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Archive for the ‘FAMILIA FELIZ’ Category

AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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LO IMPORTANTE ES SENTIR Y… VIVIR

Más de la mitad de mis casi setenta años los he vivido feliz al lado de una mujer; quizás por eso extraño que algunas damas, al cumplir los cincuenta años, estimen que su vida declina y que se pierde interés en ellas.

Como esposo activo fìsica y espiritualmente, aseguro que es a partir de esa edad, cuando con un protagonismo nuevo, las mujeres se hacen especialmente atractivas y sensuales, ya que, además de su serena belleza, el haber sido madres y esposas les dota de una conjunción de sentimientos de confianza, generosidad, comprensión y experiencia, que las hace -como lo expresa un poema- como las frutas pintonas que dicen mucho… por dentro.

En esa edad dorada, habiendo cumplido con los complicados deberes que involucra levantar la prole, las mujeres pueden dedicar su mejor tiempo a disfrutar con toda la magia, pasión y libertad que requiere el amor para lograr su realización, que conjuga sexo y espíritu, haciéndolas para esa persona que aman y cuando la ocasión lo requiriera, románticas novias, leales esposas, apasionadas amantes o dedicadas madres.

Es el tiempo en que la mujer se encuentra a si misma, con sus virtudes y sus defectos. Es la época cuando desarrolla su mejor capacidad de amar y está segura de su valor como mujer, que su aquilatada experiencia además de sus bondades físicas e intelectuales, le aseguran la posibilidad de únicamente hacer lo que quiere, cómo y… cuando quiere.

A partir de los cincuenta, la mujer se crea prácticamente una coraza frente a las fruslerías, vanidades y nimiedades que afectan la juventud femenina; ya no se siente la princesa del cuento de hadas sino la mujer real, normal, común y corriente, con probada capacidad para amar y mucho dar, pero también con suficiente valor y autoridad moral para exigir y recibir en compensación, lo que conoce que en justicia le corresponde.

Esa mujer hecha, sabe que el respeto y la admiración son las bases del amor permanente; que la magia y la pasión no conocen de edad, raza, posición social ni contextura física; que en el amor la lealtad genera confianza, la sinceridad armonía y el toque de locura tiene sabor de… aventura.

Simplemente, sin nostaliga aprecia lo que fue y se siente feliz con los altos y bajos de la vida; con lo que es hoy, en el momento en que vive, que a voluntad puede hacer temporal o… eterno.

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¿Pueden todas nuestras vicisitudes denominarse problemas?

Aunque pareciera una creencia generalizada que todo lo inconveniente es un problema, pienso que en nuestra cotidianidad, la mayoría de los supuestos problemas no son más que asuntos por resolver, lo cual cambia radicalmente el estatus de su solución.

En mi criterio –práctico que no semántico- los reales problemas humanos son aquellos en cuya solución no podemos personalmente influir, o que no tienen solución conocida. Por ejemplo, la muerte de una persona amada; porque nada podemos hacer o influir para restituir su vida, cual sería la única solución al caso.

Cualquier otra circunstancia que nos afecte negativamente, en la cual nuestra gestión, diligencia o acción pueda incidir para producir una solución, es un asunto por resolver y como tal, susceptible de solución en la medida de nuestra efectividad. Por ejemplo, la pérdida de un amor, una enfermedad, una situación difícil de trabajo o económica, no pueden considerarse problemas sino asuntos por resolver y, a nadie más que a nosotros mismos corresponde resolverlos.

Tal óptica vivencial se hace interesante, ya que, al hacer depender las posibles soluciones de nuestra propia gestión o diligencia, pone los asuntos por resolver en nuestro ámbito de acción personal y efectividad, evitándonos culpar o esperar que otros los resuelvan y forzándonos a utilizar nuestra mejor capacidad para producir lo concerniente.

Muchos asuntos por resolver se convierten en verdaderos problemas, precisamente por esa visión pesimista que los presenta como predestinados, o fatalmente dependientes de la suerte, gestión y diligencia de terceros, creándonos una fijación mental negativa, que nos impide actuar oportuna, diligente y efectivamente.

Los reales problemas en nuestra vida son muy pocos, ya que, en su mayoría, son asuntos que podemos resolver, en tanto y en cuanto creamos en nuestro poder personal y capacidad para enfrentar cualquier reto, por grave que este fuere. Es que, aún la muerte, que generalmente se concibe como un problema sin solución, en determinados casos o situaciones, más que un problema se convierta en una solución para el fallecido y/o personas de su entorno íntimo o cercano.

