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Archive for the ‘ACTITU PARA SER FELIZ’ Category

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Ayer, en un semáforo pidiendo limosna, observé dos mujeres muy jóvenes y mal vestidas, cada una con un niño desarrapado y mal tratado en sus brazos. Le comenté a mi acompañante que me llamaba la atención que los trataran tan mal, siendo prácticamente unos bebés. Mi interlocutor me respondió: “No son sus hijos, se los alquilan para pedir limosna.” Aquel espectáculo me llenó de rabia y tristeza al reflexionar sobre la importancia de ser un Padre; porque seguramente, esos niños que usaban como elemento para enternecer a los viandantes, carecían de padre.

La cualidad de padre no es como ser un padrote de un rebaño de ganado, cuya labor es preñar las vacas sin que esto acarree para el macho más que un placer pasajero y un beneficio para el dueño del hato.

Ser padre conlleva responsabilidad y el compromiso de responder ante sí mismo y ante la sociedad, por la vida grata y segura de los  hijos; conlleva el cuidado especial del bebé, conjuntamente con su madre,  dándole atención en todo su desarrollo, a su alimentación, salud física, sicológica y educacional hasta su mayoría de edad, o si fuere a la Universidad, hasta que termine su carrera. Adicionalmente, durante ese trayecto de vida, otra de sus obligaciones es infundirle los principios innegociables y rectos valores de la sociedad donde se desarrollen, sobre la base ejemplar de nuestras propias actitudes en la familia y con las demás personas. Es que cuando salen de nuestro hogar, el único equipaje seguro y efectivo que se llevarán los hijos, será aquel sembremos en su conciencia, en lo más profundo de su ser, donde nadie nunca  podrá arrebatárselos.

Los padres nunca dejamos de serlo. Ciertamente, lo somos durante toda nuestra vida; por tanto, cumplida que fuere esa primera etapa  formativa, continuamos ayudando de todas las formas posibles, a que nuestros hijos logren sus mejores metas para su felicidad y la de sus familias.

Creo que si todos los padres cumpliésemos con esa obligación sagrada de criar debidamente a nuestros hijos, no habría todas las semanas tanta delincuencia juvenil, ni tantos muertos regando el país, entre  dieciséis y veinticinco años, como lo reflejan permanentemente los medios de comunicación social masiva. De hecho, muchos de esos jóvenes que mueren por andar un camino equivocado, posiblemente fueron como esos dos niños que miré en el semáforo pidiendo limosna y que me produjeron estas dolorosas pero necesarias reflexiones.

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Seguramente existen variadas definiciones de lo que significa la vocación,  pero generalmente la referimos a la supuesta capacidad especial que uno imagina que alguna persona podría tener en el futuro (especialmente los niños o adolescentes) para realizar alguna actividad artística, artesanal  o profesión.  Esta especie de paradigma, también suele referirse a los anhelos, sueños o gustos de las personas.

En verdad, en mi concepto muy personal la vocación es una tendencia que pareciera aflorar en algunas personas hacia una actividad, física- cultural o espiritual conocida. Pero no es algo fatal que tiene que materializarse, sino que   sólo es eso: Una tendencia, que no obligatoriamente tiene que llevar a una persona a realizar una actividad específica. De hecho, si una persona no conoce que existe alguna actividad, profesión u oficio, nunca tendrá una vocación a ese respecto.

Por otra parte, pienso que toda persona normal (Sin patologías especiales) que se le repute con una vocación especial hacia algo, podría igual o con mayor aptitud realizar otra actividad muy distinta; porque la vocación sin la formación y el conocimiento de ese algo, sin duda no tiene ninguna efectividad benéfica, ni para la persona ni para la sociedad.

De hecho, conozco brillantes profesionales que me comentaron que en su niñez sus relacionados y ellos mismos pensaron que tenían una vocación especial para las ciencias de la salud, pero con el correr de los años terminaron siendo extraordinarios Abogados o Economistas. Sin duda que si hubieran estudiado medicina, odontología o enfermería, hubiesen sido igualmente brillantes.  Me hago estas reflexiones porque creo que la “falta de vocación” para algo no es más que una justificación para la mediocridad.

