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Quienes hemos vivido largos años recibiendo de Dios tantas bendiciones, representadas en el amor, la salud, la paz, la armonía, la seguridad de que no estamos espiritualmente solos en este mundo  y la oportunidad de compartir con nuestros hermanos lo mejor de nuestras capacidades, conocemos que el cielo, sobre el cual tanto se ha especulado, especialmente las religiones, no está en ningún otro sitio que no sea dentro de nosotros mismos, en este mismo mundo que Dios nos dio por hogar.

 Pero… ¿Cómo es ese Cielo y qué hacemos para acceder a el?

 Creo que cada uno de nosotros tiene su especial manera de idearlo, conforme a la personal forma de ver la vida y las cosas. Será de acuerdo a lo que estime que es su concepto de plenitud, lo que definirá su  «cielo», que por cierto, es bien particular.

En mi caso, descubrí que mi cielo, el único que acepto,  tiene muchas rendijas por las cuales puedo accederlo, pero una de las más expeditas son los ojos de mis  nietos.

 Cuando me hablan con curiosidad, ingenuidad e inocencia de las cosas más nimias, con esa emoción atropellada e inocultable de quienes poco entienden pero mucho quieren conocer.

Cuando me abrazan de forma tan espontánea, contagiándome ese entusiasmo que una sociedad adulta y desconfiada casi me había robado del recuerdo.

Cuando ensucian de helado mi camisa nueva, sin más preocupación que el desperdicio de su merienda, cual es lo único que tiene importancia porque, para su felicidad, desconocen los convencionalismos sociales.

Cuando me miran con esos ojos, como dos lagos de color indefinido pero llenos de ternura,  siento que es una rendija por donde puedo escapar a mi cielo.

Por ellos ingreso a ese otro mundo, que de su mano sabe a caramelo, huele a flores y se inunda con sonido de campanas.

Donde no hay que bajar la voz, ni reír a medias, ni decir lo que no se siente, porque no hay adultos para imponer reglas que combaten… la felicidad.

 Donde puedes soñar con los ojos abiertos, porque no tienes que imaginar sino vivir tus sueños.

Donde puedes pasear con Pinocho sin preocuparte de su nariz, porque es parte de tu propia ilusión.

 Donde puedes hablar con Alicia y sentirte de… maravilla en su país de… chocolate, sin la severidad de quienes hace mucho enterraron… su propio niño.

 Donde puedes romperle ventanas a las nubes y hacer pompas de jabón con el viento, montados en el lomo del dragón de tu propia utopía.

Donde puedes mojarte bajo la lluvia y jugar con las ranitas en la mitad de la calle, sin la torva mirada de quienes han perdido la capacidad de sentir en la piel y en el alma… la naturaleza.

Donde puedes hablar con las mariposas, reír con las flores y dialogar con las fuentes, sin que te tilden de loco, cual es la solución  de los adultos  a lo que no entienden.

 Sin embargo, cuando un pellizco, una carcajada o su llanto me regresan a este mundo real, tengo la sensación de que en verdad todo fue un sueño. Mi sueño de segundos, que es como decir… mi cielo.

 Y ya no tengo más duda de que el cielo, mi cielo, me acompañará donde quiera que yo vaya. Siempre va a estar ahí, conmigo. Sólo tengo que idearlo, sentirlo, vivirlo, porque es una parte de mí mismo. Nadie puede diseñármelo, regalármelo o… quitármelo jamás.

 Como la mayoría de las circunstancias de mi vida, se encuentra bajo mi control. Es mi decisión ingresar a mi cielo, cuantas veces quiera; tengo la posibilidad permanente de vivirlo o no.  Mi libre albedrío, que unido a mi estado de ánimo, me dan la posibilidad de diseñar mi mundo.

 Claro está, cuando se trata de mi cielo, nada más expedito que la mirada siempre alegre, desprejuiciada e inocente de esa rendija mágica que son… los ojos de mis nietos.  

Cuando Jesús, respondiendo en referencia a la importancia de la palabra de Dios decía que «El hombre no vive solamente de pan…», se refería a la necesidad de alimentar nuestro espíritu, cual únicamente se nutre de cosas trascendentes y por tanto intangible, o cuasi-intangibles.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha asociado las notas musicales, que no son físicamente tangibles sino audibles, con lo más elevado de nuestro espíritu.

Así, los cánticos y entonaciones musicales encuentran en las diferentes religiones, su expresión espiritual de comunicación con Dios. Para todos es un bello recuerdo cuando niños, los tiernos cantos dominicales en las iglesias, independiente de cual fuere el credo.

De la misma manera, la identidad de los pueblos mediante sus himnos y folklore, definen parte importante de su identidad, que se anida en el alma… por siempre.

Los poetas no hubiesen podido con la sola letra de sus poemas líricos y sus odas, penetrar el corazón de los amantes, idealizar y sublimizar el amor, si no la hubiesen acompañado de las hermosas notas que hacen la poesía más poesía y el amor más…amor.

Nada es tan emotivo, guarda tantas historias, ni esconde más secretos como la música. La música rompe el tiempo, nos devuelve en la edad y hace vibrar el alma.

En una pieza musical, en una canción, podemos encerrar toda una historia de vida. En las notas musicales hiberna el recuerdo, que al despertar de su sueño, revive la magia y la fantasía.

La música se parece al amor. Es intangible al tacto, a la vista, al olfato, pero tiene sabor y… vida.

La música arrulla el alma y alimenta el espíritu. Nos devuelve por el camino del regreso, y curiosa, se para en un recodo del camino, a ver la mariquita que lentamente sube el tronco del árbol, permitiéndonos otra vez sentirnos como… niños.

La música sabe a idilio, pasión, ternura, arrebato y…locura.

La música es miel en el panal escondido de un tiempo que se fue, o esperanza de vida en el porvenir… aunque nuca llegue.

Vivir la música es vivir la vida. No apreciarla es sobrevivir. La música llena espacios que nada más puede satisfacer. La música nos devuelve al centro de nuestro propio sentimiento, aun en contra de nuestra propia voluntad.

Especialmente, la música se hace nuestra mejor compañera, cuando en noches de insomnio o de ensueño, nos acompaña con sus mil compases, marcando nuestra propia realidad con notas que se parecen… a nuestra propia alma.

Por motivo de la confidencia de una de mis lectoras, quien se lamentaba de que no se consideraba  bella, me siento obligado a escribir hoy sobre el tema de la belleza física, al menos desde la óptica de mi personal apreciación, tema sobre el cual, por cierto, mucho y en diferentes oportunidades se ha escrito. 

Sin duda, lo que para unos es bello pudiera ser que para otros no lo sea, porque la belleza es esencialmente abstracta, pero también especialmente subjetiva. Sin embargo, si algo pareciera mantenerse en el concepto mental de la belleza física, pareciera ser la armonía de las formas -que corresponde a patrones estéticos aprendidos- conforme la percibe el sentido de la vista.

Esa operación mental que deriva de nuestra observación de armonía física, dentro de nuestra actividad cognitiva, nos transmite sensaciones de placer cuando en su constante actividad comparativa, nuestro cerebro en nanosegundos, las relaciona con las cosas que estéticamente nos placen, trátese de imágenes de personas, paisajes o cosas, transmitiéndonos la sensación de belleza.

