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Archive for the ‘AUTOVALORACION’ Category

Por especial solicitud de una lectora del Diario  El Carabobeño, repito este Artículo del año 2008:



Con tantos eventos desagradables, más allá de estas emociones disímiles, en nuestra alma y en una parte indeterminable de nuestra espina dorsal, sentimos un arañazo, y no podemos ocultarlo.

Son las garras de una realidad que nosotros mismos hemos fabricado, es un vacío profundo… permanente, agazapado en el ombligo del alma, alimentando el sentimiento de que, en algún recodo del camino de nuestro desarrollo social reciente, se nos quedó una parte de solidaridad, consecuencia, consideración, aceptación e… idilio, con ese mínimo de magia que hizo de la vida de nuestros progenitores una época romántica, confortable, segura, de paz… buena para la vida.

Ese sentimiento de pérdida presente en el alma, choca con nuestra naturaleza integral, que por estar conformada por cuerpo, alma y espíritu nos hace diferentes a cualquier otro ser vivo y dotados de inteligencia, lo que nos convierte en el ser vivo más acabado sobre la Tierra.

Frente a esos vacíos en el alma, intuimos su origen más allá de nuestro cuerpo físico, o el paisaje geográfico en el que hacemos nuestra vida cotidiana, porque sentimos que nace de nuestro propio comportamiento individual y colectivo. Esa certeza nos hace reflexionar sobre los valores y principios que deben regir nuestra vida como hormigas de una misma cueva, en la búsqueda de su mejor calidad más que el mero hecho de sobrevivir.

Como consecuencia nos preguntamos:

¿Acaso habremos permitido que nuestros valores, que pueden ser cambiantes de acuerdo a la época, el espacio, la evolución y el desarrollo social, hayan privado sobre nuestros principios fundamentales de vida que deberían ser permanentes e innegociables?

Si eso es así, en ello pudiera estar la respuesta, que al conocerla convierte el problema en un asunto por resolver, el cual, gracias a nuestra herencia divina que nos hizo pensantes, racionales e inteligentes estamos en capacidad de solucionar. Sólo requerimos de voluntad para emprender, actitud positiva para avanzar y aptitud para la aplicación de los correctivos necesarios; para lo cual disponemos de las múltiples herramientas de las cuales dentro de nosotros mismos fuimos dotados por Dios.

Todo nos lleva a considerarlo como un asunto de jerarquía. Entonces debemos determinar prioridades entre las circunstancias de nuestra vida, como familia, carrera profesional o actividad laboral, poder o representatividad, fama y riqueza. Cada una tiene su importancia como sentimientos, esperanzas y ambiciones, conforme al lugar donde le ubiquemos.

Es su jerarquía individual lo que determinará la incidencia en nuestra felicidad integral, cual será proporcional al nivel de importancia que demos a cada uno de esos aspectos, por tomar el principal que es la familia, con sus colaterales amor de pareja, solidaridad, respeto y sexo, por nombrar algunos, son realmente fáciles de ordenar jerárquicamente en función de la felicidad integral; entre otras cosas porque responden a principios fundamentales innegociables y valores humanos con vocación de permanencia. Pero además funcionan y hacen la diferencia entre las personas felices y las que no lo son.

Algunos otros elementos a decidir, que son menos definitivos y proclives a la vanidad o banalidad humana, como el poder, la fama, la riqueza, la belleza, ciertamente requieren de sabiduría más que de conocimiento, para ubicarlos debidamente con respecto a nuestras ambiciones en la vía de lograr una felicidad integral.

Seguramente, si rescatamos esos valores humanos, si nos aferramos a esos principios de vida recta y consecuente con nuestra condición de entes especiales, diseñados a imagen y semejanza de Dios, la cual permitió a nuestros padres, y de alguna manera a nosotros mismos en nuestros primeros años, sentirnos plenos espiritual y materialmente, al ordenarlos lograremos llenar esos vacíos que hoy nos dificultan reconciliarnos con nosotros mismos y sentirnos plenos.

Esos vacíos existenciales también son fuente abundante del peor mal del nuevo Siglo: el estrés, que a su vez se convierte en factor de origen de la mayoría de nuestras enfermedades físicas, mentales y psíquicas, entre las cuales las más graves pudieran ser precisamente aquellas que afectan nuestra alma, para las cuales no tenemos medicina conocida, porque no se satisface con cosas materiales o tangibles, ya que nacen, crecen y se reproducen en nuestra espiritualidad, creando insatisfacción, hastío, aburrimiento y… frustración.

