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Archive for the ‘ENALTECER AL PROJIMO’ Category

Debido a los errados paradigmas sobre los cuales se desarrolló mi niñez, durante bastantes años de mi juventud, la diaria lucha por una vida -que esa misma formación me hacía prever como muy difícil-  me impidieron valorar debidamente mi tranquilidad espiritual.

Hoy, bastante avanzado en el camino de mi existencia, tengo plena conciencia de que sólo podemos sentirnos dueños del destino propio, cuando tenemos la convicción de que estamos en paz con nuestra conciencia, porque hemos hecho todo lo posible por hacer las cosas bien; y hemos colaborado dentro de lo posible, con el bienestar de los demás.

Si lograr la paz espiritual fuera muy fácil, seguramente el mundo sería diferente: andaríamos menos apurados; disfrutaríamos los amaneceres, el cielo estrellado de las noches, el canto de los pájaros, la risa de los niños, el aroma de las flores; la paciencia, generosidad y caridad, serían virtudes generalizadas; la fe, el optimismo y  la confianza, sustituirían la tristeza, el temor y la desesperanza.

No obstante, aunque no es fácil, sí que es posible lograrla, en la misma medida en que entendamos nuestra extraordinaria capacidad para amar, adaptarnos a cualquier ambiente y disfrutar intensamente del presente, mientras aceptamos nuestras naturales limitaciones frente a un futuro que, por ser desconocido e imprevisible, no debe ocupar nuestro tiempo o…preocuparnos.

La paz espiritual deviene de mirar dentro de nosotros mismos, cómo somos y podemos ser mejor todos los días. Es aceptar que todo lo que nos ocurre, aun aquello que aparenta tropiezo o fracaso, es parte del obrar humano que juega a nuestro favor; especialmente, porque a medida que pasan los años van siendo menores y más manejables, como aprendizaje para vivir una existencia placentera.

La paz espiritual se refleja en esos sentimientos de tranquilidad y satisfacción, cuando mirando atrás, la actualidad o los proyectos futuros, percibimos que todo se enmarca dentro de esa línea invisible del respeto por los hermanos humanos, las instituciones que soportan la sana organización social, la utilidad  y el amor por cada una de las cosas que hacemos.

Esa paz espiritual nos hace moderados frente a la fortuna y alegría; cautos frente a la tristeza y el temor; fuertes y solidarios frente a la adversidad; seguros de que somos un conjunto físico-espiritual, ideado por Dios con suficiente poder,  para prevalecer sobre todo lo creado.

La paz espiritual está latente dentro de nosotros; sólo hace falta avivarla y fortalecerla con apropiadas actuaciones.

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Hoy mantuve dos reuniones interesantes; la primera, con un activo luchador social e inscrito desde siempre en las teorías izquierdistas; la segunda, una empresaria desde el punto de vista filosófico-político, en el lado opuesto. En ambas la constante fue la preocupación por los vacíos existenciales que no logra llenar el poder, la riqueza ni la fama, que para mí responde a la necesidad de encontrar un medio para crecer espiritualmente.

Se trata del hastío de tanto materialismo que pretende imponerse frente a los principios y valores que fueron las raíces sobre las cuales cimentamos el desarrollo de familias honestas, con padres e hijos que disfrutaran de gozo, plenitud y solidaridad perdurables, pero conscientes de su importante rol individual, como guardianes de esos principios y valores, sin los cuales el hombre deja de ser importante frente al poder, la riqueza y la fama.

Quienes hemos mantenido esos principios y valores, dentro de los cuales Dios y el amor al prójimo son los principales, ni tenemos vacíos vivenciales, ni tenemos temores; porque al sentirnos hijos de Dios y por tanto imbuidos de su poder y amor, haciendo introspección del compromiso con nuestro congéneres, así como nuestra extraordinaria capacidad de adaptación a cualquier situación por muy difícil que fuere, la plenitud es tal, que no tenemos espacio para ningún vacío, porque ese coctel maravilloso compromiso-amor es demasiado dinámico, renovador y reconfortante.

No existen mecanismos de carácter externo, que divorciados de los principios y valores humanos, puedan substituir la espiritualidad de que éstos últimos están imbuidos; y como consecuencia, no son los elementos materiales como la riqueza o el poder, los que pudieran llenar esos vacíos que nacen y sólo pueden ser satisfechos por elementos intangibles como el amor, la solidaridad y el respeto por la persona humana, prioritarios frente a cualquier circunstancia económica, de poder o bienes tangibles.

Siento que se hace necesario reencontrarnos con la espiritualidad, dando oportunidad de expandir hacia el exterior ese potencial de amor y solidaridad humana, que todos tenemos como parte de nuestra herencia divina; aceptando gozosos, que nuestro espíritu prevalece frente a nuestra condición física, y por tanto es allí donde nace y se desarrolla la esencia de nuestra individualidad; y que de él depende la indispensable armonía físico-espiritual, que nos blinda frente a cualquier tentación, debilidad o adversidad, pero muy especialmente frente a esa insatisfacción angustiosa, de sentir y no saber como llenar esos vacíos… existenciales.

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«¿DESARROLLO POR EL HOMBRE O PARA EL HOMBRE?»

El fin verdadero  del desarrollo mundial actual, sus paradigmas, algunas veces, en cuanto se refieren a la máxima aspiración humana, la felicidad personal y colectiva, su sentido real, pareciera que se nos escapa de las manos, o al menos nos hace percibir… desubicados.

