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Archive for the ‘AMOR DE PAREJA’ Category

Refiriéndose a ese hecho tan especial que produce el amor cuando dos personas muy diferentes, al hacer pareja llegan a hacer de sus vidas un solo cuerpo y una sola alma, Manuel García Morente escribió: «El amor es, más bien, una confluencia de dos vidas que se unen con el afán de fundirse, confundirse en una sola.»

 Sin duda, esta admonición encierra el sentido primordial de hacer pareja. Ciertamente, la principal motivación para unir nuestra vida a la de otra persona, casi siempre extraña hasta poco tiempo antes de conocerla, no es otro que el de fundir nuestra vida,  para confundirla en una sola con esa otra persona.

 Es que el amor surge espontáneo, imprevisto, pasional y… urgente. Su espontaneidad le genera riesgo; su pasión, peligro; y su urgencia es la de lograr rápida y apasionadamente unir el cuerpo y el alma a quien amamos, aun a costa de cualquier riesgo o peligro.

 Cuando amamos nos embarcamos en un albur. Jugamos todo. No nos reservamos nada. Nuestros mecanismos de defensa se minimizan o neutralizan y sólo tenemos espacio para la emoción, la pasión, el entusiasmo, la ilusión y… la esperanza. Todo inmerso en esa bruma rosada que nos hace ver la vida como debería serlo: muy bella.

 El resultado de esa hermosa aventura que significa hacer pareja, en mucho va a depender de que los dos tengan la capacidad de fundirse y confundirse en una sola;  lo cual por cierto no es tan difícil, pero sí que requiere de cierta nobleza, generosidad y muchos deseos de dar, reconocer,  y aceptar a la persona que amamos en sus propias y originales dimensiones humanas.

 No es posible encontrar un «prototipo» especial conforme nosotros lo ideamos. No, no es posible. Pero, si tenemos la capacidad de fundirnos con el otro, al confundirnos nos hacemos una parte de su cuerpo y de su alma. Así, al integrarnos en uno solo, vencemos las diferencias, caminamos la misma ruta, por el mismo sendero, con los mismos intereses, ambiciones y sueños.

 Me consta que eso es posible, lo he  vivido y disfrutado por más de treinta y ocho hermosos años. No ha sido fácil, pero si emocionante y engrandecedor.  Es como una meta que establecemos, en beneficio de la cual todos los días hacemos algo positivo, beneficioso  y… agradable. Tiene que ver mucho con aquello de cual es el color que uno asigna a las situaciones y eventos de la vida diaria.

 Somos nosotros mismos y nadie más los responsables de lograr el premio; viviendo de la mejor manera posible, manteniendo vivo el afecto y el respeto, haciendo del hogar un nido de amor donde se funde y progrese una familia; y eso sólo puede lograrse cuando dos personas que se aman y hacen pareja, tienen el valor y sinceridad de mostrarse como son, de actuar para fundirse y confundirse en un solo cuerpo y  una sola alma. 

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Aunque me solicitaron escribir sobre como enfrentar las consecuencias de la infidelidad «matrimonial», cual por cierto no tiene porque ser exclusivamente sexual, me referiré a la pareja, ya que, básicamente, lo que afecta la infidelidad es la lealtad, cual es un valor que no es tangible,  como sí lo son el órgano y el acto.

Asunto tan complejo por sus orígenes y consecuencias, no es tema que deba tocarse a la ligera o respondido con la emocionalidad inherente. Como todo acto humano, involucra motivaciones y responde a la disminución de sentimientos  de consideración, lealtad, valentía, sinceridad, aceptación, y respeto por los pactos que originaron la pareja y sus integrantes.

Para encontrar la raíz del problema debemosdespojarnos de los naturales mecanismos de defensa y muy común tendencia a justificar nuestros actos, independiente de su calificación.

Así tendremos que no es lógico pensar que cuando dos personas se aman y hacen vida en  común con vocación de permanencia lo sea con la idea de ser infieles, en contra de su pactos y más sentidas promesas, poniendo en peligro y quizás acabando con una relación íntima, que surgió y se fundó de forma absolutamente voluntaria y deseada por ambos.  Por tanto, debe presumirse la existencia de motivos que originaron  el acto que violentó  la solidaridad mutua.