Creo que fuimos dotados de una inteligencia y un espíritu especialísimos que nos hace aptos para cualquier actividad sobre esta tierra de Dios. Por tanto, creo más en la actitud y aptitud para realizar cualquier actividad en esta vida, que en la vocación que supuestamente traemos en nuestro equipaje cuando llegamos a esta vida.  No tengo  ninguna duda que si nos interesamos por algo, lo estudiamos, le ponemos amor, constancia, diligencia, perseverancia, pasión  y trabajo, es muy difícil que no logremos  materializar un sueño o anhelo de coronar exitosamente alguna actividad que nos haga especialmente útiles a nuestra sociedad.

Mi mensaje es: vale más la actitud positiva y el trabajo duro y constante en busca del éxito en lo que anhelamos, que la predisposición  o tendencia a lograrlo.

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Hoy, luego de haber vivido más de siete décadas, habiendo sentido en varias oportunidades el olor de la muerte en mis narices; la rabia corroer mis venas; la impotencia violentar mis sentidos y el amor llenar mi alma, cuerpo y espíritu, siento que me puse un poco más allá del temor a lo que será de lo que me quede de vida o… a la muerte. Estoy convencido de que ciertamente, todo tiene su tiempo y oportunidad en el cual nuestras actuaciones e iniciativas pueden ser más efectivas; sin que esto quiera decir de ninguna manera, que todo tiempo es bueno para hacer cosas buenas y para ser felices.

Quizás por no pertenecer a la élite económica de este País, desde muy corta edad aprendí que todo lo que deseo debo lucharlo con mis únicas armas: la diligencia, el esfuerzo, el estudio, la honradez y el trabajo. Mi generación ha vivido un tiempo muy especial: de 1941 al 2013 hemos visto cambiar el mundo más que en los últimos 2000 años. Especialmente en Venezuela, hemos vivido largas y cortas dictaduras, democracias y el actual experimento socialista del Siglo XXI; de ello he aprendido que no hay tiempos ideales para realizar las cosas, sino actitudes y aptitudes que las fundamenten, lo cual determina los logros y les da permanencia en el tiempo.

Una persona puede ser muy joven y un sistema o programa ser muy eficiente, pero sin la actitud positiva y la aptitud para realizarla, más temprano que tarde… fracasará. Por el contrario, una persona puede no ser tan joven y un sistema o programa no muy adelantado, pero si la actitud de sus actores es positiva, decidida, ética y comprometida, si está acompañada de la aptitud para ser eficiente, sin duda será coronada por el éxito y se mantendrá en el tiempo.

Dada la situación económica crítica mundial y nacional, creo que vale la pena meditar sobre esto. No hay un tiempo ideal para realizar las grandes labores, sino actitudes colmadas de valores como la verdad, la generosidad, la comprensión, el trabajo y el estudio, cuales acompañadas a la capacidad para determinar la prioridad para la atención a las personas e instituciones, determina su realización práctica. De lo contrario, de forma progresiva perderá su vigencia, y al final, sólo quedará la sensación amarga de haber perdido una oportunidad de hacer la vida más amable y feliz para todos.

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El momento del país es tan delicado, que debemos “Tener la valentía de parecer cobardes”, como lo escribiera José María Escrivá de Balaguer; porque habiendo quedado el país dividido en dos toletes, no se debe permitir bajo ninguna circunstancia la violencia.

No somos guapos de barrio ni jaquetones, sino gente amable, decente, culta, amante del diálogo, porque es esa la forma como se deciden los problemas en la familia y somos una gran familia que tiene nombre y apellido: Venezuela.  Todos somos miembros de ella y las familias no dirimen sus diferencias violentamente, sino poniendo por delante el diálogo y el amor que les une.

De parte y parte representamos diferencias que deben debatirse y aclararse en un clima de paz y entendimiento, paras que no se conviertan en motivo para enfrentamientos personales, que abran un peligroso camino del cual pudiera ser que no tengamos regreso; al menos, sin dejar  en el camino mucho dolor, rencor   y… sangre.

