criterio me
pareció realmente interesante. Asimismo, trató sobre que produce la belleza y
qué es la felicidad.
El ubica el amor como nacido del instinto atávico de los primeros seres
vivos, como la necesidad de fusionarse con otro organismo, para mejorar
la vida de los dos, insistiendo
en que primero fue el amor y luego el deseo. Ahora bien, a este
respecto y refiriéndome a la pareja, difiero porque creo que, aunque son complementarios,
–por ser algo ciertamente instintivo-, el deseo es anterior al amor; al menos
el amor idílico que nos ha enseñado la
cultura. Pienso que en nuestras relaciones amorosas contemporáneas, la
atracción y la buena comunicación, dan origen al amor y éste último da origen
al deseo en la pareja, que cuando logra imbricar estos dos sentimientos de
forma sana, romántica, y si se quiere, mágica, producen la permanencia en el
tiempo, cual se convierte en el
verdadero amor.
Respecto del desamor, loubica
como una emoción negativa y dolorosa, producida cuando se pierde el
interés por la persona amada, con lo cual coincido plenamente, así como su
consejo de solución a esta situación, cual lo es buscar de inmediato otra
persona que sustituya al amor perdido, sobre la base de que no amas a nadie
que no te atraiga profundamente. y mientras más pronto esa nueva persona entra
en tu vida, mejor; porque la felicidad es la ausencia del dolor y del miedo, por lo cual es importante olvidar y
desterrar a ambos. Es que es muy
importante estar conscientes de cuanto valemos y cuanto somos capaces de hacer;
de tal manera que, tenemos que afincarnos en el hecho de que así como conquistamos
ese amor perdido, de la misma forma podremos lograr ubicar y conquistar un nuevo
amor, que como dice el adagio popular “…un clavo saca a otro clavo…”. Yo,
que me divorcié hace 50 años, sé y me
consta que es cierto que uno no pierde su capacidad de conquista y que siempre
hay alguien que requiere lo que nosotros estamos ofreciendo, gracias a los cual
tengo ya 48 años felizmente casado.
Coincido también con Puncet en que no puede existir belleza humana, sin
no hay ausencia del dolor; precisamente, porque la belleza no es
solamente algo físico, sino que es integral tanto en la apariencia como en el
comportamiento de quien ostenta la belleza.Al menos en mi experiencia personal, en muchas oportunidades me ha parecido
bella una persona a la cual he frecuentado, pero al oírla expresarse sobre la
vida y las cosas, simplemente perdió todo el encanto de la atracción inicial.
De la misma forma, conocí personas que
no me atrajeron a primera vista, sino que, por el contrario al primer momento internamente
las rechacé, pero cuando las frecuenté seguido, encontré en su comportamiento y
actitudes, una hermosura y paz inusitadas, que me hicieron frecuentarla, porque
me producía además de placer, la sensación de recibir influencias positivas.
Por todo lo expuesto, tanto en mis escritos como en mis conversatorios y
conferencias, cuando tengo la oportunidad de realizarlas, insisto en la
necesidad de tratar a las personas suficientemente e independiente de su
atracción inicial, porque como le decía Sócrates a un joven cuando lo veía por
primera vez, “Habla para conocerte”, creo que en la mayoría de los seres
humanos, es cierto el apotegma que apunta que, de la riqueza del corazón habla
la boca. No se podría negar que el amor comienza por la atracción a
otra persona, pero es sólo eso:
atracción, que es muy diferente a comportamiento, comunicación, educación,
sensibilidad, por mencionar algunos sentimientos que son fundamentales en la
persona que debemos escoger para amarla y ser amados, con sentido de emoción,
pertenencia y permanencia. Sin duda que cuando amamos corremos el riesgo de que
esa persona que escogemos, en el devenir de la relación puede cambiar sus
gustos y atracciones, y en pro de su propia felicidad decida abandonar la que nos une, ejerciendo un derecho que
nosotros personalmente también consideramos sagrado, como es el hacer todo lo
que está a nuestro alcance para ser felices, y no cabe ninguna duda que nadie
puede ser feliz en una relación
obligada, aburrida o desagradable, al lado de alguien que no le atraiga
integralmente.
