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Mecedes Sosa

Creo que todos los seres humanos, aun en la situación más lamentable e  independiente de cual fuere su circunstancia, estamos obligados a dar GRACIAS A DIOS POR NUESTRA VIDA. Desventuradamente, alabar con una hermosa voz que llegue al alma y estremezca nuestros sentimientos, ciertamente no es fácil. Sin embargo,
Dios nos regala cada cuanto tiempo voces sublimes que enuncian con su voz y apropiada música, eso que nosotros quisiéramos expresar como ellos, pero que solo logramos en nuestros diálogos, que no tienen ni melodía ni música.

Esa hija de San Miguel de Tucumàn (Argentina), Haydee Mercedes Sosa, comúnmente conocida por su público como Mercedes Sosa”; por sus íntimos también como La Negra Sosa y Mecha;  pero que para el mundo es y será siempre La Mamá Grande, La Voz de América,  La Voz de la Tierra, aún hoy después de nueve años de ese infausto mes de octubre de 2009, su muerte, sigue sonando con el mismo ritmo, melodía y sentimiento que anidado en nuestra alma, perdurará por siempre.

Mercedes Sosa es inolvidable porque le cantó a la vida con una voz única. Es que sus melodías acompañaban una letra que uno sentía que ella experimentaba y vivía con su alma; su música despertó un sentimiento universal que sobrepasó  la música y la letra de sus canciones, volando sobre el mundo en alas de sus melodías; pero especialmente sobre el firmamento latinoamericano, en un momento  ensombrecido del Siglo XX, cuando la democracia pedía que además de las armas surgiera algo nuevo que,  en vez de balas llegara a la mente, corazón y sentimiento de nuestra gente, con tal fuerza que superara los sentimientos de odios políticos, sociales y de poder, avalados por los regímenes dictatoriales o personalistas, en pro de los derechos sociales y humanos, tan vapuleados para esos años.

Como era de esperarse, el status quo del momento, precisamente en su país, Argentina, no le iba a perdonar esa poderosa protesta de letra y melodía de sus canciones, por lo cual tuvo que huir y asilarse fuera del Pais; lo cual por cierto, la llevó a recorrer el mundo donde fue acogida en todas partes con amor y solidaridad por esa causa que era de todos, porque como siempre lo hemos asegurado  el respeto por los derechos humanos, la paz y la libertad, son patrimonio común de la humanidad y, en  esta tierra de Dios, siempre ha habido y habrá más gente buena que mala.

 Hoy, yo que he vivido parte de los Siglos XX y XXI, al recordar el noveno aniversario de la muerte de nuestra inolvidable “Mercedes Sosa”,  luego de haber estado activa como cantante desde 1950 hasta 2009, representando el Movimiento del Nuevo Cancionero y siendo una de las exponentes de la Nueva Canción Latinoamericana, representante de quien como lo dijera Facundo Cabral, “Cantante es el que puede y cantor el que debe.”; todos los días me recuerda su voz que tenemos mucho porque dar gracias a la vida,  que a  todos “…nos ha dado tanto.”; porque como ella lo divulgara con respecto a dar gracias a la vida, “el canto de ustedes es mi mismo canto.”

Debo finalizar expresando con la frente erguida y el corazón henchido, que todos quienes aún respiramos y especialmente en mi caso, tenemos que decir a cada momento: GRACIAS A LA VIDA, que nos permite respirar el aire que nos da vida;  mirar la belleza del amanecer, las puestas de sol y las estrellas en la noche;  oler el aroma de la paja mojada y el de las flores; sentir el rose de la mano del niño inocente y del anciano cansado de años, pero ávido de vida; disfrutar de los miles de sabores de esas muchas bendiciones que Dios puso como alimento sobre esta noble tierra; oír la risa de los niños, el ruido del viento, las olas del mar, el trinar de los pájaros;   decir y escuchar la palabra Amor. También doy gracias a la vida, porque tengo un libre albedrío que me  da la posibilidad de hacer lo que me gusta y un estado de ánimo con el cual puedo dar el color  que desee a mi vida. Asimismo debo dar gracias a la vida, por mi bella y amorosa esposa, mis queridos hijos, nietos y bisnietos, así como por mis muchos amigos que hacen mi vida màs placentera; por mis amados padres y algunos de mis hermanos que regresaron al regazo del Padre Celestial, luego de haber estado conmigo muchos años, y que en las noches estrelladas me hacen guiños con los luceros desde el Cielo.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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Avatar de Dr. Amauri Castillo Rincón -MsC

salud-y-bienstar

A mis Setenta y Siete años e independientemente de que –luego de haber estado a punto de morir de la forma más horrible por culpa de los “galenos”– quienes insistieron en usar medicina alopática, tradicional, desagradable, demorada, costosa, difícil de localizar, y con efectos secundarios, quizás peores que la enfermedad supuestamente de cáncer que me aquejaba; venturosamente, gracias a la recia personalidad, el incomparable amor y sentido de protección      de mi esposa hacia mi persona, luego de graves advertencias de los  médicos tratantes y Directores de las cuatro Clínicas Privadas que sucesivamente me “trataron”, frente a la grave advertencia de que lo hacía “Bajo su responsabilidad personal” y luego de hacerla firmar unos cuantos papeles, logró salvarme la vida al llevarme a mi casa, localizar fuera de nuestra localidad, un médico sensible, responsable y ético, quien en menos de una semana, prescindiendo de tales medicamentos y aplicándome…

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amor iyu

Como mis lectores lo conocen, trato los temas de manera coloquial, de forma tal que sea asequible al lector común y corriente que,  sin formación académica específica o especializada, en  un momento dado de su vida, requiriese alguna información sobre conceptos aclaratorios para ampliar su posibilidad de sentirse más conforme consigo mismo y sus actuaciones,  acercándose más a la felicidad –que como ser humano merece- lo cual aumenta mi mayor interés en la consecuencia de tal logro, cual es que como persona feliz, sea fuente de felicidad para sus congéneres. No obstante esta aclaratoria, no puedo dejar de lado las fuentes de algo que siendo la base de lo que aquí trataré,  está imbuido de una gran carga filosófica y no científica, como es EL AMOR; especialmente porque tiene su origen dentro de actuaciones éticas del ser  humano, cuales teóricamente fueron planteadas desde los inicios culturales del hombre por los filósofos antiguos y modernos, amplia y actualizadamente, dentro de conceptos con divergencias y/o diferentes derivaciones, por lo cual en estas reflexiones me referiré únicamente a las que para mí son fundamentales en el planteamiento del tema: la ETICA NATURAL y la ETICA CULTURAL. Considerando la primera como esa conducta originaria de  nuestra naturaleza humana, como los sentidos de supervivencia,  continuación de la especie y defensa natural; y la segunda, sobre la cual idénticamente existe un bagaje literario muy amplio sobre su origen, fundamento y consecuencias, que podría resumirse como ese conjunto de reglas y normas, en la conducta apropiada individual y colectiva, que nos orientan al logro una vida feliz y plena, en lo que hemos dado en denominar los grupos humanos y/o la Sociedad Organizada.

