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Archive for the ‘AMOR SIN PREJUICIOS’ Category

Que nuestra existencia física sea temporal, aunque no es de nuestro mayor agrado, sí es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Por lo tanto, es sano vivir de tal manera que, aunque disfrutemos al máximo de todo lo que tenemos a nuestro alcance, jamás olvidemos que ningún bien o cosa física podremos llevarla con nosotros.

Como consecuencia, el valor de las cosas y nuestras situaciones vivenciales no reside en cuanto puedan durar, sino en la intensidad con que las percibimos y disfrutamos. De allí la necesidad de atesorar los bellos momentos, los hermosos recuerdos, los milagros que día a día se producen en nuestra vida, y esas maravillosas personas que hacen de nuestra existencia una… hermosa aventura.

La importancia del rocío no reside en su frescura, sino en el hecho de que alimenta y mantienen terso el pétalo de la rosa. La relevancia de la música no está en la intensidad de las notas o los acordes, sino en como la recibe nuestra alma.

En una obra de arte no tiene ninguna importancia la firma del artista, sino la sensación que ella despierta en nuestro espíritu. Lo mágico no es el ruido del silencio con que las hojas caen en el otoño, sino la sensación de un ocaso para crear vida, que percibimos cuando las lleva el viento.

Tampoco tendrá importancia cuantos bienes y de cuantas cosas dispusimos en vida, sino de que forma y en que amplitud las compartimos. Lo trascendente no es que hicieron los demás por nosotros, sino que hicimos nosotros por quienes estuvieron a nuestro alcance. Por eso, al final, más importante que cuanto hemos vivido, es cómo lo vivimos.

Ciertamente, nada físico es nuestro; nada podremos llevarnos porque todo lo tenemos prestado y sólo podemos usarlo en esta vida. Lo único que realmente nos pertenece, es la capacidad de disfrutar cada uno de los instantes de nuestra vida, en ese maravilloso mundo de las cosas sencillas, que Dios en su infinita misericordia nos dio por heredad.

Por tanto, si algo podemos dejar luego de nuestra partida, es el amor que hubiésemos prodigado; la solidaridad que hayamos demostrado y el bien obsequiado a nuestros semejantes, que se convertirán en un recuerdo del tamaño y la dimensión de nuestras propias actuaciones. Por cierto, algo de lo cual se sentirán orgullosos y pudiera servir de ejemplo a quienes nos amaron en esta vida.

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“VIVIR INTENSAMENTE CADA SEGUNDO ES MI PARTE EN ESTA VIDA.”

CIELO IIIPara satisfacer una inquietud de un consecuente lector de este Blog, hoy trataré sobre las posesiones materiales e intelectuales y su trascendencia en la vida terrenal.

¿Qué tengo en esta vida que pudiera considerar exclusivamente mío o llevarme al más allá?

Creo que nada; al menos, nada físico o intelectual que pudiera permanecer por siempre; porque todo, incluida mi propia persona, es esencialmente… temporal.

La vida no me pertenece porque es de Dios, quien decide hasta cuando puedo mantenerla. Mi esposa, quien amo por encima de todo lo demás, tampoco es mía porque, como mis hijos y mis amigos, también son de Dios; y siendo que nos une el amor y el cariño, que no son físicos, son sentimientos que no necesito llevarme porque son parte de mi espiritualidad.

¿Y el fruto de mi trabajo, el producto de mi dedicación y mis desvelos, tampoco son míos?

Pienso que sólo podemos disfrutarlos, porque en esencia los tenemos prestados mientras vivimos, porque donde vamos… no los necesitaremos.

Los bienes, el poder y la fama, que pudieran complementar nuestra felicidad, al ser eventuales, nadie puede asegurarnos su permanencia. En principio, los bienes  así como nuestros cuerpos, por ser físicos, volverán a la tierra a la cual pertenecen; el poder y la fama, no existen físicamente, sino que representan operaciones mentales que se quedan en el mundo de la intelectualidad, porque no pueden ser cuantificadas, evaluadas o físicamente determinadas, pero menos aún trasportadas o transferidas.

¿Y mis conocimientos y la sabiduría adquiridos?