No obstante que este mismo fenómeno mental-cognitivo se produce también  en eventos captados por nuestro sentido auditivo, como las notas musicales, canto de los pájaros, susurro del agua en las fuentes, el viento en su ulular pausado en las noches, en esta oportunidad sólo me referiré a la belleza de las personas y específicamente de la mujer. 

 En principio, debemos observar que la belleza, normalmente, la relacionamos con placer, agrado, admiración, pasión o arrobamiento; inclusive en algunos casos con el éxtasis. Es por lo cual, la sensación de belleza tiene que ver en su mayor expresión, con la concepción ideológica integral del individuo. De allí que, sin temor a equivocarme, no obstante que acepto que la belleza es abstracta,  aseguro que es absolutamente subjetiva.

Existen patrones y etiquetas masivamente divulgadas sobre lo que, en determinada época,  se considera a nivel general como «bello», lo cual no tiene ninguna trascendencia para quien no tenga acceso a los mecanismos o  medios que lo divulgan. Así, el concepto de belleza de la figura de la mujer hace dos mil años, en la época del renacimiento, o en nuestro país para inicios del Siglo pasado, fueron y son bien diferentes, por ejemplo, a la concepción de la década de los sesenta, que ya comienza a variar en lo que va del Siglo XXI.

No obstante, para mí lo único que puedo determinar con certeza que es bello es aquello que personal e individualmente  me parece bello. Por tanto, y refiriéndome exclusivamente a la belleza física del cuerpo de la mujer, el que a otro parezca bello no tiene porqué parecérmelo a mi, ni viceversa.

Ese hecho evidente de la subjetividad de la belleza, trae por consecuencia que, ciertamente, nadie es bello ni feo en concreto, sino de forma abstracta. Porque quien me parezca fea, puede parecer bella a otra persona. De la misma manera, quien  me parezca bella, pudiera ser que a otro no se lo parezca.

Es esa la explicación por la cual todos los días vemos en la calle hombres o mujeres, conforme a los patrones y etiquetas generalizadas con características de bellos, felices del brazo de alguna mujer que conforme a tales patrones se considera fea, pero que a ellos les parece bellísima. Ajusto esta explicación a mi caso,  donde alguien no muy agraciado como yo, puedo tener una bella esposa como Nancy.

Nunca he creído en la conseja de que «La felicidad de las feas la envidian las bellas», precisamente porque no creo ni en feas ni en bellas. Creo en el amor, y el amor como es intangible, únicamente tiene alma que está signada por la ternura, generosidad, solidaridad, comprensión, aceptación, pasión, sentimiento,  y todo eso… es bello.

El amor es tan trascendente que solamente se interesa por el qué se es y no por el cómo se es.

Las personas que erróneamente no se consideren bellas, deberían revisar sus esquemas en cuanto a que lo importante no es ser bella, sino parecer bella para esa persona que interesa, y pueden tener la seguridad que cuando esa persona llegue, sin ninguna duda y sin  importar la ropa que lleve o el lugar donde se encuentre,  le parecerá muy bella.

En estos más de sesenta y siete años de vida, he recorrido mucho camino y observado atentamente a la gente. He visto gran cantidad de parejas denominadas por los insensatos disparejas, vivir muchos años enamoradas y felices. De la misma manera he conocido parejas, según esos mismos criterios,«bellas y armoniosas», vivir en permanente desastre sin lograr el tan ansiado objetivo de la felicidad conyugal.

Si de algo sirve a  quien hoy dirijo este escrito, que es a mis lectoras, les comento que la belleza, como la libertad y Dios, tenemos que sentirla para servirnos de ellos. Si somos capaces de sentirnos bellos, esa sensación podemos trasmitirla, precisamente a la persona que nos interesa. Lo cual por cierto no debería extrañar, porque los hijos se parecen a sus padres y como nuestro padre es Dios, quien por demás es bello, pues lo lógico es que nosotros seamos… muy bellos.

 

En una oportunidad, ante la pregunta de ¿Por qué trabajamos? Elbert Hubbar respondió:  «Trabajamos para ser, no para obtener.» En verdad, lo más importante para un ser  humano es esa sensación de sentir qué es lo que hace, más allá de qué sea lo que hace.

Lograr la condición de padre, esposo o profesional, independiente del género, serviría de poco si no se dispusiera del sentimiento de sentirse como tal,  porque para lograr cualesquiera de esos status sólo se requiere dar los pasos apropiados que le establece la sociedad, pero para ser muy eficiente, útil y disfrutarlo en toda su intensidad, es indispensable sentir la importancia y trascendencia de lo que se hace.

 El elevado número de divorcios y destrucción de las familias, madres solteras, niños de la calle, delincuencia juvenil y corrupción desbordada, es el producto de ejecutar roles individuales en la sociedad, tomándolos como medios  para lograr fines de beneficio inmediato, sin estimar ni por un momento  las consecuencias, más allá del propio interés personal temporal actual.

Una cosa es hacer, obtener o realizar algo,  y otra muy diferente sentir con intensidad que  lo que se hace trasciende el mero beneficio personal, cual es lo que le da la condición de patrocinio familiar, colectivo o social.

 Cuando el ser humano otorga importancia trascendental a sentir lo que hace, desde sus realizaciones más nimias hasta las más importantes, orienta cada uno de sus actos a lograr objetivos más allá de la satisfacción de sus necesidades personales.

 El padre-esposo o madre-esposa  que orientan y guían sus hijos hacia una vida sana y buena, sintiendo la importancia de ser padre, que involucra amor, responsabilidad, respeto, comprensión y ejemplo, sin duda realizarán una mejor labor que aquellos que ejecuten su rol como un deber u obligación sin trascendencia especial.

 En el mismo sentido, el profesional, trabajador o líder en cualquier actividad, será más exitoso y su resultado abarcará un mayor espectro, en la medida en que sienta que su rol es fundamental, no sólo para su bienestar y felicidad sino para el conglomerado social o causa a la cual sirve.

 La importancia de sentir lo que se hace es similar a gustar de lo que se hace, en vez de hacer lo que se gusta. Porque cuando se siente como bueno, importante o trascendente lo que uno hace, pone en ello lo mejor de sí, pero también lo disfruta con mayor intensidad.

 No tengo duda que las parejas consolidadas y felices -que construyen familias igualmente felices- así como los profesionales, trabajadores y líderes de cualquier actividad en la sociedad que logran el éxito integral (físico-espiritual), pudieron alcanzarlo porque pusieron lo mejor de sí en su empeño, precisamente porque sintieron que su rol y realizaciones  era muy importante no sólo para ellos individualmente sino para los demás.

 Usted puede conformar una familia y obtener riquezas, fama,  títulos, honores y poder, pero si mantiene la sensación de que le falta algo que no alcanza a lograr determinar, pero que produce en su alma un vacío vivencial, pudiera deberse a que no sintió la  verdadera importancia de lo que hizo, en todas y cada una de sus etapas.