No obstante, la historia nos ha enseñado que, al final, lo importante no es la definición de los sucesos sino la trascendencia que les demos; porque nada sobre esta tierra es tan terrible o desastroso, que con el pensamiento positivo, la fe en nuestra capacidad personal, diligencia, trabajo y la ayuda de Dios, no podamos encontrarle solución apropiada.

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A medida que aumento el dialogo con diversas personas, fortalezco mi convicción de que primero enferma el espíritu y como consecuencia surgen la mayoría de las enfermedades que afectan nuestro cuerpo.

Pero… ¿Por qué enferma el espíritu? Por tantas causas cuanto actuemos o pensemos contrario a nuestra esencia divina que debería irradiar optimismo, seguridad, confianza, amor, aceptación y compasión hacia nuestros semejantes; o por causa de emociones reprimidas, tales como tristeza, ira, agresividad, resentimientos, odio, o temores que devienen de la falta de fe y esperanza en nuestro poder, inmanente a nuestro origen divino y condición racional.

Así, observo como las personas optimistas interpretan la vida como una oportunidad para experimentar felicidad y percibo su magnetismo positivo: sonríen, saludan alegres contagiando entusiasmo y en vez de hablar sobre resentimientos, tristezas pasadas o temores futuros, comentan el maravilloso hoy y sus circunstancias positivas, con vehemencia y confianza en que son y serán beneficiosas; y hasta ahora, ninguna de ellas me ha manifestado que se sienta mal o tema enfermarse.

Por lo contrario, para aquellas personas negativas, los inconvenientes del ayer y la imprevisibilidad del mañana, representan importantes factores de perturbación y preocupación; sonríen poco, les cuesta saludar, transpiran pesimismo y hacen pesado el ambiente; normalmente hablan de achaques, mala suerte, exámenes de laboratorio y su necesidad de visitar los médicos para prever nuevas enfermedades.

En estas últimas personas, su enfermedad del espíritu les evita mirar con claridad la parte bella de la vida, creándoles la propensión a las enfermedades del cuerpo, que precipitan con la cantidad de fármacos innecesarios que ingieren, cuales nunca podrán competir en eficiencia con los sentimientos de alegría y la felicidad de vivir intensamente.

Es que el cuerpo espiritual-mental se resiste a que se le niegue la posibilidad de disfrutar las mieles de la vida, que le corresponden como habitante de este mundo, lo cual depende únicamente de su estado de ánimo –que es mental- y  esa acumulación de emociones negativas crean o aceleran procesos de morbilidad física.

En mi opinión, la mejor manera de ayudarnos a prevenir enfermedades corporales es mantener el espíritu sano, viviendo alegres y felices; disfrutando de los buenos recuerdos, olvidando los malos y esperando siempre lo mejor del futuro, porque para auxiliarnos en su  logro ahí está Dios pendiente, vigilante, para ayudarnos a vivir dichosos, en la misma medida de nuestra diligencia, inteligencia, fe, optimismo, esperanza y… generosidad con nuestros hermanos humanos.

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Independientemente del sabor, nuestra vida se asemeja a un pastel, que Dios nos permite confeccionar durante nuestra existencia física, tomando los ingredientes de nuestras vivencias diarias.

Muchas personas no llegan a entender este detalle existencial y pierden la oportunidad de crear, mezclando los elementos que, separados pudieran ser tóxicos, desagradables al paladar o negativos a nuestra salud espiritual y así construir un rico pastel de vida.

Por ejemplo, las situaciones difíciles y los momentos duros tomados individualmente o aislados, cuales nos preocupan y atemorizan, simplemente se convierten en una desgracia; pero, cuando los mezclamos y dejamos trabajar al tiempo, entendemos que son convenientes porque son ellas las que nos enseñan como evitar males mayores.

Cuando alguien deja de amarnos con la misma intensidad de nuestro amor o nos es infiel, la tristeza y desagrado temporal, visto como hechos aislados, nos frustran y duelen. Sin embargo, cuando mezclamos estos sentimientos con nuestra integridad vivencial, entendemos que son el tamiz mediante el cual aprendemos a separar lo mejor, de lo mediocre o negativo.

