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Archive for 27 agosto 2018

salud-y-bienstar

A mis Setenta y Siete años e independientemente de que –luego de haber estado a punto de morir de la forma más horrible por culpa de los “galenos”– quienes insistieron en usar medicina alopática, tradicional, desagradable, demorada, costosa, difícil de localizar, y con efectos secundarios, quizás peores que la enfermedad supuestamente de cáncer que me aquejaba; venturosamente, gracias a la recia personalidad, el incomparable amor y sentido de protección      de mi esposa hacia mi persona, luego de graves advertencias de los  médicos tratantes y Directores de las cuatro Clínicas Privadas que sucesivamente me “trataron”, frente a la grave advertencia de que lo hacía “Bajo su responsabilidad personal” y luego de hacerla firmar unos cuantos papeles, logró salvarme la vida al llevarme a mi casa, localizar fuera de nuestra localidad, un médico sensible, responsable y ético, quien en menos de una semana, prescindiendo de tales medicamentos y aplicándome…

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amor iyu

Como mis lectores lo conocen, trato los temas de manera coloquial, de forma tal que sea asequible al lector común y corriente que,  sin formación académica específica o especializada, en  un momento dado de su vida, requiriese alguna información sobre conceptos aclaratorios para ampliar su posibilidad de sentirse más conforme consigo mismo y sus actuaciones,  acercándose más a la felicidad –que como ser humano merece- lo cual aumenta mi mayor interés en la consecuencia de tal logro, cual es que como persona feliz, sea fuente de felicidad para sus congéneres. No obstante esta aclaratoria, no puedo dejar de lado las fuentes de algo que siendo la base de lo que aquí trataré,  está imbuido de una gran carga filosófica y no científica, como es EL AMOR; especialmente porque tiene su origen dentro de actuaciones éticas del ser  humano, cuales teóricamente fueron planteadas desde los inicios culturales del hombre por los filósofos antiguos y modernos, amplia y actualizadamente, dentro de conceptos con divergencias y/o diferentes derivaciones, por lo cual en estas reflexiones me referiré únicamente a las que para mí son fundamentales en el planteamiento del tema: la ETICA NATURAL y la ETICA CULTURAL. Considerando la primera como esa conducta originaria de  nuestra naturaleza humana, como los sentidos de supervivencia,  continuación de la especie y defensa natural; y la segunda, sobre la cual idénticamente existe un bagaje literario muy amplio sobre su origen, fundamento y consecuencias, que podría resumirse como ese conjunto de reglas y normas, en la conducta apropiada individual y colectiva, que nos orientan al logro una vida feliz y plena, en lo que hemos dado en denominar los grupos humanos y/o la Sociedad Organizada.

Luego de esta obligada y somera explicación, trataré sobre EL AMOR, como el título propuesto, y en tal sentido, mi opinión es que, para quienes seguimos el pensamiento de Jesús de Nazaret, no desde un punto de vista religioso dogmático, sino como “libres pensadores”, el amor no es una opción sino  una obligación, para quienes sobre la base de la referida ideología, no dudamos que el “amor al prójimo”  no lo es sólo a ese que nos es inmediato, cercano o que de alguna manera amamos o nos ame, sino que lo es para todos nuestros semejantes; inclusive para aquellos que traten de herirnos o lograren hacernos daño, porque entonces entramos en ese sentimiento virtuoso, más allá del amor, que también es cristiano y que denominamos la caridad. Esto, porque el que intenta o hace daño a otro hermano  humano, simplemente no es feliz, y entonces, por anidar en su alma el mayor daño posible que puede albergar una persona, es acreedor de caridad, entrando como consecuencia en ese nivel elevadísimo, que tiene que hacernos solidarios con ese desgraciado, en el buen sentido de la palabra tratando -dentro de lo posible- de… ayudarlo.

El amor, ciertamente no lo es únicamente ese romántico que algún poeta de nuestra época refiriéndose solo a la relación entre un hombre y una mujer, catalogara como que “El que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da”, sino que es todo lo contrario, porque ese amor que  nosotros conocemos y practicamos, por ser cultural y diverso, sí que es pensado  y muy racional; como el que alcanza, quizás su mayor expresión en el que siente una madre por su hijo, pasando por el de la familia en general, la  patria y los amigos, hasta ese que como antes lo expresamos por ser parte de nuestra ideología personal estamos obligados a prodigar a cualquiera de nuestros congéneres, independiente de su actitud, con quienes tropecemos en el camino de nuestra vida.

