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Archive for the ‘ACEPTACION’ Category

         Señor, dame lucidez para tomar acertadas decisiones… es todo lo que pido.»

En lo más recóndito de nuestra interioridad, especialmente en esa parte del cerebro donde nuestra memoria acumula los recuerdos, hacen su hogar nuestros fantasmas, hibernando por largos períodos en un tiempo desconocido, pero como los anfibios, requieren salir a la superficie para tomar… aliento.

 La diferencia entre recuerdo y fantasma la determina su trascendencia, ya que, no obstante que se mantienen archivadas en ese infinitesimal banco de datos de nuestras neuronas cerebrales, los efímeros e intrascendentes escapan a esa categoría. Sólo se convierten en fantasmas aquellos que, para bien o para mal, hacen  vibrar ese instrumento escondido en el centro del alma, con notas celestiales o sonidos horrendos hasta sacudir nuestro espíritu, dejando huellas físicamente imperceptibles, pero permanentes en nuestro  recuerdo.

 Los  fantasmas son «buenos» y fantasmas «malos» conforme a la naturaleza de los recuerdos. Los de Cinderella o  El príncipe Valiente, en algunas personas desde niñas hasta su último día, crean fantasmas «buenos» que, por muy dolorosa o desastrosa que  llegare a ser su vida, constituyen escapes que les evitan derrumbarse.

 Por el contrario, los crueles recuerdos de  un padre desalmado, madre inconsecuente, maestro injusto, amigo infiel, o el primer amor desastroso, crean fantasmas «malos» que en su espaciado salir a tomar aire, afectan la vida de las personas, promoviendo desconfianzas automáticas, rechazos injustificados desmejorando la capacidad de aceptación a la diversidad de las personas de su entorno íntimo.

 He vivido siempre con mis fantasmas. Siento que están ahí, sembrados en el fondo de mis recuerdos, prestos a aprovechar la más mínima oportunidad para recordarme que no han muerto, que nunca me abandonarán. Creo que son los únicos que vivirán y morirán… conmigo. Yo los traje a este mundo, les di vida; por razones que desconozco, puede ser que los haya mantenido con tanta fuerza, que ya no pueda disponer de ellos.

 En mi dinámica existencia, sembrados como injerto de los siglos XX y XXI, los fantasmas, en  sueño muy frágil, hibernan en lo más profundo de mi alma. Conozco de lo que son capaces, por eso  desde hace bastante tiempo aprendí a controlarlos.

 En mi juventud, mis fantasmas «malos» llegaron a  perturbarme de tal manera, que en ocasiones -venturosamente las menos- tomé decisiones, más motivado por su aguijón que por las circunstancias reales del momento. El resultado nefasto me enseñó como tratarlos. Así, de los «malos» aprendí  el valor de los «buenos», y supe que fortalecidos e inteligentemente manejados, los segundos  se convierten en mis mejores aliados frente a los primeros.

 Hoy, cuando en las noches las estrellas con sus guiños de luz y  distancia me recuerdan lo bello pero insignificante de mi vida, abrazo mis fantasmas «buenos» y juntos, sonriendo con cierta picardía, aceptamos que «los malos»  existen, que cumplen su función y tratamos de no perturbarlos en su largo sueño. Creo que los dos sabemos que los únicos que existen, sólo nosotros decidimos su naturaleza.

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La importancia de mantener una buena imagen física, reside en el hecho de que las personas mientras no nos conocen, la única idea que pudieran hacerse de nosotros estaría motivada por nuestra presencia física.

 Como consecuencia, el mantener una imagen impecable puede ser determinante, tanto para quienes nos observan como para  nuestra propia satisfacción personal. 

Esa misma armonía física que aporta al sentimiento de autoestima, debemos procurarla en nuestro espíritu, cual incide de manera definitiva en la capacidad para ser felices. De tal suerte que, como nuestro cuerpo, requiere ser maquillado cuando fuere necesario. 

Algunas experiencias vividas van dejando una especie de cicatrices en el alma, que si no son atendidas, debida y oportunamente, terminan afectándola y como consecuencia, desmejorando nuestra calidad de la vida. 