Tengo tres hermosas hijas, con matrimonios de más de veinte años muy felices; a ellas desde muy niñas mamá y yo les enseñamos que una relación amorosa no era nada elemental, porque dependiendo de ella se lograría un hermoso o desastroso futuro conyugal. En ese orden de ideas, siempre insistimos en que el noviazgo era muy importante, porque les permitiría conocer, al menos en buena parte, la ideología de esa persona sobre la existencia y el comportamiento humano, necesarias para evaluar su coincidencia con la de ellas. Todas nos oyeron con respeto y creyeron en nuestro criterio, de tal manera que dedicaron un tiempo razonable al noviazgo, cuando trataron dentro de lo posible, de ahondar en sus pares en cuanto a sus principios, ideología, concepto de ética natural respecto de la vida, la familia, la amistad, la solidaridad humana, hasta encontrar suficientes coincidencias que justificaran enseriar la relación al punto de constituir un hogar. También debo confesar que les imbuimos de que los seres humanos tenemos una sola vida; que cuando dejamos de ser solteros igualmente perdemos mucho de nuestra libertad personal, por lo cual no hay ningún motivo que justifique sacrificarla por una persona que no actúa conforme a nuestra ideología de la vida, de tal modo que perdamos la atracción. Es que si dispusiésemos de varias vidas, pues sin ningún problema le regalaríamos una, pero como solo tenemos una, nuestro mayor compromiso con nosotros mismos es ser felices, lo cual es imposible de lograr si no se comparte integralmente sentimientos fundamentales para mantener la pareja, como son la sensibilidad, solidaridad, compromiso y fidelidad conyugal. Es por lo cual debemos desaprender a amar a esa persona que ya no nos merece o quizás no nos mereció… nunca.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
No obstante los diferentes tipos y
estilos de música o los instrumentos con que se interprete, luego de muchos años de insistir la Psicología Positiva,
la medicina ha aceptado que la música y el amor del entorno, no sólo aceleran
la sanación de las enfermedades, sino que debidamente aplicada como terapia, al
menos la música ya no se tiene duda que es fundamental en procesos de curación de
enfermedades e inclusive, se está utilizando en los procesos o durante algunas
cirugías. En cuanto al amor que reciba un paciente, ya existe el convencimiento,
tanto por los profesionales de la salud como por los particulares, de que
acelera y complementa la curación de las enfermedades. Es que tanto la música como
el amor son manifestaciones espirituales del ser humano, que producen un estado
de alegría y placidez.
La música, específicamente, representa un estado elevación espiritual, que
cuando la disfrutamos inunda cada una de nuestras células. Así, por ejemplo,
cuando nos levantamos y escuchamos la música que nos gusta, sentimos una sensación
de serenidad, quietud y paz que inunda todo nuestro ser interno, y eso sin duda contribuirá a mejorar nuestro
estado de ánimo, que es definitivamente lo que dará color a ese día que
comenzamos. Esta certeza de que la música tiene una gran incidencia en nuestro
ánimo, es lo que ha permitido que hoy
tengamos a nuestro alcance por medios electrónicos y completamente gratis, diferentes
tipos de música, ciertamente aplicable a cualquier situación, siendo entonces
que vemos como se anuncia música para relajarse, para orar, para meditar y para
alegrar el momento.
En cuanto al amor, si como se ha
hecho una verdad el apotegma que nos enseña que Dios es amor, y estamos
conscientes que la vida de quienes caminan sin Dios, no puede tener la plenitud
de quienes lo llevamos con nosotros, entonces todo lo que se diga de las bondades
adicionales del amor, siempre será menor pero no menos importante. Por el amor
venimos al mundo; por el amor somos mejores y sin amor la vida sería cualquier
cosa, menos una existencia plácida y edificante. Quienes estamos convencidos
que nuestro paso por la vida es temporal y que no es más que una etapa
necesaria para nuestro crecimiento espiritual, sabemos que es el amor lo que
nos permite entender y encontrarle una razón positiva a todas las situaciones
que se nos presenten. Es por virtud del
sentimiento del amor que somos sensibles y solidarios, frente a nuestros hermanos
humanos.
