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Archive for 16 de diciembre de 2018

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La época de la navidad no es solo una celebración religiosa, sino una  conmemoración de la felicidad que todos sentimos al recordar que Jesús, sin ningún tipo de riqueza u ostentación, representa  con su nacimiento, la felicidad más grande que en una choza muy pobre, María y  José transmiten la sensación del amor más profundo, que no requiere sino abrir el corazón para compartir esa ternura especial  que supera todo aspecto físico. Esa choza tan humilde repleta de alegría, nos demuestra que los sentimientos, que no son físicos, superan por sí mismos cualquier bien físico, riqueza o comodidad. Esta enseñanza no podemos desperdiciarla, sino que debemos atesorarla para  nunca olvidar que, en nuestra vida cotidiana, los valores que rigen nuestra vida, en su parte más valiosa no son tangibles sino espirituales; es esa característica de intangibilidad lo que hace que el amor sea el tesoro más apetecido por el ser humano, porque es el único que puede llenar su mayor ambición, sin requerir para ello ninguna riqueza o bien material: la felicidad personal.

Es que para ser felices no requerimos disponer de grandes riquezas o bienes, sino sentir que la vida que Dios nos dio, por si sola, representa el más grande regalo recibido; especialmente, porque como parte de la vida hemos recibido esas valiosísimas bendiciones que nos permiten sentir, pensar, oír, ver y… amar, entre otros sentimientos especiales que disfrutamos como hijos de Dios. Basta preguntarnos sinceramente, que bien material podría producirnos siquiera un minuto de vida, un amor verdadero, una pizca de verdad o sustituir nuestra tranquilidad espiritual, que nos permite vivir y permanecer contentos con lo que tenemos y con quienes nos rodean. No es difícil imaginarse lo terrible de una vida llena de abundancia de dinero y de todo tipo de  bienes, pero sin un amor con el cual disfrutarlo o compartirlo. Por el contrario, una persona que no tenga riquezas especiales o bienes en abundancia, pero que si tenga su alma llena de amor a Dios y sus semejantes, disfrutará permanentemente de un buen estado de ánimo, donde y cuando  cualquier motivo es bueno para sentirse feliz;  que es como decir, sentirse cerca de Dios.

En mi propia vida he conocido muchos de estos casos; tanto de los unos como de los otros, de lo cual aprendí que  son el amor, la sencillez, la mansedumbre, la generosidad, la armonía, cuales todos son valores intangibles, los únicos que pueden hacer nuestra plenitud y darnos la posibilidad de hacer felices a otras personas. Asimismo he podido ver y experimentar, muy cerca o en carne propia, la abundancia de bienes materiales, un extraordinario o  limitado poder, así como muchos aplausos o un pedacito de fama; por eso estoy calificado para asegurar, sin lugar a ninguna vacilación, que no son las cosas materiales las que pueden hacernos integralmente felices, sino esas cosas intangibles que se traducen en sentimientos y sensaciones, que nos produce  el amar, el hacer el bien, el ser útiles, el sentir que no estamos ni estaremos solos nunca,  porque nuestras actuaciones para nosotros y nuestros semejantes, provienen de los sentimientos hermosos de convivencia y solidaridad con nuestro prójimo, que nacen de esas enseñanzas que nos diera ese hijo de Galilea llamado Jesús de Nazaret.

Precisamente en estos últimos meses he leído sobre hombres y mujeres que, considerando la riqueza como lo esencial para su realización integral, no dudaron en robar  de diferentes maneras ingentes cantidades de dinero, que representa riquezas que hubieran podido ser utilizadas para hospitales, medicinas o alimentos para las personas más desvalidas de nuestra sociedad, quienes en  muchos casos  -por esas carencias- fallecieron o quedaron discapacitadas sin remedio. Sin embargo, esas personas equivocadas y desalmadas, luego de una fugaz opulencia, hoy están presos o huyendo de la justicia nacional o internacional por el mundo, con el desprecio hasta de sus propios familiares y la mácula de haber dañado a sus propios hermanos, por una riqueza que no podía darles ni un minuto de vida, una pizca de amor o una gota de felicidad y que, haberla tenido, hoy se convierte en su peor enemigo, frente a una realidad que es consuetudinaria: la justicia tarda, pero siempre llega.

Venturosamente, sobre esta tierra de Dios, siempre serán más las personas buenas que las malas y nuestro Padre Celestial nos dotó de todos los elementos necesarios, para que nunca nos ocurra un mal que no podamos soportar, ni un asunto dificultoso que no podemos resolver. Creo que esa es la gran enseñanza que nos debe dejar la inmensa felicidad de una madre y un padre como María y José, que acompañados de algunos animales, dentro de un sencillo pesebre, sin  ninguna opulencia o comodidad especial, adoraban al niño más lindo, bondadoso y sabio que nunca ni jamás volverá a tener la naturaleza; tanto que, como comentara Napoleón con tristeza antes de morir,  no habiendo tenido títulos ni poderes omnímodos  como tantos Emperadores, con su sencillez “…abrió sus brazos y capturó al mundo que lo recordará  por siempre.”

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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