¿Por quién y cómo se produjeron esos motivos? La tendencia normal es la de  cargar toda la culpa en quien materializa el acto desleal, lo cual es humano pero no  razonable ni justo; pero menos aún beneficioso para el agraviado, al menos de forma permanente.

Lo apropiado y beneficioso para la tranquilidad espiritual del ofendido, es encontrar los elementos o antecedentes que dieron nacimiento o contribuyeron  a que el ofensor tomara decisión tan perjudicial para la unión establecida, su contraparte, y casi siempre para sí mismo -al menos en el aspecto ético y moral- el cual en todo caso podría ocultar, pero no obviar  porque vive en su ser interno.

La infidelidad es producto de la acumulación de pequeñas y progresivas insatisfacciones, incomprensiones, desinteligencias, inconsecuencias y… monotonía en la relación,  que   de alguna manera producen o permiten ambos miembros; eso desencadena el evento indeseable y dañoso que, de haber mediado la atención interesada  y cuidadosa del comportamiento de su par, seguramente podría haber sido detectado, determinado, y quizás evitado a tiempo por la parte afectada.

Es fácil y cómodo achacar toda la culpa al ofensor, sin analizar hasta donde se tuvo implicación en originar, contribuir, aceptar, o no detectar a tiempo las motivaciones que originaron la actuación inconveniente. Lo difícil, aunque conveniente, es aceptar con sinceridad y valentía hasta donde no fuimos capaces de detectar o afrontar el problema oportunamente.

No hay otra posibilidad para  sobrellevar o disminuir los dolorosos efectos de la infidelidad, que analizar sus orígenes y el porcentaje de implicación personal, que en su concreción corresponde al agraviado.

En la próxima entrega hablaremos de cómo enfrentar objetivamente sus efectos, sacando de esa experiencia el mejor provecho.

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«PERDONAR NOS HACE PARECERNOS A DIOS.»

En el caso del abandono, para el agraviado entender que el ofensor luego de una actuación tan desleal, tenga derecho a ser perdonado, aceptado y nuevamente… amado, no es nada fácil.

No obstante, cuando se ama verdaderamente, el amor supera cualquier otro sentimiento; la confianza en Dios no desfallece, la esperanza permanece siempre viva, de tal manera que perdonar y olvidar se convierte en formas adicionales de amar.

Cuando el ser amado regresa arrepentido, aceptarlo no solamente es un acto noble, sino que  alimenta el dulce sentimiento de disfrutar el amor. De alguna manera, es también darse la oportunidad de encontrar lo perdido, con la esperanza de que ahora pueda ser mejor.

Si el amor permanece vivo, rechazar a quien se ama porque cometió un error, no se convierte en una revancha sino en una negación a la maravillosa experiencia de disfrutar del amor que se siente por la otra persona. En tal sentido, más que un castigo para el ofensor arrepentido, sería una forma de autoflagelación.

Si no se da la  oportunidad de corregir el error cometido y comenzar de nuevo, nunca se sabrá si se hubiese producido ese milagro que todos esperamos, a la vuelta de la esquina.

Es que… ¿De qué sirve el amor si no podemos contar con él cuando hay problemas?  ¿Acaso los humanos no somos esencialmente imperfectos? Entonces: ¿De qué sirve que me amen sólo cuando hago cosas acertadas, pero que no se me de la oportunidad de corregir cuando yerro?

Si los extraños nos aceptan como somos y muchas veces perdonan nuestros errores ¿No debemos esperar que quien nos ama tenga una mayor capacidad y voluntad de comprendernos y… ayudarnos?

Pienso que lo correcto es oír a las personas con respeto, consideración, y si es posible… caridad. Si eso hacemos con cualquier extraño ¿Cómo entender que no lo hagamos por quien amamos?

Cuando hacemos pareja, esa otra persona que nos escoge para hacer vida conjunta, nos privilegia dentro de  un abanico de muchas otras personas, y eso debería tener un gran valor;  porque al fin y al cabo es la felicidad de ambos y no de uno solo lo que se persigue en esa unión de cuerpos y almas.