Esos valores corresponden a nuestra individualidad, por lo cual  tampoco son susceptibles de transferencia; únicamente podemos aprovecharlos en nuestra condición físico-espiritual y al morir, por carecer de uno de esos elementos, ya no nos servirán  para nada.

Pero… ¿Qué tengo entonces? ¿Qué es realmente mío?

Tu capacidad de amar, de disfrutar, de compartir, de ser útil en tu hoy, que es inmutable e impredecible, pero que puedes manejar a tu antojo. Tu gran tesoro es el vivir ese maravilloso presente donde puedes aplicar todas tus capacidades para ser feliz, porque depende de la aplicación de tu estado de ánimo a tu libre albedrío -que son únicamente tuyos- para sacar el mejor partido a esas muchísimas bendiciones que Dios te da… todos los días.

Para evitarnos preocupaciones por atesorar o cuidar bienes materiales, fama o poder, Él los hizo temporales en esta vida e innecesarios en el más allá. Fue por ese acto de amor que no trajimos nada físico a este mundo; precisamente para que nunca olvidásemos que como llegamos, así nos iremos: desnudos de cuerpo y alma.

Nada físico tiene demasiada importancia, más allá del disfrute y el compartir con nuestros hermanos humanos esta bella vida que Dios nos dio. Lo que es muy importante, lo trascendente, lo que no muere, como mi alma y mi amor, como vinieron se irán y de ellos no quedará recuerdo perdurable en esta tierra.

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«EL ABRAZO ES UN MENSAJE DE AMOR AUDIBLE SOLO PARA EL ALMA.»

ABRAZO

Los habitantes de nuestro mundo de hoy, preñado de preocupaciones injustificadas; cautivos de  ambiciones desmesuradas; autómatas de  urgencias y necesidades creadas; enfermos de  apuros innecesarios e inútiles; recordando a Dios únicamente en las emergencias,  y con temor a casi todo, perdieron la dimensión, trascendencia y sabor del abrazo fraterno, siempre lleno de mensajes silenciosos.

El abrazo no  es sólo un acto de naturaleza y satisfacción física, sino también profundamente humano, y,  por su espiritualidad con forma de paraguas, donde podemos refugiarnos.

El primero, el más amoroso, edificante, permanente y por siempre, lo recibimos de Dios, cuando en el vientre materno nos dice al oído, en ese lenguaje solamente audible para Él y nosotros: eternamente estaré contigo y en estos brazos siempre encontrarás refugio.

Al nacer, el abrazo de la madre nos incorpora  a un mundo nuevo y desconocido, dándonos seguridad, confianza, ternura y amor.

Al crecer, el abrazo del padre complementa la  seguridad y nos da la fortaleza necesaria para enfrentar una vida que no debería ser difícil, pero que,  paradójicamente, nosotros mismos nos la  hacemos todos los días más compleja.

El abrazo del amigo que escapa al egoísmo, del maestro que nos da un poco de sí mismo, de la novia que siembra sueños, y de la esposa que lo entrega todo, cierran el círculo de ese acto tan humano, lleno de mensajes, y para mì trascendentes, que produce el abrazo fraterno.

En cada oportunidad que tengo abrazo a mi esposa, mis hijos, mis nietos, mis hermanos y mis amigos; inclusive, algunas veces, aún a riesgo de no ser entendido o mal interpretado, abrazo a personas que acabo de conocer o que por una extraña sensación, siento que necesitan  un mensaje de apoyo o ternura.

Algunas veces he pensado que pudiera ser que lo haga más por mì que por ellos. Es que cuando abrazo, dejo que mi alma se materialice en mi cuerpo y disfrute esa extraordinaria experiencia de compartir físico-espiritualmente; alejado de cualquier mecanismo de defensa, sin egoísmo ni interés de ningún género, cual  no sea el de compartir mi amor y mi solidaridad humana con otro de mis semejantes.

Como cuento mi vida por períodos de veinticuatro horas, consciente de mi vulnerabilidad física y lo limitado de mi vida, no puedo dejar pasar la oportunidad de abrazar fraternamente, especialmente  a quienes amo. No me lo perdonaría si no volviera a verlos, o ellos nunca volvieran a encontrarme.