Todo lo cual sólo puede ser combatido y vencido con el crecimiento espiritual, que nos eleva por sobre nuestra propia naturaleza originaria, para sentir amor, solidaridad, compasión, respeto, ternura y aceptación para todos y cada uno de nuestros congéneres, en esta madre Tierra que Dios nos dio como herencia.

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El concepto de belleza es subjetivo, porque depende de la optica particular de cada individuo. De tal manera, pareciera aventurado emitir un criterio definitivo sobre si alguien es o no bello.

Nuestra personalidad es individual, independiente, pero integral. Consecuencialmente, nuestra presencia, en mucho, es el reflejo de esa personalidad; cual involucra la parte fisica, pero también la espiritualidad que nos caracterizan como seres racionales.

Pudiera ser que alguien comente que otra persona le parece fisicamente linda; pero, cuando nos referimos a la gente bella, no lo hacemos por su sola apariencia fisica, sino que la determinamos como conjunto fisico-espiritual, que involucra esa belleza subjetiva que corresponde a nuestro gusto, pero tambien su trato, su bonomia, su humor, su generosidad y su respeto por las personas y las instituciones sociales.

De hecho, una persona bella, casi siempre es exquisita. Físicamente, su apariencia no la determina la marca de la ropa, los atuendos o accesorios que usa, sino el gusto al avenirlos a la imagen personal que de ella misma tiene.

La gente bella es diligente y atenta; especialmente, oye con atención y respeto a sus interlocutores, interviniendo cuando le corresponde, para aportar opiniones ponderadas sobre lo tratado e incorpor temas agradables o interesantes.

La gente bella demuestra su preocupación e interés por las cosas, problemas y sentimientos de los demás. Como consecuencia, normalmente genera las mismas reacciones e  inspira y recibe idénticos sentimientos, como los que logra demostrar con su trato afable pero auténtico.

La gente  bella, es activa, optimista, sinérgica y… vibrante. Este tipo de personas suele ser  moderada, tolerante, caritativa e intenta por encima de todo realizar esa proeza humana tan dificil: ser justa. Quizás porque nunca olvida que solo somos seres humanos, tratando de ser mejores, pero que, al final, no somos mejores ni peores, sino… diferentes.

La gente  bella, por lo general enfrenta la vida con alegría y da gracias por el privilegio de vivir. Por eso, en busca del éxito personal no se atemoriza del fracaso, porque entienden que es necesario tropezar para aprender como recorrer mejor el camino.

Lo único triste de todo esto es que, no obstante que a cada momento tropezamos con gente bella –porque ciertamente hay mucha- nuestros mecanismos de defensa,  y la prisa que injustificadamente ponemos en nuestra actividad, no nos deja tiempo suficiente para detectarlas;  y con ello perdemos la oportunidad más linda que nos ofrece la existencia: disfrutar plenamente de nuestros hermanos humanos.

 

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Sobre el tema se ha escrito mucho, variado y constante; sin embargo, por su importancia para la felicidad personal, todo lo que se abunde es bueno.

La efectividad de nuestra personalidad, depende en mucho de cómo nos consideremos nosotros mismos; a nuestro favor tenemos que corpórea y espiritualmente, somos la obra más acabada sobre esta madre tierra.

Físicamente, somos especialmente singulares. Nuestro cuerpo es individual, único, hecho a imagen y semejanza de Dios y eso significa que nadie puede ser más o menos bello sino diferente, pero siempre… bello; precisamente porque Dios es bello.

Nacimos cuando, como y donde tenía que suceder; nuestra edad, siempre, es la apropiada; nuestros padres los mejores y este hermoso y apasionante mundo, nuestra heredad.

Tenemos el poder de dar a cada circunstancia la trascendencia que nos convenga, y eso nos asegura la posibilidad de determinar el nivel de la satisfacción deseada.

No necesitamos mostrarnos diferentes a como somos, ni desear la vida de otro, y la autenticidad es elemento importante de nuestra personalidad. En función del amor, sabemos superar nuestra originalidad, elevarnos por encima de nuestra propia naturaleza y eso nos hace… espirituales.

Disponemos del intelecto suficiente para diferenciar lo bueno de lo malo; lo seguro de lo peligroso; escogimos la generosidad y ser útil nos regala el honroso título de hijos de Dios.

Mis tiempos siempre han sido buenos: cuando niño satisfice mi curiosidad y me reí de todo lo importante; cuando joven aprendí a amar la vida, las personas y a disfrutar con fruición… todo, sin darle mayor trascendencia. En mi madurez aprendí que el respeto, la consideración, el reconocimiento y la admiración, fundamentan el amor verdadero y… permanente.