En verdad, si no abrimos un compás de comprensión, aceptación y quizás de prueba, no solamente estamos negándole a quien amamos realizar su amor, sino que nos lo estamos negando nosotros mismos.

En vez de decir: «No te perdono ni acepto aunque me muera de dolor.», que sería la posición negativa, la actitud inteligente debería serlo: «Te perdono y te acepto para que disfrutemos nuestro amor.»

Finalmente, soy un convencido de que el amor, aunque está imbuido de pasión, magia y fantasía, su característica principal es la nobleza y  por tanto, dar una nueva oportunidad a quien amamos, es una forma de probar nuestra generosidad, pero también la fuerza de nuestros sentimientos.

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«EL RENCOR ENFERMA, EL PERDÒN ES SANADOR.»

Prometí a  una de mis lectoras, tratar sobre la situación que le afecta actualmente, ya que su pareja le abandonó por meses y ahora le solicita el regreso al hogar.

En asuntos tocantes al amor, el entorno, especialmente maravilloso, pero a veces doloroso que lo rodea, cada caso tiene sus propias particularidades y no es fácil  hablar de fórmulas o estrategias de aplicación general, pero sí de cómo debería ser la actuación, sino ideal, por lo menos razonablemente aceptable.

Cuando dos personas se unen en pareja es porque se aman, y ese amor que puede  disminuir o aumentar según el tratamiento que ambos le den, casi siempre nace y se mantiene con vocación de permanencia. Por tanto, más que una carrera de velocidad, mantenerlo es una labor de entusiasta dedicación, emoción, pasión, aceptación, respeto, sinceridad, comunicación sincera y… lealtad.

Sin embargo, en oportunidades en uno de los integrantes de la pareja la pasión decae, la comunicación se retrae, la sinceridad se hace evasiva y la lealtad sufre grietas. Es que la pareja nace por amor y no puede mantenerse sin el, cual se manifiesta por el respeto, la ternura, la consideración, la aceptación, la buena comunicación y… el sexo emocionante y pasional.

Entonces, cuando uno de los integrantes pierde el entusiasmo, se aburre, perturba, confunde, o simplemente siente que dejó de amar y abandona el hogar, pero luego entiende que cometió un grave error; que ama a la  persona abandonada, que su mundo es a su lado y regresa humildemente a confesar su culpa, pedir comprensión y perdón: ¿Cuál debería ser la actuación de la parte agraviada?

En principio, corresponderá a la muy personal interpretación de la esencia y fines de la pareja, así como de la concepción de lo que representa amar en su máxima expresión como lo es el dar, y su merecida respuesta de… lealtad.

En segundo término, va a depender del nivel del amor que aún perviva en la parte lesionada en sus sentimientos. Paradójicamente, cuando alguien falla en la pareja, normalmente el agraviado no considera el mucho tiempo y las diversas actuaciones en beneficio del amor de pareja que el agraviante hubiere realizado, sino que lo juzga  duramente por las actuaciones que produjeron el rompimiento.

Vale decir que, en esos momentos de dolor, el agredido no toma en consideración para nada las cosas buenas y la lealtad por años del agresor, sino que lo juzga implacable y duramente por su errónea actuación, obviando cualquier otra consideración, lo cual sin duda es injusto.

En la mayoría de los casos, lo que más hiere al agraviado es la falta de sinceridad del agraviante, quien bien pudo plantear el problema y en aras de su libre derecho a ser feliz, proponer una separación digna y no ofensiva en su desarrollo, como suele producirse en  la mayoría de los casos.

La actitud conveniente de la parte abandonada frente a la solicitud de perdón y regreso al hogar, la analizaremos en la próxima entrega.

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«UNA NOCHE DE AMOR VALE UNA VIDA.»

Me embarga una gran tristeza cuando quienes están en proceso de separación, rompimiento,  o ya han terminado su relación  de pareja, sólo recuerdan las cosas negativas de la relación habida, evadiendo u olvidando por completo los buenos momentos vividos.

¿Quién podría entender que quienes vivieron tres, cinco, diez o más años juntos, se mantuvieran unidos sin que nada agradable o feliz les motivara?

¿No es acaso un duro golpe a la verdad, la gratitud, el reconocimiento, y la esencia del amor de pareja  que es la aceptación y comprensión mutuas, dejar de lado los bellos recuerdos para magnificar los desagradables?