Luego de esta obligada y somera explicación, trataré sobre EL AMOR, como el título propuesto, y en tal sentido, mi opinión es que, para quienes seguimos el pensamiento de Jesús de Nazaret, no desde un punto de vista religioso dogmático, sino como “libres pensadores”, el amor no es una opción sino  una obligación, para quienes sobre la base de la referida ideología, no dudamos que el “amor al prójimo”  no lo es sólo a ese que nos es inmediato, cercano o que de alguna manera amamos o nos ame, sino que lo es para todos nuestros semejantes; inclusive para aquellos que traten de herirnos o lograren hacernos daño, porque entonces entramos en ese sentimiento virtuoso, más allá del amor, que también es cristiano y que denominamos la caridad. Esto, porque el que intenta o hace daño a otro hermano  humano, simplemente no es feliz, y entonces, por anidar en su alma el mayor daño posible que puede albergar una persona, es acreedor de caridad, entrando como consecuencia en ese nivel elevadísimo, que tiene que hacernos solidarios con ese desgraciado, en el buen sentido de la palabra tratando -dentro de lo posible- de… ayudarlo.

El amor, ciertamente no lo es únicamente ese romántico que algún poeta de nuestra época refiriéndose solo a la relación entre un hombre y una mujer, catalogara como que “El que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da”, sino que es todo lo contrario, porque ese amor que  nosotros conocemos y practicamos, por ser cultural y diverso, sí que es pensado  y muy racional; como el que alcanza, quizás su mayor expresión en el que siente una madre por su hijo, pasando por el de la familia en general, la  patria y los amigos, hasta ese que como antes lo expresamos por ser parte de nuestra ideología personal estamos obligados a prodigar a cualquiera de nuestros congéneres, independiente de su actitud, con quienes tropecemos en el camino de nuestra vida.

En mi caso, que he sido privilegiado por Dios al permitirme disfrutar, quizás de la mayoría de los amores que un ser humano normal pudiere sentir, porque tuve una madre amorosa y un padre que por su origen de inicios del Siglo XX, dentro de sus limitaciones machistas, también me amó; mis siete hermanos, con quienes -dentro de nuestras muchas carencias económicas- disfruté con plenitud mi niñez; esa compañera de viaje largo, que es mi bella y  amada esposa, con quien ya por cuarenta y ocho años de feliz matrimonio, imbuido de esa ternura mágica que se produce cuando se alcanza esa  unión físico-espiritual, que nos ha permitido compartir todo tipo de situaciones, siempre superadas por nuestro amor incondicional y solidario, que nos ha llevado a ser un equipo ganador; a esos dos hijos varones y tres niñas, hoy todos hombres y mujeres de bien y útiles a la sociedad, con quienes mantenemos ese cálido amor que perdura más allá del tiempo, del espacio y esa ternura especial que nos prodigan nuestros doce nietos, sólo apreciable en su contexto real por quienes somos abuelos, no tengo la menor duda de que el amor es la mayor expresión de la plenitud humana; absolutamente racional y sin dudarlo ni por un momento obligatorio y no opcional,  para quienes somos cristianos.

En general, para quienes hemos creado una familia, no podemos dejar por fuera ese amor tan especial que surge entre nosotros y esos hijos que nos son legados por sus padres originales, como son los cónyuges y/o parejas de nuestros vástagos, que en muchos casos suelen insertarse tan profundo en nuestra familia consanguínea, que con el tiempo los sentimos como propios. En una categoría, quizás no tan introspectiva pero absolutamente respetable y solidaria, también surge ese sentimiento de amor con esas especiales personas, que lucharon duramente para sacar adelante esos esposos y esposas que regalaron a nuestros hijos y que hoy son nuestros: los inestimables suegros que se hacen nuestros padres y los  consuegros que se hacen nuestros hermanos.

Finalmente, hay un amor especial y en muchos casos a toda prueba, que en mi concepto es el único que surge de esa familia definitivamente voluntaria, porque no llega ni tiene que ver en nada con nuestra consanguinidad: los amigos,  de quienes una palabra de solidaridad, un apretón de manos, un abrazo, o un hombro sobre el cual recostar la cabeza en un momento de dolor, realmente no tiene substituto, precisamente porque no nace de ningún interés, más allá de un sentimiento mutuo de conexión espontánea y compromiso fraterno.

Como mis lectores lo conocen, trato los temas de manera coloquial, de forma tal que sea asequible al lector común y corriente que,  sin formación académica específica o especializada, en  un momento dado de su vida, requiriese alguna información sobre conceptos aclaratorios para ampliar su posibilidad de sentirse más conforme consigo mismo y sus actuaciones,  acercándose más a la felicidad –que como ser humano merece- lo cual aumenta mi mayor interés en la consecuencia de tal logro, cual es que como persona feliz, sea fuente de felicidad para sus congéneres. No obstante esta aclaratoria, no puedo dejar de lado las fuentes de algo que siendo la base de lo que aquí trataré,  está imbuido de una gran carga filosófica y no científica, como es EL AMOR; especialmente porque tiene su origen dentro de actuaciones éticas del ser  humano, cuales teóricamente fueron planteadas desde los inicios culturales del hombre por los filósofos antiguos y modernos, amplia y actualizadamente, dentro de conceptos con divergencias y/o diferentes derivaciones, por lo cual en estas reflexiones me referiré únicamente a las que para mí son fundamentales en el planteamiento del tema: la ETICA NATURAL y la ETICA CULTURAL. Considerando la primera como esa conducta originaria de  nuestra naturaleza humana, como los sentidos de supervivencia,  continuación de la especie y defensa natural; y la segunda, sobre la cual idénticamente existe un bagaje literario muy amplio sobre su origen, fundamento y consecuencias, que podría resumirse como ese conjunto de reglas y normas, en la conducta apropiada individual y colectiva, que nos orientan al logro una vida feliz y plena, en lo que hemos dado en denominar los grupos humanos y/o la Sociedad Organizada.