Además, existen otras dimensiones que no podemos determinar con nuestra lógica racional, donde se mueve esa organización universal perfecta, que nos permite respirar y bombear sangre a nuestro corazón, sin preocuparnos de la secuencia de tan importantes funciones; que nos permite sentir emoción, amor y temor, sin ubicación exacta de donde se producen estos fenómenos.

De alguna manera, nuestras circunstancias vivenciales se asemejan a los materiales necesarios para producir un pastel. El amor, la amistad, la familia, el sexo, el trabajo, los estudios, la diversión, los tropiezos, los errores, los aciertos y desaciertos, los sentimientos, nuestras visiones de la vida y las cosas, el dolor, la tristeza, la culpa, la caridad, la generosidad y el perdón; todos independientes y por separado, tienen un sentido diferente a cuando los amalgamamos en función de nuestro proyecto de vida.

La textura, presentación y sabor de ese emocionante pastel que es nuestra vida, sólo dependerá de nuestra creatividad, positivismo y fe en las muchas bondades que podemos extraer de las diferentes situaciones y eventos de nuestra vida.

Sólo tenemos dos posibilidades: mezclar los acontecimientos que nos afecten, bajo la premisa de que podemos transformarlos en beneficiosos, y seremos felices; u olvidando el poder que nos otorga nuestro origen divino, permitir que el pesimismo se imponga al optimismo, la resignación a la acción, y entonces con toda seguridad seremos infelices.

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Cuando hemos caminado un trecho largo de la vida, sintiendo que los malos momentos, las tristezas y los dolores del pasado son casi imperceptibles en el recuerdo, mientras que los bellos instantes, eventos agradables, experiencias edificantes y alegrías, permanecen frescos en nuestra mente como cuando los experimentamos, notamos que se debe a ese algo especial, maravilloso, mágico, divino e insustituible que produce ese milagro: EL AMOR.

Realmente, es el amor lo que le da sentido a la vida. Sin el amor, nuestra diferencia con los seres irracionales sería imperceptible; igual que ellos nacemos, crecemos, nos reproducimos y… morimos. En el devenir de la vida, de igual manera comemos, dormimos, nos enfermamos, nos curamos y deambulamos sin rumbo conocido, hasta llegar al sitio. Es la magia del amor lo que nos hace diferentes y únicos.

Por amor fuimos concebidos y crecimos en el vientre materno; nos protegieron, alimentaron, asistieron y educaron hasta llegar a nuestra mayoridad. Pero también por amor ensanchamos nuestra alma, aceptamos a nuestros semejantes, crecemos en sensibilidad, solidaridad humana y generosidad para con nuestros hermanos humanos.

Sin el amor, nuestras virtudes se convertirían en aberraciones: la inteligencia y el conocimiento, que pueden dar tanto beneficio al mundo, sería utilizados para el mal; la riqueza y el poder, que pueden ayudar a tantos, se convertiría en fuente de avaricia, codicia, envidia y tiranía; la fe que nos fortalece y enaltece, se transformaría en irracional vivero de absurdo y fanatismo; la justicia y la equidad, fundamentales para la paz social, se convertirían en instrumentos de bajos instintos, bastardos intereses y acciones deleznables; el sexo, que debe ser sagrado entre quienes se aman, porque prolonga con la descendencia su amor en el tiempo, se convertiría en solo concupiscente, temporal, insatisfactorio y fuente de manipulación.

Sin amor la libertad personal -que es un derecho natural por legado divino- sería coartada y quizás eliminada en beneficio de quienes no amando, se dejarían arrastrar por sus intereses personales, dando paso al egoísmo, la crueldad, la insensibilidad, la ausencia de solidaridad humana y… la esclavitud.

El amor debemos promoverlo, cultivarlo, excitarlo y alimentarlo, porque es lo único permanente y verdadero antes, durante y después de nuestra vida física. Si amamos seremos felices y buenos para la humanidad, porque es ese sentimiento maravilloso de dar –esencial del amor- lo que nos permite vivir una vida buena y nos hace merecedores de llamarnos… hijos de Dios.

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Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío”, enseñaba el filosofo chino Confucio, quien en mucho basó su pensamiento sobre la idea de cultivar la virtud personal y tender sin cesar a la perfección.

Desventuradamente -en la mayoría de los casos- los padres no atendemos a esta sabia admonición y por beneficiar a nuestros hijos, evitándole los sinsabores que nosotros enfrentamos en nuestro desarrollo, terminamos por hacerles la vida tan cómoda que castramos sus iniciativas y los hacemos vulnerables frente a los retos que les deparará su propia vida futura, donde difícilmente estaremos para ayudarlos.