¿Una noche de amor para quienes amamos,  no  vale una vida? Y… ¿Cuántas noches de amor pudieron vivir aquellas personas que se mantuvieron juntas por tantos años? Seguramente muchas y muy bellas, porque si no fuere así, se trataría, por decir lo menos, de sado-masoquistas consumados y eso sería excepcional.

Es que el amor es hermano del respeto y la lealtad. Si alguien ama, aunque fuere por poco tiempo, dando lo mejor de sí y su propia intimidad, lo menos que puede esperar de aquel a quien obsequia su amor, es lealtad y respeto por lo que una vez fueron.

Por otra parte, los bellos recuerdos sin llegar a la  nostalgia, aumentan la autoestima, engrandecen el alma, llenan de paz el espíritu y hacen la vida buena. Pero, especialmente, alimentan la esperanza de un nuevo intento para lograr el amor permanente y edificante deseado, abriendo y preparando el corazón y la mente para una nueva relación.

Ciertamente, todos caminamos por la misma vía. Unos de ida y otros de regreso, pero por el mismo camino y sobre la misma tierra. En esa vía encontramos ese amor que fue por un tiempo, pero dejó de serlo. En sentido contrario, siempre habrá alguien con quien tropezaremos en el camino; con las mismas preocupaciones, ambiciones, deseos y necesidades de amar y ser amado.

Ese alguien viene en nuestra búsqueda. Llegado el momento, se detendrá frente a nosotros, sentirá que es barco y nosotros puerto… seguro. Amarrará su bote, el aire acariciará su cara y una emoción especial embargará su alma; sentirá que ha llegado el momento de parar; extenderá su mano y abrirá su corazón; abrirá una rendijita de luz, para dar refugio a nuestro cansado caminar y entraremos en ella: es el amor que vuelve… del sueño.

Por eso debemos estar preparados con la mente limpia, el alma pura, el corazón abierto, sin temores, ni sospechas, ni… malos recuerdos. Dispuestos a amar nuevamente y con mayor ímpetu, con nobleza y lealtad acendradas; dispuestos a vivir experiencias aún más emocionantes que las pasadas. Eso es inteligente y… nos lo merecemos.

Como lo escribiera Don Andrés Mata: «Un amor que se va/ cuantos se han ido.  Otro amor volverá más duradero/ y menos doloroso que el olvido (…) Puede el último amor, ser el primero.»

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Alguien comentaba que todo en la vida tiene un precio y una medida. Con los dos postulados estoy en desacuerdo, porque es erróneo situarlos como generalidad, únicamente en el mundo de las realidades físicas y tangibles.

En principio, no es cierto que todo tenga un precio, porque este factor sólo existe para lo que es estimable y transferible y, en el mundo físico-espiritual del hombre, hay cosas imposibles de ser estimadas y/o transferidas.

En mi criterio, todos los valores son intangibles, porque no hay manera de identificarlos físicamente y por tanto son imposibles de contar, pesar, medir o evaluar con exactitud. En todo caso, lo que de ellos estimemos o prediquemos, corresponde a nuestra ideología, respecto de lo que identificamos como conveniente o no en esta vida.

Por ejemplo, el valor amor, cual para nosotros es el máximo de los conocidos, no tenemos posibilidad de estimarlo, determinarlo o evaluarlo con exactitud. Simplemente amamos, casi siempre pensando que lo hacemos de manera suprema. Sin embargo, es la óptica propia la que hace la estimación mental, cargada de motivaciones y sentimientos, para ubicar su nivel donde más convenga.

Más allá de valorar el supremo amor a Dios, decir que un amor pueda ser superior a otro, es algo menos que una falacia; precisamente, porque no tenemos parámetros científicos (elementos de verificación) o mecanismos para determinar su exactitud.

Por ejemplo, decir que el amor de la madre es «…el más grande en esta vida», es generalizar algo que no tiene porque corresponder al caso de todas la madres, ni se tiene elementos exactos de comprobación. De hecho, no podría predicarse tal postulado de una madre que al momento del nacimiento abandone al hijo.