Luego de esta obligada y somera explicación, trataré sobre EL AMOR, como el título propuesto, y en tal sentido, mi opinión es que, para quienes seguimos el pensamiento de Jesús de Nazaret, no desde un punto de vista religioso dogmático, sino como “libres pensadores”, el amor no es una opción sino  una obligación, para quienes sobre la base de la referida ideología, no dudamos que el “amor al prójimo”  no lo es sólo a ese que nos es inmediato, cercano o que de alguna manera amamos o nos ame, sino que lo es para todos nuestros semejantes; inclusive para aquellos que traten de herirnos o lograren hacernos daño, porque entonces entramos en ese sentimiento virtuoso, más allá del amor, que también es cristiano y que denominamos la caridad. Esto, porque el que intenta o hace daño a otro hermano  humano, simplemente no es feliz, y entonces, por anidar en su alma el mayor daño posible que puede albergar una persona, es acreedor de caridad, entrando como consecuencia en ese nivel elevadísimo, que tiene que hacernos solidarios con ese desgraciado, en el buen sentido de la palabra tratando -dentro de lo posible- de… ayudarlo.

El amor, ciertamente no lo es únicamente ese romántico que algún poeta de nuestra época refiriéndose solo a la relación entre un hombre y una mujer, catalogara como que “El que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da”, sino que es todo lo contrario, porque ese amor que  nosotros conocemos y practicamos, por ser cultural y diverso, sí que es pensado  y muy racional; como el que alcanza, quizás su mayor expresión en el que siente una madre por su hijo, pasando por el de la familia en general, la  patria y los amigos, hasta ese que como antes lo expresamos por ser parte de nuestra ideología personal estamos obligados a prodigar a cualquiera de nuestros congéneres, independiente de su actitud, con quienes tropecemos en el camino de nuestra vida.

En mi caso, que he sido privilegiado por Dios al permitirme disfrutar, quizás de la mayoría de los amores que un ser humano normal pudiere sentir, porque tuve una madre amorosa y un padre que por su origen de inicios del Siglo XX, dentro de sus limitaciones machistas, también me amó; mis siete hermanos, con quienes -dentro de nuestras muchas carencias económicas- disfruté con plenitud mi niñez; esa compañera de viaje largo, que es mi bella y  amada esposa, con quien ya por cuarenta y ocho años de feliz matrimonio, imbuido de esa ternura mágica que se produce cuando se alcanza esa  unión físico-espiritual, que nos ha permitido compartir todo tipo de situaciones, siempre superadas por nuestro amor incondicional y solidario, que nos ha llevado a ser un equipo ganador; a esos dos hijos varones y tres niñas, hoy todos hombres y mujeres de bien y útiles a la sociedad, con quienes mantenemos ese cálido amor que perdura más allá del tiempo, del espacio y esa ternura especial que nos prodigan nuestros doce nietos, sólo apreciable en su contexto real por quienes somos abuelos, no tengo la menor duda de que el amor es la mayor expresión de la plenitud humana; absolutamente racional y sin dudarlo ni por un momento obligatorio y no opcional,  para quienes somos cristianos.

En general, para quienes hemos creado una familia, no podemos dejar por fuera ese amor tan especial que surge entre nosotros y esos hijos que nos son legados por sus padres originales, como son los cónyuges y/o parejas de nuestros vástagos, que en muchos casos suelen insertarse tan profundo en nuestra familia consanguínea, que con el tiempo los sentimos como propios. En una categoría, quizás no tan introspectiva pero absolutamente respetable y solidaria, también surge ese sentimiento de amor con esas especiales personas, que lucharon duramente para sacar adelante esos esposos y esposas que regalaron a nuestros hijos y que hoy son nuestros: los inestimables suegros que se hacen nuestros padres y los  consuegros que se hacen nuestros hermanos.

Finalmente, hay un amor especial y en muchos casos a toda prueba, que en mi concepto es el único que surge de esa familia definitivamente voluntaria, porque no llega ni tiene que ver en nada con nuestra consanguinidad: los amigos,  de quienes una palabra de solidaridad, un apretón de manos, un abrazo, o un hombro sobre el cual recostar la cabeza en un momento de dolor, realmente no tiene substituto, precisamente porque no nace de ningún interés, más allá de un sentimiento mutuo de conexión espontánea y compromiso fraterno.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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EL AMOR VS. EL ODIO

ODIO Y AMOR

Hoy, releyendo la vida y pensamientos de ese, por mí admirado  y especial ciudadano del mundo, Nelson Rolihlahla Mandela, recordado por todos como “Madiba”, encontré  uno de sus pensamientos más conocidos respecto del odio y el amor, que produce en quien lo lee una reflexión pocas veces comentada, y es que, en su mayor contexto, tanto el odio como el amor son factores o elementos culturales; más allá de la parte instintiva originaria de los sentimientos que ampararon y/o preservaron la continuación de la especie, el apego o sentido de pertenencia grupal y la expectativa de combatir e incluso agredir,  en su legítima defensa. El pensamiento de Madiba a que haré referencia, expresa: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, de su origen o religión. La gente tiene que aprender a odiar;  y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar. El amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.”

Aunque Madiba no se refirió expresamente al aspecto ideológico o político, dada la circunstancia actual de incertidumbre sobre el futuro inmediato de nuestro País, me parece oportuno y casi obligatorio, adicionarlo dentro de ese pensamiento sobre la actitud de odiar o amar de los seres humanos. Es que la vida me ha enseñado que nuestra existencia es sinérgica, como lo es la del planeta sobre el cual vivimos, ya que nunca permanece estático en el mismo sitio, sino que permanentemente rota y se traslada en su órbita alrededor del Sol. Asimismo, los países, incluido el nuestro, mantienen un movimiento de altos y bajos, algunos de manera cíclica, que debemos considerar seriamente, al menos quienes hemos decidido de forma definitiva, permanecer en él,  independiente   de su situación en tiempo, período o momento determinado.