En mi caso, que he sido privilegiado por Dios al permitirme disfrutar, quizás de la mayoría de los amores que un ser humano normal pudiere sentir, porque tuve una madre amorosa y un padre que por su origen de inicios del Siglo XX, dentro de sus limitaciones machistas, también me amó; mis siete hermanos, con quienes -dentro de nuestras muchas carencias económicas- disfruté con plenitud mi niñez; esa compañera de viaje largo, que es mi bella y  amada esposa, con quien ya por cuarenta y ocho años de feliz matrimonio, imbuido de esa ternura mágica que se produce cuando se alcanza esa  unión físico-espiritual, que nos ha permitido compartir todo tipo de situaciones, siempre superadas por nuestro amor incondicional y solidario, que nos ha llevado a ser un equipo ganador; a esos dos hijos varones y tres niñas, hoy todos hombres y mujeres de bien y útiles a la sociedad, con quienes mantenemos ese cálido amor que perdura más allá del tiempo, del espacio y esa ternura especial que nos prodigan nuestros doce nietos, sólo apreciable en su contexto real por quienes somos abuelos, no tengo la menor duda de que el amor es la mayor expresión de la plenitud humana; absolutamente racional y sin dudarlo ni por un momento obligatorio y no opcional,  para quienes somos cristianos.

En general, para quienes hemos creado una familia, no podemos dejar por fuera ese amor tan especial que surge entre nosotros y esos hijos que nos son legados por sus padres originales, como son los cónyuges y/o parejas de nuestros vástagos, que en muchos casos suelen insertarse tan profundo en nuestra familia consanguínea, que con el tiempo los sentimos como propios. En una categoría, quizás no tan introspectiva pero absolutamente respetable y solidaria, también surge ese sentimiento de amor con esas especiales personas, que lucharon duramente para sacar adelante esos esposos y esposas que regalaron a nuestros hijos y que hoy son nuestros: los inestimables suegros que se hacen nuestros padres y los  consuegros que se hacen nuestros hermanos.

Finalmente, hay un amor especial y en muchos casos a toda prueba, que en mi concepto es el único que surge de esa familia definitivamente voluntaria, porque no llega ni tiene que ver en nada con nuestra consanguinidad: los amigos,  de quienes una palabra de solidaridad, un apretón de manos, un abrazo, o un hombro sobre el cual recostar la cabeza en un momento de dolor, realmente no tiene substituto, precisamente porque no nace de ningún interés, más allá de un sentimiento mutuo de conexión espontánea y compromiso fraterno.

Como mis lectores lo conocen, trato los temas de manera coloquial, de forma tal que sea asequible al lector común y corriente que,  sin formación académica específica o especializada, en  un momento dado de su vida, requiriese alguna información sobre conceptos aclaratorios para ampliar su posibilidad de sentirse más conforme consigo mismo y sus actuaciones,  acercándose más a la felicidad –que como ser humano merece- lo cual aumenta mi mayor interés en la consecuencia de tal logro, cual es que como persona feliz, sea fuente de felicidad para sus congéneres. No obstante esta aclaratoria, no puedo dejar de lado las fuentes de algo que siendo la base de lo que aquí trataré,  está imbuido de una gran carga filosófica y no científica, como es EL AMOR; especialmente porque tiene su origen dentro de actuaciones éticas del ser  humano, cuales teóricamente fueron planteadas desde los inicios culturales del hombre por los filósofos antiguos y modernos, amplia y actualizadamente, dentro de conceptos con divergencias y/o diferentes derivaciones, por lo cual en estas reflexiones me referiré únicamente a las que para mí son fundamentales en el planteamiento del tema: la ETICA NATURAL y la ETICA CULTURAL. Considerando la primera como esa conducta originaria de  nuestra naturaleza humana, como los sentidos de supervivencia,  continuación de la especie y defensa natural; y la segunda, sobre la cual idénticamente existe un bagaje literario muy amplio sobre su origen, fundamento y consecuencias, que podría resumirse como ese conjunto de reglas y normas, en la conducta apropiada individual y colectiva, que nos orientan al logro una vida feliz y plena, en lo que hemos dado en denominar los grupos humanos y/o la Sociedad Organizada.

