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Archive for the ‘EL QUE AMA PERDONA’ Category

No me interesa mi edad, pero si me preguntaran cuanto he vivido, entonces puedo hablar de esos espacios de tiempo, que para mì no tienen decisiva importancia. Lo trascendente es cómo he vivido, porque siento que tengo los años que quiero y que disfruto… intensamente.

Hago lo que considero bueno; de tal manera, emprendo mis proyectos viviendo intensamente el camino de realizarlos, sin darle demasiada importancia al resultado; si tengo éxito me congratulo, pero si fracaso atesoro el aprendizaje y acto seguido inicio uno nuevo.

Los años vividos me han permitido mirarle la espalda a las cosas; por lo cual, me apasiona vivir cada momento y sus detalles; en la vía de lograr mis cometidos son cada paso o circunstancia, lo que me permite sentir las cosas, disfrutar de las personas y apreciar la obra de Dios en las soleadas mañanas al inicio de la faena, o las puestas de sol en la tarde cuando descanso, luego de un día agotador pero emocionte.

Es tan lindo sentir que se ha vivido gustando de lo que se hace, más que haciendo lo que nos gusta; que el cuerpo y el cerebro –sin importar las dificultados- siempre dicen: sí… adelante.

¿Que valor tienen los años si lo importante es cómo se han vivido? No es haber vivido poco o mucho lo que determina lo vivido, sino la intensidad, satisfacción, emoción, alegría, generosidad y la felicidad con que se ha recorrido el interesante camino de compartir la existencia.

No existe edad especial o ideal para amar, esperar, desear, disfrutar del amor, la familia y… ser útil. Puede el joven, adulto o viejo, igualmente sentir el calor del afecto, el frío de la soledad o el sabor agridulce de las lágrimas. Nuestros sentimientos no dependen de la edad, ni es algo que se construya fuera de nuestra interioridad; se trata del obrar humano, que paulatinamente forma óptica de ver la vida y las cosas, y por ende, cómo logramos nuestra realización individual.

Haber vivido intensamente, disfrutando de las muchas bendiciones que Dios puso sobre esta tierra, nos permite mirar el mundo sin temor, en paz con nosotros mismos y nuestros semejantes; nos ayuda a pensar que fue bueno haber nacido, haber sentido que de una u otra manera, esos hermanos nuestros que caminan sobre la tierra, independiente de su edad, contribuyeron decisivamente para que se diera ese fenómeno típico de los seres pensantes: una vida feliz.

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foto-usuario-113616-5082573508Nunca he podido entender que algo sublime como el amor -en el caso de Dios el máximo- de alguna manera pueda materializarse o manifestarse con el castigo. Quizás porque estoy convencido de haber entendido perfectamente el mensaje de Jesús, hijo predilecto de Dios sobre esta tierra, en cuanto a que “Dios es amor.” De tal suerte, que tampoco comprendo como algunos religiosos presenten a Dios como un padre irascible, terrible y vengador, que sólo está pendiente de ver los errores de sus hijos para caerles encima y zás… castigarlos, olvidándose de su esencia divina, que es “amor”.

¿Cómo puede conciliarse el amor con el castigo? ¿Cómo se entiende que un Dios que es todo amor y sabiduría, pero que además nos diseñó un camino de vida desde antes de nacer, esté presto a castigarnos por actos que él sabía con antelación que podíamos realizar, y que por su poder infinito pudo evitar? En verdad, no lo entiendo.

Pienso que es por amor a Dios y no por temor a Dios que debemos actuar en función de nuestro beneficio y el de nuestros semejantes. No se me ocurriría, bajo ninguna circunstancia, decir a alguien que por temor a Dios debe actuar bien, sino que debe hacerlo por su amor a Dios. No puedo olvidar las noches de desvelo que pasé cuando niño por culpa de religiosos, que no obstante mi corta edad, me atemorizaban con el horrible castigo de Dios porque yo había cometido tal o cual tontería, propia de un pequeño inocente, lleno de curiosidad y deseos de conocer cosas nuevas.