Así como no es fácil observar impertérritos luchar a nuestros hijos, con inconvenientes que no serían tales con nuestra intervención, dentro de nuestras obligaciones como conductores y formadores de su carácter, requerimos apretar el alma mientras los vemos sudando y luchando para lograr vencer inconvenientes y lograr sus propias metas, manteniéndonos al margen como posible refugio pero no como actores principales.

Siguiendo esa enseñanza de Confucio, que finalmente logré aplicar, me costó mucho aceptar que mis niñas –al menos por algunos años- concurrieran a escuelas públicas, porque era allí donde aprenderían a dialogar con las personas que enfrentarían en su futuro como adultos, social y profesionalmente. Tampoco fue fácil aceptar que muy jóvenes realizaran actividades adicionales a sus estudios, que les enseñaran el valor del trabajo, el privilegio de tener una ocupación remunerativa y el agrado de suministrarse –al menos parcialmente- parte de sus propias necesidades.

Muchas personas fracasadas, en gran parte lo deben a esos padres que, imbuidos de un amor exagerado e irreflexivo, para evitar esfuerzos, posibles sufrimientos, sinsabores e inconvenientes a sus hijos, sin considerar que un día faltarán y ya no podrán ayudarles, al resolverle todos sus problemas, los criaron inútiles, exageradamente dependientes y casi impedidos de tomar sus propias decisiones.

Un poco de sufrimiento, tropiezos, fracasos y privaciones, pueden convertirse en las mejores lecciones de vida para los jóvenes frente a una cotidianidad, donde el éxito dependerá de la capacidad propia desarrollada, la fe en si mismos y la aptitud para vencer los obstáculos que se presenten, condiciones imposibles de lograr cuando los padres, cegados por un amor excesivo, se empeñan en hacerles la vida menos difícil de lo necesario para formar un carácter recio, optimista, valiente y emprendedor, cuales son las armas mas efectivas para vencer el peor enemigo: el temor.

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FAMILIAS
No obstante que un buen número de personas, en principio se aferran a modelos y etiquetas que proponen como panacea la riqueza, la fama, el poder, y como consecuencia lógica les orientan, a como de lugar y sin importar a quien se lleven por delante, al logro de tales fines, dejando en segundo o tercer lugar sentimientos e instituciones fundamentales, en lo profundo de su alma subyace el sentimiento de que hay otro norte, mucho más sólido, seguro, reconfortante, verdadero y permanente, que trasciende inclusive más allá de nuestra vida física: La familia.

Es que la historia del mundo está colmada de ejemplos de personas ricas, famosas y poderosas que nunca pudieron conformar una familia feliz, ni alcanzar su felicidad. En algunos casos, con toda su riqueza y poder no pudieron evitar la destrucción del núcleo familiar, la drogadicción, el alcoholismo, e inclusive, el suicidio de algunos de sus miembros, y al final, como alguien lo escribiera «fueron tan pobres que solo tuvieron dinero, por lo cual murieron sentimentalmente solas y decepcionadas, aunque sí rodeadas de quienes esperaban ansiosos su fallecimiento para disfrutar de esas riquezas, que fueron acumuladas a costa de sus mejores años, con la equivocada convicción que por sí mismas podían hacerlos felices.

Será por eso que cuando logramos bajar los mecanismos de defensa que esta sociedad a todos nos crea, en su gran mayoría e independiente de su posición social o económica, las personas coinciden en manifestar que, por encima y con prioridad a todo, su mayor ambición es hacer una familia amorosa, solidaria y permanente.

Hoy más que nunca, cuando el temor, la insensibilidad, incomprensión, desconfianza y falta de solidaridad humana parecen globalizarse; cuando los principios tradicionales y valores humanos andan de cabeza, la más sana ambición de cualquier ser pensante debería ser crear y desarrollar una familia permanente y feliz, cual más allá de fuente de amor real, verdadero, tierno, constante y solidario, se convierta en refugio físico y espiritual seguro, donde cargar las baterías para enfrentar esa lucha diaria por una vida mejor, que como hijos de Dios todos aspiramos y merecemos.