Luego de esta obligada y somera explicación, trataré sobre EL AMOR, como el título propuesto, y en tal sentido, mi opinión es que, para quienes seguimos el pensamiento de Jesús de Nazaret, no desde un punto de vista religioso dogmático, sino como “libres pensadores”, el amor no es una opción sino  una obligación, para quienes sobre la base de la referida ideología, no dudamos que el “amor al prójimo”  no lo es sólo a ese que nos es inmediato, cercano o que de alguna manera amamos o nos ame, sino que lo es para todos nuestros semejantes; inclusive para aquellos que traten de herirnos o lograren hacernos daño, porque entonces entramos en ese sentimiento virtuoso, más allá del amor, que también es cristiano y que denominamos la caridad. Esto, porque el que intenta o hace daño a otro hermano  humano, simplemente no es feliz, y entonces, por anidar en su alma el mayor daño posible que puede albergar una persona, es acreedor de caridad, entrando como consecuencia en ese nivel elevadísimo, que tiene que hacernos solidarios con ese desgraciado, en el buen sentido de la palabra tratando -dentro de lo posible- de… ayudarlo.

El amor, ciertamente no lo es únicamente ese romántico que algún poeta de nuestra época refiriéndose solo a la relación entre un hombre y una mujer, catalogara como que “El que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da”, sino que es todo lo contrario, porque ese amor que  nosotros conocemos y practicamos, por ser cultural y diverso, sí que es pensado  y muy racional; como el que alcanza, quizás su mayor expresión en el que siente una madre por su hijo, pasando por el de la familia en general, la  patria y los amigos, hasta ese que como antes lo expresamos por ser parte de nuestra ideología personal estamos obligados a prodigar a cualquiera de nuestros congéneres, independiente de su actitud, con quienes tropecemos en el camino de nuestra vida.

En mi caso, que he sido privilegiado por Dios al permitirme disfrutar, quizás de la mayoría de los amores que un ser humano normal pudiere sentir, porque tuve una madre amorosa y un padre que por su origen de inicios del Siglo XX, dentro de sus limitaciones machistas, también me amó; mis siete hermanos, con quienes -dentro de nuestras muchas carencias económicas- disfruté con plenitud mi niñez; esa compañera de viaje largo, que es mi bella y  amada esposa, con quien ya por cuarenta y ocho años de feliz matrimonio, imbuido de esa ternura mágica que se produce cuando se alcanza esa  unión físico-espiritual, que nos ha permitido compartir todo tipo de situaciones, siempre superadas por nuestro amor incondicional y solidario, que nos ha llevado a ser un equipo ganador; a esos dos hijos varones y tres niñas, hoy todos hombres y mujeres de bien y útiles a la sociedad, con quienes mantenemos ese cálido amor que perdura más allá del tiempo, del espacio y esa ternura especial que nos prodigan nuestros doce nietos, sólo apreciable en su contexto real por quienes somos abuelos, no tengo la menor duda de que el amor es la mayor expresión de la plenitud humana; absolutamente racional y sin dudarlo ni por un momento obligatorio y no opcional,  para quienes somos cristianos.

En general, para quienes hemos creado una familia, no podemos dejar por fuera ese amor tan especial que surge entre nosotros y esos hijos que nos son legados por sus padres originales, como son los cónyuges y/o parejas de nuestros vástagos, que en muchos casos suelen insertarse tan profundo en nuestra familia consanguínea, que con el tiempo los sentimos como propios. En una categoría, quizás no tan introspectiva pero absolutamente respetable y solidaria, también surge ese sentimiento de amor con esas especiales personas, que lucharon duramente para sacar adelante esos esposos y esposas que regalaron a nuestros hijos y que hoy son nuestros: los inestimables suegros que se hacen nuestros padres y los  consuegros que se hacen nuestros hermanos.

Finalmente, hay un amor especial y en muchos casos a toda prueba, que en mi concepto es el único que surge de esa familia definitivamente voluntaria, porque no llega ni tiene que ver en nada con nuestra consanguinidad: los amigos,  de quienes una palabra de solidaridad, un apretón de manos, un abrazo, o un hombro sobre el cual recostar la cabeza en un momento de dolor, realmente no tiene substituto, precisamente porque no nace de ningún interés, más allá de un sentimiento mutuo de conexión espontánea y compromiso fraterno.

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