Para quienes, aunque no lo presenciamos personalmente, pero sí lo leímos de fuentes históricas muy serias, las últimas pocas guerras civiles en el Siglo pasado fueron horribles, quizás más terribles que las guerras convencionales entre países extraños.

No podemos permitir que se fomenten las condiciones para algo tan horrible como eventos donde se hieran o maten hermanos contra hermanos. Debemos considerar que, aunque de alguna manera seríamos todos responsables, los principales actores lo serían los dirigentes políticos del país, independiente de cual fuere su ideología política o posición, porque es a ellos a quienes siguen las masas.

Los dirigentes políticos, las autoridades y especialmente las policías y militares,  tienen que hacer un gran esfuerzo para medir las consecuencias de un evento desgraciado y desgarrador que pudiere derivarse de la intolerancia. Tenemos que evitar el uso de las armas, porque tenemos elementos de diálogo mediante los cuales ponernos de acuerdo. No se trata de un problema de no dar el brazo a torcer o aferrarse a ningún tipo de legalismo. Se trata de una situación fáctica peligrosa, más que de un problema jurídico,  porque las calles se están calentando y cualquier pequeño evento puede prender la chispa. El problema es fáctico y  deben aplicarse soluciones fácticas, porque en beneficio del orden público y la paz social, bien puede atenuarse la aplicación de algunas normas jurídicas, porque lo sería a favor del pueblo y es éste el que otorga la legitimidad.

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SANTO PAPA

Casi siempre, los grandes y sangrientos enfrentamientos regionales de ayer y hoy, siempre han tenido un substrato religioso, siendo el fanatismo-dogmatismo exacerbado el combustible principal de tales tragedias. Más allá de la magnitud y el tiempo que se mantengan las persecuciones religiosas,  las religiones vuelven a surgir, y en algunos casos con mayor fuerza, ímpetu y fervor.

Nada pudieron hacer los Romanos en la antigüedad  durante cientos de años de persecución para acabar con los Cristianos, ni recientemente los Rusos durante setenta años a los Ortodoxos. Tampoco las facciones Shiitas y Sunitas del Islam en el Medio Oriente, ni entre Musulmanes e Indúes para sobreponerse los unos a los otros. El resultado siempre es el mismo: pasadas las persecuciones, las Iglesias renacen y sus fieles vuelven a encontrar en ellas, esa tranquilidad y paz que es fundamental para el espíritu.

Es que las religiones, sin excepción, basan su filosofía y su enseñanza en Dios como un poder infinito, omnipotente, omnipresente, e inestimablemente bondadoso, que nos protege  e impone su justicia sobre los hombres, independiente de su raza, credo o posición social. Además fundamenta la justificación de la espiritualidad,  y la esperanza de que haya algo más allá de esta vida, que se estima deberá ser preferible a todo lo que conocemos.

Claro está que no me refiero a sectas, ritos o supersticiones,  que lo único que logran es atemorizar a las personas y hacerlas dependientes de unas creencias absurdas, que sólo son producto de unos cuantos vivos que han encontrado en la inconformidad de algunas personas con su propia vida, una buena fuente de ingresos, mientras que, por siempre los atemorizan por cualquier evento, por fortuito que fuere.

Las religiones son controles sociales, pero indispensables en la sociedad para una mejor convivencia,  especialmente cuando su población aumenta en los niveles actuales y algunos valores sobre los cuales establecimos nuestras comunidades,  tienden a desmejorarse o perderse; porque ellas están allí para recordarlos y afianzarlos. Por eso debemos respetarlas, y en lo posible, colaborar con ellas en ese camino de hacer reflexionar sobre la trascendencia de nuestros actos, sólo en el más allá sino en esta vida.

Soy respetuoso de todas las Religiones, independientemente de su credo. Personalmente, sigo el mensaje de Cristo, el cual cumplo de manera libre y a mi entender: amar y perdonar a mis semejantes, aun a quienes pudieren perjudicarme.  Esto me da felicidad y tranquilidad de espíritu.