Es el amor lo que nos permite
ponernos por encima de las diarias situaciones difíciles que pudieran afectar nuestra
felicidad; no sería entendible como alguien podría vivir intensamente en una
sociedad organizada, sin sentir amor por sus semejantes, tanto de su entorno íntimo
como externo; como podría disfrutar la sonrisa
de un niño, la mirada plácida de un anciano; el bello trino de los pájaros; la
plenitud de una mañana de primavera; el hermosísimo brillo de las estrellas en
una noche de verano o la sensación especial cuando un bebé toma nuestra mano, o la persona
que amamos nos dicen: te amo. Asimismo, si como todos coincidimos, la base de
la sociedad es la familia, no es imaginable disfrutar de los padres, los hermanos, los descendientes, el cónyuge o cualquier
otro familiar, si no se fundamentan dichos sentimientos en el amor.
En el mismo sentido de lo antes
expuesto, podríamos preguntarnos: ¿Existiría el perdón, la coexistencia pacífica
o la solidaridad humana sin el amor? Sin ninguna duda que no. Es el amor esa
fuente maravillosa de sentimientos profundamente humanos y cristianos, que nos
permite cambiar nuestra forma de ser, para ser más pacientes, amables y
considerados. Pienso que es el amor lo que enriquece la esperanza, la fe, la
confianza y la positividad. De la misma manera, creo que es el amor lo que nos
permite alcanzar la meta máxima de nuestra existencia como seres racionales: el principio de utilidad. Asimismo… ¿Podríamos
aceptar y respetar la individualidad de
las personas que nos rodean sin el amor? Tampoco sería posible, porque cuando
reconocemos y respetamos la individualidad de otro ser humano y sus resultados
objetivos, de alguna manera sacrificamos un poco de la propia, lo cual sería imposible
si no sintiésemos amor por esa persona o personas.
Finalmente, si damos rienda suelta a
nuestro amor y lo aliñamos con la música, es muy difícil que no seamos capaces
de superar situaciones difíciles o ayudar a otros a sobreponerse, porque esos
dos recursos son milagrosos al incidir de forma definitiva en nuestros
pensamientos, acciones y circunstancias personales. Por todo lo aquí tratado, luego de unas
cuantas décadas de vida feliz, no dudo en asegurar que el amor y la música,
como la alimentación y la tranquilidad espiritual, son pilares sobre los cuales
se debe fundamentar una existencia que aspire a ser… feliz.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración
sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible:
amauricastillo@gmail.com
Releyendo a mi admirado poeta
Pablo Neruda, encontré unos versos muy cortos, sobre los cuales vale la
pena reflexionar; este nunca olvidado
poeta escribió: “De la vida no quiero mucho.
Quiero apenas saber que intenté todo lo que quise, tuve todo lo que pude, amé
lo que valía la pena y perdí apenas lo que
nunca fue mío.”, texto que sin necesidad de grandes análisis nos
indica que nuestra vida es elemental, por lo cual no requiere de grandes
esfuerzos o sacrificios, para lograr una existencia grata.
Independiente de la admiración que durante toda mi vida he
profesado por la obra de Pablo Neruda, me identifico plenamente con el
contenido íntegro de este poema, porque
como él, de la vida no he querido mucho más allá de lo necesario para ser feliz
y hacer felices –o contribuir a ello- a
todas las personas que se crucen en mi vida. Como consecuencia, luego de unas
cuantas décadas en las cuales he sido muy feliz, independiente de que he tenido
momentos difíciles y enfermedades graves que superar, mi felicidad corresponde
a mi diligencia en hacer todo lo que esté a mi alcance para alcanzar las metas,
que de cualquier manera pueda contribuir a mi bienestar o el de mis semejantes;
lo cual podría equivaler a lo que señala el poeta como “…intenté todo lo que quise”.