Hice de la generosidad y la felicidad mi ruta: por eso comparto mi pan con el necesitado, abro mi corazón al desvalido y presto mi hombre al desventurado, para recostar su cabeza.

Conozco lo que valgo, sé que como ser humano, soy único e irrepetible; consecuencialmente, a cualquier edad represento un valioso obsequio para cualquier otro ser humano. Así que, quien no lo descubra, aprecie o desperdicie, simplemente… se lo pierde.

Eso es la autoestima; sentirnos, dentro de nuestra natural sencillez, especialmente seguros de estar dotados por Dios, de todos los atributos necesarios para motivar éxito, bienestar, solidaridad y amor; condiciones fundamentales para combatir el egoísmo y lograr nuestra mayor ambición como seres racionales: LA FELICIDAD.

 

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¿A quién importa la edad de una mujer interesante, que exuda entusiasmo y amor por la vida; que impresiona con algo que  va más allá de la presencia física; especialmente aquella que ya no es una chiquilla inmadura y alocada, sino que enjuga en su personalidad esa parte de la juventud que nunca perderá, y ese aplomo frente a cualquier situación, que la hace admirable, naturalmente bella, segura de sí misma, un poco enigmática y como la fruta “hecha”… deseable?

La veo llegar y la examino de arriba abajo; la percibo pulcra,  con aroma de flores de mañana fresca,  con atuendo discreto pero muy femenino, donde se conjuga la coqueta vanidad de mujer bonita, con la elegancia que corre por sus genes, para hacer ese coctel mágico que las hace especiales y… “sexy”.

Pertenecen a una generación romántica pero realista; que amó y sabe amar intensamente, pero segura del derecho a la reciprocidad merecida. Que por amor lo da y exige todo; que no endosa su dignidad ni identidad en aras de un sentimiento que limite o niegue amar… con libertad.

Han acumulado conocimiento y experiencia sobrada en el compartir lo mejor y lo peor; aprendieron, experimentaron y vivieron la resistencia, la aceptación, la fantasía y la pasión en el amor y…  el sexo; pero nunca se resignaron a vivir una relación insincera, apática, aburrida o mentirosa, porque si fracasan en una relación, saben que en el camino de su vida, alguien viene para darles lo único que exigen y merecen: amor sincero.

A estas mujeres no hay mucho que enseñarles pero bastante que aprender de ellas; substancialmente, mantener el equilibrio, dando trascendencia a la lealtad y el compromiso, frente a cualquier regresión atávica, derivada de instintos primitivos.

Han trillado el camino de media vida esquivando baches, subiendo colinas y bajando al pozo a tomar agua clara; recibiendo espinas y retornando flores; luchando por mantener su identidad propia, frente a tanto iluso que suele equivocarse y terminar perdiendo el rumbo. Que no es fácil perturbarlas o  hacerlas pasar un mal rato.

Son inmejorables para hacer pareja, porque tienen mucho que ofrecer, saben lo que quieren y como dar lo mejor. De ellas aprendí que la vida es bella, que vale la pena vivirla intensamente. De alguna manera, representan esa realidad que me permite ratificar, que es cierto que podemos ser felices en pareja, si acertamos en escoger la persona apropiada.

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AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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«Deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Jesus de Nazareth

Paradójicamente, el factor constante de perturbación de las parejas no lo representa las situaciones fácticas actuales, sino el efecto de eventos que se sucedieron en el pasado, pero que continúan atormentándoles, precisamente porque no han sabido cerrar la puerta al pasado.

El pasado es un muerto y los muertos deben permanecer en el cementerio. Todo lo que sucedió hace un segundo ya es pasado y nada se puede hacer por cambiarlo; representa un tiempo que ya no existe.

Del pasado solo vale la pena recordar los bellos momentos. Por tanto, no tiene lógica permitir que los recuerdos de algo negativo que pasó y que ya no puede cambiarse nos preocupe; pero menos aún, permitir que nos haga daño.

La vida tiene tantas cosas bellas que disfrutar, sin que sepamos por cuanto tiempo, que es un desperdicio dedicarle nuestro valioso hoy a un tiempo que se fue, pudiendo consagrarlo a vivir intensamente todas las muchas bendiciones de que disponemos para nuestra satisfacción y deleite.