 Sentir lo que se hace nos permite vivirlo. No importa si se logra o no, lo importante es sentir que lo hacemos, que lo estamos intentando, que somos diligentes, que tenemos fe en nosotros mismos y en el poder que heredamos de Dios: que vivimos una vida plena, bella y llena de oportunidades.

Si en algunas circunstancias, dentro de lo razonable, el fin justifica los medios, no menos cierto es que en oportunidades, pueden ser más importantes los medios a utilizar, que el fin que se busca. Al fin y al cabo, los medios pueden ser muchos, en cambio el fin, generalmente, es uno. Si siento que disfruto los medios que pueden ser muchos, y por tanto me van a producir un alto volumen de satisfacción, pudiera ser que el fin, que es uno solo, careciere de mayor importancia.

Todo los días, con profunda tristeza y hasta cierto punto  con frustración,  tengo que presenciar y soportar esa manga de inútiles, desentendidos, ineficientes y desprevenidos habitantes de esta aldea global, que conforman un porcentaje bastante elevado, quienes realizan sus roles sin sentir su importancia, y como consecuencia, sufro de los mil inconvenientes que ello me produce personalmente, así como al conglomerado social.

 Como soy un convencido de lo temporal de mi vida terrenal, no hago nada que no sienta que me entusiasma, o en lo cual sea muy importante poner lo mejor de mí. Pienso que todas nuestras actividades representan un aspecto bipolar: lo bueno y lo malo que existe en cada cosa. Por eso extraigo de ellas esa parte buena que todas tienen, o que se les puede crear,  y me aferro para obligarme a sentir que vale la pena vivir la experiencia, convirtiéndola en un agradable reto para demostrar que sí se puede.

  Es que cuando siento lo que hago me involucro por entero; lo vivo intensamente; de alguna manera, me lo juego todo, y hasta hoy, normalmente he ganado; al menos en lo que considero importante y trascendente, porque va más allá de mi propio beneficio personal.

  Así que, los invito a priorizar el sentir más que el obtener, porque lograr algo sin sentirlo, es perder la oportunidad de vivir el proceso de lograrlo, lo cual, al menos por mi mentalidad,  hasta cierto punto sibarita, sería realmente… un desperdicio.

No es fácil tratar  sin  herir susceptibilidades,  algunos temas sobre los cuales desde nuestra más tierna edad nos han atosigado con paradigmas  y consejas erradas, que en nada nos benefician, pero que se hacen parte de nuestra cultura para fortalecer esa maquiavélica creación mental que es el temor. La muerte es uno de ellos, que como figura máxima del terror, en mi condición de consejero familiar, permanentemente tengo que lidiar.

 Cuando el ser humano no encuentra una explicación para un fenómeno, como mecanismo de defensa, lo rodea de misterio, mitos, interrogantes y… miedo; en el caso de la muerte, adiciona el terror.  Con esa idea, a la muerte se le ha creado la imagen de la parca, enfundada en un manto negro, con una calavera por cara y con una gigantesca hoz, errabunda por el mundo en busca de la mayor cantidad de pescuezos posibles, para segarlos sin ninguna compasión.

 De tal manera y para uso colectivo, sin distinción de edades, el hombre ex profeso y como si no existieran suficientes circunstancias atemorizantes, ha creado esa imagen terrorífica para representar el evento más seguro para todo ser humano y del cual nadie conoce nada, que no sea el que dejamos de respirar y nos ponemos a distancia de todo tipo de problemas: especialmente de las deudas y la maledicencia, porque a nadie se le ocurre ir a cobrarle a un muerto, pero también cuando alguien muere todos dicen -casi siempre sin creerlo – «Tan bueno que era.» Tal estará generalizada esta conducta, que al cementerio le llaman «La casa de los buenos.»

 Pero… ¿Qué es la muerte?

 En mi criterio, como fenómeno físico es la cesación de todo tipo de actividad del cuerpo, que inicia el proceso de incorporación a la tierra,  de todos sus elementos integrantes. Algo así como lo que sucede con un aparato eléctrico o electrónico, cuando lo desconectan de la energía. Simplemente, ya no funciona más.

 Desde el punto de vista espiritual, pienso que nuestra alma termina su estadía en esta tierra dentro del cuerpo que se queda aquí, y en ese viaje de ascenso espiritual eterno, regresa a donde vino.

 Cuando morimos sucede igual que cuando dormimos; no estamos conscientes de nada de lo que nos sucede alrededor, y por cierto es una sensación muy agradable. Será por eso que nadie se atemoriza por dormir, porque a nadie se le ocurrió decirnos desde niños que si nos dormíamos, pudiera ser que nunca más nos levantáramos, porque si tal hubieren hecho, el sueño nos aterrorizaría igual que la muerte.

 El temor a la muerte es psicológico, netamente mental como todos los temores creados por el hombre, sin conocer la intención y sin ningún beneficio.

 La realidad es que la muerte física no es más que un evento futuro e incierto, el cual sabemos que llegará pero no dónde,  cuándo ni cómo, y por supuesto, qué se siente al producirse.

 En mi caso, aunque amo mi existencia y me transo por cien años de vida, ni siquiera creo que deba prepararme para recibir la muerte, por que no tengo duda que, como el nacimiento, no me voy a enterar cuando suceda. Como mi convicción espiritual es eterna, sé que durante mi periplo por este planeta debo cumplir una misión que desconozco, de la cual forma parte todo lo que hago diariamente, pero que acepto feliz como la voluntad de Dios.

 En vez de perder mi tiempo preocupándome por la muerte, me ocupo de vivir lo más feliz e intensamente cada instante de mi existencia, con ansia de disfrute, con fruición, con deleite, como si me faltaran segundos para morir. Por eso no desperdicio mi tiempo pensando en cosas que no tienen solución, menos si las representan con una señora tan fea.

 Por eso amo a las personas de mi entorno íntimo, se los digo y demuestro a cada momento. Acepto a mis demás hermanos humanos como son, en su interesantísima diversidad y con su  personalidad individual; les acompaño y trato de compartir, en lo posible, también su vida. Disfruto de los alimentos, del descanso, de la diversión, del estudio, del trabajo y de… otras cuántas cosas más.

 Estoy demasiado ocupado procurándome felicidad,  para pensar en cosas tan poco interesantes y productivas como la muerte. Eso se lo dejo a las casas funerarias y los sepultureros, que son quienes viven de sus efectos.

 El razonamiento lógico es que los seres humanos tememos a lo que conocemos, que nos perjudica, o que estimamos que de alguna manera nos hace daño. Por eso es ilógico que temamos a la muerte, porque de ella no conocemos nada que nos pueda hacer daño. Por el contrario, nos encanta dormir y morir… es como dormir.

 Por cierto, hoy es mi cumpleaños número sesenta y seis. Seguramente me tienen preparada una torta y un brindis con cantos, abrazos y buenos deseos, precisamente, porque me falta un año menos para… morirme. 

 

Para y por todas las madres del mundo en su día.

Hoy no es un día cualquiera. No podría serlo. La mañana se siente brillante, cálida, clara, llena de sol de primavera y atemperada por una brisa que viene de no se donde, acaricia nuestra cara, recordándonos que en algún sitio, en un recodo del camino, más allá o más acá, o más allá… del más allá, la madre siempre espera.