En este mismo orden de ideas, he logrado obtener todo lo que
he deseado por mis propios medios y de
forma lícita, sin lamentarme nunca de lo que no pude obtener, quizás por mi
creencia de que todo lo que sucede –negativo o positivo- siempre tiene una
razón, lo cual podría equipararse a lo que el poeta señaló como “…tuve todo lo que pude …” Igualmente, yo amo lo que considero
conveniente y necesario a mis fines, que como antes lo apunté, siempre estuvo
orientado a mi felicidad y mi contribución al bienestar de la personas a mi
alcance, lo cual de alguna manera, podría equiparase a las palabras de Neruda
cuando dijo, “…amé lo que valía la pena…”
Respecto de la última parte de estos versos: “…y
perdí apenas lo que nunca fue mío.”,
debo comentar que no obstante los
altibajos, tropiezos, caídas a las cuales siempre reaccioné levantándome y comenzando de nuevo, siento que no perdí ni dejé en el
camino nada que fuera muy valioso para mí, sino que, como lo dijo Neruda, si
alguna cosa perdí, realmente fue algo que “…nunca fue mío…”, por lo cual nunca
me sentí afectado gravemente en mi fe y confianza en que todo en este mundo
tiene alguna solución que es mejor o más positiva que el problema mismo.
Es que yo no tengo ninguna duda que nuestra vida es
absolutamente elemental. En primer lugar, porque desde que podemos valernos por
nosotros mismos, todo lo fundamental que requerimos para nuestra existencia
física, siempre está a nuestro alcance, y personalmente estamos dotados de
todos los elementos necesarios para acceder a ellos. En segundo lugar, como
quiera que somos seres físico-espirituales, lo trascendental en nuestra vida
para sentirnos con plenitud no es material, sino que corresponde a elementos
intangibles como el amor, la solidaridad, la sensibilidad y la felicidad,
cuales no es posible determinar desde el punto de vista físico, sino que
corresponden a nuestra vida interior, lo que sentimos y creemos de nosotros
mismos, sólo determinable en nuestro ser interno.
En una oportunidad, en un conversatorio donde me correspondió
participar, alguien me manifestó su desacuerdo con mi criterio de que lo
trascendental para la vida no era
físico, por lo que me vi obligado a efectuarle la siguiente pregunta:
¿Considera usted que es cierto que existe el amor, la verdad y la alegría y que
son trascendentales para la vida? A lo
que el interpelado me contestó que sí consideraba que existían, así como que eran trascendentales para los
seres humanos. Entonces le pregunté nuevamente: ¿Podrías señalarme físicamente
alguna de estas cosas para verlas o tocarlas?
Al responderme que no podía, simplemente aceptó frente a todos los
asistentes, que yo estaba en lo cierto al asegurar que las cosas
trascendentales para nuestra vida plena, realmente no eran físicas o
materiales.
He vivido en países muy ricos como los Estados Unidos y en países muy pobres como Bolivia para los años Ochenta, y en todos he conocido gente en estado de miseria, de pobreza, de clase media y otros muy ricos; lo cual no me ha dejado duda de que es nuestra forma de pensar y ver la vida y las cosas, lo que incide en nuestra mentalidad para lograr el nivel de vida que somos capaces de imaginar y producirnos individualmente, de manera que esto nos prueba que no es tan difícil sobrevivir físicamente. Pues bien, como lo trascendental para vivir una vida buena, ya hemos demostrado que no es material o físico, sino que vive dentro de nosotros y/o corresponde a nuestra intelectualidad, tenemos que aceptar, que como lo aseguraba el filósofo contemporáneo Ortega y Gasset, somos nosotros y nuestra circunstancia, lo que determina nuestro nivel de vida en general.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
¿Que la riqueza sea desagradable o
inconveniente? En verdad, en la mayoría de los casos creo que no es así; que al
fin y al cabo, para casi todas las cosas
que consumimos o utilizamos para vivir confortable en una sociedad organizada,
requieren ser canceladas con dinero; siendo que además, con gran capacidad
económica y sentimientos altruistas, es mucho el bien que se puede hacer a la
humanidad. No obstante, siento que las cosas trascendentales para un ser humano -que para mí es
físico-espiritual- involucran no sólo cosas materiales, sino otras que tienen
que ver con factores inmateriales como la ética y la moral personal, como el
amor, la verdad, la bondad, la solidaridad, la lealtad y la tranquilidad de
conciencia, no requieren dinero ni de ningún otro elemento que represente
riqueza, más allá de sentir que se ha sido útil a nuestros semejantes.