La mejor manera de «maquillar el espíritu», es extirpando por siempre los recuerdos desagradables e ingratos; perdonando los agravios y aceptando la imperfección del ser humano, que en muchos casos, lo lleva a actuar más compulsiva que racionalmente.

 La actitud positiva frente a la vida, convenciéndonos de  que las actuaciones de las demás personas, cuando parecieren agresivas o desconsideradas, sólo son el reflejo de su propia personalidad, que es diversa, se constituye en la mejor «crema» para maquillar nuestro espíritu.

Eliminar el temor, sobre la base de la confianza en sí mismos y la protección permanente de Dios, es la mejor «base» para un buen maquillaje del rostro espiritual.

 Recibir con amor y esperar lo mejor de cada día, disfrutándolo intensamente como si fuera el último, pero con vocación para vivir muchos años, es el mejor «reconstituyente»  para mantener lozana la muy delicada  piel del alma.

El amor espiritual vinculado a una actividad sexual plena, con la persona que amamos y hemos escogido para compañera de viaje largo, es «vitamina» que no tiene igual para mantener el espíritu en su óptimo nivel de eficiencia.

 La risa, el buen humor y trato afable, son el mejor «perfume» para el espíritu, porque inunda, refresca y contagia de optimismo el ambiente, impregnándolo de buenos presagios.

No hay mejor «accesorio» para el espíritu que el buen estado de ánimo, porque predispone el compartir y hace más grata la convivencia.

  Nuestra autoimagen interna no requiere de especialistas en cirugía reconstructiva o correctiva para variarla o mejorarla, porque depende de nuestra propia genialidad, actitud y aptitud para sentirnos plenos y satisfechos.

 Por tanto, si en alguna oportunidad baja nuestro biorritmo y sentimos nuestra imagen espiritual desmejorada, debemos echar mano del maquillaje espiritual dándonos un toquecito de amor, de la misma manera como lo hacemos con nuestro cuerpo físico para vernos mejor.

 Al fin y al cabo, no somos solo espirituales ni únicamente corporales; somos una conjunción físico -espiritual, que nos hace únicos y especiales sobre este planeta,  y eso requiere permanente atención, porque además es… inmutable. 

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Por motivo de la confidencia de una de mis lectoras, quien se lamentaba de que no se consideraba  bella, me siento obligado a escribir hoy sobre el tema de la belleza física, al menos desde la óptica de mi personal apreciación, tema sobre el cual, por cierto, mucho y en diferentes oportunidades se ha escrito. 

Sin duda, lo que para unos es bello pudiera ser que para otros no lo sea, porque la belleza es esencialmente abstracta, pero también especialmente subjetiva. Sin embargo, si algo pareciera mantenerse en el concepto mental de la belleza física, pareciera ser la armonía de las formas -que corresponde a patrones estéticos aprendidos- conforme la percibe el sentido de la vista.

Esa operación mental que deriva de nuestra observación de armonía física, dentro de nuestra actividad cognitiva, nos transmite sensaciones de placer cuando en su constante actividad comparativa, nuestro cerebro en nanosegundos, las relaciona con las cosas que estéticamente nos placen, trátese de imágenes de personas, paisajes o cosas, transmitiéndonos la sensación de belleza.

No obstante que este mismo fenómeno mental-cognitivo se produce también  en eventos captados por nuestro sentido auditivo, como las notas musicales, canto de los pájaros, susurro del agua en las fuentes, el viento en su ulular pausado en las noches, en esta oportunidad sólo me referiré a la belleza de las personas y específicamente de la mujer. 

 En principio, debemos observar que la belleza, normalmente, la relacionamos con placer, agrado, admiración, pasión o arrobamiento; inclusive en algunos casos con el éxtasis. Es por lo cual, la sensación de belleza tiene que ver en su mayor expresión, con la concepción ideológica integral del individuo. De allí que, sin temor a equivocarme, no obstante que acepto que la belleza es abstracta,  aseguro que es absolutamente subjetiva.