En cambio, hay amores como el de pareja, que surgen de personas que se vinculan a otras sin que exista ningún nexo consanguíneo, pero aman con toda intensidad, dedicación, generosidad y consecuencia, aún a riesgo de su tranquilidad y su patrimonio, y hasta de su propia vida. Esos sí que son grandes amores, pero como todos los amores, intangibles, y por tanto imposibles de ser evaluados.

En verdad, en el real sentido de la palabra, sólo podemos valorar las cosas físicas, porque sobre ellas puede establecerse un valor determinado, que sin duda es absolutamente tangible.

Pero existe otro valor, que yo, en ese mi mundo de especulaciones constantes, he denominado el valor intangible, que es aquel que no puede establecerse físicamente, sino que sólo puede sentirse. Ese que no puede apreciarse con los sentidos conocidos, sino que trasciende lo material para ubicarse en el mundo espiritual.

Es ese que llena mi vida cuando percibo que soy útil a mis semejantes, que doy lo mejor de mí en cada una de las cosas que hago. Ese valor, que es para mi consumo personal, es el que da sentido a mi vida y me hace tratar todos los días, de ser…mejor.

Invito a mis hermanos virtuales a revisar sus valores y compartir conmigo la sensación maravillosa del valor intangible.

Próxima Entrega: TODO ESTA PREVISTO.

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Para lograr un resultado óptimo en ese mundo absolutamente intelectual de los sentimientos, que motivan nuestras acciones, no es suficiente presentir o desear, sino que se requiere algo más contundente e inmediato, que nos sensibilice especialmente con respecto a la importancia o conveniencia de lo que realizamos, para lo cual tenemos la necesidad de conectarnos tanto espiritual como físicamente, con el evento o la circunstancia a resolver.

Así, sentimientos como el amor pasional o familiar, se quedarían en el mundo teórico de las románticas o buenas intenciones, si no nos conectáramos íntimamente con el fenómeno físico del mundo práctico donde que se suceden los acontecimientos, haciéndonos parte activa de los asuntos, en una interconexión que concreta las ideas.

Mediante mi conexión con los asuntos que me ocupan, puedo determinar el comportamiento entre lo que yo percibo mentalmente y el mundo de la realidad. Es entonces cuando puedo verificar si lo que pienso de mis relacionados se corresponde con sus realizaciones, lo que ellos piensan de sí mismos e inclusive de mi propia persona.

Al conectarme me abstraigo del origen ideal de los procesos, para percibirlos, sentirlos e integrarlos a mi propia actividad físico-espiritual.

Especialmente en la pareja, donde la buena comunicación es fundamental para la plenitud de la relación, porque permite conocer lo que piensa cada uno y cómo lo reciben individual y conjuntamente, al conectarse en el amor, la pasión, la sexualidad, la ternura, los sueños y las ambiciones, los factores aceptación, consecuencia, ayuda mutua, lealtad y responsabilidad surgen como producto de una posición razonada y consensuada, con vocación de permanencia.

Con respecto a los hijos, el conectarse los padres con sus actividades, viviendo y compartiendo con ellos su pequeño gran mundo de deseos, alegrías, necesidades, pero también de temores, preocupaciones y sueños; la comprensión y capacidad de atención a sus necesidades se hace mucho más efectiva.

En el ejercicio de las profesiones, oficios, actividades laborales, artísticas o deportivas, para ser exitoso no es suficiente el conocimiento teórico o postulados programáticos, sino que se requiere una inmediata y permanente conexión emocional del ser humano con la actividad que realiza, sobre la base de la convicción de su utilidad, necesidad o conveniencia.

La necesidad de conectarse deviene del hecho de que nuestro intelecto recibe instrucciones de nuestro espíritu, que es absolutamente ideal, las cuales debe traducir a un cuerpo físico que funciona en base a motivaciones, que a su vez responden a sus conveniencias. De tal forma que, en todos los casos, la efectividad en nuestras realizaciones va a depender del entusiasmo con que logremos conectarnos al asunto.

De alguna manera, conectarse con las personas es ponerse en su misma situación para entenderlas mejor; y en cuanto a las cosas y circunstancias, es inyectarles entusiasmo a su realización, en función de una existencia que todos los días podemos hacer mejor.