Hoy no celebramos qué o por qué vinimos a este mundo, sino cómo y por quién nacimos; porque una planta nace como un evento aleatorio, cuando una de muchas semillas que trajo el viento, que no se perdió en el espacio, germina en cualquier sitio de la tierra, por la sola condición natural y sin ningún cuidado especial. Del mismo modo, un animal irracional nace como producto de un acto natural instintivo por el coito de un macho y una hembra de su especie, sin ninguna motivación que no sea la de reproducirse ni sentimiento trascendente, porque la misma naturaleza dispuso todo para su subsistencia.

Pero los seres humanos nacemos indefensos y como etapa final de un proceso imbuido de los más puros y hermosos sentimientos. Nuestro proyecto de vida se inicia por el amor, se nos concibe en un acto de sublime amor, se nos mantiene nueve meses en el vientre con amor, nacemos dentro del mismo amor, por amor vivimos todos nuestros días, y con amor nos recibe Dios cuando cumplida nuestra misión sobre esta tierra, emprendemos el viaje del… regreso.

Hoy celebramos el amor, el máximo, ese que nace como un pedazo de una mujer maravillosa que se hace madre, cuyo papel no termina ni siquiera con su muerte, porque somos una parte de ella, físicamente muy importante, pero espiritualmente somos su esencia y continuamos con ella, o quizás, ella continúa con nosotros… por siempre.

Las madres son el lago y los hijos el agua que retoza en el vaivén de las olas, reflejados siempre en el espejo de su propia imagen. Es una unión simbiótica sin tiempo ni espacio. Sin dimensiones conocidas. Siempre existente.

Las madres nunca se van, no pueden irse, porque no es posible que una mano o alguna otra parte del cuerpo pueda vivir separada de el. La madre y los hijos somos un espíritu y partes de un mismo cuerpo. Por eso están aquí, allá y… más allá por siempre. Quienes no las tenemos físicamente, sabemos que las tenemos con nosotros porque las vivimos en el espíritu en esa otra dimensión desconocida, pero existente.

Todos tenemos madre. La vivimos, la sentimos, la respiramos; son esa parte del mundo que no se agota, que no se corrompe, que no conoce fin en el amor ni el sacrificio; que ama con el corazón dentro y las tripas afuera, más allá de su propia capacidad, del tiempo, del espacio y de la vida terrenal.

Las madres viven por siempre. Se mimetizan en el tiempo y en las estaciones. Reflejan en la mirada de los niños, en la lozanía de las flores en las mañanas brillantes de primavera, en las mojadas noches de invierno, en la caída de las hojas en las grises tardes del otoño y en el ardiente sol del verano.

Las madres son eternas como eterna es nuestra alma. Son privilegiadas y consentidas de Dios, porque son inolvidables. No importa cual sea nuestra obra, seguramente seremos olvidados en poco tiempo, pero las madres no. Desde que nacemos las amamos y cuando morimos nos las llevamos en el recuerdo. Simplemente, son inolvidables y nos marcan con su seña de amor, por siempre.

Las madres son tan bellas que rompen los esquemas de la moda y la concepción individual de la belleza. Todas son bellas. No importa sin son jóvenes, maduras o ancianas. Su dulzura y ternura, desvían las etiquetas o paradigmas sobre la belleza: todas son tan bellas. Igual la blanca, que la negra, que la asiática, que la india. Todas son tiernas, dulces y… bellas.

Basta mirar una mujer con un niño de la mano o en los brazos, para que toda la ternura del mundo invada nuestra alma. Es el paso del amor que arrulla la vida. Es la esperanza que dice: aún estoy aquí. Es el ayer que se hace hoy para decir hasta… siempre. Es Dios diciéndonos que todavía está con nosotros.

Hoy es día de júbilo, de alegría, de risas y canciones, porque las madres están aquí. Todas están aquí a nuestro lado. No importa si algunos no las vemos, pero están aquí. Siempre lo han estado. Nunca se han ido. No pueden irse. No pueden dejar lo que tanto aman. No pueden separarse de sí mismas. No es posible.

No caben hoy las lágrimas ni los ingratos recuerdos. No sería justo. Sería como aceptar que algunas ya no están porque son pasajeras, que no son eternas y eso no es cierto. Nuestras madres viven con nosotros desde antes de nacer y continúan toda la vida, y… luego de esta vida. Igual la de Jesús que la de Judas. Igual la del pobre que la del rico. La del alegre que la del afligido. La del enfermo que la del sano. La del preso que la del hombre libre. La del niño que la del Anciano. Todas vinieron para quedarse y acompañarnos…por siempre.

Las madres son excepcionales porque son como los árboles y nosotros su fruto. No hay fruto sin árbol, pero si pueden haber árboles sin fruto. De hecho todas las mujeres son madres, aunque nunca lleguen a tener hijos. Nacen madres y se mueren madres.

Amo a las mujeres como la representación de la belleza de Dios sobre la tierra. Tengo un especial respeto por ellas; más que por el automático respeto que me genera mi amor pasional por las que amo, porque en cada una de ellas veo una madre. Mi esposa, mis hijas, mis nietas y mis amigas. Todas, independiente de su edad o condiciones personales, las veo como madres y eso me hace amarlas, respetarlas y considerarlas aún más.

Por todo esto hoy, en este excelso día de las madres, en medio de sonrisas, música, regalos y muestras de ternura, quiero decirle a todas: GRACIAS, gracias por haber nacido mujeres, por haberme escogido en miles de millones de almas para traerme a este mundo; por hacerme su hijo; por haberme permitido sentir mi primer amor y contagiarme de el por siempre; por haber sido la fuente de esa ternura que me hace tan feliz; por haberme permitido conocer algo más que la sensación pasional de poseer, siempre esperando una respuesta. Por haberme enseñado que Dios existe y que somos uno con Él. Por haber imbuido en lo más profundo de mí ser los valores de la verdad que nos hace libres; el amor al prójimo, la aceptación de mis hermanos con su propia individualidad; la sensibilidad humana y la libertad, que me permiten parecerme un poco a ustedes y acercarme a Dios.

Pido en este día a mi Padre Celestial, una especial bendición para todas las mujeres por ser madres; y a las madres por ser súper mujeres. Pido que siempre, en todo momento, los hijos recordemos cuando no podíamos cruzar la calle y ella nos llevaba de la mano, porque pudiera que ahora, en los años de su vejez, en algunos casos, nosotros tengamos que hacer lo mismo por ellas, y eso realmente es.. un privilegio.

«¿DESARROLLO POR EL HOMBRE O PARA EL HOMBRE?»

El fin verdadero  del desarrollo mundial actual, sus paradigmas, algunas veces, en cuanto se refieren a la máxima aspiración humana, la felicidad personal y colectiva, su sentido real, pareciera que se nos escapa de las manos, o al menos nos hace percibir… desubicados.

¿De qué sirven los aviones a turbina que nos permiten llegar de Caracas a París en una o dos horas menos, o un tren a trescientos cincuenta kilómetros por hora, la nanotecnologìa y la cuántica, si ochocientos cincuenta millones de seres humanos se mueren de hambre, y personalmente esa economía de tiempo no nos aporta mayor alegría, satisfacción, amor o felicidad?