¿De qué sirven los aviones a turbina que nos permiten llegar de Caracas a París en una o dos horas menos, o un tren a trescientos cincuenta kilómetros por hora, la nanotecnologìa y la cuántica, si ochocientos cincuenta millones de seres humanos se mueren de hambre, y personalmente esa economía de tiempo no nos aporta mayor alegría, satisfacción, amor o felicidad?

¿Cuál es el beneficio objetivo para una persona de disponer de poder, fama, bienes y riquezas de todo género,  si en el camino para lograrlo dejó lo mejor de sí, pero también por causa de su obsesión en alcanzarlos descuidó sus seres queridos, amigos y cuando logra  sus ambiciones, ya no tiene con quien compartirlos, al menos con aquellos a quienes realmente ama?

Parangonando nuestra existencia con la vigilia y el dormir: ¿No es acaso intrascendente el tamaño o confort de la cama si no se puede conciliar el sueño?

Y lo que es más importante: ¿Puede toda la riqueza, fama, o poder que se acumule suministrar siquiera un día más de vida?

En fin, como ser  humano…¿De qué me sirve un desarrollo orientado a la generación de riqueza, la  fama y poder, si en la vía de su consecución pierdo mi tranquilidad, muchas veces parcialmente mi salud, mi maravilloso mundo de las cosas sencillas y violento mi espiritualidad?

Porque obtener riqueza, fama o poder, requiere una dedicación completa, y a veces excesiva, en esa competencia multitudinaria por ver quien se agota primero, pierde más rápido el pelo, gana más arrugas, baja su líbido, aumenta su estrés o se gana un infarto, a cambio del éxito.

Tal consideración me lleva a reflexionar sobre quién será más feliz: ¿Aquél que se embarca en ese desarrollo agotador y angustiante, para lograr prever, más que satisfacer sus necesidades materiales por encima de las espirituales -que en nada dependen de la riqueza, el poder o la fama- o el que poniendo como fundamento de su vida su tranquilidad espiritual, considera los logros materiales como algo conveniente pero adicional a su satisfacción interna?

Nuestra conformación físico-espiritual nos exige satisfacer esas dos entidades para lograr la plenitud. Si conocemos que esos requerimientos físicos son  limitados y posibles de lograr sin grandes esfuerzos, así como que nuestras  necesidades espirituales, que son las más difíciles de satisfacer, dependen de cómo manejemos nuestro estado e ánimo ¿Porqué dejar parte de la vida en el camino -comúnmente los mejores años- en la búsqueda desesperada de cosas que no son fundamentales para nuestra felicidad integral?

Son la intranquilidad, angustia, insatisfacción y estrés, la mayor fuente de las dolencias físicas y espirituales, que dañan la vida del ser humano.

Entre lo conveniente y lo inconveniente, apropiado o indeseable, mejor o peor, la diferencia puede estar en el equilibrio de nuestras actuaciones cotidianas, que no es posible lograr sin un mínimo de  tranquilidad físico-espiritual, muy difícil de disponer cuando perdemos la perspectiva de nuestra realidad vital, cual es sin duda, la de transcurrir nuestra corta existencia en paz con nosotros mismos y con nuestros hermanos humanos, en función de la mayor utilidad posible; para lo cual el mejor aporte es el de contribuir con la felicidad de las personas, lo que es imposible si nosotros mismos no somos felices.

Cien mil personas murieron hace setenta y dos horas por causa del Ciclón en Birmania, sin que nadie pudiera hacer nada por ellas. ¿Porqué y para qué? No nos está dado saberlo. Mas, de lo que sí estamos seguros es de que la muerte, que no escoge ni pregunta quien es rico, famoso o poderoso, para considerar llevárselo o dejarlo, así  como el nacimiento, tampoco tiene que ver con clases sociales, estatus o entidad.

Desde mi punto de vista, lo más importante para nuestra vida, es vivir intensamente cada uno de los momentos de nuestra existencia. No es trascendente cuanto tiempo vamos a vivir, sino como nos sentimos viviendo y disfrutando esta, la mayor bendición de Dios para sus hijos.

Como igual muere el sabio que el ignorante, el rico que el pobre, el poderoso que el desvalido, la diferencia estaría en cuanto se ha disfrutado, engrandecido a nuestros semejantes y avanzado en el crecimiento espiritual, que trascenderá esta vida física para acercarnos a nuestro destino final. Todas nuestras riquezas, fama o poder, aquí se quedarán, porque nada podremos llevarnos.

Como consecuencia de tales realidades, de aquellos desventurados que murieron por el ciclón, quienes hubieren dedicado sus mejores años a lograr riquezas, poder o fama, sacrificando su tiempo, su crecimiento espiritual, descanso, familia y plenitud, perdieron la vida igual que quienes sí vivieron intensamente cada minuto de su vida, descansaron, engrandecieron, compartieron tiempo y amor con sus seres queridos;  siendo que la diferencia lo fue que los últimos disfrutaron la vida, mientras que los primeros sacrificaron lo seguro por un supuesto futuro incierto, que nunca llegó para ellos.

Quizás sea un buen momento para meditar y reflexionar sobre la enseñanza de Jesús de Nazaret, cuando sentenció: «El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga.

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