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DAMA PENSATIVA

Nuestra vida es tan elemental y nuestro panorama tan extenso, que aunque pareciera paradójico, es más difícil ser infeliz que vivir feliz. Todo nos es dado sobre la tierra para satisfacernos y ser felices con tanta facilidad, que debe ameritar esfuerzo, sino  físico,  por lo menos intelectual, hacernos la vida infeliz.

Cada día, al abrir los ojos presenciamos el espectáculo más hermoso que pueda existir: el nacimiento de un período de veinticuatro horas, en el cual, dentro de lo normal,  podremos hacer lo que queramos  y de la manera que lo deseemos: levantarnos, caminar, trotar, trabajar, realizar cualquier actividad o seguir durmiendo, sin que en nada fundamental afecte nuestra vida.

Físicamente, nuestra supervivencia es absolutamente básica, ya que independiente del agua, que nos es indispensable, y se encuentra en todas partes; el alimento mínimo necesario, normalmente, lo encontramos a nuestro alcance, siendo  que para lograrlo solo se requiere algún esfuerzo y diligencia.

Desde el punto de vista espiritual, para ser felices lo fundamental es el amor, el cual siempre va a depender de nosotros: por el somos concebidos, por el se hace agradable nuestra vida, por el vivimos en comunidades en paz;  por lo cual vivir sin amor,  que nos haría infelices,  también sería excepcionalmente difícil.

Ciertamente, nuestro mundo está lleno de maravillas para nuestro disfrute físico-espiritual, por lo cual teniendo todo a nuestro favor, insisto en que es más difícil ser  infeliz que feliz.

La más acabada, excelente y generosa bendición de Dios sobre la tierra es precisamente el ser humano, quien es capaz de dar lo mejor de sí por sus semejantes. Es el compartir el amor de nuestros hermanos humanos, la más hermosa experiencia que podemos disfrutar sobre la tierra. Cuando amamos, lo cual no requiere ningún esfuerzo, nos elevamos por encima de nuestra propia naturaleza y experimentamos sentimientos tan gratos, que superan cualquier dificultad, dolor o tristeza.

Es por todo lo expuesto que me pregunto ¿Cómo es posible que en un mundo tan lleno de cosas buenas, con tantas personas amorosas que nos permiten hacer pareja, familia y tener amigos, alguien pueda decir que no es fácil ser feliz? ¿Cómo es posible que estando dotados de inteligencia, libre albedrío y estado de ánimo, para algunos sea complicado facilitarse  una vida feliz? En Setenta y Dos años de felicidad, aun habiendo sufrido y superado una gravísima enfermedad, ya perdí la esperanza de entenderlo.

 

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El ABURRIMIENTO EN LA PAREJA

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El aburrimiento o  hastío, no surge del no hacer nada ni tampoco del resultado de no tener como distraerse;  serios estudios han determinado que es uno de los factores que incide en  un alto porcentaje en la separación de  parejas, que hoy pareciera pandémico.

                    El hastío en la pareja surge porque los consortes, poco  a poco, dejan extinguir la magia de los primeros tiempos, que hacía de cualquier momento sencillo algo reconfortante; y la solidaridad que se juraron por siempre, cual asimismo tiene mil maneras de expresarse, igualmente  se convierte en tan sólo un recuerdo que abona el terreno para el aburrimiento.

La vida de pareja puede ser la aventura más emocionante y variada que un ser humano pueda experimentar o convertirse en el recorrido de un largo camino lleno de malos momentos, como privaciones, incomprensiones, discusiones innecesarias, deslealtades e inconsecuencias por parte de uno de  los integrantes, que hará nacer la frustración de la otra parte, transformando lo que pudo ser bello y edificante en algo realmente aburrido y a veces… aberrante.

                   Miembros de pareja, especialmente mujeres, me han comentado que no obstante el interés y amor que ponen en la atención de cualquier detalle de su esposo, éste ni siquiera lo nota. Asimismo, que sin importar todo el esfuerzo que dediquen a mantenerse bellas y agradables para su marido, él sólo tiene palabras de alabanza para la imagen de su secretaria, compañeras de trabajo o vecinas.