Sobre lo antes expuesto, por mi propia experiencia como ciudadano de este País, que he vivido con absoluta conciencia los avatares venezolanos en estos últimos sesenta y cinco años, pienso que aunque no debemos abstraernos o  insensibilizarnos de la actual situación que nos aqueja, sí que es esencial recordar y/o revisar la historia de los últimos cien años de nuestra vida republicana, para concientizarnos de que, en ese período, hemos vivido situaciones muy difíciles, pero que siempre las hemos superado con nuestro empeño, trabajo, confianza en un futuro mejor y amor por Venezuela; especialmente, actuando como hermanos y no como enemigos, precisamente bajo el principio que expresamente como lo enunciara Madiba: El amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.”, que traído a nuestra situación, es como decir que ES MAS FACIL AMAR QUE ODIAR, fundamentalmente cuando se trata de nuestros conciudadanos.

Esta amada tierra, que es indescriptible por su belleza; invaluable por la riqueza de sus recursos naturales de todo género; e insustituible por esa forma existencial tan amena y adaptable a cualquier circunstancia de los venezolanos, no merece que -al menos quienes aquí fuimos niños, adolescentes y adultos felices- con todas las oportunidades de ser y hacer lo que nos pareciere conveniente, porque siempre dependió nuestro futuro de la confianza en nosotros mismos y la seguridad de que si no existía la oportunidad nosotros la crearíamos hasta llegar a la meta deseada, olvidemos todo lo que hemos recibido y le debemos a Venezuela –que es nuestra madre- en ese espacio de tiempo de nuestra vida, y ahora que está enferma la dejemos sola. ¿Es que, acaso cuando la madre está convaleciente los hijos la abandonan a su suerte? No, de ninguna manera; más allá del nivel o gravedad del mal que sufra, nos corresponde por obligación acompañarla, cuidarla, confiar y hacer todo lo que esté a nuestro alcance, para que sane, como sucedió en anteriores ocasiones, cuando también tuvo graves problemas.

Como quiera que siempre me he considerado un hombre universal, que sería como decir que estimo al mundo como  mi patria grande, no quiero que se interpreten mis palabras, como alguna calificación negativa o coacción sicológica orientada a quienes, dentro del libre albedrío que les dio Dios y el derecho que les concede nuestra Carta  Magna, se van fuera del País en busca de lo que pudieren considerar un futuro mejor para ellos y/o una manera de lograr recursos, de los que aquí carecen, con los cuales ayudar a sus familiares que con dolor dejan aquí. Lo que sucede es que yo conozco bastantes países de otros Continentes y el nuestro,  y he vivido en tres de ellos; donde, como aquí,  he visto personas llegadas de otros países que por sus valores, actitud personal positiva, entusiasmo y duro trabajo, lograron mejorar su vida integralmente. Pero, asimismo, conocí muchos que por no disponer de esos atributos personales, vivían una situación no deseable, con el agravante del mote de “emigrantes”, que por sí mismo les hacía las cosas más difíciles, sin permitirles olvidar su condición de extranjeros que, como comentara alguien que no recuerdo, “…es muy diferente vivir como extranjero turista,  que como extranjero emigrante.”

No obstante el contenido global de los temas ya tratados, la reflexión que me propongo,  es la de hacer notar que es más fácil y beneficioso amar que odiar, como lo sentenciara Madiba; por lo cual, en este tiempo tan duro y a criterio de algunos,  inédito en Venezuela, tenemos que echar mano no sólo del amor y no del odio,  sino también de la solidaridad, sensibilidad, patriotismo, armonía, generosidad, caridad, y si se quiere, del perdón; porque somos y seguiremos siendo millones de compatriotas que convivimos y conviviremos aquí en  nuestro terruño, con diferentes formas de pensar, de ver la vida y las cosas, pero donde no debemos dejar prevalecer el odio a quienes no piensen igual a nosotros o actúen de una manera con la cual  no estemos de acuerdo; porque independiente de la convivencia necesaria, somos Cristianos, lo que es equivalente a decir que, las bases o pilares sobre los cuales  se cimenta nuestra actuación vivencial, lo son el amor y el perdón, condiciones fundamentales, que a mi manera de ver la vida, son esenciales para lograr el valor más importante en la estabilidad de una sociedad organizada: LA ARMONÍA COLECTIVA.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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¿ LLEGA O SE ENCUENTRA LA FELICIDAD ?

JOVEN PAREJA FELIZ

Sobre la pregunta del título, tanto a nivel positivo como negativo, se ha escrito mucho. Yo mismo escribí hace trece años, sobre temas de la vida real y  a nivel positivo, un libro de trescientas cincuenta páginas, el cual por cierto está disponible y puede bajarse en forma digital y  completamente gratis en este mismo Blog, al final de cada post. Pues bien, luego de más de veinte años como Asesor Familiar y de Parejas, donde platiqué de forma continua con muchos  padres que tenían problemas con sus hijos; personas que conformaban uniones conyugales,  solteros y divorciados; así como que viajé por más de 14 países, siempre observando cuidadosamente el comportamiento humano,  puedo decir con toda certeza que LA FELICIDAD NO LLEGA, SINO QUE DEBE CREARSE.  Cuando alguien comenta que “Tal o cual persona encontró la felicidad.”, lo que realmente encierra esta oración  es que esa persona que es feliz,  buscó y encontró dentro de sí mismo, qué o cómo es que se siente feliz.

Desde el mismo momento cuando respiramos por primera vez, nuestra vida se concentra en sobrevivir, pero luego al tener plena conciencia, entendemos que esa primera etapa de nuestra vida debe ser superada por nuestra  razón e inteligencia, para lograr algo superior como es: VIVIR, en su sentido integral, lo cual significa VIVIR INTENSA Y PLENAMENTE, circunstancia que no podremos realizar si no se conquista la más cara ambición  humana: LA FELICIDAD. Es que la felicidad, como quiera que se refiere a un sentimiento interior, por lo cual no se puede inferir a simple vista si una persona es feliz o no, no llega ni se encuentra a la vera del camino de nuestra vida, sino que, se requiere invariablemente  que nosotros mismos la provoquemos, precisamente haciendo de cada paso del sendero de la vida un acto feliz, sin esperar o ambicionar que la felicidad  llegará o la encontraremos al final del camino.

