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Archive for the ‘METAS Y LOGROS’ Category

ESENCIA DE LA FELICIDAD

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 En todos los tiempos -por ser la mayor  ambición del ser humano- se ha escrito y especulado sobre la felicidad con diferentes criterios y disímiles formas,  pero con la tendencia equivocada de  considerar que sólo se materializa en pocos casos  u ocasiones en la vida, por considerar  que la produce un evento extraordinario o especial. Estoy en desacuerdo con tales estimaciones, ya que, en mi personal concepto, la felicidad no tiene nada de extraordinario ni especial, porque dada mi  experiencia de vida feliz, sé que la felicidad más duradera no es más que la suma de situaciones sencillas que nos hacen la vida más grata, pero no un evento especial por sí mismo, extraordinario.

Ser felices o no, es opción que sólo nosotros mismos en nuestro fuero interno podemos decidir; dándole el color y sabor deseados a situaciones sencillas y cotidianas, sin que ninguna de ellas tenga por qué ser especial o extraordinaria. Aseguro que así como nadie puede hacernos felices si nosotros no lo aceptamos, tampoco es fácil que nos puedan hacer infelices, si la trascendencia de los eventos que nos acontezcan se la damos nosotros, sin permitir influencias externas.

Si consideramos que cualquier situación que nos sobrevenga, su mayor entidad de afectación  será aquella que nosotros mismos le otorguemos, y no la que represente en sí misma como una generalidad, siempre estará en nuestras manos hacerla mejor o peor; esto es,  abonarla o restarla a nuestra felicidad. Es que disponemos del calibrador permanente de todo acontecimiento sobrevenido: nuestro milagroso estado de ánimo, que nos posibilita mirar el devenir de todo acontecimiento del color que nos apetezca.

Así como verdad y sinceridad caminan juntas, con Dios y  amor tomados de la mano haciéndonos compañía en este largo y venturoso camino de la vida, felicidad e infelicidad son vecinas, escasamente separadas por la visión que de ellas tenga nuestra alma; porque somos nosotros quienes decidimos la positividad o negatividad de cada situación o circunstancia que nos afecte. Es por lo cual, el único valor cierto y real que tienen los actos o las cosas, en función de nuestras felicidad, será aquel que nosotros libremente le demos;  y eso, ciertamente, es un privilegio único de los seres humanos. Pienso que la felicidad no es algo que cae del cielo, sino que producimos en la interacción diaria con nuestros semejantes, porque depende de nosotros y no de ningún acontecimiento en particular.

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LA INTELIGENCIA INFINITA Y FE

SOLAMENTE TEN FE

Releyendo a Ernest S. Holmes, un escritor norteamericano del  Siglo XIX (1867-1960), me produjo reflexiones que quiero compartir con mis lectores en estos días de confusión, desconfianza, competencia indiscriminada, cambio de algunos valores,  estrés y… lo más grave: TEMOR.

Muchos filósofos, religiosos e intelectuales, coinciden en que una “Mente e Inteligencia infinita, omnipotente y omnipresente”, independiente de su denominación específica, creó, organizó y domina todo lo creado. Pero su objeto más importante y hacia el cual orientó todos los beneficios de su acción perfecta, lo fue: EL HOMBRE. Por tanto, como su especial creación y objeto de su mayor atención, somos producto de su amor, ocupación y poder. Por ser parte de Él mismo, disponemos de su amor, capacidad y PODER, lo cual nos es trasmitido desde el nacimiento, cuando nos insufla la parte espiritual que denominamos alma, y que nos transfiere sus propias características, igual como un padre físico transfiere sus genes a sus descendientes.

Con ese bagaje extraordinario interno nos corresponde desarrollarlo a medida que acrecentamos nuestra conciencia de que disponemos de esas maravillosas bendiciones que nos son innatas. Mediante la palabra y acción  se nos permite comunicarnos, SENTIR que disponemos de  “el poder creativo de esa Mente infinita y omnisapiente” que es nuestro Padre Dios. Debemos aplicar y lograr en nuestra vida terrenal, el éxito en las cosas fundamentales y necesarias para una vida feliz. Y esto quedó probado con la expresión de Jesús, cuando sentenció: “La palabra que os he dicho, son espíritu y son vida”

Pero ese gran poder heredado de Dios es inútil sin la convicción inequívoca y fe absoluta para SENTIRLO dentro de nosotros mismos, aplicándolo a NUESTRA salud, economía, amor, generosidad, amistad, solidaridad humana, paz, caridad y actuación justa.  Así lo decretó Jesús, con gran autoridad y seguridad, cuando dijo:  “Hágase en vosotros según vuestra fe”. Con esto quiso decirnos, que ese gran poder lo llevamos dentro de nosotros mismos en todo momento y lo único que requerimos para conectarlo a esa Mente Universal e infinita, es la fe, la confianza, el pensamiento positivo y el agradecimiento.  Ni siquiera requerimos pedirlo sino activarlo, porque  también Jesús decía: “Mi padre sabe mejor que tú lo que te hace falta…”

Por experiencia propia sé que esto es cierto. Lo he vivido e independiente de cualquier otra opinión, no tengo duda de su efectividad, por lo cual todos los días… doy gracias.