Existen patrones y etiquetas masivamente divulgadas sobre lo que, en determinada época,  se considera a nivel general como «bello», lo cual no tiene ninguna trascendencia para quien no tenga acceso a los mecanismos o  medios que lo divulgan. Así, el concepto de belleza de la figura de la mujer hace dos mil años, en la época del renacimiento, o en nuestro país para inicios del Siglo pasado, fueron y son bien diferentes, por ejemplo, a la concepción de la década de los sesenta, que ya comienza a variar en lo que va del Siglo XXI.

No obstante, para mí lo único que puedo determinar con certeza que es bello es aquello que personal e individualmente  me parece bello. Por tanto, y refiriéndome exclusivamente a la belleza física del cuerpo de la mujer, el que a otro parezca bello no tiene porqué parecérmelo a mi, ni viceversa.

Ese hecho evidente de la subjetividad de la belleza, trae por consecuencia que, ciertamente, nadie es bello ni feo en concreto, sino de forma abstracta. Porque quien me parezca fea, puede parecer bella a otra persona. De la misma manera, quien  me parezca bella, pudiera ser que a otro no se lo parezca.

Es esa la explicación por la cual todos los días vemos en la calle hombres o mujeres, conforme a los patrones y etiquetas generalizadas con características de bellos, felices del brazo de alguna mujer que conforme a tales patrones se considera fea, pero que a ellos les parece bellísima. Ajusto esta explicación a mi caso,  donde alguien no muy agraciado como yo, puedo tener una bella esposa como Nancy.

Nunca he creído en la conseja de que «La felicidad de las feas la envidian las bellas», precisamente porque no creo ni en feas ni en bellas. Creo en el amor, y el amor como es intangible, únicamente tiene alma que está signada por la ternura, generosidad, solidaridad, comprensión, aceptación, pasión, sentimiento,  y todo eso… es bello.

El amor es tan trascendente que solamente se interesa por el qué se es y no por el cómo se es.

Las personas que erróneamente no se consideren bellas, deberían revisar sus esquemas en cuanto a que lo importante no es ser bella, sino parecer bella para esa persona que interesa, y pueden tener la seguridad que cuando esa persona llegue, sin ninguna duda y sin  importar la ropa que lleve o el lugar donde se encuentre,  le parecerá muy bella.

En estos más de sesenta y siete años de vida, he recorrido mucho camino y observado atentamente a la gente. He visto gran cantidad de parejas denominadas por los insensatos disparejas, vivir muchos años enamoradas y felices. De la misma manera he conocido parejas, según esos mismos criterios,«bellas y armoniosas», vivir en permanente desastre sin lograr el tan ansiado objetivo de la felicidad conyugal.

Si de algo sirve a  quien hoy dirijo este escrito, que es a mis lectoras, les comento que la belleza, como la libertad y Dios, tenemos que sentirla para servirnos de ellos. Si somos capaces de sentirnos bellos, esa sensación podemos trasmitirla, precisamente a la persona que nos interesa. Lo cual por cierto no debería extrañar, porque los hijos se parecen a sus padres y como nuestro padre es Dios, quien por demás es bello, pues lo lógico es que nosotros seamos… muy bellos.

 

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Para todos aquellos que desean constituir una pareja feliz.

El Autor.

Treinta y ocho años se dicen fácilmente, pero vivirlos es diferente; especialmente felices en pareja. Son muchas horas, días, meses y años, caminando el sendero de la vida; tropezando aquí y allá, convirtiendo lágrimas en sonrisas, levantándose, sacudiendo la ropa y avanzando, siempre hacia adelante.

Se comienzas desde cero en un mundo de proposiciones, sueños e ilusiones, convencido de que eres diferente. Tomas lo mejor de ti y lo pones al lado de esa otra persona que ha decidido embarcarse contigo en tu nuevo proyecto de vida, para iniciar una aventura de dos y para dos.

Los dos saben que el camino es largo, riesgoso, difícil, pero no imposible. Es un reto y debe afrontarse. La juventud y el amor fundamentan el proyecto, el ánimo y el entusiasmo están presentes. Sólo debes mantenerlos permanentemente… vivos.

El premio está al final, pero con buena voluntad, diligencia, ternura, aceptación, comprensión, respeto y entrega, el trecho por recorrer puede ser tan agradable como recibir el premio.

