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» LO QUE TU DES A TU HIJO, ESO DEVOLVERÀ A LA SOCIEDAD»

Sin una explicación racional, más allá de falta de fe en nuestra condición de seres inteligentes, hemos desarrollado una progresiva cultura del «NO»

¿Por qué entonces la sorpresa por los rostros taciturnos, preocupados, desmejorados, y, si se quiere… angustiados, si desde que el niño empieza a comprendernos, en vez de aceptación amorosa y paciente explicación a su natural curiosidad e inquietud, casi siempre recibe negación?

¿No es la familia del niño lo más inmediato, de quienes se espera la obligación de informarle?

Pareciera que el «NO» se hubiese tomado como solución cómoda para no explicar, informar y orientar a quienes lo requieren, constituyéndola en fuente prolija de ese monstruo de mil facetas desde que nace hasta que morimos: el temor.

Desde su más tierna edad los niños son enfrentados por el «NO», sin suficiente explicación del porqué no deben hacerse las cosas de tal o cual manera.
No llores, no grites, no te chupes el dedo, no toques eso, no te rasques ahí, no digas eso, no hables duro, no silbes, no salgas, no brinques, no comas así, no camines así, no molestes; te dije que NO…NO…NO, hasta que dejes de respirar.

Nadie les explica porque todo tiene que ser «NO». Simplemente se les impone y ellos, como no saben como reclamar una respuesta razonada, insisten en hacer las cosas como se los ordena su instinto, para recibir un nuevo y contundente «NO», acompañado con gestos o acciones cargadas de incomprensión, falta de amor y caridad, indicativas del «NO» definitivo: «CÁLLATE».

Ese imperio del «NO» en sus primeros años, les genera temor, inseguridad y desconfianza en… todo. Su efecto inmediato baja su autoestima, golpeando su curiosidad natural como fuente de su aprendizaje. En tal estado emocional cabe preguntarse:

¿Cómo queda la necesaria motivación para investigar, estudiar, aprender a ser mejores y felices, en un mundo donde todo es negativo? ¿Qué incentivos para obtener conocimiento y sabiduría pueden recibir de quienes más que la felicidad importa el cumplimiento normativo de una sociedad saturada de vanidad, preocupación, angustia y… temor?

Se requiere reflexionar sobre este asunto, son los padres y educadores quienes están obligados a entender a los niños, porque tienen mayor experiencia de la vida y por tanto les corresponde orientar y canalizar, más que imponer el aprendizaje; máxime cuando los primeros los trajeron al mundo sin su permiso, y los segundos reciben una paga para enseñarlos. La sinergia del desarrollo y su objetivo último de producir paz y felicidad, hace necesaria la revisión.

Un cambio de actitud facilitaría entender la rebeldía de los adolescentes; pero también la obligación de los padres de compensar a sus hijos por lo que a su vez ellos recibieron de los suyos, y que en derecho corresponde a sus vástagos: formación para una vida plena.

Siento que hemos desviado el camino hacia la realización material-espiritual del ser humano, dando mayor importancia a paradigmas tradicionales, formalidad y solemnidad, que a la necesidad de una formación para una vida feliz; olvidando que el aprendizaje no se obtiene únicamente para el hogar y/o las aulas, sino para una vida que deberá hacerse fuera de ellos.

Debemos desterrar el muy cómodo «NO» como excusa para evadir nuestra obligación de explicar, sustituyéndolo por el placer de aprovechar la muy temporal oportunidad de orientar a nuestros hijos y pupilos, hacia una vida donde el «NO» deba ser la excepción y el «SI» la regla, porque la felicidad se fundamenta en decir «SI» al amor, a la verdad, a la aceptación, a la comprensión, a la generosidad y… a DIOS.

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490213_maga1.jpgSobre la meditación, sus modalidades y  técnicas para realizarla se ha escrito mucho durante mucho tiempo, habiendo sido utilizada por las religiones como factor de acercamiento a Dios.

Mi exposición es para personas que como yo, sin conocimientos especializado del tema, nos interesa estudiar la utilidad práctica de las cosas, circunscrito  a nuestra naturaleza físico-espiritual. Me aplicaré a testimoniar lo que creo de la meditación y su utilidad en nuestras vidas; no como algo etéreo, simbólico, sacramental, difícil o que requiera condiciones especiales, sino como un instrumento objetivamente beneficioso, también a nuestra vida física.