¿Cuál es el beneficio objetivo para una persona de disponer de poder, fama, bienes y riquezas de todo género,  si en el camino para lograrlo dejó lo mejor de sí, pero también por causa de su obsesión en alcanzarlos descuidó sus seres queridos, amigos y cuando logra  sus ambiciones, ya no tiene con quien compartirlos, al menos con aquellos a quienes realmente ama?

Parangonando nuestra existencia con la vigilia y el dormir: ¿No es acaso intrascendente el tamaño o confort de la cama si no se puede conciliar el sueño?

Y lo que es más importante: ¿Puede toda la riqueza, fama, o poder que se acumule suministrar siquiera un día más de vida?

En fin, como ser  humano…¿De qué me sirve un desarrollo orientado a la generación de riqueza, la  fama y poder, si en la vía de su consecución pierdo mi tranquilidad, muchas veces parcialmente mi salud, mi maravilloso mundo de las cosas sencillas y violento mi espiritualidad?

Porque obtener riqueza, fama o poder, requiere una dedicación completa, y a veces excesiva, en esa competencia multitudinaria por ver quien se agota primero, pierde más rápido el pelo, gana más arrugas, baja su líbido, aumenta su estrés o se gana un infarto, a cambio del éxito.

Tal consideración me lleva a reflexionar sobre quién será más feliz: ¿Aquél que se embarca en ese desarrollo agotador y angustiante, para lograr prever, más que satisfacer sus necesidades materiales por encima de las espirituales -que en nada dependen de la riqueza, el poder o la fama- o el que poniendo como fundamento de su vida su tranquilidad espiritual, considera los logros materiales como algo conveniente pero adicional a su satisfacción interna?

Nuestra conformación físico-espiritual nos exige satisfacer esas dos entidades para lograr la plenitud. Si conocemos que esos requerimientos físicos son  limitados y posibles de lograr sin grandes esfuerzos, así como que nuestras  necesidades espirituales, que son las más difíciles de satisfacer, dependen de cómo manejemos nuestro estado e ánimo ¿Porqué dejar parte de la vida en el camino -comúnmente los mejores años- en la búsqueda desesperada de cosas que no son fundamentales para nuestra felicidad integral?

Son la intranquilidad, angustia, insatisfacción y estrés, la mayor fuente de las dolencias físicas y espirituales, que dañan la vida del ser humano.

Entre lo conveniente y lo inconveniente, apropiado o indeseable, mejor o peor, la diferencia puede estar en el equilibrio de nuestras actuaciones cotidianas, que no es posible lograr sin un mínimo de  tranquilidad físico-espiritual, muy difícil de disponer cuando perdemos la perspectiva de nuestra realidad vital, cual es sin duda, la de transcurrir nuestra corta existencia en paz con nosotros mismos y con nuestros hermanos humanos, en función de la mayor utilidad posible; para lo cual el mejor aporte es el de contribuir con la felicidad de las personas, lo que es imposible si nosotros mismos no somos felices.

Cien mil personas murieron hace setenta y dos horas por causa del Ciclón en Birmania, sin que nadie pudiera hacer nada por ellas. ¿Porqué y para qué? No nos está dado saberlo. Mas, de lo que sí estamos seguros es de que la muerte, que no escoge ni pregunta quien es rico, famoso o poderoso, para considerar llevárselo o dejarlo, así  como el nacimiento, tampoco tiene que ver con clases sociales, estatus o entidad.

Desde mi punto de vista, lo más importante para nuestra vida, es vivir intensamente cada uno de los momentos de nuestra existencia. No es trascendente cuanto tiempo vamos a vivir, sino como nos sentimos viviendo y disfrutando esta, la mayor bendición de Dios para sus hijos.

Como igual muere el sabio que el ignorante, el rico que el pobre, el poderoso que el desvalido, la diferencia estaría en cuanto se ha disfrutado, engrandecido a nuestros semejantes y avanzado en el crecimiento espiritual, que trascenderá esta vida física para acercarnos a nuestro destino final. Todas nuestras riquezas, fama o poder, aquí se quedarán, porque nada podremos llevarnos.

Como consecuencia de tales realidades, de aquellos desventurados que murieron por el ciclón, quienes hubieren dedicado sus mejores años a lograr riquezas, poder o fama, sacrificando su tiempo, su crecimiento espiritual, descanso, familia y plenitud, perdieron la vida igual que quienes sí vivieron intensamente cada minuto de su vida, descansaron, engrandecieron, compartieron tiempo y amor con sus seres queridos;  siendo que la diferencia lo fue que los últimos disfrutaron la vida, mientras que los primeros sacrificaron lo seguro por un supuesto futuro incierto, que nunca llegó para ellos.

Quizás sea un buen momento para meditar y reflexionar sobre la enseñanza de Jesús de Nazaret, cuando sentenció: «El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga.

«SI MANTENEMOS ELEVADO EL ESPIRITU, LO COMPLEJO PUEDE HACERSE SIMPLE.»

Algunas realidades que no se pueden obviar porque son parte de nuestra vida diaria en este mundo globalizado, hacen muy difícil, sino imposible, mantener una vida simple, como sí la disfrutaron nuestros ancestros.

En ese mundo mayormente prosumista, no tenía mucho de complejo pastorear los animales, cuyo alimento lo producía la tierra en abundancia y por el cual no se requería erogar ningún recurso económico. Tampoco debía pagarse ningún salario  a los miembros de una  familia troncal que realizaban las labores del campo, siendo que los restantes alimentos eran igualmente producidos  en  el predio o huerto familiar, de cuyo producto participaban conforme a su propia necesidad.

Desde curar un catarro hasta atender un parto, pasando por entablillar una fractura o sobar una falseadura,  eran actividades que alguien de la familia o algún vecino realizaban de la manera más natural, como algo común, corriente y sin más costo que el agradecimiento y la ratificación de reciprocidad solidaria, o consuetudinario respeto reverencial de ahijado.

El hombre conocía,  pero no consideraba indispensables para subsistir, servicios especiales como energía eléctrica, alumbrado o sistemas de tuberías para suplirse del agua potable. La leña, el carbón, kerosene, carburo o las velas le suministraban lo necesario y el agua de la mejor calidad se encontraba en los manantiales y en los pozos artesianos.

De tal modo, las pocas necesidades para la subsistencia cotidiana que no podía cubrir la producción hogareña o suministrar la naturaleza, normalmente eran logradas y compensadas sobre la base del trueque por productos o trabajo, ayuda de la comunidad, o a precios al alcance de todos que cómodamente podían cubrir las familias, tan bajos que hoy parecerían ridículos.

En las escuelas de niños y párvulos, su única solicitud era la asistencia de los alumnos. Los padres no requerían erogar cantidades dinerarias para la educación básica de sus hijos. Entre otras particularidades, porque por aquellos tiempos no se estilaban las múltiples contribuciones para el cumpleaños de la maestra;  el día de la bandera, del deporte, de la  madre, del padre, del árbol,  de la alimentación, del ambiente, de la tierra, del mundo, de la libertad, del niño, de la mujer, de la mascota y… pare de contar, que convierten tales celebraciones en una fuente de estrés para las familias de pocos recursos, que constituyen la mayoría.