En estas más de siete décadas de
vida, he tenido amigos muy ricos y
poderosos, quienes en momentos especiales me confesaron que fueron mucho más
felices integralmente cuando eran personas con ingresos normales y comunes, que
luego que adquirieron una gran riqueza. Es que la riqueza y el poder imponen a quien lo posee no sólo mantenerlo
sino aumentarlo, lo cual requiere tiempo y esfuerzo, que normalmente se le
resta a lo más preciado, que por cierto no puede adquirirse con dinero: la familia. Asimismo, he tenido amigos
con ingresos normales de una persona, profesional o no, diligente y trabajadora, quienes me
manifestaron con toda sinceridad, que no ambicionaban ninguna riqueza o poder,
que de alguna manera pudiera restarles atención a sus seres queridos, cual para ellos eran su mayor tesoro.
Por cuanto pertenezco a una
generación trepadora, vale decir que todos mis logros desde adolescente, los
obtuve trepando por sobre convencionalismos sociales, etiquetas y exclusiones
-que en la segunda mitad del Siglo XX en Venezuela- hacían muy difícil a las personas sin recursos
económicos como yo, acceder al conocimiento académico de calidad y/o cualquier
actividad de poder político o empresarial,
mi escala de valores, que ponía por delante el respeto y utilidad a la
persona humana, me permitió con mucho
trabajo, diligencia y confianza en mi capacidad, lograr prácticamente todas mis
metas importantes como una familia amorosa, sólida y permanente, así como fortuna, que para mí ha sido siempre la de disponer
de los recursos diarios suficientes, para mantener una vida buena y decente,
incluida mi formación académica y la de mis hijos.
Sé y no tengo duda, que no se requiere gran riqueza para bien
formarse y ser de utilidad a la sociedad. En mi caso, que tuve la ventura de
encontrar una compañera de viaje largo
con la cual hacer un equipo con intereses comunes, convencidos de que Jesús
de Nazaret no estaba errado cuando
sentenció: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y “Cada día tiene su propio problema, le basta a
cada día su mal“; sobre esa
base filosófica establecimos nuestras metas y
luchamos por ellas hasta lograr cubrirlas, sin que de ninguna manera
creyésemos que era indispensable acumular riqueza. El tiempo, la perseverancia y la fe en Dios que siempre nos provee, nos permitieron
desarrollar plenamente nuestra familia hasta lograr la felicidad que hemos
disfrutado y que luego de más de cuarenta y ocho años de feliz unión
matrimonial continuamos disfrutando, así como nuestros hijos y nietos.
Pienso que la mayor fortuna es el
poder lograr suplir oportunamente las
necesidades diarias, lo cual está al
alcance de cualquier persona disciplinada y trabajadora, sin un esfuerzo
extraordinario; porque la mucha riqueza, siempre está en riesgo de disminuir o
desaparecer, lo cual crea un grave problema, que hoy más que nunca produce cambios
negativos de carácter así como enfermedades físicas y mentales como el estrés, cual por cierto no se puede
eliminar con dinero, sino con tranquilidad espiritual. En este mismo sentido,
cuando se es dueño de grandes riquezas y bienes, al estar rodeado por tantos
intereses, se pierde la confianza en las personas de nuestro entorno más
cercano, porque se tiende a desconfiar de
la autenticidad de la actuación, atención, solidaridad y amor, si lo son por la
persona adinerada o por los beneficios
que de ella se pueden obtener.