Si queremos sobrevivir a esa perturbación y estrés casi permanentes, característicos de estos tiempos, para vivir una vida armónica, con paz y felicidad, no debemos olvidar que no pueden el dinero, la riqueza o ningún tipo de poder, producir o suplir el amor desinteresado e incondicional, que surge del alma de esa persona que nos escoge dentro de todos los demás habitantes del mundo para hacer pareja, ni la de ese regalo que Dios nos envía para hacer más bella nuestra existencia: nuestros hijos.

Es en la familia amorosa y bien avenida, donde podemos encontrar nuestro mayor solaz, pero también donde se forman los reemplazos que mantendrán nuestra especie sobre esta tierra; y que, si hemos sabido sembrar en ellos ese amor tierno, sincero y verdadero, ellos lo extenderán más allá de esta vida física y… se mantendrá por siempre sobre esta madre tierra.

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«LOS HIJOS SON LAS FLECHAS, LOS PADRES LOS ARCOS, PERO DIOS ES EL ARQUERO; SOLO ÈL SABE A DONDE VAN.»

Khalil Gibrán.

Por solicitud de una de mis consecuentes lectoras, me referiré a un tema poco divulgado pero      de importancia fundamental en los casos de segundas nupcias -tan comunes en estos días- cuando uno de los contrayentes trae consigo descendencia.

Amar es aceptar a la persona como es y con lo que es, recibirla en nuestra alma como nos la manda Dios. Cuando el amor toca nuestra puerta y le abrimos es porque un sentimiento superior se impone al egoísmo y personalismo, dando paso a los más tiernos y solidarios sentimientos. Cuando amamos de verdad o perdonamos con olvido, son las dos oportunidades que más nos parecemos a Dios.

En un segundo experimento de pareja, si se tratare de una persona sin experiencia de este tipo de relación, nos correspondería no sólo amar sino además cierta labor, gustosamente didáctica, transfiriendo nuestras experiencias anteriores de pareja. Si la persona escogida viniere de una relación de pareja anterior pudiere traer descendientes. ¿Cuál debería ser la actitud frente a esta situación?

Personalmente, siento que cuando amamos de verdad lo hacemos integralmente. Por tanto, deberíamos amar a esa persona escogida, como ella es, con todo lo que ella tiene, incluidos sus descendientes y su familia.  En todos los casos, los hijos son regalos de Dios.  Realmente, parangonándolo con la naturaleza, un hogar sin ellos, aunque puede ser un jardín, le faltarían las flores.

Cuesta levantarlos y como decía el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, desde que nacen, los padres tenemos todo el miedo de la tierra a que algo les pueda suceder. Pero uno los ama tanto que todo esfuerzo es poco y los padres a cambio sólo esperamos recibir… amor.

Cuando la pareja viene con hijos, trae en su equipaje amor, mucho amor. Aporta bendiciones al nuevo hogar. Es un privilegio para la pareja, que se aporte amor y además se obsequie hijos, evitándonos las angustias del embarazo, parto y los primeros años de los niños que son tan riesgosos, cuando ellos casi no pueden valerse en nada por si mismos.

Por otra parte, esos hijos -al ser tratados como propios- dan una gran fuerza a la relación, ya que si se los ama y protege, para quien los aporta es la mayor demostración de amor y solidaridad de su pareja, lo cual adiciona al natural amor conyugal el agradecimiento y la admiración por la grandeza de alma.

Considero que amar a los hijos que nacen de nuestro amor de pareja, es hermoso y edificante pero normal; porque los concebimos, los esperamos ansiosamente y los vemos nacer. En cambio, amar aquellos que son producto de una relación de la persona que amamos con otro, supera el amor normal, para elevarnos por encima de nuestra condición natural. ¿Que pareja no amaría a quien ame como propios a sus hijos?

Siento que todo aquel que contraiga nupcias con alguien que adviene con sus hijos, es simplemente un ser privilegiado. Así debe entenderlo, disfrutarlo y vivirlo.  Al fin y al cabo, como dijo Khalil Gibrán, ellos son los hijos de Dios los hijos de la vida, del amor; nosotros sólo somos el medio que Él usa para darles vida y cuidarlos.

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        «HOGARES FELICES HACEN FAMILIAS FELICES Y ESTAS HACEN PAISES FELICES»

En una conferencia en una Universidad Venezolana para alumnos de la Maestría en Ciencias Gerenciales, con asistencia de Ejecutivos de alto nivel tanto de Gerencia Privada como Pública, uno de ellos me inquiría sobre donde estaba la razón de que no obstante las diferentes y muy variadas disciplinas de pregrado y postgrado que se enseñaban, la familia continuaba deteriorándose aceleradamente, sin que nada en el horizonte indicara que se estaba haciendo algo por solucionar este problema.

