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Archive for the ‘ANALISIS VIVENCIAL’ Category

«La madurez de un ser humano se refleja en sus actos, no en sus años»

La Sabidurìa, como continente de todas las virtudes humanas, debe estar orientada al bienestar del hombre y por tanto irremediablemente vinculada al amor y la felicidad; como cosecuencia, sus contenidos son trascendentales para el amor y la felicidad. Hoy me ocuparè someramente de uno de ellos, la madurez, cual deriva de la aptitud para establecer control y equilibrio sobre la individualidad.

No es cierto que para adquirir madurez se requiera haber vivido muchos años. En el camino de mi vida he dialogado con personas de avanzada edad, quienes actuaban de forma inmadura.

Asimismo, conocì personas muy jòvenes, quienes reflejaban en sus comportamientos una madurez envidiable para cualquer venerable anciano. Es que, el desarrollo de la madurez tiene que ver como concibamos la vida y las cosas, porque dependiendo de esa ideologìa, a su vez daremos o restaremos trascendencia al resultado de nuestros actos.

Es que la madurez, reune condiciones intrìnsecas del ser humano que, como consecuencia de la aplicaciòn de sus facultades congnitivas y volitivas, decisivas en su vida, tienen que responder a un especial autocontrol y equilibrio, para que al final se reputen positivas.

Se trata de atenuar o endurecer tendencias naturales, sentimientos, carácter, sueños, ambiciones, emociones, temores, arrojo y fantasías, que deben ser debidamente enmarcadas en el sitio que corresponda, en esa tabla de ajedrez que conocemos como el arte de vivir… bien; vale decir, disfrutar de una existencia edificante, en paz y armonia con nuestros semejantes y el medio ambiente.

Sin duda, para adquirir madurez se requiere inversión en paciencia, perseverancia, humildad, compromiso y reconocimiento, cuales son elementos vivenciales que traemos al arribar a esta vida fìsica. Es la madurez lo que nos permite conciliar lo inmediato con lo mediato, en funciòn de una meta especìfica; aceptar las dificultades como enseñanza; tomar y mantener las decisiones, porque han sido producto de la reflexiòn; aceptar los errores y aprender de ellos; sustituir la suerte por la diligencia y el trabajo; mantener la confianza frente a la situaciòn adversa; contabilizar la generosidad como una experiencia maravillosa; aceptar la diversidad como un regalo de Dios; admitir que para amar todo tiempo es bueno y no se debe desaprovechar ningùn espacio, porque no sabemos hasta cuando tendremos la oportunidad de experimentarlo.

No es la madurez algo que la vida nos regala, sino la capacidad que adquirimos para ubicarnos debidamente sobre esta madre tierra.

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¿Cuál es el significado de la libertad personal?

Considerando la libertad como la facultad para decidir acciones según la inteligencia o voluntad para producir el derecho a la libre determinación, pudiera ser que la respuesta concierna más a la ideología individual o filosofía de vida, que su influencia real materializada como elemento vivencial cotidiano desde la óptica de su concepción física, espiritual o… ideal.

Estimo la libertad como indivisible e integral, y si se quiere, autónoma, porque su entidad y dimensión dependen de la concepción personal e individual; pero siempre regida o condicionada por el beneficio colectivo frente al interés personal. Nadie más que yo mismo decide si me hace superior, fuerte, poderoso e invulnerable; o si por el contrario, me pone en riesgo de convertirme en débil, inferior, sojuzgado o especialmente vulnerable.

La libertad como condición especial y única de los seres inteligentes, no es un atributo sólo para escucharlo con deleite o pregonarlo, sino que, para que surta efectos en su máxima expresión físico-espiritual, debe sentirse y vivirse. Su entidad no se circunscribe a lo corporal, sino que va más allá y con consecuencias no dimensionables, afecta mi intelectualidad, pensamientos, ideas y espiritualidad, que son intangibles. Es en esa dimensión inmaterial donde obtengo mayor fortaleza porque me da sabiduría, permitiéndome sobrevivir cualquier desventura, inclusive la de perderla corporalmente cuando, eventualmente, la organización social pudiera privármela.

Dolorosamente percibo que algunas personas violentan su propia libertad personal, cuando permiten que elementos nocivos, desestabilizadores y degradantes de su condición humana como el alcohol, las drogas, el mal uso y depravación sexual, compelen el disfrute de esta bendición de Dios encerrándola y coartándola bajo el imperio desventurado de esos bajos instintos, al permitir sobreponerlos a su voluntad que es condición racional e inteligente.

No hay posibilidad de encadenar la libertad de ideas ni el espìritu, porque sólo puede inmovilizarse el cuerpo, que es tangible y temporal, pero no el espíritu que trasciende la vida física; pero sí existe la probabilidad del autocautiverio o encierro individual, cuando se supedita la voluntad a los vicios y tendencias originarias, estableciendo barreras que perturban la intelectualidad, produciendo la mayor pérdida de la libertad posible: la espiritual, que al ser la de mayor entidad, conlleva nuestra autodeterminación para ser mejores y vivir felices, cual fue el destino que recibimos en el momento de ser concebidos y  debe representar la meta más ambiciosa, porque nos permite llamarnos hijos de Dios.

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LA JUSTICIA ES UNA VOLUNTAD, NO UN HECHO FÁCTICO.

Para responder a un lector interesado y despejar su interrogante, opino que no es cierto que nuestra existencia física, como condición fáctica, de alguna manera pueda ser justa o injusta. En verdad, nuestra vida y la justicia, más allá de conceptos escolásticos o academicistas, son circunstancias de entidad y magnitud conforme a la personalidad e ideología de cada persona en particular.

Vivir es existir físicamente, es decir, no estar muerto. La definición clásica de justicia de que es   “…la voluntad de dar a cada quien lo que corresponde… en su justa medida.”, la sitúa en el plano de lo volitivo; un concepto que no es material ni tiene existencia física.

La vida como condición existencial no tiene nada que ver con la justicia, sino que, lo que pudiera afectarnos tiene mucho que ver como interpretemos nuestra vida, y muy especialmente, como actuemos y percibamos la actuación de nuestros hermanos humanos, hacia nosotros.

Independientemente de que existen reglas naturales, que aunque no están escritas como derecho objetivo siempre se cumplen, como aquella de actuar en la misma forma que esperamos actúen con nosotros; en una sociedad organizada de alguna manera convergen junto con las normas que rigen el comportamiento social, para constituirse en guía de nuestra actuación individual, de donde pudiera derivar lo que consideremos justo o injusto, respecto de las situaciones que nos afecten.

Así, si dispongo de mi libre albedrío, y a voluntad de mi estado de ánimo, cuales son los dos elementos que rigen mi circunstancia vivencial ¿De qué manera la vida podría serme justa o injusta? ¿No soy yo acaso, en mi ser interior, quien decide que cosa es o puede ser buena o mala, agradable o desagradable, justa o injusta? ¿No es acaso mi conciencia la balanza que pesa lo conveniente o inconveniente de mis actuaciones? Porque, para yo juzgar la actuación de alguien, requeriría poder entrar y ver en su alma, ya que sus actuaciones responden a sus motivaciones íntimas, cuales no me está dado conocer.

Entonces, debo concluir que la vida no es ni justa ni injusta, sino que somos nosotros, con nuestra percepción personal del significado y alcance de cada una de nuestras actuaciones, quienes podemos calificar nuestra vida respecto de cómo la afecta la justicia; pero no como regla o concepto general y abstracto que pudiera justificar situaciones adversas, sino con relación a nuestra actuación personal y conforme a la escala de nuestros propios y personalísimos valores.

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