Pero, si desde que inicias el recorrido te haces acompañar de Dios, entonces ya no serán dos, sino tres para lograr la meta. Eso hicimos un día como hoy, cuando tomando nuestros pocos bártulos, abordamos el barco de una vida que, sobre la base de una inquebrantable solidaridad personal, nos prometimos hacer mejor todos los días y… lo logramos.

Realmente fue menos difícil de lo esperado y más agradable de lo previsto. El temor natural a lo desconocido, paulatinamente se convirtió en confianza y fe en nuestra capacidad para dar, aceptar, reconocer, respetar y compartir.

Las voces agoreras que auguraban problemas, como casi siempre, estaban equivocadas. Cupido no estaba solo ni dispuesto a dejar que el tiempo acabara con su magia; abrió sus alas, tiró sus aros y nos arropó en su seno. La suerte estaba echada y nosotros dispuestos a correr todos los riesgos, lo demás era cosa del tiempo, que supimos forzar a nuestro favor.

Hoy hacemos un stop en el camino, miramos hacia atrás y observamos complacidos que valió la pena. Casi media vida de felicidad, cinco bellos hijos, nueve bellos nietos y… muchos años por delante. De alguna manera, logramos probar que en el amor verdadero puede ser como los buenos licores: con el tiempo aumentan su calidad.

No ha decaído el ánimo y seguimos soñando. El amor se ha consolidado y sigue sublime, emocionante y mágico. El idilio se mantiene, el optimismo y la creatividad vencen la praxis de una vida que tiende a la monotonía.

A nuestro derredor muchas cosas han cambiado. La Ciudad ha crecido. Las personas han envejecido, muchas cosas se han hecho herrumbrosas, pero nosotros no: nos sentimos jóvenes, nos mantenemos sobre la ola, nuestro amor se renueva a cada momento, nuestra solidaridad con las personas y nuestro interés por las cosas sigue más vivo que nunca.

Hemos impuesto el amor por encima del temor. El espíritu por encima de la edad. La esperanza por encima del desánimo. La solidaridad por encima de la vanidad. El entusiasmo por la vida por encima del miedo a la muerte. La creatividad, la fantasía y la magia, por encima del hastío y la monotonía. Y todo eso resume el premio gordo: una vida feliz en pareja.

 

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Refiriéndose a ese hecho tan especial que produce el amor cuando dos personas muy diferentes, al hacer pareja llegan a hacer de sus vidas un solo cuerpo y una sola alma, Manuel García Morente escribió: «El amor es, más bien, una confluencia de dos vidas que se unen con el afán de fundirse, confundirse en una sola.»

 Sin duda, esta admonición encierra el sentido primordial de hacer pareja. Ciertamente, la principal motivación para unir nuestra vida a la de otra persona, casi siempre extraña hasta poco tiempo antes de conocerla, no es otro que el de fundir nuestra vida,  para confundirla en una sola con esa otra persona.

 Es que el amor surge espontáneo, imprevisto, pasional y… urgente. Su espontaneidad le genera riesgo; su pasión, peligro; y su urgencia es la de lograr rápida y apasionadamente unir el cuerpo y el alma a quien amamos, aun a costa de cualquier riesgo o peligro.

 Cuando amamos nos embarcamos en un albur. Jugamos todo. No nos reservamos nada. Nuestros mecanismos de defensa se minimizan o neutralizan y sólo tenemos espacio para la emoción, la pasión, el entusiasmo, la ilusión y… la esperanza. Todo inmerso en esa bruma rosada que nos hace ver la vida como debería serlo: muy bella.

 El resultado de esa hermosa aventura que significa hacer pareja, en mucho va a depender de que los dos tengan la capacidad de fundirse y confundirse en una sola;  lo cual por cierto no es tan difícil, pero sí que requiere de cierta nobleza, generosidad y muchos deseos de dar, reconocer,  y aceptar a la persona que amamos en sus propias y originales dimensiones humanas.