Puesto  que una  de las características de la felicidad es que como la infelicidad no es permanente y sin intervalos en nuestra vida, aunque fuere de segundos, no tenemos otra opción que aceptar que la felicidad no es más que la suma de muchos momentos felices, cuales sin duda es a nosotros y no a nadie fuera de nuestro ser interno, a quien le corresponde determinar su estatus, integridad y duración.  Siempre lo he manifestado, escrito y practicado, que soy yo quien le da color a los actos y circunstancias de mi vida, por lo cual soy yo y nadie más, el responsable de mi felicidad. Ejemplarizando: si siguiendo la guía que nos dejara Jesús de Nazaret, si somos capaces de olvidar el ayer; no preocuparnos sino ocuparnos del mañana; perdonar a quienes nos hagan o intenten hacernos daño, amando a nuestros semejantes y especialmente a nuestro entorno íntimo, siento que tengo más probabilidades de ser feliz que quien no asiente su vida sobre estos principios.

En mi caso, considerando que nuestra vida es elemental,  y en mucho por mi formación familiar, esos antes citados valores han sido una constante de mi vida desde niño, por lo cual  siempre he sido, soy y seré feliz hasta el último de mis días; precisamente porque he creado mi propia felicidad amando a la gente, aceptándolos como son, respetando su individualidad, solidarizándome con sus problemas –que normalmente no son más que asuntos por resolver–  y siempre seguro de que, salvo raras excepciones, existe una gran posibilidad de recibir de los demás, sino lo mismo,  por lo menos algo parecido a lo que yo les doy. Por eso no entiendo los hijos que se pelean por siempre con sus padres u otros familiares, no obstante el  vínculo sagrado de la consanguinidad; ni  las parejas que luego de amarse y entregarse en cuerpo y espíritu, no son capaces de perdonarse alguna ofensa o agravio,  y destruyen lo que les costó tanto amor, esfuerzo, dedicación y tiempo construir; o los amigos que, al crear ese sentimiento tan especial -que a veces supera la calidez de la familiaridad consanguínea- lo desmejoran o destruyen por imponer su criterio, por situaciones fútiles, superficiales y superables, pero que no son capaces de afrontar con la autoevaluación sincera de su actitud y respeto por la persona humana.

La vida me  ha enseñado que algo fundamental para entender a los demás, y que por cierto no es difícil, es ponerse en su situación en determinadas circunstancias que muy bien pudieran ser las nuestras. En tal sentido, como mis congéneres son tan humanos como yo, estoy obligado a pensar cual hubiese sido mi actitud en su caso y como consecuencia tratar de sobrellevar la situación que se presente; si lo hago, seguramente podré entender mejor sus actuaciones y posiciones frente a esa cotidianidad, que nos envuelve como grupos y/o sociedad organizada, cuyo resultado es precisamente, la convivencia en armonía y paz, para abonar a nuestra felicidad personal. Casi a medio Siglo de matrimonio feliz, una bella y numerosa familia en la misma situación; muchos y muy queridos amigos, tanto en persona como cibernéticos, no dudo en recomendar a mis lectores que no esperen que la felicidad les llegue del cielo o la encuentren mediante la riqueza, la belleza, el poder o la fama, sino que deben procurarla mediante actos de amor, comprensión, respeto, solidaridad, sensibilidad y buena comunicación; siempre diciendo la verdad y sin guardar las situaciones de diferencias con nuestro entorno, sino manifestando lo que sentimos a tiempo de que se pueda instrumentar alguna solución, porque cuando se guardan o esconden los sentimientos, éstos buenos o malos, crecen hasta convertirse en obsesiones o situaciones que pueden llegar a ser hasta… patológicas y eso, precisamente, es fuente de infelicidad.

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¿QUE  VIDA  QUIERES?

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Como Todo en nuestra vida, el más alto porcentaje de lo que nos acontece corresponde a nuestra elección personal; así tenemos unos vecinos que son muy alegres; otros taciturnos y con cara de amargados; un médico muy pausado; una dama muy agradable, positiva y se nota segura de sí misma; el trabajador que arregla la electricidad que tararea una canción; el plomero que saluda alegremente o la chica que limpia que nos mira con recelo. Asimismo, todos los días tropezamos con niños juguetones, alegres, circunspectos, llorones o simplemente, indiferentes; en la calle saludamos personas que responden con una sonrisa, con un muy buenos días, otros con cara de acontecidos y otros que responden con un murmullo; una anciana con su bastón en la mano que lentamente cruza la calle, pero en sus ojos se nota la alegría de haber vivido… tanto; en la acera, otra señora también de edad que ve para todos lados recelosa y con cara de susto.

Llegamos al trabajo y allí una recepcionista alegre que nos da los buenos días; en otro escritorio un hombre  joven con cara de intelectual, pero que habla como tonto; más adelante otro empleado que sobre su computador se aisla de todo y… de todos; al final, un Gerente que considera a todos los empleados su equipo e inteligentemente los trata con cariño y respeto, haciéndoles sentir que son muy importantes, independiente de cual se la labor que desarrollan, y que sin ellos la  Empresa no podría adquirir el éxito que tiene.

Cuando sales o regresas a tu casa, te despide o recibe una esposa amorosa o una madre que te abraza y dice Dios te bendiga,  o por el contrario, en ambos casos no sientes amor sino indiferencia y la tendencia seudo paranoica en cuanto a lo que te puede suceder en el día. En verdad, nuestra vida es tan elemental, que nos permite ser nosotros y nadie más quien decide que color le damos a nuestra vida. Podemos tomar cada año de edad  como un regalo de Dios,  que nos permite disfrutar más tiempo de las miles bendiciones que El puso sobre esta noble tierra para nosotros,  o como un peso sobre  nuestros hombros, que en la medida que aumenta es más difícil de llevar. Por eso es tan importante aceptar que nuestra vida  se reduce a la inter relación diaria con los demás seres humanos; porque, para bien o para mal, HOY ES LO UNICO QUE ES NUESTRO; ayer es un muerto y mañana no ha nacido, lo cual es como decir: por ayer NO PUEDO HACER NADA y por mañana lo único que puedo aportar es HACER LAS COSAS BIEN HOY.