Si perdimos un amor, si no nos comprendieron, ofendieron, engañaron o agraviaron, nada nos beneficia recordarlo, sino por el contrario, debemos olvidarlo. No importa cuanto tiempo pudimos amar, lo importante fue que amamos, y amar siempre ha sido un privilegio; es lo bello del amor lo que debemos recordar. El amor no hay como medirlo ni tiene precio, sólo se vive, se disfruta y esa maravillosa sensación es algo que ya jamás nadie podrá quitarnos.

Si no cerramos la puerta del pasado a los recuerdos negativos, no podremos mantener el alma limpia y preparada para el nuevo amor que vendrá, que por regla general es más emocionante y pleno, porque la nostalgia, que es la hermana gemela del pasado, se encargará de desvirtuar la realidad.

Conocemos nuestro peso específico; sabemos de todo el amor y la ternura que somos capaces de dar; si alguien no nos ama, pues se lo pierde. Tan claro como eso. Es con optimismo, con fe y confianza en nuestras realizaciones como viviremos nuestro hoy y construiremos nuestro futuro. Todos los días avanzamos en el crecimiento espiritual y eso nos convierte en una buena opción para quien quiera compartir felicidad.

Además, en este camino de la vida, alguien viene en sentido contrario buscando lo mismo que nosotros; más temprano que tarde nos encontraremos y el amor que nunca muere, renacerá; seremos felices en nuestro hoy, y en el mañana, si es que llega. Entonces… ¿Qué razón tendría recordar lo malo del ayer?

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¿Cuál es el significado de la libertad personal?

Considerando la libertad como la facultad para decidir acciones según la inteligencia o voluntad para producir el derecho a la libre determinación, pudiera ser que la respuesta concierna más a la ideología individual o filosofía de vida, que su influencia real materializada como elemento vivencial cotidiano desde la óptica de su concepción física, espiritual o… ideal.

Estimo la libertad como indivisible e integral, y si se quiere, autónoma, porque su entidad y dimensión dependen de la concepción personal e individual; pero siempre regida o condicionada por el beneficio colectivo frente al interés personal. Nadie más que yo mismo decide si me hace superior, fuerte, poderoso e invulnerable; o si por el contrario, me pone en riesgo de convertirme en débil, inferior, sojuzgado o especialmente vulnerable.

La libertad como condición especial y única de los seres inteligentes, no es un atributo sólo para escucharlo con deleite o pregonarlo, sino que, para que surta efectos en su máxima expresión físico-espiritual, debe sentirse y vivirse. Su entidad no se circunscribe a lo corporal, sino que va más allá y con consecuencias no dimensionables, afecta mi intelectualidad, pensamientos, ideas y espiritualidad, que son intangibles. Es en esa dimensión inmaterial donde obtengo mayor fortaleza porque me da sabiduría, permitiéndome sobrevivir cualquier desventura, inclusive la de perderla corporalmente cuando, eventualmente, la organización social pudiera privármela.

Dolorosamente percibo que algunas personas violentan su propia libertad personal, cuando permiten que elementos nocivos, desestabilizadores y degradantes de su condición humana como el alcohol, las drogas, el mal uso y depravación sexual, compelen el disfrute de esta bendición de Dios encerrándola y coartándola bajo el imperio desventurado de esos bajos instintos, al permitir sobreponerlos a su voluntad que es condición racional e inteligente.

No hay posibilidad de encadenar la libertad de ideas ni el espìritu, porque sólo puede inmovilizarse el cuerpo, que es tangible y temporal, pero no el espíritu que trasciende la vida física; pero sí existe la probabilidad del autocautiverio o encierro individual, cuando se supedita la voluntad a los vicios y tendencias originarias, estableciendo barreras que perturban la intelectualidad, produciendo la mayor pérdida de la libertad posible: la espiritual, que al ser la de mayor entidad, conlleva nuestra autodeterminación para ser mejores y vivir felices, cual fue el destino que recibimos en el momento de ser concebidos y  debe representar la meta más ambiciosa, porque nos permite llamarnos hijos de Dios.

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BRINDIS_Iker_Casillas_rinde_espera

¿Cómo viven los millonarios? No se ni me interesa; quizás porque he tratado de cerca unos cuantos, siendo casi una constante verlos siempre apurados, estresados, malhumorados y con deficiente relación familiar.

Algunas personas al desear “vivir como millonarios”, se refieren a lo único que pudiera diferenciarlos: su riqueza. Pero es que no es la riqueza lo que define su disfrute de la vida, porque lo que un ser humano requiere para sobrevivir no  amerita grandes cantidades de dinero, porque en el más alto porcentaje se encuentran a su alcance, sin mayores  requerimientos económicos, porque se trata de alimentos, asistencia a la salud, educación, vestidos y un sitio donde habitar, lo cual puede ser adquirido con trabajo, diligencia y eficiencia.