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Como venezolano con residencia en USA, continuamente tengo que responder sobre mi opinión relacionada a esa ambición de muchos  latinoamericanos: vivir en los Estados Unidos.

Estoy convencido  de que el cacareado sueño americano, en muchos casos, suele ser un proyecto que puede convertirse en un espejismo que pudiera afectar negativamente buena parte de la vida futura.

Acepto  que conocer otras latitudes aumenta el bagaje cultural y nos ubica en nuestra cabal dimensión, con respecto al mundo. Pero que emigrar sin planificación realista, efectiva y sustentable,  represente  algo extraordinariamente positivo o formativo, lo considero improbable.

Conocí compatriotas abogados atendiendo mesas en restaurantes en Miami y economistas e ingenieros dando clases de español en escuelas primarias en Philadelphia, devengando salarios apenas suficientes para vivir decentemente; pero con menos reconocimiento, progreso intelectual,  vida social o capacidad de ahorro que en Venezuela.

Asimismo compartí con migrantes de diversa nacionalidad, quienes agotaron  sus mejores años para lograr apenas la educación básica de sus hijos, porque la Universitaria,  su costo es tan elevado, que les fue imposible lograrlo.

Es muy dura la transición de ciudadano con arraigo y sentido de pertenencia nacional, a un mero  número del Seguro Social  en un país donde hasta el idioma es diferente; porque los servicios de salud dependerán de su capacidad de pagar un seguro muy costoso, siendo que de lo contrario,  ingresarán al grupo de los cuarenta millones de personas que en USA  no tienen acceso asegurado a los servicios de salud.

Conviene, desde una óptica realista y sincera, hacerse la siguiente  reflexión: si conociendo el idioma, las condiciones, leyes, beneficios de salud y educación de que disponemos en nuestro país, se nos dificulta lograr solidez económico-familiar… ¿Qué nos asegura que sin disponer de esas condiciones beneficiosas, nos será más fácil lograrlo en otro país? Meditar sobre esto pudiera evitar cometer un grave error.

Para quienes gustan escuchar  los  cantos de sirena del “sueño americano”,  antes de tomar la decisión de emigrar,  recomiendo ubicarse descarnada  pero sinceramente, en las posibilidades que ofrece nuestro  país en cuanto a estudios, formación profesional, asistencia a la salud y relaciones familiares, para quienes estén dispuestos aportarle su mejor diligencia, trabajo y decisión.

Igualmente, sugiero consultar con quienes han vivido esas experiencias migratorias y sus secuelas.  Seguramente, luego de escucharles lo pensarán mejor, o por lo menos, si deciden emigrar,  lo harán a conciencia de los  verdaderos riesgos que  asumen y sus posibles consecuencias.

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¿Cuál es el significado de la libertad personal?

Considerando la libertad como la facultad para decidir acciones según la inteligencia o voluntad para producir el derecho a la libre determinación, pudiera ser que la respuesta concierna más a la ideología individual o filosofía de vida, que su influencia real materializada como elemento vivencial cotidiano desde la óptica de su concepción física, espiritual o… ideal.

Estimo la libertad como indivisible e integral, y si se quiere, autónoma, porque su entidad y dimensión dependen de la concepción personal e individual; pero siempre regida o condicionada por el beneficio colectivo frente al interés personal. Nadie más que yo mismo decide si me hace superior, fuerte, poderoso e invulnerable; o si por el contrario, me pone en riesgo de convertirme en débil, inferior, sojuzgado o especialmente vulnerable.

La libertad como condición especial y única de los seres inteligentes, no es un atributo sólo para escucharlo con deleite o pregonarlo, sino que, para que surta efectos en su máxima expresión físico-espiritual, debe sentirse y vivirse. Su entidad no se circunscribe a lo corporal, sino que va más allá y con consecuencias no dimensionables, afecta mi intelectualidad, pensamientos, ideas y espiritualidad, que son intangibles. Es en esa dimensión inmaterial donde obtengo mayor fortaleza porque me da sabiduría, permitiéndome sobrevivir cualquier desventura, inclusive la de perderla corporalmente cuando, eventualmente, la organización social pudiera privármela.