En las Ciudades, las personas se trasladaban a su trabajo en medios de transporte muy simples y económicos, cuando no a pie, porque en esos tiempos la gente gustaba y podía caminar por las calles, sin miedo a ser atropellados por bólidos a alta velocidad, motocicletas que ensordecen,  empujados por los buhoneros que invaden las aceras, o asaltados por los delincuentes que han hecho de las calles su predio privado.

Dada esa vida tan simple, no se requerían celulares, faxes, ni computadores. Como la delincuencia no estaba institucionalizada sino que era excepcional, tampoco eran necesarios vigilantes privados, guarda espaldas o vehículos blindados, salvo aquellos obligatorios para los mandatarios, o uno que otro ricachón que gustara y pudiera pagarse tales aspavientos. Como la televisión era muy incipiente, el consumismo, la violencia indiscriminada,  la vanidad exagerada y la promoción a los anti valores no había encontrado, como hoy, un camino tan expedito y provechoso para su aumento exponencial, en contra del exiguo presupuesto, tranquilidad y solidez familiar.

Pero, todo eso quedó en el pasado. En el mundo nuevo que nos toca vivir, asiento de los mismos seres humanos de todas las épocas, ni mejor ni peor que aquel sino diferente, no queda casi nada que se pueda considerar simple, especialmente la actuación personal. La sobre población que aqueja los conglomerados urbanos, especialmente nutridos por la migración recibida de los sectores rurales, la globalización de las comunicaciones y la competencia a muerte por todo, ha globalizado también los problemas, la corrupción, la insensibilidad y la indiferencia afectiva, haciendo la vida del hombre realmente compleja.

Nada puede ser simple hoy porque todos estamos interconectados en todas y cada una de nuestras actuaciones, inclusive en aquellas que parecieran muy personales o elementales, como cantar, estornudar, reír o…toser. El creciente estrés producido por una competencia sin límites en todos los ámbitos de la vida contemporánea, ha hecho a un creciente número de seres humanos irascibles, inquietos, apurados, angustiados, malhumorados, impacientes, desconfiados, negativos y casi… insoportables.

Aquel que saluda afable, sonríe, tararea  una canción, hace un stop en su camino diario  para observar una flor, disfrutar de una fuente, acariciar un niño, o abre la puerta a una dama o un anciano, es mirado como bicho raro, desactualizado, tonto o… anticuado. Pero algo más grave, se expone a una reprimenda o una demanda por ruidos molestos, intervención del orden público, o intromisión en… la privacidad de las personas.

Y es que todo es tan complejo, que no se puede ser integral y actuar conforme se desea, sin correr el riesgo de afectar a alguien en el vecindario, el autobús, el trabajo o la calle,  sin importar si es  el de adelante, detrás o de los lados. La complejidad lo invade todo. Nada es simple ahora, incluido casarse, curarse  una gripe,  comprar un pasaje de autobús, mudarse a otra ciudad o… morirse.

Frente a esta situación cabe preguntarse:

¿Qué podemos hacer para no afectarnos más de la cuenta por tanta complejidad? ¿Es posible aún en un mundo tan  complejo vivir una vida simple?

Frente a la primera pregunta, ciertamente hay mecanismos que podemos utilizar para adaptarnos de la mejor manera posible a un mundo que ya nunca volverá a ser simple. Con respecto a la segunda, claro que siempre, independiente del nivel de complejidad, sí que es posible vivir una vida simple.

Pienso que en ambos casos es un problema de actitud personal. Así, la solución frente a la complejidad es asumirla como una situación normal de estos tiempos que nos corresponde vivir,  y aprender a convivir con ella. Se trata de entender las realidades cotidianas y ponerlas en función de nuestros intereses, buscando hacer esa complejidad lo más sencilla posible para nuestra vida. Al fin y al cabo, está aquí y no podemos desterrarla. Luchar contra ella es hacerlo contra la corriente y eso no es inteligente ni beneficioso de ninguna manera.

El proceso de actuar de forma simple,  o de simplificar las cosas, va a estar en mucho, en nuestra forma de interpretar el tiempo y el espacio en el entorno donde hacemos nuestra vida diaria. Tenemos que jugar con lo que conocemos y tenemos, que por cierto no son más que personas, cuyas actuaciones se derivan, en su gran mayoría, de nuestra propia actuación personal frente a ellos.

Si estamos claros con lo que queremos hacer de nuestra vida, independiente de la complejidad que involucren los tiempos actuales, la satisfacción de nuestras necesidades fundamentales, físicas y espirituales, es realmente limitado y no muy difícil de alcanzar. Fuimos dotados de suficiente intelecto para hacer de lo complejo, simple, al menos con respecto a nuestras necesidades vivenciales.

Dios, el amor, el respeto, la verdad, la solidaridad, la aceptación, la generosidad y la ternura, fundamentales para una vida feliz, sin excepción aunque trascendentes son muy simples. Nacen, se desarrollan y viven dentro de nosotros mismos. En consecuencia, el nivel de complejidad que le otorguemos, es algo que nosotros mismos y nadie más decide. El mundo externo escasamente nos suministra elementos para sobrevivir físicamente, y al  menos hasta  hoy,  los indispensables se encuentran hasta en el último rincón del planeta.

Por tanto, si somos capaces de manejar los recursos internos que alimentan nuestra espiritualidad, en contacto con Dios y fuente de nuestra intelectualidad, lo demás, como lo enseñara Jesús de Nazaret «… vendrá por añadidura.», e independiente de su complejidad,  no es lo fundamental; y eso, ciertamente, es bastante… simple.

No voy a escribir sobre algo de lo que con anterioridad no se haya escrito mucho; que esté lejano por llegar o inmediato en el devenir de nuestras vidas; sino sobre situaciones que, para nuestra sorpresa nos afectan a todos en casi todo lo que hacemos, pero que no comprendemos bien, o que, en algunos casos nos cuesta entender.

Se trata de que sentimos que las cosas empiezan a ponerse de cabeza -al menos para nuestra mentalidad, que es producto de la cultura de nuestra época- o que muchos paradigmas y concepciones que por mucho tiempo consideramos apropiadas, empiezan a dejar de surtir los efectos esperados, y que algunas actuaciones antes muy claras, se enturbian sin una explicación inmediata y racional aparentes.

Los valores tradicionales crujen; los principios tenidos como innegociables comienzan a mostrar fisuras. La sociedad en general, y muy especialmente Instituciones fundamentales para nuestro sistema de vida como el matrimonio, la familia, la escuela, la religión, la justicia, la amistad, la política y la asociación empresarial, se ven sacudidas por una oleada de acontecimientos que generan inquietud, observación, análisis, contestación; interrogantes que se quedan sin respuesta clara.

En el concierto mundial, al tiempo que se acepta la realidad del recalentamiento global, el consecuente y preocupante deshielo, sin asumirlo plenamente; el descenso de las religiones tradicionales y el ascenso de otras nuevas, o rezagadas; el crack de la familia tradicional y el ocaso del matrimonio como base de la familia; el descenso y casi desaparición de las ideologías de izquierda y de derecha; el abandono de los pensum de educación tradicionales en las escuelas; el ambiente se carga con aires de cambio en la política, sistema económico y de poder, produciendo desasosiego y desconcierto en los grandes conglomerados humanos, que como en toda época, temen cambios que les enfrenten a lo desconocido.