Por eso siempre recomiendo a quienes se aman, abrazar y abrazarse al acostarse y levantarse; al despedirse y al regresar del trabajo o la escuela; al ratificar amor o compartir dolor. Es tan poco el esfuerzo pero tan reconfortante y de tanto contenido el resultado, que no hacerlo sería perder una oportunidad de regalar y regalarse un poco de felicidad.

Así que, no pierda tiempo, vaya ahora mismo y abrace a su esposa y sus hijos, quienes tiene tan cerca. No lo deje para después; nunca podrá volver a abrazarlos con el sentimiento de este momento. Recuerde que no se puede entrar dos veces al mismo río porque el agua pasa; si no la tomamos ahora, pudiera ser que jamás podamos repetirlo

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«El entusiasmo, pasión, ternura y… amor, como el espíritu, no tienen edad.»

La tarde de ayer fue simplemente bella. Para alimentar esa magia que Nancy y yo hemos mantenido durante 39 años de feliz unión conyugal, cuyo factor fundamental es el practicar y mantener la magia de algunas de las cosas que hacíamos cuando novios, como por ejemplo, asistir a  algún café, dos o tres veces a la semana, en compañía de los amigos, y allí, bajo ese aroma típico y reminiscente, sana y positivamente, especular sobre lo divino y lo humano.

Departimos con una querida amiga, de esas que como mi esposa, se parecen a los buenos vinos, que con el tiempo se hacen suculentos. Teníamos varios años que no nos reuníamos personalmente, aunque siempre hemos mantenido el contacto telefónico y vía Internet.

Llegó hermosa, sobriamente elegante, obsequiándonos su mejor sonrisa, que seguramente era la misma de veinte años atrás, pero renovada, lo cual no es muy usual en personas como nosotros que pasamos sobradamente el medio siglo de vida.

Me produjo satisfactoria reflexión su respuesta a mi pregunta tradicional de: ¿Qué es de  tu vida?

Disfrutando de mi adolescencia otoñal. –Me respondió.

-Que lindo, le acoté. Háblame de eso que me parece muy interesante.

 -Hoy, a mi edad, en un mundo nuevo que yo asimilo perfectamente, estoy en tan buena condición física y espiritual que me siento como una adolescente, pero otoñal, que no invernal,  porque mi cuerpo y mi espíritu siguen capacitados y sedientos de amor, que yo no les niego; con la diferencia que la experiencia que me dejó la vida, me hace estar más segura de lo que soy, de lo que puedo dar y recibir. Así, al esperar menos, disfrutar más de ellas y las cosas, todo eso me posibilita para saborear  intensamente de cada momento feliz y me blinda frente a cualquier evento desagradable o infeliz.

¿Significa eso que tienes un amor? Le pregunté.

-Simplemente espectacular. Me respondió y continuó:

-Amo intensamente, sin ataduras ni falsos prejuicios y con plena conciencia de lo que hago. Vale decir: amo cómo y a quien quiero, pero plena y espontáneamente. De alguna manera,  lo hago con el entusiasmo, ternura y pasión de una adolescente, pero con la experiencia, cuidado, y quizás sabiduría, de una mujer otoñal, de lo cual se carece a temprana edad. Pudiera ser que mi mayor motivación para disfrutarlo con fruición, sea el hecho de que no tengo duda de que en el camino hay  mucho amor para mí, que puedo y debo apreciar, pero ignoro… por cuanto tiempo.

Fue tan bello por reconfortante oírla, pero especialmente ver su cara radiante y su entusiasmo, que bien podrían envidiarlo las adolescentes, pero que Nancy y yo entendimos perfectamente.

Que lástima que muchas personas jóvenes, con quienes todos los días departimos, no entiendan ni compartan esa filosofía de vida buena, que nos ratifica que el espíritu no envejece, sino que crece y se fortalece.

Por otra parte,  el cuerpo obedece al espíritu y su actuación es proporcional  a cómo este se  sienta.

Dios bendiga a esta buena amiga, porque ella es ejemplo de que somos cuanto pensamos de nosotros mismos; que los límites, cuando existen, es porque nos los autoimponemos. Pido  para ella mucha salud y amor, cuales son dos factores muy importantes para una vida feliz.

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