                    Estas buenas señoras, cuando salen a la calle o asisten a reuniones, otros hombres y amigos se desviven por halagarlas y les dicen todas esas cosas reconfortantes sobre su belleza y vestuario, que ellas quisieran lo hiciera su consorte, y eso incrementa su descontento y sentimiento de desconsideración recibidos de su pareja; máxime cuando su mayor interés para ponerse bellas fue precisamente el agradar a sus maridos.

                    El dejar de tener las atenciones y agradable rutina de los tiempos de novios o recién unidos, donde un caramelo convertía un día normal en uno especial, y una flor una noche cualquiera en una inolvidable, golpean la ternura y lesionan el erotismo tan importante en la actividad sexual de la pareja, que la hace permanente, constante y renovada.

                   El aburrimiento es el producto de las desavenencias, que conforman un panorama sombrío golpeando la emoción y la autoestima, tan necesarias para la vida en pareja; condiciones indispensables para pensar que fuimos acertados en la escogencia.

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En verdad, soy enemigo de esa tendencia tan en boga de que todas las enfermedades son cáncer;  y que cuando se diagnostica tal enfermedad el paciente y su familia lo reciban como una sentencia de  muerte. Simplemente, me consta que el cáncer es curable.

Hace más de 2.500 años antes de Cristo, un filósofo griego sentenció: “No hay enfermedad del cuerpo sin enfermedad del alma” Como no creo en generalizaciones y menos aún cuando se refieren a seres humanos, pienso que quiso significar  que si estamos enfermos de nuestra alma porque no somos felices, envidiamos, odiamos o tenemos ira, somos más proclives a la enfermedad del cuerpo.

Sin embargo, por experiencia propia porque soy sobreviviente  por meses de un cáncer a  los 71 años de edad, en el  cual  me compliqué gravemente tanto en mi hígado como mis pulmones,  lo superé.   Pienso que cuando se trata de tal enfermedad, en primer lugar debe aceptarse la enfermedad, igual como se hubiese podido sufrir un accidente o ser herido gravemente en un asalto; especialmente  porque en Venezuela existen recursos médicos y medicina  de última generación para atacar el cáncer, especialmente cuando se diagnostica a tiempo.

 Aceptada la situación, la confianza, el valor y la fe en la curación se convierte en parte muy importante del restablecimiento. Cumplir estrictamente con la indicación médica y alimentarse bien para mantener altas las defensas. Les cuento que en mi caso, ingerir alimentos alcalinos, como vegetales,  y algunos muy especiales para aumentar la hemoglobina como el tomate de árbol, me dio  extraordinarios resultados.

Aunque tenemos que aceptar que es una enfermedad grave, su diagnóstico no significa que vamos a morirnos. Hoy en Venezuela tenemos buena quimioterapia, radioterapia y cuando es necesario, inmejorables  y expertos cirujanos oncólogos. No es sólo mi caso, sino muchos otros que conozco que han sobrevivido 5, 10 y 20 años, terminando por morir de otra enfermedad. Por ejemplo, luego de un año de mi última sesión de quimioterapia ninguno de los 20  o 30 pacientes que estuvieron conmigo ha muerto. Todos están tratando de vivir una vida más sana (especialmente la alimentación y menos estrés), pero aquí están.

En mi caso, terminé de superar mi enfermedad bajo la convicción de que era yo y no mis médicos quienes podían terminar de mejorarme. Esto, porque ellos ya habían hecho su trabajo, lo habían hecho bien y ahora me tocaba hacer mi parte, y así lo hice.