Por otra parte, tampoco dudo que existan personas especiales, que al jerarquizar la humanidad por encima de la riqueza, logran conciliar tanto los intereses económicos como las relaciones íntimas y familiares, de tal manera perfecta que se ponen al margen de cualquier sospecha de insinceridad o intención dolosa, de aquellas personas que conforman su entorno íntimo. En estos casos especiales, la riqueza puede ser una bendición, para ser compartida con propios y extraños, en la medida de la necesidad y/o utilidad social que se produzca. Debo confesar que personalmente no he conocido ningún multimillonario que dedique su dinero a hacer el bien, a excepción de aquellos que crean Fundaciones, especialmente para bajar sus pagos de impuestos, lo cual al final aumenta su riqueza. Es por todo lo cual, insisto en que lo más importante en esta vida para una persona normal no es la riqueza, sino la tranquilidad de conciencia, que nos permite ser y sentirnos bien amado por las personas por encima de la riqueza.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
Es una creencia casi generalizada que
Dios determina nuestro destino desde antes de haber nacido y que eso es
infalible; no discuto tal criterio, especialmente porque como soy un
convencido de nuestra absoluta posibilidad de ser felices, para lo cual se
requiere ser muy positivo, no puedo darme el lujo de preocuparme por algo que pudiera
convertirse en una obsesión negativa,
como es para una gran mayoría de personas, el destino. Es que en mi personal
concepto, lo que Dios sí que nos dispuso como una hoja de papel en blanco, fue el camino que debemos recorrer durante
toda nuestra vida -que por cierto es lo que sí debe interesarnos- por lo cual nos dejó en plena libertad de
darle el sentido, color, sensación y sabor al paisaje, así como a cada bache o recodo del camino; de tal manera que,
en su inmensa sabiduría, creo que para
no aportarnos focos de preocupación innecesaria, nos dejó en libertad de
diseñar nuestro propio “camino”, por lo cual nos regaló la posibilidad de hacer
de ese viaje de nuestra vida, lo que más nos plazca, agrade o nos parezca
conveniente. En tal sentido, para que pudiésemos estudiar, entender y encontrar
la mejor forma de vivir esa extraordinaria experiencia de ese viaje, nos dotó
de inteligencia y raciocinio, al tiempo que puso sobre el camino diferentes subidas,
bajadas, obstáculos y/o accidentes, que nosotros con todos los recursos
intelectuales y físicos de que fuimos dotados, pudiésemos perfectamente
determinar la mejor forma de esquivarlos, superarlos, ignorarlos o disfrutarlos, conforme nuestra propia forma
de ver la vida y las cosas.
No es fácil emitir criterio sobre lo
que piensan o sienten otras personas, por lo cual pareciera lo más acertado, hablar de nuestras propias circunstancias
y vivencias; a ese respecto y refiriéndome al camino de la vida que durante
setenta y ocho años he transitado, debo comentar que desde que tengo verdadero uso
de razón he estado perfectamente consciente de que no existe un destino predeterminado
para mí, ese me lo hago yo; inclusive
ese elemento impredecible que a tantos preocupa y que denominan futuro, cual para
mí –no obstante la insistencia de mi padre de que era muy importante- tampoco tuvo
ni tiene tanta importancia, precisamente porque es imprevisible, impreciso e indeterminado,
por lo cual no lo considero trascendente como parte de mi camino; quizás porque
siempre he tenido plena conciencia de que, si fuere que llegare, lo único que puedo aportarle para mi
beneficio, sería hacer bien lo que me corresponde… hoy.
¿Qué la manera de transitar nuestro camino tenga que ver con nuestro posible destino? Pareciera
lógico, por lo cual como yo juego a
ganador, no desperdicio ninguna posibilidad; es que estoy seguro que mi camino
es hoy, por lo tanto es a este día de
hoy a quien debo toda mi atención, amor y cuidado. Estoy consciente de que conmigo
transitan a mi lado, detrás y al frente, mis hermanos humanos y mis hermanos
los animales; a ambos me debo por mi
principio fundamental de utilidad y
humanidad. De la misma forma, a los
recursos naturales que Dios dispuso sobre y en esta tierra para mi beneficio, estoy
obligado a proteger, cuidar y defender a toda costa, so pena de desaparecer
como especie sobre esta tierra, o por lo menos de negar su conocimiento,
belleza, beneficio y disfrute, a las futuras generaciones. Como observarán en
lo expresado en este párrafo, en nada puede ayudarme a mejor vivir mi
camino, el pensar o preocuparme por un destino que, como el futuro, no es
determinable de ninguna manera.
Tristemente he conocido personas que
viven consternados por lo imprevisible de su posible destino o lo que pudiera
sucederles mañana, que es como decir: en el futuro. Tanto me ha preocupado esta
tendencia, que he dedicado una buena
parte de mi vida a escribir artículos de prensa y revistas, libros y el blog: www.unavidafeliz.com, que es
visitado por más de 2.800.000 cibernautas en 119 países, así como conferencias
y conversatorios, todos orientados a inducir a las personas a no dejarse
afectar por el pasado, porque es un muerto; ni por el futuro porque no ha nacido;
estimulándolos a dedicar todo lo mejor y más entusiasta de la existencia, a ese diario transitar por
el camino de la vida; cual no sólo tenemos la capacidad de hacer agradable y
didáctico, sino inclusive, impregnarlo de magia y entusiasmo que contagie a
nuestros congéneres negativos. Es durante el recorrido del camino que podemos
amar, disfrutar de las flores, de la risa de los niños, del canto de los
pájaros, del ruido de las quebradas, de las olas del mar; degustar los manjares en que nuestros hermanos saben convertir los recursos naturales que Dios
puso sobre la tierra para nosotros, así como de mirar y escuchar a esas
personas que amamos, cuya presencia, compañía y voz, dan sentido a nuestra
vida.