 No es posible encontrar un «prototipo» especial conforme nosotros lo ideamos. No, no es posible. Pero, si tenemos la capacidad de fundirnos con el otro, al confundirnos nos hacemos una parte de su cuerpo y de su alma. Así, al integrarnos en uno solo, vencemos las diferencias, caminamos la misma ruta, por el mismo sendero, con los mismos intereses, ambiciones y sueños.

 Me consta que eso es posible, lo he  vivido y disfrutado por más de treinta y ocho hermosos años. No ha sido fácil, pero si emocionante y engrandecedor.  Es como una meta que establecemos, en beneficio de la cual todos los días hacemos algo positivo, beneficioso  y… agradable. Tiene que ver mucho con aquello de cual es el color que uno asigna a las situaciones y eventos de la vida diaria.

 Somos nosotros mismos y nadie más los responsables de lograr el premio; viviendo de la mejor manera posible, manteniendo vivo el afecto y el respeto, haciendo del hogar un nido de amor donde se funde y progrese una familia; y eso sólo puede lograrse cuando dos personas que se aman y hacen pareja, tienen el valor y sinceridad de mostrarse como son, de actuar para fundirse y confundirse en un solo cuerpo y  una sola alma. 

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 El título de esta entrega corresponde a  una inquietud que me manifestaron, por encontrar  una vía que ayude a incorporar a otras personas al maravilloso mundo de vivir la vida en, con y por Dios. 

Pienso que nuestro Padre Celestial, que es todo amor, tiene sus propios caminos en todo, pero que es legítimo, bien intencionado y cristiano, tratar en lo posible de ayudar a encontrar el camino a esas personas que, habiendo recibido de  Dios el incomparable tesoro de vivir, escasamente sobreviven por su falta de fe, confianza, optimismo  y esperanza, cuales sólo da el amor inmenso y la seguridad en la bondad de Dios.

 Ciertamente, para que un niño camine, una planta se desarrolle o una idea se concrete, requiere de un tiempo en función de  factores,  unos fijos y otros variables, conforme a  la naturaleza del asunto.

 Respecto de esas personas que pareciera que no quieren nada con la vida, porque la  sobrellevan como una dura carga obligatoria, en su gran mayoría, y aunque les sea duro aceptarlo, responden  a una fijación mental de un enemigo implacable, creado por su propia mente y difícil de vencer: el temor a las secuelas del pasado,  lo conocido, lo desconocido y lo que… pudiera suceder.  

 Ese temor, la mayoría de las veces irracional, es producto precisamente de que no tienen una real conciencia de su procedencia, lo que  representan y su potencial personal, frente al universo donde les toca vivir.

 Así, al no disponer del conocimiento de su origen divino, también desconocen el poder que les es inherente como parte de Dios, que ha permitido a los humanos  a través de los siglos y milenios, sobrevivir colectivamente todas las catástrofes; desarrollarse culturalmente transformando el paisaje geográfico; realizar los mayores descubrimientos para vencer las enfermedades y los elementos nocivos de la naturaleza; e individualmente, crear prodigios en las artes y las ciencias, logrando con el desarrollo de sus potencialidades, la felicidad integral.

Por tanto, lo mejor que podemos hacer por esas personas, es acercarnos a ellas con respeto, consideración y amor; no como a enfermos a quienes vamos a curar, sino como a hermanos con quienes queremos compartir, demostrándoles con nuestra actuación feliz, entusiasta y desinteresada, que la logramos y disfrutamos porque hacemos un todo con Dios.

 Es con nuestra actuación diaria de amor, aceptación, respeto, colaboración, sensibilidad y solidaridad humana, la mejor manera de  señalar el camino. Es nuestro ejemplo, en ese cotidiano mundo de las cosas sencillas, honrando a las personas y engrandeciéndolas sin importar su edad, ideología,  género o clase social,  donde podemos demostrar nuestra felicidad, que al materializarse en actos objetivos beneficiosos para los demás, no dejará ninguna duda que estamos y nos sentimos como una parte de Dios.

 Pienso que la herramienta más efectiva para adentrarse en el conocimiento de los beneficios de compartir nuestra vida con Dios, lo es en ese mundo de quietud y paz que representa  la meditación, que se produce en nuestro ser  interno; donde sólo hay espacio para dos: Dios y nosotros.