En mi criterio, más que poner la mente en blanco,  meditar es zambullirse dentro de uno mismo, para mirarse y mirar con el tercer ojo, dialogando con ese Dios que es principio y fin de nuestra existencia, solos como vinimos al mundo y… en silencio.

Cuando meditamos, nos abstraemos de  sonidos, colores e  imágenes, para volar sobre la alfombra de un mundo ideal de luz, quietud, serenidad, paz, y armonía, que nos pone más allá de la sinergia de nuestra vida diaria.

Meditando creamos el ambiente perfecto para, en otra dimensión, revisar las ideas, pensamientos, sentimientos, recuerdos, afectos, emociones conforme van surgiendo; así como creencias, ambiciones y nuestra conciencia, mientras volamos con el pensamiento, como la hoja que con suavidad en las manos del viento, se desprende y  cae lentamente y en silencio, sobre el suave tapete de otras hojas muertas.

Meditar es escapar por un lapso de tiempo de todo lo que se es y se hace, para encontrar maneras de cómo ser y hacer las cosas… mejor.

Es que la dinámica de nuestra cotidianidad, escasamente nos da tiempo para pensar en lo elemental, dejándonos detrás y en segundo lugar, por si queda tiempo, el estudio y análisis de lo trascendente.

 Como seres físico-espirituales, no podemos divorciar una naturaleza de la otra.

Meditar es encontrarnos con Dios y pasear con él tomados de la mano, porque al disociarnos dentro de lo posible de este mundo físico, liberamos el espíritu que regresa a su hogar, donde no requiere nada material,  aunque fuere por corto tiempo.

Cuando meditamos, nuestro cuerpo baja su actividad física al mínimo y el cerebro concentra todo su poder y nos brinda toda su fuerza.

En nuestra cotidianidad, ese proceso de revisión a velocidad cuántica que nos permite la meditación, al aquietarnos posibilita determinar la mejor manera de interpretar las situaciones y responder apropiadamente.

Ninguna utilidad tendría meditar si no tuviera efectos fácticos. Por eso debemos destacar que la meditación, al aquietarnos beneficia nuestra la salud física y mental; pero también, al aumentar la concentración, aporta eficiencia a la ejecución de nuestras actividades, especialmente en el hogar, el trabajo, el estudio y lo que pudiéramos hacer por nuestros semejantes.

La meditación imbuida de pensamientos positivos, nos fortalece frente a los temores y pensamientos negativos, convirtiéndose en el mejor ejercicio para fortalecer el espíritu y restablecer el equilibrio mental, tan necesario para lograr una vida plena y…feliz.

Próxima Entrega: LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR.

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He leído estudios que indican que los humanos no utilizamos más allá de entre el 5% y el 10% de la capacidad mental, que podrían desarrollar nuestros treinta mil millones de células cerebrales haciendo sinapsis.

Pero ese milagro andante que somos los seres humanos en nuestra integralidad físico-espiritual, dada nuestra permanente y constante dispersión mental, escasamente nos permite concentrarnos por momentos en alguna de las pocas cosas que hacemos, con el resultado de repetir actividades que hubiéramos podido realizar con ahorro de tiempo y recursos en un solo acto, si hubiésemos utilizado algunos instantes para pensar en la mejor forma de hacerlo…

Luego de un acto erróneo, es común la frase: «Oh, me equivoqué, no sé en que estaba pensando.», lo cual grafica la divagación permanente de nuestra mente. Pero, lo cierto es que la mayoría de nuestros actos equivocados, responden al hecho de no haber previsto la mejor manera de realizarlo.

Mi padre solía repetirme en tono solemne: «Si cuentas veinte antes de actuar, lo harás mejor.», lo cual por cierto me aprendí de memoria, pero nunca pude establecerlo personalmente como una norma de actuación en todos los casos.

Pensamos en tantas cosas al mismo tiempo, que al no fijar nuestra atención en una sola, ni establecer prioridad a las rapidísimas operaciones mentales, nos dispersamos y terminamos en el estacionamiento de la Universidad cuando deberíamos estar en el de los Tribunales o el del Supermercado.

Nuestra mente es tan volátil y viaja a tal velocidad de un pensamiento a otro, que para ubicarse en uno solo y concentrar su potencia, requiere de un mínimo de entrenamiento y disciplina, cuyos óptimos resultados pareciera que solo se logran con la práctica de la meditación.