Luego de todo lo expresado, en una reflexión sincera del qué y el por qué de nuestra vida… ¿No les parece una pérdida de tiempo dedicar nuestro intelecto a intuir un destino desconocido, cuando la realidad del hoy –que es el camino que en todo momento estamos recorriendo- tiene tantas cosas buenas y bellas que ofrecernos? Como todo en la vida, creer y preocuparse del destino es una opción exclusiva del libre albedrío de cada ser humano, que yo respeto, pero que estoy obligado a declarar que no comparto; precisamente porque no le aporta nada a esa maravillosa bendición de vivir el hoy y no de sobrevivirlo, que definitivamente es la opción por mí libremente escogida y predicada hoy y siempre.
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com
Aunque no pareciera muy interesante, por ser muy provechoso para nuestra felicidad, sí que vale la pena reflexionar sobre el hecho cierto de que el Mundo y la Vida, aunque caminan juntos, son bien diferentes. En principio, el mundo durante milenios ha rotado y se ha trasladado cada 24 horas sobre su propio eje, sin importarle para nada si tiene o no habitantes, flora o fauna, que vivan dentro o sobre su superficie: en verdad, tampoco le importa el tiempo, quizás porque él mismo es… el tiempo.
Por nuestra parte los seres vivos que habitamos este mundo, ya sean vegetales, seres racionales o irracionales, y muy especialmente los seres humanos –que somos racionales- por lo cual tenemos conciencia de lo que es la vida y que dependemos siempre del tiempo, desde que nacemos hasta que morimos, a diferencia del mundo -que es estático en su rutina de rotación y traslación- nos corresponde entender que la vida es un camino que no tiene una rutina definida, sino que los pasos en ese camino que llamamos la existencia, su rapidez, su seguridad, su placidez, su alegría o su miedo, en todo su recorrido, dependerán única y exclusivamente… de nosotros.
Nuestra vida está llena de altibajos, aciertos, desaciertos, alegría, dolor, temor, rencor, toma de decisiones sobre la marcha, oportunidades, metas y logros; pero todo, a excepción de los eventos sobrevenidos, también denominados de fuerza mayor o fortuitos por causa de la naturaleza, como un terremoto o un maremoto, por ejemplarizar, dependerán de cual fuere nuestra actitud frente a cada evento que se nos presente en ese largo o corto camino de nuestra existencia. Así, cuando estamos arriba, mientras más elevados estemos, conviene recordar la existencia de las bajadas y los acantilados; desde las alturas, ya fueren del amor, del poder, de la fama o la riqueza, podemos observar con claridad todo lo que está debajo de nuestro nivel de ese momento, precisamente porque como no somos estáticos como sí lo es el mundo, nunca sabremos cuánto durará esa especial situación. De la misma forma, cuando nuestra actitud -que no la vida- nos empuja hacia abajo, por el camino escabroso o el acantilado, igualmente tendremos la oportunidad de mirar hacia arriba y observar detenidamente, cuál fue nuestra actitud que nos puso en tal situación, considerando de la forma más seria y sincera, que así como otros han ascendido y superado todos los escollos hasta lograr la cima, nosotros tenemos perfectamente la misma o mejor capacidad, para lograrlo.