 Si somos felices con Dios, tratar de que otros también lo disfruten, más que un acto gracioso es… un compromiso,  y así debemos asumirlo.

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«EL RENCOR ENFERMA, EL PERDÒN ES SANADOR.»

Prometí a  una de mis lectoras, tratar sobre la situación que le afecta actualmente, ya que su pareja le abandonó por meses y ahora le solicita el regreso al hogar.

En asuntos tocantes al amor, el entorno, especialmente maravilloso, pero a veces doloroso que lo rodea, cada caso tiene sus propias particularidades y no es fácil  hablar de fórmulas o estrategias de aplicación general, pero sí de cómo debería ser la actuación, sino ideal, por lo menos razonablemente aceptable.

Cuando dos personas se unen en pareja es porque se aman, y ese amor que puede  disminuir o aumentar según el tratamiento que ambos le den, casi siempre nace y se mantiene con vocación de permanencia. Por tanto, más que una carrera de velocidad, mantenerlo es una labor de entusiasta dedicación, emoción, pasión, aceptación, respeto, sinceridad, comunicación sincera y… lealtad.

Sin embargo, en oportunidades en uno de los integrantes de la pareja la pasión decae, la comunicación se retrae, la sinceridad se hace evasiva y la lealtad sufre grietas. Es que la pareja nace por amor y no puede mantenerse sin el, cual se manifiesta por el respeto, la ternura, la consideración, la aceptación, la buena comunicación y… el sexo emocionante y pasional.

Entonces, cuando uno de los integrantes pierde el entusiasmo, se aburre, perturba, confunde, o simplemente siente que dejó de amar y abandona el hogar, pero luego entiende que cometió un grave error; que ama a la  persona abandonada, que su mundo es a su lado y regresa humildemente a confesar su culpa, pedir comprensión y perdón: ¿Cuál debería ser la actuación de la parte agraviada?

En principio, corresponderá a la muy personal interpretación de la esencia y fines de la pareja, así como de la concepción de lo que representa amar en su máxima expresión como lo es el dar, y su merecida respuesta de… lealtad.

En segundo término, va a depender del nivel del amor que aún perviva en la parte lesionada en sus sentimientos. Paradójicamente, cuando alguien falla en la pareja, normalmente el agraviado no considera el mucho tiempo y las diversas actuaciones en beneficio del amor de pareja que el agraviante hubiere realizado, sino que lo juzga  duramente por las actuaciones que produjeron el rompimiento.

Vale decir que, en esos momentos de dolor, el agredido no toma en consideración para nada las cosas buenas y la lealtad por años del agresor, sino que lo juzga implacable y duramente por su errónea actuación, obviando cualquier otra consideración, lo cual sin duda es injusto.

En la mayoría de los casos, lo que más hiere al agraviado es la falta de sinceridad del agraviante, quien bien pudo plantear el problema y en aras de su libre derecho a ser feliz, proponer una separación digna y no ofensiva en su desarrollo, como suele producirse en  la mayoría de los casos.

La actitud conveniente de la parte abandonada frente a la solicitud de perdón y regreso al hogar, la analizaremos en la próxima entrega.

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«UNA NOCHE DE AMOR VALE UNA VIDA.»

Me embarga una gran tristeza cuando quienes están en proceso de separación, rompimiento,  o ya han terminado su relación  de pareja, sólo recuerdan las cosas negativas de la relación habida, evadiendo u olvidando por completo los buenos momentos vividos.

¿Quién podría entender que quienes vivieron tres, cinco, diez o más años juntos, se mantuvieran unidos sin que nada agradable o feliz les motivara?

¿No es acaso un duro golpe a la verdad, la gratitud, el reconocimiento, y la esencia del amor de pareja  que es la aceptación y comprensión mutuas, dejar de lado los bellos recuerdos para magnificar los desagradables?

¿Una noche de amor para quienes amamos,  no  vale una vida? Y… ¿Cuántas noches de amor pudieron vivir aquellas personas que se mantuvieron juntas por tantos años? Seguramente muchas y muy bellas, porque si no fuere así, se trataría, por decir lo menos, de sado-masoquistas consumados y eso sería excepcional.