En el mismo sentido de todo lo antes expuesto, tengo dos posibilidades: o realizo todo acto o acepto cada  hecho de mi existencia para ser feliz, haciendo de la incertidumbre un reto a vencer para lograr mis propósitos, y seguramente lo logro;  o por el contrario, me lleno de inseguridad, falta de fe,  temor, permito que baje o bajen mi autoestima, por lo cual el pronóstico es que tu vida será oscura y nunca conocerás el bello ambiente de la primavera, siendo muy doloroso ese pequeño pedacito de la vida que es lo único tuyo: EL HOY, que  transcurrirá en el borroso otoño u oscuro… invierno.

Luego de todo lo dicho, procede preguntarnos: si ciertamente somos tan diversos e individuales, pero además de diversos orígenes, género y cultura… ¿Qué define nuestra felicidad? sin vacilar, debemos responder: NUESTRO ESTADO DE ANIMO; vale decir, del color que nosotros damos a  lo que nos rodea; lo que sentimos que somos nosotros mismos,  y muy especialmente como percibimos a nuestros hermanos humanos, su forma de actuar en esa inter relación permanente que hace nuestro diario batallar por lograr  una vida mejor.  Como consecuencia, cada  uno de nosotros decide cual es la vida que desea tener: buena, mejor, peor o… infeliz.

Desventuradamente para quienes no han meditado a profundidad sobre lo escrito, no existe  ningún mecanismo, factor o medicamento conocido que supere la auto decisión. Es por lo cual, entre el que hurga la basura en busca de alimento, el que trabaja ocho o más horas para lograr su sustento familiar, el académico que dedica su vida a enseñar lo que sabe a los demás, el que ostenta el poder, la riqueza  o la fama, lo único que diferencia su éxito o fracaso lo es, indefectiblemente, su capacidad para entender que nada ni nadie puede hacer por nosotros, más de lo que seamos capaces de hacer nosotros mismos; quedando entonces nuestro destino en nuestras manos, por lo cual jamás podremos justificarnos en aquello de la “mala suerte” o “falta de oportunidades”. Porque la mala suerte es la justificación a la ineptitud, displicencia, pereza, falta de diligencia y disciplina; y la falta de oportunidad no  justifica el fracaso, porque cuando la oportunidad no se presenta por sí sola, entonces nosotros, como seres humanos, estamos dotados de todas las herramientas intelectuales y físicas para crearla…  a nuestro antojo.

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                                                                                                                               “Dedicado todos los Integrantes  de  la  XXX  Promoción  de  Abogados   de la  Universidad  de  Carabobo»     

No es fácil, pero sí hermoso, iniciar una profesión a los cuarenta y nueve años, terminar una Especialidad a los cincuenta y cuatro,  y finalmente, la Maestría a los sesenta; especialmente cuando desde que tienes diez de edad, no obstante ese gusanillo en tu alma, durante casi medio siglo has tenido que hacer tantas y diferentes cosas que, de cualquier forma estuvieron orientadas al servicio de tus semejantes. Hoy, cuando celebro  27 años como parte de quienes nos graduamos en la XXX Promoción de Abogados de la Universidad de Carabobo, siento que esos cinco años en la Facultad, fue una de las etapas más hermosas de mi vida, no obstante que desde 1962 en la UCAB Caracas,  no pisaba un Aula Universitaria. Es que en mi caso conviví con tanta gente joven, quienes la mayoría de ellos podían ser mis hijos, que ciertamente volví a sentirme especialmente… joven. Además,  mi esposa y mis hijos, ya algunos de ellos en la Universidad, hicieron causa común para darme valor y ayudarme con su amor, comprensión y buenos deseos, a lograr mi cometido de terminar –esa para mi especialísima profesión de Abogado- en este siempre dulce camino de más de siete décadas de mi vida.

El ministerio de Abogado me  dio amplia oportunidad de auxiliar, de la forma más bien intencionada y efectiva durante más de veinticinco años, al logro de uno de los mayores factores para alcanzar la paz social: LA  ADMINISTRACION DE JUSTICIA. Sin ninguna duda cuando el recordado maestro Don Luis Ossorio, en su libro El Alma de la Toga sentenciara: “…los Abogados somos arquitectos del alma de la gente.”, no expresó un pensamiento al boleo, sino una admonición llena de profundo contenido, que nos hace a los abogados honestos, defensores de los sentimientos más caros de los seres humanos, y de alguna manera sostén de la felicidad colectiva. Es que en una sociedad organizada, cuando un ciudadano tiene algún problema que tenga que ver con sus derechos en esa arquitectura de su alma,  que refería Ossorio,  especialmente su libertad y/o su patrimonio, sólo el comunicarse con su Abogado, ya es para él sentir que no está solo. En ese  mismo sentido, cuando el abogado se imbuye del problema de su Cliente y lo toma como propio, todo su conocimiento, trabajo, dedicación y diligencia, hacen la causa como suya, y la superación de la misma le hace poner lo mejor de sí hasta alcanzar la solución apropiada.

La labor del abogado consciente de procurar el sagrado derecho a la defensa como elemento natural  de toda persona, le obliga  no sólo a luchar por retornárselo cuando le es violado, sino que además le orienta en la labor didáctica con éste, de hacerle aceptar y reconocer a los demás también sus propios derechos. Un abogado, en el sentido real de su labor de Letrado, no es como injustamente se califica de “picapleitos”, sino por el contrario, lo valioso de su actividad es la de evitar los pleitos o componerlos, si ya se han iniciado.