Recordemos que hablé del amor, la fama, la riqueza y el poder, porque desde que nos hicimos gregarios, vale decir, que no podemos desarrollarnos sino en grupo, esos cuatro factores han sido dominantes en la ambición humana, por cuanto el nivel de importancia de cada uno lo determinará la personalidad, que corresponde a nuestra individualidad. En tal sentido, la máxima ambición para algunos es lograr un gran amor por siempre; para otros lo será la fama, para otros el poder y, para casi la mayoría, la riqueza. Pues bien, como antes lo he expuesto, ninguna situación se da por sí sola, sino que requerirá nuestra voluntad, diligencia, esfuerzo y confianza en nuestra propia capacidad. Ciertamente, al menos para mí, la ambición más sana, porque no corresponde enteramente al mundo físico, es el amor que es intangible, porque corresponde a un sentimiento que no es perceptible por ninguno de nuestros sentidos conocidos, aunque sí disfrutado por ellos. Pero… ¿Qué se requiere para lograr esta meta de un apasionante, mágico y permanente amor? Simplemente el resultado de nuestra actitud: capacidad para determinar la persona apropiada, ternura, sensibilidad, respeto, consideración, colaboración, cooperación, buena comunicación, sentido de la responsabilidad, compromiso y lealtad. Nadie que tiene el amor como su máxima aspiración, le importa como fundamental la riqueza, el poder o la fama, porque solo quiere… amar.
Dado lo antes expuesto, entonces no son tan importantes la riqueza, la fama ni el poder, ya que el mayor logro de un ser humano es la felicidad, y eso jamás podrá lograrse con dinero o bienes, fama o poder, sino únicamente con el amor. Esto no quiere decir que la fama, el poder o la riqueza sean despreciables; de ninguna manera, solamente que al ubicarlos en su correcto nivel, utilizados con inteligencia y mesura, podrán ser complementarios para una mayor placidez y pudiera ser que también, seguridad. Es que nuestra vida es tan especial, que como los valores humanos son bipolares, hasta lo que pareciera más terrible, tiene siempre un lado positivo, aunque fuere ejemplarizante. De allí que lo que no te beneficia inmediatamente, o con lo cual tropiezas, por lo menos te enseña lo que debes evitar y que más adelante pudiere ser más grave para el logro de tu ambición. Asimismo vale pena considerar que lo que no es muy importante para ti, como el poder, sin duda alguna que puede ser muy beneficioso para una comunidad organizada; de la misma manera la riqueza genera empleos y, en algunos casos, ayuda para los necesitados. Por su parte la fama, refuerza y promueve la lucha, la decisión, la diligencia y el coraje, en aquellas personas -especialmente los jóvenes- que la tienen como su máxima ambición.
Nuestra vida sobre este mundo es tan compleja e imprevisible, que lo más deseado por alguien, si no sabe manejarlo, igual puede llevarlo a la cumbre o a su destrucción. Así tenemos que, conocemos multimillonarios que terminan destruidos moralmente e infelices, por la pérdida de sus seres más queridos por causa de disponer de algún bien especial, como es el caso muy reciente de un multimillonario americano, que perdió su esposa y sus hijos en un vuelo de uno de sus Jets, que de no haberlo tenido no se habría producido la tragedia. De la misma forma, conocemos artistas famosos que murieron muy jóvenes, precisamente por haber logrado esa fama, como son los casos muy tristes de Marilyn Monroe o John Lennon. Los casos del poder mal utilizado y que destruyó etnias, poblaciones y sólidas economías, sería muy largo de enumerar, tanto pasados como actuales.
¿Cuál es la enseñanza? Simplemente, que es nuestra individualidad con esa razón e inteligencia heredada de Dios, que nos da la oportunidad de utilizar acertadamente, el libre albedrío para escoger los caminos a seguir y nuestro estado de ánimo para darle color a cada paso, en ese largo periplo desde que tenemos uso de razón hasta que exhalamos el último suspiro. No existen esas ficciones de nuestra mente como el destino, la ventura, ni la suerte; existe nuestra inteligencia, diligencia, disciplina, confianza, fe y seguridad en que lo que hacemos lo es para beneficiarnos y beneficiar a otros. Siento, porque en mi larga vida lo he comprobado, que ni siquiera la oportunidad es fundamental para el logro de lo que deseamos, porque los vencedores si no encuentran una oportunidad para lograr su meta, simplemente crean las condiciones que sustituyen dicha oportunidad, porque fuimos extraordinariamente dotados sor nuestro Creador, para como lo sentenciara Jesús de Nazaret y así ha sido probado a través de los Siglos que: “Si tenemos Fe, moveremos montañas.”
Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com