En los cenáculos del conocimiento académico de las Ciencias Sociales, psicólogos, sociólogos, trabajadores sociales, economistas y estudiosos de la gerencia pública y social, también se hacen preguntas sin respuestas satisfactorias; las recomendaciones, programas, fórmulas, políticas, técnicas y aplicaciones que tradicionalmente surtieron efecto, ahora se hacen demoradas, inoperantes, difíciles e ineficientes.

En el ambiente general, se advierte el nerviosismo natural que precede a los eventos desconocidos… pero indefectibles. De alguna manera, es la misma sensación que se observa en las especies irracionales más primitivas, aún existentes sobre el Globo, previo a los movimientos telúricos o las grandes catástrofes naturales.

Una manifestación progresiva de insatisfacción de las mayorías, que se sienten desasistidas e inermes frente a los grupos económicos y políticos que manejan el poder, son doblegados en su voluntad mediante sofisticados mecanismos publicitarios de toda índole, precipitándolos en una carrera de consumismo histérico, alejado de toda racionalidad que afecta todas las áreas de su vida cotidiana.

Por otra parte, dirigentes frustrados, nostálgicos, descalificados, insensibles y corruptos, en todas las latitudes del mundo disfrutan, sin ningún recato, haciendo uso personal de los recursos previstos para cubrir las necesidades más ingente de los millones de perturbados ciudadanos, que en el paroxismo de su propia desubicación, no atinan a determinar el por qué de su impotencia para impedirlo.

Pero el ciudadano común, presiente o intuye que el problema no es coyuntural, por lo cual requiere una urgente revisión de los modelos económico-sociales en sus fundamentos y estructura, porque igualmente en países pobres como ricos, industrializados o en vías de desarrollo, con diferentes variables, los factores fijos se mantienen en el mismo orden: pobreza, exclusión, falta de oportunidades, violencia creciente, injusta redistribución de la riqueza; y como consecuencia inmediata, frustración colectiva, insensibilidad a todos los niveles, personalismo, cortoplacismo y… terrorismo.

También las clases dominantes -beneficiarios del stablishment– observan preocupados los acontecimientos y comienzan a prever problemas a corto y mediano plazo, pero como en el caso de los oprimidos, tampoco entienden bien de que se trata, no comprenden que está fallando, donde está el fondo del problema y no atinan en preparar una estrategia frente a algo que no conocen bien. Por eso prefieren hacerse los desentendidos y esperar a ver que pasa, pero sin poder evitarlo un frío penetrante recorre su espina dorsal: es el terror a los cambios que pudieran producirse en el sistema, lesionando, disminuyendo o acabando con sus groseros privilegios.

Por su parte, los millones de personas gravemente afectadas y de muchas formas excluidas e ignoradas de siempre por el sistema actual, quienes hasta ahora se habían conformado con los rezagos que dejaran las clases dominantes, por primera vez tienen acceso a medios informáticos como Internet, donde reciben información global actualizada, escrita, gráfica y verbal por menos de un dólar la hora, sienten que es tiempo de hacer algo y comienzan a presionar desde los sindicatos, las asociaciones de desempleados, partidos políticos, asociaciones comunales, de vecinos, de amas de casa, comunidades estudiantiles y profesionales, por cambios que les otorguen mayor participación y protagonismo.

La superposición y amalgamamiento de esos factores de desestabilización son la causa principal del progresivo estrés global, que de Norte a Sur y de Este a Oeste aqueja a los habitantes de nuestro mundo, que los perturba y llena de angustia en su sentido real: temor e impresión ante un peligro desconocido.

No se trata de endilgarle los problemas a movimientos o estrategias políticas de izquierda o de derecha. No, no es así. Todo eso es parte de una historia que tiende a desaparecer. Los pocos vestigios de esas tendencias políticas que aun sobreviven, irremediablemente están llamados a desaparecer. Las corrientes exitosas del pensamiento político actual tienden hacia posiciones centristas, o por lo menos, no radicales de izquierda ni de derecha.

El pensamiento político tradicional y las tendencias fundamentalistas no se compadecen con los nuevos tiempos; tratan de sobrevivir y luchan por ello, pero al final, desaparecerán. El hombre tiene derecho a una vida más justa y más temprano que tarde logrará alcanzarla. La edad de nuestro mundo se mide por milenios. Todavía hay mucho tiempo por delante. El hombre heredó de Dios la inteligencia con la cual ha superado ya muchas catástrofes y está listo para enfrentar nuevas.

Se trata de que se avecinan nuevos tiempos, que de alguna manera ya están aquí. Es posible que ya estemos presenciando la gravidez de una nueva era, y los partos, aunque auguran nueva vida, siempre han sido dolorosos. Pudiera ser que ya no estemos por aquí para la oportunidad del alumbramiento, pero el nacimiento se dará: habrá un nuevo mundo, más justo y bueno para la vida de todos los hombres. Es un problema de tiempo, pero juega a favor de la humanidad.

En todas las épocas, una parte de los seres humanos apoyó el mantenimiento del status quo; se trataba de quienes disfrutaban de los privilegios. Pero otra parte, abundante, adolorida, oprimida y paciente, presionó y esperó por los acontecimientos que derivarían de su actuación y siempre, independiente de en cuanto tiempo, se dieron y se produjeron los cambios.

Esta vez no será diferente. Más tarde o más temprano las cosas cambiarán. Nuevos modelos económicos y sociales refrescarán la vida de los hombres. Se trata más que de una conveniencia, de una necesidad colectiva, porque de no imponerse un nuevo orden, aún desconocido pero más justo, que permita mayor acceso a la riqueza y los recursos a todos y no a unos pocos; que ponga la vida y el bienestar del ser humano como prioridad fundamental, frente a los anti valores como la riqueza mal habida, el consumismo, la competencia imperfecta, la perversa utilización del sexo como mercancía o medio publicitario, el personalismo y cortoplacismo, simplemente el mundo se hará insufrible y sin incentivos para una vida feliz.

En ese proceso de cambios que se avecina, corresponde revisar conceptos, repensar y reinventar nuestra forma de interpretar la vida; inclusive desde el punto de vista filosófico, tendiente a determinar si la concebimos como un fin en si misma, o como un medio de algo más.

Se va a requerir mucha sinceridad y más desprendimiento personal en pro del beneficio colectivo. En esa nueva sociedad lo más importante deberá ser el ser humano en su conjunto, pero respetando la sagrada individualidad. El personalismo exacerbado dará paso a un tipo de colectivismo, donde el individuo al servir a los intereses del grupo, sirve a su propio interés, de tal manera que de la prosperidad del grupo derive su propia prosperidad, y en el cual pueda convivir holgadamente, el respeto por la individualidad de la persona humana con los intereses del grupo social.