Una comunicación sin conexión personal efectiva, es similar a las ideas geniales pero que nunca llegan a realizarse, porque no aportan nada efectivo ni positivo a nuestra vida.

Próxima Entrega: DAR PARA RECIBIR.

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Nunca he estado de acuerdo en que el hogar se denomine como «el descanso del guerrero», refiriéndose al esposo o el pareja exclusivamente; al menos, en la gran mayoría de los casos de parejas conformadas y hogares constituidos.

Quizás para quienes nunca han formado o mantenido una pareja estable pudiera parecer acertado. Al fin y al cabo, en el desarrollo cultural en general, el hombre siempre ha tenido las riendas, la ha dirigido y por tanto la mayor significación siempre la ha orientado hacia su género.

Pero para quienes por décadas hemos convivido en pareja y desarrollado una familia, este término nos parece eufemístico, por no decir machista e ilusorio.

Al guerrero se atribuye la ardua lucha en cualquier terreno o circunstancia donde le lleven sus ideales, dando lo mejor de sí y a costa de cualquier riesgo, inclusive de su propia vida.

No tengo duda que la mayoría de los esposos y parejas, ponen lo mejor de sus capacidades en pro del beneficio de sus hogares. Eso es lo que de ellos se espera y debe ser reconocido más como el cumplimiento de su deber, que como un acto de «heroísmo».

Pero con lo que nunca he estado ni estaré de acuerdo, es con que se determine el hogar como «el descanso del guerrero» en referencia exclusiva al esposo o el pareja, para destacar que este hace una labor especial y titánica que requiere de un descanso especial; cual por cierto, pareciera ser la intención de relevarlo de toda actividad hogareña en apoyo de su compañera.

Ciertamente, me parece injusto que se discrimine a la mujer, que en su labor callada y sin pausa, no sólo realiza la parte más dura e importante, como es la de mantener el hogar y los hijos, en la mayorría de los casos, además de trabajar fuera, sino también constituirse en el soporte de su esposo o pareja, para su mejor desarrollo y éxito.

Porque es que hasta ahora, nunca he oído a nadie expresar que exista algún sitio que sea el descanso de «la guerrera», sino que por el contrario, «el descanso del guerrero»; en muchos casos se convierte en la parte más estresante de la agobiada mujer.

Como una especie de renegado de las pautas de mi propio género, durante muchos años he observado las actividades, labores, dedicación, lealtad, espíritu de sacrifico y reconocimiento de ambos integrantes de la pareja tradicional y no tengo ninguna duda que la mujer se lleva la nota sobresaliente.

Por eso hoy quiero manifestar que no estoy en desacuerdo con que el hogar sea el sitio ideal de descanso, pero no para ningún guerrero en especial; porque si lo hubiera, sin duda lo sería quien en su actividad diaria pudiera englobar amor, ternura, comprensión, aceptación, duro trabajo, paciencia inagotable, reconocimiento, lealtad y una sensibilidad especial; y todo eso, en el único ser que hasta ahora lo he encontrado ha sido en la mujer que sabe ser esposa, pareja, novia, amiga, compañera de luchas, sembradora de sueños, de esperanzas y… madre.

Próxima Entrega: LA NECESIDAD DE CONECTARSE.

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«LA BUENA ACTIVIDAD SEXUAL SOLIDIFICA LA RELACION DE PAREJA»

Sin pretender un conocimiento académico de la Sexología, como disciplina especializada de las Ciencias de la Salud, sino como mero observador de la influencia del acto sexual en nuestras vidas, luego de haberlo experimentado por más de cuatro décadas con una muy buena salud, aseguro que representa un indicador de vitalidad.

Mis observaciones en personas con problemas de enfermedad, baja autoestima, tristeza, depresión, inseguridad e indeseables relaciones de pareja, por lo general el factor común ha sido el desinterés, temor, reservas, tabúes o insatisfacción en las relaciones sexuales.

Por el contrario, cuando he tratado con interés investigativo el tema de la sexualidad en quienes he observado de buen humor, alegres, entusiastas, positivos, proactivos y emprendedores, el factor dominante ha sido la plena actividad sexual.