Es que el amor es hermano del respeto y la lealtad. Si alguien ama, aunque fuere por poco tiempo, dando lo mejor de sí y su propia intimidad, lo menos que puede esperar de aquel a quien obsequia su amor, es lealtad y respeto por lo que una vez fueron.

Por otra parte, los bellos recuerdos sin llegar a la  nostalgia, aumentan la autoestima, engrandecen el alma, llenan de paz el espíritu y hacen la vida buena. Pero, especialmente, alimentan la esperanza de un nuevo intento para lograr el amor permanente y edificante deseado, abriendo y preparando el corazón y la mente para una nueva relación.

Ciertamente, todos caminamos por la misma vía. Unos de ida y otros de regreso, pero por el mismo camino y sobre la misma tierra. En esa vía encontramos ese amor que fue por un tiempo, pero dejó de serlo. En sentido contrario, siempre habrá alguien con quien tropezaremos en el camino; con las mismas preocupaciones, ambiciones, deseos y necesidades de amar y ser amado.

Ese alguien viene en nuestra búsqueda. Llegado el momento, se detendrá frente a nosotros, sentirá que es barco y nosotros puerto… seguro. Amarrará su bote, el aire acariciará su cara y una emoción especial embargará su alma; sentirá que ha llegado el momento de parar; extenderá su mano y abrirá su corazón; abrirá una rendijita de luz, para dar refugio a nuestro cansado caminar y entraremos en ella: es el amor que vuelve… del sueño.

Por eso debemos estar preparados con la mente limpia, el alma pura, el corazón abierto, sin temores, ni sospechas, ni… malos recuerdos. Dispuestos a amar nuevamente y con mayor ímpetu, con nobleza y lealtad acendradas; dispuestos a vivir experiencias aún más emocionantes que las pasadas. Eso es inteligente y… nos lo merecemos.

Como lo escribiera Don Andrés Mata: «Un amor que se va/ cuantos se han ido.  Otro amor volverá más duradero/ y menos doloroso que el olvido (…) Puede el último amor, ser el primero.»

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Alguien comentaba que todo en la vida tiene un precio y una medida. Con los dos postulados estoy en desacuerdo, porque es erróneo situarlos como generalidad, únicamente en el mundo de las realidades físicas y tangibles.

En principio, no es cierto que todo tenga un precio, porque este factor sólo existe para lo que es estimable y transferible y, en el mundo físico-espiritual del hombre, hay cosas imposibles de ser estimadas y/o transferidas.

En mi criterio, todos los valores son intangibles, porque no hay manera de identificarlos físicamente y por tanto son imposibles de contar, pesar, medir o evaluar con exactitud. En todo caso, lo que de ellos estimemos o prediquemos, corresponde a nuestra ideología, respecto de lo que identificamos como conveniente o no en esta vida.

Por ejemplo, el valor amor, cual para nosotros es el máximo de los conocidos, no tenemos posibilidad de estimarlo, determinarlo o evaluarlo con exactitud. Simplemente amamos, casi siempre pensando que lo hacemos de manera suprema. Sin embargo, es la óptica propia la que hace la estimación mental, cargada de motivaciones y sentimientos, para ubicar su nivel donde más convenga.

Más allá de valorar el supremo amor a Dios, decir que un amor pueda ser superior a otro, es algo menos que una falacia; precisamente, porque no tenemos parámetros científicos (elementos de verificación) o mecanismos para determinar su exactitud.

Por ejemplo, decir que el amor de la madre es «…el más grande en esta vida», es generalizar algo que no tiene porque corresponder al caso de todas la madres, ni se tiene elementos exactos de comprobación. De hecho, no podría predicarse tal postulado de una madre que al momento del nacimiento abandone al hijo.

En cambio, hay amores como el de pareja, que surgen de personas que se vinculan a otras sin que exista ningún nexo consanguíneo, pero aman con toda intensidad, dedicación, generosidad y consecuencia, aún a riesgo de su tranquilidad y su patrimonio, y hasta de su propia vida. Esos sí que son grandes amores, pero como todos los amores, intangibles, y por tanto imposibles de ser evaluados.