El perfil del Abogado exitoso, no es el del litigante de juicios que se conoce como y cuando comienzan, pero no cuando  y como terminan, sino el de aquel que sabe cómo hacer entender a las partes los beneficios de un justo y  oportuno  arreglo, independiente del nivel en que se encuentre la contienda extrajudicial o judicial. Le debo a Dios y tengo que agradecerlo, haberme dado la oportunidad de defender causas justas y personas honestas, cuales con mi ayuda y mi respeto por la ética profesional y personal, lograron evitar daños muy graves, y por tanto, de difícil reparación. Personalmente no celebro solamente una graduación, sino parte importante de mi realización personal; por cuanto estimo que la profunda diferencia entre los seres vivos irracionales y nosotros, lo es precisamente el sentido de LA UTILIDAD A LA ESPECIE, lo cual, al menos en mi caso, me ha sido, como Abogado sobradamente posible y especialmente gratificante. Alabado sea Dios y bendita la vida que me ha regalado.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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ACTITUD EN TIEMPO DE CRISIS

ARAGUANEY: ARBOL NACIONAL DE VENEZUELA

Que en nuestra querida Venezuela  hoy existe una crisis prácticamente global -que es como decir económica, política y social en general- generadora de uno de los factores más perturbadores para cualquier sociedad organizada, como es la incertidumbre,  es algo que no es discutible. Como consecuencia de tal realidad, se hace necesario meditar de la forma más seria –y a ser posible tranquila- sobre cuál debería ser nuestro comportamiento como ciudadanos frente a tal grave situación. En mi humilde concepto, mantengo el principio de que de nada sirve “preocuparnos”, porque esta actitud nada positivo aporta a una solución; sino que, por el contrario, nos altera aún más, haciendo más difícil “ocuparnos” de encontrar una alternativa en pro de localizar caminos, que nos ayuden a campear el temporal que nos azota.

Pienso que cuando el país está boyante y sin problemas no se requiere inteligencia, moderación o armonía para convivir las realidades del momento de la patria. Es en situaciones especiales, y si se quiere inéditas, cuando se requiere la mayor templanza para valorar y/o evaluar nuestro comportamiento personal, que  sin ninguna duda influirá de manera decisiva en el proceder colectivo. Creo que, quienes como yo hemos vivido con total sentido común las diferentes etapas que se han sucedió en los últimos sesenta años en Venezuela, sin haber dejado la vida o la razón en el camino,  estamos obligados a contribuir a la ponderación  cabal de la situación  nacional actual. No somos una isla al margen de los acontecimientos que hoy aquejan al mundo civilizado, ni debemos esquivar nuestras responsabilidades como habitantes de una nación, que al menos en mi caso, me dio todas las oportunidades para mediante la fe, la diligencia, el estudio, el trabajo y la confianza en mí mismo, adelantar mi principal proyecto: mi formación personal integral y el desarrollo de una familia con valores de honestidad, amor, sensibilidad social y solidaridad humana, que hoy se reflejan en la solidez de sus respectivos hogares.

En el mismo sentido de lo antes expuesto, siento que, como venezolanos,  estamos obligados a ser optimistas; porque el país ni se ha hundido ni se hundirá, especialmente porque su mayor capital no son sus múltiples riquezas naturales, sino que su principal recurso para salir adelante en cualquier situación que se presentare, lo somos nosotros, los venezolanos. Si, nosotros los ciudadanos aportando ideas, trabajo, confianza, fe y esperanza de un futuro mejor,  será como aumentaremos las posibilidades de superar los escollos que en estos momentos pudieran parecernos casi insalvables. No es con actitudes pesimistas, derrotistas, o como una vez lo dijera Rómulo Betancourt “…con alaridos de Casandras agoreras”, como podremos superar la situación que nos aqueja.

De cualquier manera, la situación actual de Venezuela, por acción u omisión nos involucra a todos; por tanto, somos nosotros, todos los venezolanos, quienes dentro de nuestras reales posibilidades, tenemos que meterle el pecho al país para sacarlo adelante. Yo, que conozco a Venezuela de Oeste a Este, desde Sichipés en la alta Goajira hasta San Fernando de Atabapo en Amazonas y de Norte a Sur desde Puerto Cabello hasta Puerto Páez, pero que además he recorrido buena parte del mundo fuera de nuestras fronteras, puedo decir con plena certeza, que Venezuela es como territorio,  una tacita de oro; y como nación, la mejor gente del mundo. Por eso, por todo lo dicho es que aún teniendo mucha de mi familia en Canadá, Estados Unidos y Colombia, mi sentido de pertenencia a esta tierra maravillosa, es superior al temor o a cualquier otro sentimiento que pudiere afectar mi sentido de conservación. Yo que viví con pleno conocimiento esta Venezuela, que en los últimos sesenta y seis años ha cambiado varias veces su denominación y signos nacionales; vivido democracias, dictaduras y revoluciones; épocas de extraordinario auge económico y situaciones de grandes carencias; sin cuestionar o juzgar de ninguna manera los compatriotas que emigran, no tengo la menor duda que mi puesto está aquí, en las buenas o en las malas, pero aquí, aferrado a esta tierra, a los setenta y siete años de pié, como los robles, dispuesto a resistir los ventarrones, los inviernos  y los veranos, porque sé y no tengo duda, que todo tiene su tiempo y que lo que algunas veces sentimos como un tropiezo, más adelante puede resultar una buena enseñanza o experiencia, que aporte mayor felicidad a esta tierra que tanto amamos: VIVA VENEZUELA hoy, mañana y siempre.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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GRACIAS A LA VIDA II

Escuchando la entrañable canción “Gracias a la vida”,  me devolví sesenta y cinco años atrás recordando mi niñez; luego mi primera juventud hasta los treinta años; mi segunda juventud hasta los sesenta;  y mi tercera  o actual juventud a los setenta y seis años, y tengo que decir más que gracias a la vida,  gracias a Dios.  Durante estas más de siete décadas, he amado y me han amado; he trabajado duro y obtenido las mejores recompensas; he tropezado muchas veces y de esos tropiezos he determinado cosas que han hecho menos difícil  pero más grato, ese largo camino en busca de la felicidad. He aprendido que lo más importante para vivir -en el sentido real de la palabra– que es bien diferente a  sobrevivir,   lo cual es absolutamente elemental-  se  requiere sentir a nuestros semejantes con su naturaleza  y sus ambiciones, poniéndonos con toda sinceridad en su lugar y actuar en consecuencia,  como hubiésemos procedido en iguales circunstancias o situaciones que nos toque vivir.