¿Qué podría comer, tomar o usar un millonario, diametralmente diferente a lo que tiene acceso una persona común y corriente? No mucho; especialmente si consideramos que el mejor aderezo para disfrutar de un alimento o bebida, lo es el apetito; y que, más importante que el tamaño, calidad o ubicación de una cama, para el buen reposo lo es el sueño.

Una persona que vive y mantiene una familia con su trabajo, no tiene mucho de que preocuparse, porque su diligencia, dedicación y cumplimiento le asegura el sustento; su única ocupación, más que preocupación, es cumplir cabalmente con su obligación, por lo cual tiene la tranquilidad mental y suficiente tiempo para atender esa familia que comulga con él sus alegrías, problemas y necesidades.  Especialmente su cónyuge, quien no tiene que compartirlo con sus largas reuniones de negocios y relaciones públicas, que restan tiempo para el solaz y disfrute del hogar.

Nuestra diferencia con los seres irracionales, es precisamente, no conformarnos con lo material únicamente, sino requerir para nuestra plenitud de otros elementos que no pueden ser evaluados desde parámetros netamente físicos, porque corresponden a nuestra esencia espiritual. Como resultado, más que una casa, auto, mobiliario caro, delicatesses o dinero,  ambicionamos amor, solidaridad, lealtad, salud física y mental, tranquilidad espiritual y compartir lo que disponemos, con las personas que amamos.

Pudiera ser que algún millonario disfrute de esas bendiciones de Dios –que no requieren riquezas- pero serían excepciones; no obstante, en las personas comunes con crecimiento espiritual, eso es lo normal.  Por eso, prefiero disfrutar el mundo de las cosas sencillas, cual no requiere dinero para dar plenitud sino una actitud positiva, lo cual está al alcance todos,  y venturosamente,   es parte de mi personalidad.

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«EL OPTIMISMO ES EL MEJOR ESCUDO FRENTE AL TEMOR Y PESIMISMO.»

00674811Una lectora me solicitó una fórmula o consejo frente a su progresivo estado angustioso debido a la crisis económica, que según sus palabras «…se avecina en el futuro inmediato»

No creo en fórmulas mágicas, sino en los logros de nuestro esfuerzo personal. No obstante, debo comentar que en las últimos cincuenta años, he presenciado unas cuantas crisis económicas, incluida la producida por la hiperinflación de Bolivia en los primeros años ochenta, superior al diez mil por ciento anual: pero todas, sin excepción, fueron superadas.

Estoy convencido de que el optimismo, cuyo significado real es «lo mejor», pudiera ser, si no una fórmula mágica, por lo menos el más eficiente recurso frente a la angustia y estrés que producen estos presagios negativos, cuales el temor distorsiona en su verdadera realidad.

El optimismo es hermano gemelo del pensamiento positivo y permite avizorar el lado positivo de las cosas, al representar en si mismo, un valor que tiene la virtud de mostrarnos la parte beneficiosa de los acontecimientos y nos fortalece frente a esos presagios de mal agüero producto del pesimismo, que nos lleva a presentir el lado negativo de las cosas, sembrándonos temor por lo que podría suceder, afectando de tal manera no solamente la tranquilidad espiritual y salud mental, sino también la física.

El pensamiento y actuación optimista abona la previsión razonable, mientras se espera con tranquilidad la llegada de los acontecimientos. El optimista, aunque conoce que no puede modificar el futuro, sí confía en que todo evento en esta vida tiene una parte positiva. Asimismo, se asegura que, en cualquier caso, encontrará la mejor solución. De hecho sabe que, en la mayoría de los casos, es peor el miedo al suceso que el suceso mismo, y por eso espera los acontecimientos, evitando cualquier pensamiento o aprensión que pudiere restarle eficiencia para resolverlos.

El pensamiento optimista es un escudo frente a ese enemigo invisible, pero presente en nuestra mente que es el temor, al fundamentarse en el pensamiento filosófico de que, si bien es cierto que no nos es dado conocer el futuro, pero sí sabemos que Dios está con nosotros y Él gobierna el universo, podemos confiar en que con su ayuda, siempre encontraremos las mejores soluciones.

Como no hay nada nuevo bajo el sol, a través de la historia, en toda crisis, los que temen, o se desmejoran o perecen; los que no se atemorizan y enfrentan con optimismo las situaciones, o mejoran o sobreviven… pero nunca perecen.

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