Es que la vitalidad no responde solo a una buena salud física, sino que imbuye la salud mental y espiritual, materializadas en el inocultable vigor que da el amor por la vida, por las personas y por lo que se hace; que fluye en el buen humor, la alegría, el entusiasmo y el sentimiento de compartir, que son parte de esa actitud contagiosa de las personas vitales.

Pero… ¿Cuál es ese sexo vital y cómo diferenciarlo de cualquier otro tipo de sexo?

El sexo vital es aquel que, al vincular sus sensaciones eróticas a las más elevadas manifestaciones espirituales, transforma el acto natural reproductivo, superando su originalidad, para convertirlo en un evento cultural trascendente.

Ese sexo vital incorpora a lo biológico y fisiológico la sublimación del acto, como facultad exclusiva del ser humano, que, como producto del amor, traduce en idilio, ternura, pasión y solidaridad, en ese mundo mágico, sin espacio ni tiempo, que se crea mientras hacemos el amor; cuando nuestros mecanismos de defensa desaparecen y actuamos con vocación de darlo todo, sin otro interés que producir la mayor satisfacción posible.

Esa interacción tan especial, plena y beneficiosa, física y espiritualmente, no puede darse en cualquier tipo de relación sexual esporádica, accidental o forzosa, sino en aquella producto de la voluntad motivada por los más altos sentimientos de espiritualidad.

No existe otra posibilidad de transformar el coito natural reproductivo en acto cultural de máximo disfrute y plenitud, que no sea mediante la sublimación del sexo, que posibilita vencer la herencia de miles de años, impresa en nuestros genes, como producto de un amor idílico, romántico, fantasioso, apasionado y mágico; hijo de sueños y transformador de fantasías en realidades.

La posibilidad de disfrutar de ese sexo vital no es difícil, porque se encuentra todos los días a nuestro alcance, a nuestro lado; esperando la inyección de amor, entusiasmo, magia, pasión y fantasía, necesarios para un buen desempeño sexual.

Se trata de esa amorosa guerrera de todos los días, nuestra amada pareja, que es capaz de ser esposa, madre y amiga. Pero que, si nos ponemos inteligentes, menos egoístas y tiernamente la excitamos para que desarrolle su propia creatividad, puede convertirse en nuestra novia de siempre, y como amante, en productora de las más agradables sorpresas.

Próxima Entrega: LA MEDITACIÓN.

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«PARA ESTAR TRISTE NO SE REQUIERE COMPAÑÌA.»

El fenómeno social divorcio, no podemos soslayarlo en una sociedad donde hoy afecta a más del ochenta por ciento de los matrimonios constituidos. El divorcio es tan común, que el problema ya no es divorciarse sino cuál debe ser la actitud post-divorcio para no afectarse por las reminiscencias y sentimientos de culpa, heredados de la situación vivida.

Mantener un matrimonio no sería difícil, si ambos contrayentes aceptaran la sagrada individualidad y el libre albedrío, como patrimonio inviolable de sus pares. Asimismo, sería menos traumática la separación si se aceptara de buena gana que la unión fue producto de la libre elección y voluntad, sobre la base del interés mutuo de ser más felices casados que permaneciendo solteros.

Cuando esas condiciones fundamentales que motivaron el matrimonio se dañan o desaparecen, lo más lógico es que al no darse los objetivos que produjeron la unión, quien no se sienta realizado ponga fin a un vínculo que de continuar, progresivamente transformaría un proyecto de vida en común y felicidad, en una relación sin sentido, enfermiza y contraria a sus motivaciones iniciales.

¿Puede alguien concebir con un mínimo de razonabilidad, que un proyecto donde dos trabajan para ser felices, llegue un momento en que únicamente satisfaga a uno, o lo que es peor, que no llene las aspiraciones de ninguno?

¿Qué es más importante, mantener un parapeto sin sentido, por una actitud hipócrita, en una sociedad donde se compite por su mayor expresión, dañando el amor, la solidaridad y la ternura que se deben los cónyuges, o liberarse mutuamente, dándose la posibilidad de una nueva oportunidad para conseguir lo no logrado?

