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Archive for 30 de diciembre de 2018

2019

Para la mayoría de las personas la llegada de un nuevo año representa, en primer lugar la alegría de haber sobrevivido el año viejo;  pero además la esperanza de que el nuevo traerá cosas mejores que las pasadas, lo cual produce una emoción particular, especialmente a la hora de llegar las doce de la noche vieja, cuando de forma espontánea se producen abrazos, besos, felicitaciones, nuevos deseos y a veces… lágrimas por lo que fue, pudo o no pudo ser.  En verdad, pienso que cada minuto de nuestra vida representa una nueva oportunidad para  hacer y realizar cosas buenas, por lo cual todos los momentos son buenos para soñar y realizar lo que se requiere para materializar los sueños. Creo que festejar la vida, independiente de la oportunidad, siempre es positivo.

En mi caso, aunque celebro la noche vieja y espero con emoción el año  nuevo, no olvido que la vida me ha enseñado que lo más importante de nuestra existencia es nuestro hoy, que significa ahora, independiente del día, el mes o el año en que se  produzca. Esto, porque fuimos dotados por Dios de todos los elementos necesarios para hacer de nuestra vida  una  hermosa y permanente  aventura, viviendo ese maravilloso hoy. Ciertamente,  ningún año por sí mismo es mejor que otro, sino que lo que hace la diferencia en nuestra vida, no es el tiempo sino nuestra actitud frente a los momentos que nos presenta nuestra existencia diaria. Nuestra vida se desarrolla en tres estadios, que en la medida que le demos trascendencia,  mayor o menor grado, pudieran afectar nuestro estado de ánimo; estos son: el pasado, el presente y el futuro.

Salomón sentenció: “Lo que va a ser ya es, lo que es ya fue y no hay nada nuevo bajo el sol.” Por su parte, Jesús de Nazaret enseñaba: “Cada día tiene su propio problema, basta a cada día su mal.”  En esas dos enseñanzas nos fue dejado el secreto para hacer de la vida, más allá del tiempo y del espacio, un camino placentero y sin demasiados sobresaltos. Salomón quiso decirnos que nada debe sorprendernos, porque realmente nada es nuevo, sino que acontece de distinta forma, en diferente oportunidad y a diferentes personas; esto,  porque siempre somos y seremos los mismos hombres sobre la misma tierra. Jesús trató de convencernos que todo lo que pudiera acontecernos siempre sería superable, en tanto y en cuanto no le acumulásemos temores o presentimientos de lo que pudiera venir más adelante, o los dolores o recuerdos de lo que antes pudo habernos sucedido. Siento que si analizamos con sinceridad y realidad estas enseñanzas y dividimos el tiempo en compartimientos estancos, haremos de nuestro hoy el único compartimiento trascendente; el cual, por cierto, es bien corto porque sólo tiene veinticuatro horas.

En función de lo antes expuesto,  si me convenzo de que lo importante de mi vida es mi hoy, aceptaré que el pasado es un muerto, sobre el cual ya nada podré hacer y por tanto cualquier preocupación por lo acontecido no tiene ningún valor positivo. Asimismo,  internalizaré que el futuro, como quiera que es una expectativa que no ha nacido y no sé si nacerá para mí,  tampoco puedo hacer por él más que hacer bien hoy lo que me corresponda hacer y que de alguna manera pudiera afectar mi porvenir. Sobre esta realidad, vale también recordar a Jesús de Nazaret, cuando al invitar a seguirle a uno de sus futuros discípulos éste le dijo: ” Maestro, ahora no puedo seguirte porque debo ir a enterrar a mi madre que ha muerto.” Entonces Jesús enérgicamente le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; mi Padre es un Dios de vida no de muerte.”  Si amalgamamos estas enseñanzas, llegaremos a la conclusión que todas nos orientan a la convicción de que  lo importante de nuestra vida es nuestro hoy –con su diaria circunstancia- sin que de ninguna manera permitamos complicarlo con lo que sucedió ayer o lo que  intuimos que podrá sucedernos mañana.

Si analizamos con sinceridad y realidad nuestra máxima aspiración vivencial, concluiremos que es el logro de la felicidad, la cual como se ha escrito muchas veces y lo repito aquí: “…no es un destino, sino un camino.” De allí que aquel que piense que, únicamente por el hecho de que llega un nuevo año va a poder lograr sus sueños o realizaciones, sin considerar que no es el tiempo sino la actuación personal lo que define el nivel de su vida, al final de sus días comprenderá que estaba equivocado. Es que, de alguna manera, el tiempo y el espacio son una ficción de nuestra mente, que solemos utilizar a nuestra conveniencia, y en mucho, para justificar nuestra negligencia.  No, no es el tiempo ni el espacio lo que decide nuestra plenitud, calidad o nivel de vida, sino nuestros actos, nuestra diligencia, nuestra disciplina y nuestra confianza en  nosotros mismos, en nuestros congéneres y en las grandes facultades de que fuimos dotados por Dios, para resolver los eventos que nos acontecen y la gran capacidad de adaptación al ambiente que poseemos, lo que nos permitirá sobrevivir en cualquier  circunstancia, de la mejor manera posible.

Sobre la base de todo lo antes expuesto, al desear a todos mis congéneres un Feliz Año 2019, sugiero reflexionar sobre el tema, para de tal manera apreciar en todo su sentido ese estadio maravilloso de nuestra vida que es NUESTRO HOY, para al aislarnos del pasado y el futuro vivirlo intensamente, tratando de ser felices y hacer felices a nuestros semejantes.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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