En verdad, en el real sentido de la palabra, sólo podemos valorar las cosas físicas, porque sobre ellas puede establecerse un valor determinado, que sin duda es absolutamente tangible.

Pero existe otro valor, que yo, en ese mi mundo de especulaciones constantes, he denominado el valor intangible, que es aquel que no puede establecerse físicamente, sino que sólo puede sentirse. Ese que no puede apreciarse con los sentidos conocidos, sino que trasciende lo material para ubicarse en el mundo espiritual.

Es ese que llena mi vida cuando percibo que soy útil a mis semejantes, que doy lo mejor de mí en cada una de las cosas que hago. Ese valor, que es para mi consumo personal, es el que da sentido a mi vida y me hace tratar todos los días, de ser…mejor.

Invito a mis hermanos virtuales a revisar sus valores y compartir conmigo la sensación maravillosa del valor intangible.

Próxima Entrega: TODO ESTA PREVISTO.

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Para lograr un resultado óptimo en ese mundo absolutamente intelectual de los sentimientos, que motivan nuestras acciones, no es suficiente presentir o desear, sino que se requiere algo más contundente e inmediato, que nos sensibilice especialmente con respecto a la importancia o conveniencia de lo que realizamos, para lo cual tenemos la necesidad de conectarnos tanto espiritual como físicamente, con el evento o la circunstancia a resolver.

Así, sentimientos como el amor pasional o familiar, se quedarían en el mundo teórico de las románticas o buenas intenciones, si no nos conectáramos íntimamente con el fenómeno físico del mundo práctico donde que se suceden los acontecimientos, haciéndonos parte activa de los asuntos, en una interconexión que concreta las ideas.

Mediante mi conexión con los asuntos que me ocupan, puedo determinar el comportamiento entre lo que yo percibo mentalmente y el mundo de la realidad. Es entonces cuando puedo verificar si lo que pienso de mis relacionados se corresponde con sus realizaciones, lo que ellos piensan de sí mismos e inclusive de mi propia persona.

Al conectarme me abstraigo del origen ideal de los procesos, para percibirlos, sentirlos e integrarlos a mi propia actividad físico-espiritual.

Especialmente en la pareja, donde la buena comunicación es fundamental para la plenitud de la relación, porque permite conocer lo que piensa cada uno y cómo lo reciben individual y conjuntamente, al conectarse en el amor, la pasión, la sexualidad, la ternura, los sueños y las ambiciones, los factores aceptación, consecuencia, ayuda mutua, lealtad y responsabilidad surgen como producto de una posición razonada y consensuada, con vocación de permanencia.

Con respecto a los hijos, el conectarse los padres con sus actividades, viviendo y compartiendo con ellos su pequeño gran mundo de deseos, alegrías, necesidades, pero también de temores, preocupaciones y sueños; la comprensión y capacidad de atención a sus necesidades se hace mucho más efectiva.

En el ejercicio de las profesiones, oficios, actividades laborales, artísticas o deportivas, para ser exitoso no es suficiente el conocimiento teórico o postulados programáticos, sino que se requiere una inmediata y permanente conexión emocional del ser humano con la actividad que realiza, sobre la base de la convicción de su utilidad, necesidad o conveniencia.

La necesidad de conectarse deviene del hecho de que nuestro intelecto recibe instrucciones de nuestro espíritu, que es absolutamente ideal, las cuales debe traducir a un cuerpo físico que funciona en base a motivaciones, que a su vez responden a sus conveniencias. De tal forma que, en todos los casos, la efectividad en nuestras realizaciones va a depender del entusiasmo con que logremos conectarnos al asunto.

De alguna manera, conectarse con las personas es ponerse en su misma situación para entenderlas mejor; y en cuanto a las cosas y circunstancias, es inyectarles entusiasmo a su realización, en función de una existencia que todos los días podemos hacer mejor.

Una comunicación sin conexión personal efectiva, es similar a las ideas geniales pero que nunca llegan a realizarse, porque no aportan nada efectivo ni positivo a nuestra vida.

Próxima Entrega: DAR PARA RECIBIR.

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