Hoy, gracias a mi conocimiento del pensamiento de Jesús, cuyo mensaje trascendental que escindió la historia en dos, fue precisamente “EL AMOR”, cambié el temor a Dios por el amor a Dios. Eso me da una gran tranquilidad y paz espiritual, porque sé y no tengo duda, que Él no existe para acecharme y estar pendiente de mis errores y desaciertos para castigarme, sino para orientarme, para ayudarme, para darme lucidez en la toma de mis decisiones, para amarme hoy y… siempre.

Ojalá los maestros, religiosos y adultos en general, dejaran de estar asustando a los niños con Dios, diciéndole frases como “Si haces tal o cual cosa Dios te castigará”, “El castigo de Dios es horrible”, “Te irás al Infierno” o sandeces de ese tipo, que sólo logran aterrorizar a quienes se trajo a este mundo para ser amados, protegidos y bendecidos, creándoles y fortaleciéndoles el amor a Dios, a ese padre bueno que está ahí, dentro de cada uno de nosotros, y por tal sentimiento –el de amar y no por el temor- debería ser por lo cual actuásemos con amor, ternura, dulzura y consecuencia con nuestros hermanos humanos, seguros de que no hay error por grande que fuere, que Dios no perdone o implique que deje de amarnos.

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«EL PERDÓN SES DIVINO SI LO ACOMPAÑAS DEL OLVIDO

Tratando sobre el perdón, una de las asistentes a mi última Conferencia comentó su acuerdo con perdonar, pero manifestó sus reservas con respecto a la real posibilidad de olvidar, como condición indispensable para que el perdón surtiera todos sus efectos.

Ratifico que el perdón sin olvido del agravio recibido, no lo es completo; y lo más importante, en tal caso, no recibiríamos sus maravillosos beneficios. Perdonar el agravio para que aporte el beneficio espiritual pleno, conlleva dos elementos fundamentales: un voluntario acto de amor del agraviado hacia el ofensor y la decisión de no recordarlo nunca más.

No me refiero a olvidar por siempre el evento en sí, lo cual aunque sería deseable pudiera no ser tan fácil. Lo que conviene olvidar es la sensación dolorosa que nos afecta cuando somos agraviados. Se trata de no recordar nunca más ese momento de sufrimiento; esa sensación desagradable de ser violentados en nuestra persona física, valores espirituales y sentimientos.

Pudiera ser que el suceso en sí mismo nunca lo olvidemos, lo tengamos presente en cualquier momento o circunstancia, por algún tiempo o por siempre, lo cual no tendría nada de grave, si echamos una cortina de olvido sobre la consecuencia dañosa que nos causó el mismo.

El asunto es desterrar de nuestra mente el daño que nos causó. Porque no es el recuerdo de la situación vivida lo que nos puede afectar, perturbar o hacernos sentir mal, sino la dimensión o entidad de cómo nos afectó en ese momento.

El más beneficiado con el perdón y el olvido del agravio no es el ofensor, porque éste pudiera ser que no tenga la dimensión real de los efectos de sus actos, o ya no lo recuerde. El único beneficiario de la sensación liberatoria del perdón es el ofendido, quien al desecharlo de plano de su alma logra la tranquilidad y el reposo necesarios para no perturbar o desmejorar su felicidad.

Conviene tener siempre presente que olvidar es un elemento existencial muy importante. ¿Qué sería de nuestra tranquilidad espiritual si no dispusiéramos de la capacidad de olvidar los males y dolores sufridos?

¿Acaso no es el olvido lo que nos devuelve la tranquilidad, la alegría y el deseo de continuar adelante, cuando perdemos un ser querido o fracasamos en el amor?

Olvidar, progresivamente hace menor el dolor, distancia el recuerdo y pone sobre las heridas ese ungüento maravilloso que es producto del entusiasmo por la vida, por la vida buena, por esa que Dios ha reservado para aquellos que saben sobreponer el amor, la generosidad, la compasión y la caridad, por encima de cualquier sentimiento de frustración, desencanto o dolor.

Así como recordar las cosas buenas vividas nos hace disfrutar y amar más nuestra existencia, el recordar las experiencias desagradables y los malos momentos, pueden llegar a hacernos la vida simplemente… miserable.

Venturosamente, olvidar depende de cómo manejemos nuestro estado de ánimo. Le invito a olvidar lo malo y tener presente las muchas bendiciones de que dispone. Le aseguro que se sentirá mucho mejor.

Próxima Entrega: EL PRINCIPIO DE LA PLEGARIA.

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