Como padre y abuelo tengo la misma preocupación. No obstante, que por la formación que en nuestro hogar dimos a nuestros hijos, éstos han desarrollado hogares donde el amor, la democracia y el respeto imperan, produciendo buenas comunicaciones entre cónyuges, padres e hijos, por lo cual personalmente mi esposa y yo somos menos afectados que la mayoría de otros padres y abuelos, me siento obligado a expresar mi criterio sobre cual pudiera ser la raíz del asunto, y, si se quisiera hacer algo, por donde debería comenzarse.

Frente a un mundo donde todo se  hace progresivamente más complejo y el temor es casi endémico, los niños crecen y se forman sin que se les de la suficiente información, sobre cuales deben ser las reales prioridades de su vida, y muy especialmente  el lugar que corresponde a la familia como célula esencial de cualquier comunidad y sociedad organizada.

Observo que la agitada vida urbana, en la cual sí que se puede tener tiempo para todo, con sus muchos factores y elementos angustiantes, imbuye al ciudadano en la idea de que el tiempo no le alcanza para nada; produciendo un alto nivel de estrés, que se va  haciendo parte de la vida de las personas, inclusive convirtiendo a algunos en adictos a este sentimiento negativo, por lo que en todo momento manifiestan su falta de tiempo, prácticamente para todo.

En tal estado de cosas, el condicionamiento mental es de que no se tiene tiempo para descansar suficientemente, para leer, para estudiar, para meditar, para distraerse y para compartir con la familia; y si todo el tiempo se presume ocupado, la consecuencia del cansancio físico y mental es, precisamente,  el estrés que nos desequilibra emocionalmente.

Ese estado angustioso impuesto por una sociedad consumista, atemorizada y falta de fe, crea en la mente de los afectados, la idea aberrada de que no es posible cumplir eficientemente con las obligaciones que corresponden a los roles de cónyuges, padres, profesionales o empleados, al mismo tiempo que se disfruta de entretenimiento, estudio y culturización.

Paradigmas diseñados por una sociedad altamente desarrollista, orientan en la idea de unas prioridades en beneficio del éxito económico y laboral-profesional como generador de ingresos, dejan en segundo plano ese otro pequeño gran mundo constituido por el cónyuge, los hijos y  la comunidad inmediata, cual a la hora de la verdad es esencial en la vida de cualquier ser humano civilizado, por que casi siempre, nace y se mantiene antes y después del éxito, o el fracaso de un individuo.

Pues bien, unos padres afectados por el temor sindrómico a la  dificultad de  la supervivencia física, con su fe en el más bajo nivel y ausencia casi total de fortaleza espiritual, que los convierte en unos cuasi-robots, que funcionan conforme a las instrucciones sublimales que les imparte los medios de comunicación social, a quienes solo les interesa que consuman bienes y servicios, sin importar si fueren necesarios o no, poco pueden hacer que sea positivo para la formación de sus hijos, más allá de cuidar de proveer sus necesidades físicas fundamentales y  la educación académica formal.

Pero, es que la escuela es parte del sistema social del establishment, organizado y orientado a preparar recursos humanos para la producción de bienes, servicios y riqueza;  por tanto, tampoco tienen ninguna preocupación o interés en que los niños desarrollen su capacidad de amar y disfrutar de una vida hermosa, plena de oportunidades para ser felices, en tanto y en cuanto se entienda, en si misma,  como un regalo de Dios de incuantificable valor, que es pasajera y debe disfrutarse en todo momento con intensidad y fruición.

En el fondo, es producto de que los mismos maestros, profesores y orientadores, que fueron formados en la misma idea desarrollista económica, dando prioridad en todo momento a la capacidad de generación de recursos económicos,  al ser su mayor interés devengar su subsistencia económica con el cumplimiento de su obligación de enseñar a sobrevivir, si no se preocupan por vivir plena e intensamente la vida ellos mismos, nadie debe esperar que pueden transmitir a sus educandos lo que ellos mismos desconocen o no le dan trascendencia: vivir intensamente esta maravillosa vida que Dios nos dio.

Si los educadores primigenios, que son los padres, y los impartidores de conocimiento formal, que son los maestros y profesores, entendieran la necesidad y conveniencia de educar para la vida, pero para la vida buena, y no para cubrir una formalidad legal o cumplir con un programa académico, seguramente los hombres seríamos más felices y el mundo mucho mejor.