Haber vivido todos estos años disfrutando de las muchas bendiciones que Dios ha puesto sobre la tierra, como son: el ver el brillo del sol en la mañana y un cielo cubierto de estrellas en la noche; las gotas de rocío sobre las rosas en primavera;   el caer de amarillentas hojas, diciendo adiós para siempre en el otoño; escuchar con regocijo el silbido del viento sobre las palmeras; el trinar de los pájaros en los caminos; la risa de los niños y la palabra amor en los labios de quienes amo; todo lo cual me ha enseñado que soy un pedacito de la maravillosa creación, que tengo  siempre a mi disposición, en tanto y en cuanto sea capaz de entender que es mi estado de ánimo y no ningún  evento especial, lo que le da color a mi vida; por lo cual a nadie más que a mí mismo puedo culpar  o felicitar, según fuere el resultado de mi vida.

Sin ninguna duda, hoy estoy convencido  de que es más importante que la riqueza, la fama,  el poder o la belleza,  la tranquilidad espiritual y ser consciente  de que Dios provee  todo lo necesario  en cualquier situación en que nos encontremos; que todo se encuentra a nuestro alcance si entendemos que la diligencia, la disciplina y el trabajo son más importantes que la inteligencia o el nivel social en el cual se nos ubique;  que el mal es la excepción porque la regla es el bien y la bondad; que brinda mayor felicidad el hecho de amar que el ser amado; y finalmente, que el tiempo no es nuestro aliado ni nuestro enemigo, por lo cual la edad no es definitiva para vivir intensamente los eventos esenciales de nuestra existencia física y/o espiritual.

Por todo lo expuesto me siento obligado a ratificar lo que afirma esa bella canción: Gracias a la vida que me ha dado tanto, porque ciertamente y por la gracia de Dios, tenemos más bendiciones que carencias; la voz de mis hermanos es mi voz; la felicidad o el dolor de mis hermanos también son los míos, porque todos somos parte integral de la gran familia humana, por lo cual debemos convivir en paz y armonía, en esta bella tierra que Dios nos dio por heredad.

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En una oportunidad escuché a una dama decir que “…yo perdono pero no olvido.”  Tal aseveración me hizo reflexionar sobre el hecho de que, todos los seres humanos tenemos virtudes y defectos; como consecuencia, tenemos diferentes actuaciones y reacciones frente a similares situaciones o en función del comportamiento de nuestros congéneres humanos, sin que por ello tengamos derecho a condenarlos. Pienso que quien perdona pero no olvida, realmente tiene un comportamiento personal  e individual muy suyo, que podrá darle la denominación que quiera, pero nunca llamarle perdón. Siento que quien actúa o piensa de tal manera lo que sucede es que confunde el término PERDÓN por el vocablo ACEPTACIÒN. Si alguien te hiere o hace algún daño y tú lo dejas pasar y continúas tu relación con esa persona, pero recordando el daño recibido, en verdad no la has perdonado sino que has aceptado la ofensa y decides continuar con la relación, independiente de cual ésta fuere; me imagino que con la esperanza de que la ofensa o herida no deba producirse nuevamente, pero si no lo olvidas, eso queda en tu ser interno y será muy difícil que mientras mantengas ese sentimiento negativo vivo, puedas volver a confiar en esa persona y como consecuencia ser feliz.

Por otra parte, cuando nos hieren u ofenden y no perdonamos en su verdadero sentido, esto es olvidando por siempre lo sucedido como si nunca  hubiera acontecido, pierdes la bendición del perdón, que no es para la persona perdonada sino para quien perdona, porque descarga de su alma un sentimiento negativo y doloroso. En primer lugar, nuestra conciencia de que todos los seres humanos somos imperfectos, nos lleva a aceptar que somos susceptibles, en cualquier caso,  de cometer errores, realizar desaciertos y actuar de forma inconsecuente o incorrecta frente a cualquiera de nuestros relacionados. Pero también, debemos estar contestes de que así como podemos incurrir en errores o actuaciones inconvenientes para los demás, tenemos la virtud de que podemos corregir y proponernos nunca  más actuar de la forma indeseada. De siglos atrás se ha dicho que “…errar es de humanos y corregir de sabios.”  Lo cual yo pienso que es absolutamente cierto.

En segundo lugar, no podemos negar que el fundamento de nuestra vida es Dios y Dios es amor. Pues bien, es precisamente el amor, no solo para los demás sino para con nosotros mismos, lo que nos deberá llevar a perdonar en su sentido integral: olvidando el agravio recibido. Para situarnos en una ejemplarización muy común: la relación de pareja. En el caso de que uno de los integrantes ofende, hiere o hace algún daño a su par, pero luego al reflexionar fríamente el asunto, humildemente pide perdón y promete nunca más volver a  hacerlo, surge la interesante pregunta  ¿Qué otra cosa podría hacer en pro de compensar el daño, que no fuera solicitar el perdón y prometer no volverlo a realizar? No puede esperar el o la ofendida que en vez de pedir perdón,  se suicide, corte un miembro o realice cualquier otra acción descabellada, que realmente,  no repararía el daño causado ni haría bien a nadie, sino que por el contrario, podría producir un sentimiento de culpa al ofendido.

En cada caso que toco este tema me siento obligado a recordar a Jesús de Nazaret, quien durante toda su prédica conocida habló de la importantica del perdón, cual aconsejó a sus discípulos debería realizarse tanto como “…setenta veces siete.”, sino que para probarlo, lleno de ese amor que también siempre predicó, en el momento más duro física y espiritualmente de su vida, luego de haber sido expuesto al escarnio público, negado por sus amigos, apabullado, burlado, torturado y finalmente crucificado como un delincuente, sus últimas palabras lo fueron precisamente de perdón cuando imploró a su Padre Celestial: “Padre, perdónalos porque ellos no saben lo que hacen…” y con este último acto de amor, como escribiera un poeta “…conquistó la humanidad entera.”

Finalmente, conteste de mis grandes imperfecciones, pero con mi deseo de llevar un poco de paz al alma de mis hermanos humanos, sugiero el perdón más como remedio para el alma del ofendido, que como beneficio para el perdonado, porque ese acto maravilloso de perdonar con olvido, es lo que nos hace sentirnos sin rencor, tranquilos de espíritu, reconstruir la relación violentada, y sobre todo, sobre la base de ese ejemplo extraordinario de Jesús, sentirnos merecedores de ser llamados hijos de Dios.

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