La actitud conveniente, por positiva, sería la de aceptar que al divorciarse se regresa a la misma situación anterior al matrimonio; sólo que, para beneficio de quien en el futuro compartirá su vida en pareja, el divorciado aportará su conocimiento sobre lo que puede convenir o no a la relación; el hábito de vida en común que enseña a compartir y rebajar el egoísmo natural; y algo nada despreciable: experiencia para el desempeño de una buena relación sexual.

El divorciado o prospecto a iniciar uno, que maneje estos criterios positivos, podrá contestarse también positivamente la pregunta del título, porque interpretará su situación como una nueva oportunidad para lograr su ambición de compartir con felicidad, con otra persona, que con él haga causa común, le ame, respete, aprecie y acepte, con todas sus virtudes y limitaciones inherentes a todo ser humano.

Ojalá no fuera necesario divorciarse, pudiendo envejecer felices y morir al lado de esa persona que hemos escogido entre millones de seres humanos para compartirlo todo. Esa es la idea y la justificación del matrimonio, no ninguna otra.

Comparada con la edad del mundo, nuestra vida sobre esta tierra es tan corta, que desperdiciar nuestros mejores años al lado de alguien que no nos realice física y espiritualmente, sería como renegar del extraordinario e insustituible privilegio de vivir.

Si bien es cierto -y estoy convencido de ello- que nuestra alma es eterna y superará nuestra estancia física sobre está tierra, no dejo de aceptar que este regalo maravilloso de Dios representado por el cuerpo, requiere de motivaciones, logros y satisfacciones que son absolutamente físicas, cuales al vincularlas al espíritu, logran esa realización físico-espiritual que conocemos como: la felicidad posible.

Así como el espíritu se alimenta de los elevados sentimientos de amor, ternura, aceptación y solidaridad en permanente comunicación con Dios, el cuerpo en constante contacto con el mundo físico que lo rodea, requiere condiciones físicas de subsistencia como la alimentación, la salud, su cuidado y el confort personal; así como una emocionante, apasionada y tierna relación sexual.

Lo espiritual no excluye lo físico ni viceversa; simplemente se yuxtaponen, se complementan, hacen… un todo. Por una razón que es también físico-espiritual, para sentir una real plenitud, salvo casos muy excepcionales, nuestra condición de seres gregarios nos induce a concebir que la alegría, la felicidad y la plenitud, no nos llenan suficientemente si no tenemos alguien con quien compartirlas.

Alguien comentaba que para estar tristes nos bastamos solos, pero para disfrutar las cosas buenas de la vida, para estar alegres, normalmente requerimos compañía. Personalmente, comparto ese criterio.

Es por lo cual pienso que como el hacer pareja es la experiencia más interesante de cualquier ser humano, al perderla, surge su inmanente deseo, que es un derecho, a tratar de encontrar en una nueva relación, lo que no pudo obtener en la anterior.

Como consecuencia, mucho de su éxito en la búsqueda de un nuevo sendero, será influido por cómo haya procesado los efectos de la relación anterior. De tal forma que, si se permite sentimientos de culpa, o que le afecte ese invento malévolo de la mente humana denominado «nostalgia», entorpeciéndole perdonar y perdonarse, difícilmente podrá ver la parte positiva del rompimiento.

Por el contrario, si analiza y procesa lo positivo de eliminar a tiempo un problema de gravedad existencial -para él y para su ex cónyuge- como es una relación sin sentido, enfermiza y a veces pervertida, que logra dejar profundas huellas, determinándolo como una etapa de aprendizaje; capitalizando las buenas experiencias, rechazando y olvidando las malas y desagradables, sin duda se convertirá en un interesante prospecto para cualquiera de esas personas, que en el mismo camino, vienen en sentido contrario pero con idéntica aspiración de rehacer su vida, cuales tropezará en el momento apropiado y recibirá como una brisa fresca, en una mañana que no amenaza nubarrones, porque su alma está sana y abierta a cualquier nueva iniciativa para vivir feliz.

La reflexión serena sobre estas apreciaciones, pocas veces tratadas con sinceridad, de algo podrían servir a divorciados o quienes se encuentren en proceso; lo cual, luego de este análisis no parece algo del otro mundo, sino una situación vivencial que debe enfrentarse con decisión, nobleza y aplomo… cuando todavía se está a tiempo.

Próxima Entrega: EL SEXO VITAL.

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