Pero, para quienes no somos unos virtuosos meditando, sino que nos ubicamos dentro del campo de los soñadores, por no llamar distraídos, que posiblemente somos la mayoría, la causa no está perdida.

Para nadie es un secreto nuestra naturaleza adictiva, por tanto un hábito se suple por otro nuevo. Debemos sustituir la divagación por la concentración. Para lo cual, mi recomendación primera es planificar detalladamente nuestras actividades de tal manera que nos concienticemos, en cada caso, de que disponemos del tiempo necesario.

En segundo término, establecer una jerarquía que privilegie el orden en las actuaciones. Así, si planificamos los tiempos de acción de la mañana, al conocerlos para cada actuación, concentramos nuestra atención en la que nos corresponde en el momento, porque para todas las demás tenemos previsto su propio tiempo.

Nos ayudará grandemente a la concentración , ocuparnos en vez de preocuparnos por resolver las situaciones o circunstancias que se nos presenten o debamos resolver

Finalmente, recordar que el tiempo de Dios es perfecto y que somos uno con Dios, nos ayudará a entender que nuestra parte es ser diligentes en lo que hacemos, porque el resultado final no lo decidimos nosotros, sino Dios que conoce lo que más nos conviene.

Próxima Entrega: EL OCIO CONVENIENTE

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El amor, la comprensión y la aceptación son fundamentales durante la importante etapa del crecimiento y desde la más tierna edad de los niños, pero en la vida diaria son enfrentados por el «NO».No te sientes así, no grites, no digas eso, no hables duro, no silbes, no salgas, no brinques, no te rasques ahí, no te toques eso, no comas de esa manera, no camines así, no molestes, dije que NO, NO…NO…NO.

Nadie les explica suficientemente porque todo tiene que ser «NO». Simplemente, se les impone y ellos no saben como reclamar una respuesta razonada. Si continúan preguntado recibirán un nuevo y contundente «NO», aliñado con gestos o acciones, indicativas del «NO» definitivo: «CÁLLATE».

Ese incomprensible mundo del NO les genera temor, inseguridad y desconfianza en… todo. Su efecto inmediato de desconcierto baja su autoestima, golpeando su curiosidad natural como fuente de su aprendizaje. En tal estado emocional, con su autoestima en su peor nivel cabe preguntarse:

¿Cómo queda la necesaria motivación para estudiar y ser mejores, en un mundo donde todo es negativo? ¿Qué incentivo para aprender puede generar un padre o maestro severo, estricto y gruñón, a quien más que la felicidad importa el cumplimiento normativo?

Los padres y maestros deberían reflexionar seriamente sobre este asunto, considerando que ellos están obligados a entender a los niños y no esperar que éstos les entiendan. Son ellos quienes tienen mayor experiencia y conocimiento de la vida, por tanto les corresponde orientar más que imponer el aprendizaje.

La sinergia del desarrollo y su objetivo último de producir paz y felicidad, hace necesaria la revisión en la actitud de los padres y educadores, para adaptarla a un proceso de transmisión de conocimientos que se refleje en la sociedad como más efectivo.

Mucho de la rebeldía de los adolescentes, es la respuesta por sentirse acorralados frente a su curiosidad natural, que les lleva a experimentar para conocer, frente a adultos expertos en mantener como mecanismos de defensa su falta de amor, comprensión y hasta de compasión, con quienes sólo exigen lo que les corresponde: formación para la vida.

De alguna manera, siento que la educación tradicional desvió el camino al dar mayor importancia a paradigmas tradicionales y a la formalidad, olvidando que la formación no es para las aulas, sino para una vida que deberá hacerse fuera de ellas.

Por experiencia como padre de cinco hijos, formados en la educación positiva familiar que se nutre del diálogo respetuoso pero afable de doble vía; la libertad de inquirir y recibir oportuna y consecuente respuesta sin temor a reprimenda o sanción, dados los resultados hoy patentes en sus vidas familiares felices, me convencen de la efectividad de la educación integral positiva.

Tanto en el hogar como en los centros de formación educativa, la educación positiva pudiera hacer la diferencia entre quienes logran la felicidad, que son los menos, y aquellos que nunca llegan a alcanzarla plenamente, de los cuales está inundado este mundo que nos toca vivir.

Próxima Entrega: DISPERSIÓN MENTAL.

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