Para quienes tenemos más de cincuenta años, todo empieza a hacerse demasiado nuevo y a veces difícil de digerir. Eso es natural, no tiene nada de extraordinario, ni debe atemorizarnos. Siempre fue así. De alguna manera, el devenir de los cambios en nuestro mundo es cíclico, pero en todos los procesos, unos trataron de detener el desarrollo de los acontecimientos, mientras otros lucharon y se aferraron a el como su única esperanza. Al final, dada la edad del mundo, los últimos vencieron a los primeros y los cambios se dieron.

Por eso tenemos que aquietarnos; tomarnos un tiempo para pensar, para meditar. Requerimos de manera individual, pero muy sincera y desprejuiciada, hacernos una composición de lugar; mirar hacia atrás sin hacer caso de los fantasmas del pasado, que sólo existen en nuestra mente, para felicitarnos por haber vivido una vida, que aún en su peor condición, ha sido buena.

Vivir el hoy sin mayores preocupaciones por lo que vendrá mañana, porque esa es la parte de la vida que, de alguna manera, podemos controlar y nos corresponde por entero. Ciertamente, nadie puede hacernos mejor o peor este eterno presente. Siempre será producto de nuestra concepción de la vida y de las cosas, de nuestras actuaciones, del color del cristal con que miremos los acontecimientos que nos afecten y la trascendencia que les otorguemos.

Para quienes crean en la existencia del futuro, se trata de algo absolutamente incierto y que, en casi su totalidad, escapa de nuestro control. Pero, si algo puede hacerse por el es ocuparse -que no preocuparse- de hacer las cosas bien… hoy. Nada más se puede aportar a favor de un tiempo que ni siquiera sabemos si llegará… para nosotros.

Pienso que un análisis serio y desprejuiciado sobre estas especulaciones, fundamentado en la concepción de que somos espíritus viviendo experiencias físicas y no lo contrario; que heredamos de Dios la razón e inmortalidad del alma, debería disminuir o evitar esa angustia colectiva que produce el creciente estrés, que aqueja al ser humano de hoy, convertido en fuente de enfermedades físicas y mentales.

Al menos en mi caso, no solicité que me trajeran a este mundo, ni tampoco establecí condiciones de tiempo y espacio para vivir mi vida. Simplemente, me siento con vocación para una vida confortable, donde el amor a Dios y mis semejantes guíen mis pasos, lo cual por cierto es el mayor reservorio para la felicidad que todos los días disfruto, en esta vida que me he impuesto, no de años, sino de períodos de veinticuatro horas y que me ha dado un extraordinario resultado.

Hemos recibido mucho y mucho debemos dar. También hemos luchado duro para hacernos una vida, conforme a nuestra diligencia, optimismo, confianza y óptica personal. El resultado ha sido conforme al esfuerzo e inteligencia que le hemos puesto, por eso no podemos quejarnos ni considerar que somos especiales. Somos hijos de Dios, imperfectos pero con ambición de perfectibilidad y hacia ella debemos encaminarnos.

Recibamos los acontecimientos sin grandes aprehensiones y como realmente son, producto de una época extraordinaria por su condición de transición de una era a otra. Quienes nacimos antes del año dos mil y aún nos mantenemos con vida, representamos una generación de personas especiales y sumamente privilegiadas, porque conocimos dos siglos y dos milenios, y esa especialísima situación vivencial, únicamente se da cada mil años.

Les invito a pensar, meditar, reflexionar sobre todos y cada uno de los acontecimientos globales y de cómo afecta nuestra individualidad. Pero con tranquilidad, con sinceridad, sin sobresaltos ni permitir malos presagios; con fe en Dios y en nosotros mismos; con esperanza en un mundo mejor, para nosotros y para las nuevas generaciones, al cual podemos contribuir todos los días, en la medida en que seamos capaces de interpretar los acontecimientos y en vez de angustiarnos, ser felices y dar gracias a Dios por haber vivido una época tan especial, cuando prácticamente hemos sido protagonistas en dos mundos bien diferentes.

Para todos aquellos que desean constituir una pareja feliz.

El Autor.

Treinta y ocho años se dicen fácilmente, pero vivirlos es diferente; especialmente felices en pareja. Son muchas horas, días, meses y años, caminando el sendero de la vida; tropezando aquí y allá, convirtiendo lágrimas en sonrisas, levantándose, sacudiendo la ropa y avanzando, siempre hacia adelante.

Se comienzas desde cero en un mundo de proposiciones, sueños e ilusiones, convencido de que eres diferente. Tomas lo mejor de ti y lo pones al lado de esa otra persona que ha decidido embarcarse contigo en tu nuevo proyecto de vida, para iniciar una aventura de dos y para dos.

Los dos saben que el camino es largo, riesgoso, difícil, pero no imposible. Es un reto y debe afrontarse. La juventud y el amor fundamentan el proyecto, el ánimo y el entusiasmo están presentes. Sólo debes mantenerlos permanentemente… vivos.

El premio está al final, pero con buena voluntad, diligencia, ternura, aceptación, comprensión, respeto y entrega, el trecho por recorrer puede ser tan agradable como recibir el premio.

Pero, si desde que inicias el recorrido te haces acompañar de Dios, entonces ya no serán dos, sino tres para lograr la meta. Eso hicimos un día como hoy, cuando tomando nuestros pocos bártulos, abordamos el barco de una vida que, sobre la base de una inquebrantable solidaridad personal, nos prometimos hacer mejor todos los días y… lo logramos.

Realmente fue menos difícil de lo esperado y más agradable de lo previsto. El temor natural a lo desconocido, paulatinamente se convirtió en confianza y fe en nuestra capacidad para dar, aceptar, reconocer, respetar y compartir.

Las voces agoreras que auguraban problemas, como casi siempre, estaban equivocadas. Cupido no estaba solo ni dispuesto a dejar que el tiempo acabara con su magia; abrió sus alas, tiró sus aros y nos arropó en su seno. La suerte estaba echada y nosotros dispuestos a correr todos los riesgos, lo demás era cosa del tiempo, que supimos forzar a nuestro favor.

Hoy hacemos un stop en el camino, miramos hacia atrás y observamos complacidos que valió la pena. Casi media vida de felicidad, cinco bellos hijos, nueve bellos nietos y… muchos años por delante. De alguna manera, logramos probar que en el amor verdadero puede ser como los buenos licores: con el tiempo aumentan su calidad.

No ha decaído el ánimo y seguimos soñando. El amor se ha consolidado y sigue sublime, emocionante y mágico. El idilio se mantiene, el optimismo y la creatividad vencen la praxis de una vida que tiende a la monotonía.

A nuestro derredor muchas cosas han cambiado. La Ciudad ha crecido. Las personas han envejecido, muchas cosas se han hecho herrumbrosas, pero nosotros no: nos sentimos jóvenes, nos mantenemos sobre la ola, nuestro amor se renueva a cada momento, nuestra solidaridad con las personas y nuestro interés por las cosas sigue más vivo que nunca.

Hemos impuesto el amor por encima del temor. El espíritu por encima de la edad. La esperanza por encima del desánimo. La solidaridad por encima de la vanidad. El entusiasmo por la vida por encima del miedo a la muerte. La creatividad, la fantasía y la magia, por encima del hastío y la monotonía. Y todo eso resume el premio gordo: una vida feliz en pareja.