Dolorosamente percibo que algunas personas violentan su propia libertad personal, cuando permiten que elementos nocivos, desestabilizadores y degradantes de su condición humana como el alcohol, las drogas, el mal uso y depravación sexual, compelen el disfrute de esta bendición de Dios encerrándola y coartándola bajo el imperio desventurado de esos bajos instintos, al permitir sobreponerlos a su voluntad que es condición racional e inteligente.

No hay posibilidad de encadenar la libertad de ideas ni el espìritu, porque sólo puede inmovilizarse el cuerpo, que es tangible y temporal, pero no el espíritu que trasciende la vida física; pero sí existe la probabilidad del autocautiverio o encierro individual, cuando se supedita la voluntad a los vicios y tendencias originarias, estableciendo barreras que perturban la intelectualidad, produciendo la mayor pérdida de la libertad posible: la espiritual, que al ser la de mayor entidad, conlleva nuestra autodeterminación para ser mejores y vivir felices, cual fue el destino que recibimos en el momento de ser concebidos y  debe representar la meta más ambiciosa, porque nos permite llamarnos hijos de Dios.

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Hoy, como padre más que como consejero familiar, me he sentido triste al leer un comentario de una de mis lectoras muy jóvenes, quien se quejaba de su supuesta enfermedad de depresión permanente –para lo cual está siendo medicada- al punto de confesarme que lo único que la apegaba a la vida, era el dolor que sabía produciría a su familia en caso de perderla. Tal injustificada situación me hizo reflexionar sobre el hecho de que, en la mayoría de los casos, los humanos producimos muchas de nuestras enfermedades físicas y creamos las condiciones para desestabilizar nuestra psique. Opino que la raíz de esa desacertada circunstancia vivencial, reside en el hecho de que pensamos y nos preocupamos más de lo que carecemos y/o pudiéramos llegar a tener, que de lo que realmente disponemos a nuestro alcance. En este mismo sentido, nos preocupamos más por el objetivo final de nuestras metas, que por vivir el camino que recorremos para lograrlas. En el primer caso, descuidamos contar las múltiples bendiciones que recibimos de Dios todos los días, como el mantenernos vivos, cuando tantas personas menores, de igual o mayor edad, mueren todos los días de diferentes maneras. Unicamente el disponer de juventud –como el caso de la joven que refiero- que es el mayor tesoro de un ser humano racional, es sin duda, una de las más ricas bendiciones. Igualmente, poseer todo nuestro cuerpo, cuando hay tantas personas que carecen de uno o más miembros; poder utilizar nuestros sentidos, que nos permiten disfrutar de la belleza; oír la música y la palabra amor; degustar los múltiples manjares de nuestra dieta diaria; oler el maravilloso perfume de las flores; y sentir el toque mágico en la piel del ser amado, no podemos llamarlo más que bendiciones. Pero, en un mundo donde cada quince segundos muere un niño de hambre; y un mil trescientos millones de personas viven bajo pobreza crítica, lo cual implica no tener trabajo, ni casa, ni educación, ni bienes de ningún género, y escasamente el alimento mínimo para no morir de inanición, tales datos que no nos afectan personalmente, no pueden más que hacernos sentir privilegiados. Entre otras cosas, porque nosotros tenemos –al menos en la medida conveniente- casi todas las cosas de que ellos carecen, especialmente alimentos, cuales algunas veces rechazamos por el temor a engordar, en las mismas cantidades con las que ellos, si los tuviesen, sobrevivirían. Pues bien, todas esas bendiciones son las que debemos contar todos los días, porque en la medida en que lo procesemos, estaremos en capacidad de disfrutar mejor de nuestra vida cotidiana; pero también porque ese sentimiento de satisfacción inmediata, hace disminuir la importancia de las pocas cosas de las cuales carecemos, ubicándolas en su justo sitio. En el segundo caso, si en vez de dedicar todo nuestro esfuerzo, intelecto, dedicación y a veces hasta el sacrificio del afecto de quienes amamos, por lograr el objetivo final de nuestras metas, disfrutáramos del camino de lograrlo viviendo cada paso y cada estación; amando lo que hacemos y edificando a quienes con nosotros colaboran y nos hacen compañía; regocijándonos en cada momento y evento como si fuera el último, pero con la esperanza de que tendremos muchos mejores; dejando sobre el camino nuestra huella de diligencia, afecto, reconocimiento, gratitud, solidaridad y plenitud, seguramente al llegar a la meta estaríamos mucho más frescos, pletóricos de optimismo y llenos de vida, para disfrutar plenamente de esos ambicionados logros. Es que si descuidamos disfrutar el recorrido del camino, que es largo, lleno de actividad y oportunidad de dar y recibir, lo perderíamos; y, pudiera ser que luego, cuando lleguemos al final, si el resultado fuere como lo ambicionáramos, el tiempo para regocijarse pudiere resultar muy corto… y eso nunca nos lo perdonaríamos.

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