(*)Dr. Amauri Castillo Rincón – MsC

http://www.unavidafeliz.com

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Normalmente escucho a personas que son padres, frases como “…a tal pareja se le fueron los hijos”, o “…cuando los hijos se van” y me parece que aún siendo progenitores, nunca entendieron la esencia de la paternidad. No obstante la sabia admonición de Kalil Gibrán en cuanto a que “…los hijos no son nuestros hijos, sino que son hijos de la vida…del amor” y que nosotros los padres sólo somos los arcos, los  hijos las flechas, pero el arquero es Dios, por lo cual sólo Él sabe dónde irán y cuál será su destino, ese mismo hecho de que seamos el medio mediante el cual Dios los envió a este mundo, conlleva una inconmensurable e interminable responsabilidad.
Los hijos vienen a este mundo  a traernos amor, compañía y compromiso. Son sin duda alguna el elemento que hace más solida la unión de pareja, precisamente porque son la conjunción física que hace integración físico-espiritual de la pareja. Tan importante es el padre como la madre en esa creación magnífica, que es capaz de eternizar el amor de dos personas sobre esta tierra de Dios.
Desde que nacen los amamos y continuamos amándolos hasta después de esta vida física. No importa su inteligencia, diligencia, bondad, humor o lealtad, nosotros siempre los amaremos. No importa si están cerca o lejos, los amamos y ocupan todo nuestro pensamiento y nuestras oraciones. Si están en casa, o en la Universidad, o si se mudan o se casan, nuestro amor está ahí con ellos… permanentemente.
Los hijos no se van, nunca se van; no es posible que se vayan; tampoco nadie puede llevárselos, porque seguirán allí en nuestro corazón, en nuestra alma, en lo más hondo de nuestros sentimientos, donde no hay tiempo ni espacio.
Quienes tenemos como padres ese convencimiento, nunca tememos que se alejen, porque no tienen como alejarse. Cuando se casan nos sentimos felices porque harán su propio nido y, como nosotros, decidirán su propia forma de ver la vida y las cosas, fortaleciendo la familia;  pero siguen con nosotros, por eso no nos entristecemos.
Po experiencia propia, tengo tres hijas y dos varones; las hijas desde hace muchos años en el exterior y los varones en el país. Soy afortunado porque con todos tengo permanente y amorosa comunicación. Como padre nunca he sentido que se han ido. Yo siento que ellos palpitan en mi alma permanentemente, como la máxima razón de mi vida.

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Escuchando a Edith Piaf La vie en rose e Yves Montand Autumn leaves,dos catedrales musicales para aquellos que nacimos, vivimos  y moriremos románticos, sentí profundos sentimientos de grata recordación de una época de mi vida, cuando la música y letra de esas canciones, enjugaron lágrimas de mi alma; en aquel tiempo, sin saber en realidad por qué.

Hoy, décadas después, luego de leer mucho sobre la desgraciada vida de Edith Piaf, que desde que apareció en público siendo una niña super abusada y durante su corta vida de 40 años, para hacer felices a otros, supo llorar con drogas y música su inmensa desgracia que resumía en versos como estos:Ojos que hacen bajar los nuestros/ Una risa que se pierde sobre su boca/ He aquí el retrato sin retoque del hombre a quien pertenezco “,  tengo razón en llenarme de tristeza masoquista, cuando miro pasar  por mi  mente su  película de vida horrible, desde la niña desgreñada viviendo en las calles de París, hasta la mujer sufrida que escondió su dolor lo mejor que pudo en su vida de artista, y apenas encontró el amor al momento de morir. Y pienso: Dios mío, padre incomprensible, regalador de cosas maravillosas para que  muchos de tus hijos seamos felices, pero terrible con esas personas que nos regalan esa felicidad. Habrá un motivo por el cual suceden estas cosas, no tengo duda de tu bondad, ni intención de juzgarte, pero no dejo de sorprenderme.

En el caso de Hojas de otoño (Autumn leaves)fue diferente; esa canción tiene una parte de mí. Yo vi en Aspen Colorado, en una de las ocasiones más lindas de mi vida La caída de las hojas / La deriva por la ventana / Las hojas de otoño / Todas de color rojo y oro. Y también sentí como  Los días se hacen más largos. Y sin importar cuantos años han pasado, vi crecer mis hijas, se hicieron mujeres y madres; quizás por eso al oír estas notas pasa por mi mente la película de los valles de hojas de aspen amarillentas, negándose a morir, mientras me regalaban ese amarillo oro especial, en su caída lenta que se llevaba el viento, hasta perderse en lo más amarillo de lo amarillo.

Es que el espíritu no envejece ni los sentimientos tampoco conocen edad: están más allá del tiempo. Son esa herencia divina que nos permiten sentir, recordar, vivir y… revivir el pasado bueno.

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