Aceptando la posibilidad de tal cambio en la mentalidad de los padres y educadores,  lo más importante a desarrollar en los niños en el hogar,  sería su capacidad de amar y aceptar a los seres humanos en su interesante diversidad, en la seguridad de que todos nuestros pensamientos y acciones deben estar orientados al logro del bien común, porque de alguna manera, todos conformamos la gran familia humana y no tenemos capacidad ni vocación para desarrollarnos material y espiritualmente en solitario.

Bajo tal premisa, para los maestros y profesores, desde nuestro primer día de escuela hasta la finalización del último nivel de educación superior, más importante que enseñarnos letras, números y fórmulas, sería el adentrarnos en el conocimiento del privilegio de vivir, de nuestra extraordinaria capacidad para convertir los pensamientos en cosas, de diseñar nuestro propio destino para disfrutar de la mejor manera, los muchos dones que Dios puso sobre esta tierra para nosotros; del amor de nuestros semejantes, especialmente de aquellos que conforman nuestro entorno íntimo, como los padres, los cónyuges, los hermanos y los demás ascendientes y colaterales, quienes en su camino de la vida,  saldrán de nuestro entorno para hacer su propia vida o para dejarla, en bastante menor tiempo de lo que normalmente nos imaginamos.

Nos enseñarían la importancia de nuestra inmediatez con Dios, que en todo momento nos da poder, amor y fortaleza. Nos enseñarían que no hay razón para el temor, porque estamos dotados de todos los elementos necesarios para vencer y superar cualquier situación que pueda presentársenos y en toda instancia y circunstancia contamos con Él. Nos enseñarían a vivir intensamente cada segundo de nuestra vida, porque no existe ninguna posibilidad de volver a repetirlo,  y si lo perdemos, jamás podremos recuperarlo.

Por sus enseñanzas aprenderíamos a no preocuparnos ni por ayer ni por mañana; porque sobre lo que ayer sucedió no podemos hacer nada; y  por mañana, que es incierto e imprevisible,  en vez de preocuparnos debemos ocuparnos en lo único que podemos hacer en su beneficio: hacer las cosas bien…  hoy.

Aprenderíamos que todos somos uno con Dios, y por tanto, cuando hacemos el bien o actuamos indebidamente con nuestros semejantes, de acuerdo a cual sea nuestra actuación, su efecto será a favor o en contra de nosotros mismos y nuestro entorno más querido.

Aprenderíamos a agradecer todos los días el privilegio de vivir, cuando tantos hermanos nuestros ya no pueden hacerlo; a disfrutar de las mañanas, del calor del sol, de los atardeceres, del bullicio del día,  y del mágico ruido del silencio de las noches; del canto de los pájaros, del ruido del agua en las fuentes, la risa de los niños y de la palabra… amor.

Y lo más hermoso y trascendente sería que nos convenceríamos de que nuestra vida,  al mismo tiempo que puede ser tan plena de felicidad es tan elemental, que para sentirnos realizados material y espiritualmente, no requerimos de grandes cosas, ni acumular riquezas, ni obtener poder, ni fama, ni reconocimientos, porque cuando somos capaces de posesionarnos integralmente de nuestro vínculo real con Dios, todo es sencillo, práctico  y… posible.

Es ese estado de tranquilidad espiritual, la única posibilidad de convivir felices en pareja, formar debidamente nuestros  hijos, hacer hogares buenos para la vida, constituyendo familias sólidas, permanentes y felices; para que en las escuelas, los maestros al enseñar el conocimiento formal, lo hagan complementario a esa formación primigenia que los hijos recibieron en el hogar, que no puede ser desvirtuada; en una educación  donde lo prioritario, lo más importante no sea el generar y acumular riqueza, sino el compartir con amor los muchos beneficios que podemos producirnos como miembros afectuosos de esta gran familia humana, donde todos cabemos holgadamente, en un mundo con recursos suficientes para que, al utilizarlos equitativamente,  todos dispongamos de lo que nos haga falta.

Claro que podemos hacer buenos hogares y es urgente que nos convenzamos de ello, porque si formamos y educamos bien a nuestros hijos, construimos familias sólidas y permanentes, ellas conformarán comunidades sanas y buenas para la vida, y éstas a su vez darán a nuestro  mundo la paz, la tranquilidad y la felicidad que tanto necesita.

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