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“SI LA MUERTE NO TIENE SOLUCIÓN, PREOCUPARSE POR ELLA ES INÚTIL”

hombre-de-espaldas_21255Pudiera ser que el temor a la muerte, sea el sentimiento más arraigado en la mayoría de los seres humanos; en principio como mecanismo de defensa frente al peligro, dentro de los márgenes de racionalidad es conveniente, pero sin análisis sincero sobre su naturaleza, puede llegar a convertirse en factor perturbador de nuestra felicidad.

Sabemos que el temor, que es una creación mental maligna que distorsiona la realidad, pero en el caso de la muerte su efecto es exacerbado. Frente a este sentimiento, hoy en el límite del paroxismo a nivel mundial, se hace necesario analizarlo, no desde el punto de vista científico o esotérico, sino en lo fáctico, cual es como decir, el tratamiento que debe dársele en la vivencia diaria.

El primer paso es asumir, que comenzamos a morir en el mismo momento en que nacemos. Por tanto, cada segundo de vida que transcurre, nos acerca más hacia el día que la perderemos, que venturosamente, no conocemos.

En segundo lugar, considerar que si es un evento que no tiene solución ni podemos evitar, preocuparse por él es una real pérdida de tiempo, que en nada ayuda, sino que puede aumentar el problema.

Luego de aceptado que inevitablemente llegará ese momento sin conocer cuando, lo inteligente es tratar de vivir lo más felizmente posible, ese período durante el cual estamos vivos.

Nuestro mayor tesoro es la vida, porque sin ella ninguna cosa podemos disfrutar ni puede servirnos de nada. La consecuencia lógica es que tenemos que disfrutarlas intensamente, porque no sabemos hasta cuando estarán a nuestro alcance; y como son tantas y diversas, en ello debemos afincar nuestra actividad e intelecto, en vez de desperdiciarlos pensando en algo que no tiene solución ni sabemos cuando llega.

Es ilógico que teniendo a nuestro lado esa bella pareja que amamos, maravillosos hijos, reconfortantes amigos; actividades de estudio, trabajo y recreación; y un paisaje natural increíblemente diverso y bello, permitamos que ese deleite nos lo robe un temor injustificado, cual no aporta ninguna solución al asunto.

El temor a la muerte, de la cual nadie tiene experiencia real que contar, pero que pareciera el que la sufre no se entera cuando sucede, es la rémora que puede disminuir el disfrute inigualable y diverso que nos ofrece la vida, de la cual sí que estamos conscientes las veinticuatro horas del día.

El Rey Salomón, hasta hoy y por milenios reputado como sabio, opinaba que debíamos disfrutar intensamente de todo lo que disponíamos, porque según sus propias palabras, “… es nuestro pago en esta vida.”

Guardando las lógicas distancias, yo comparto ese criterio. Por tanto disfruto con fruición de las cosas en cada segundo de mi vida, como si fuera el último, sin preocuparme de cosas que no me aportan nada positivo.

A usted le toca escoger: ¿Felicidad o Sufrimiento? Es su decisión y, es… muy personal.

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No es fácil tratar  sin  herir susceptibilidades,  algunos temas sobre los cuales desde nuestra más tierna edad nos han atosigado con paradigmas  y consejas erradas, que en nada nos benefician, pero que se hacen parte de nuestra cultura para fortalecer esa maquiavélica creación mental que es el temor. La muerte es uno de ellos, que como figura máxima del terror, en mi condición de consejero familiar, permanentemente tengo que lidiar.

 Cuando el ser humano no encuentra una explicación para un fenómeno, como mecanismo de defensa, lo rodea de misterio, mitos, interrogantes y… miedo; en el caso de la muerte, adiciona el terror.  Con esa idea, a la muerte se le ha creado la imagen de la parca, enfundada en un manto negro, con una calavera por cara y con una gigantesca hoz, errabunda por el mundo en busca de la mayor cantidad de pescuezos posibles, para segarlos sin ninguna compasión.

 De tal manera y para uso colectivo, sin distinción de edades, el hombre ex profeso y como si no existieran suficientes circunstancias atemorizantes, ha creado esa imagen terrorífica para representar el evento más seguro para todo ser humano y del cual nadie conoce nada, que no sea el que dejamos de respirar y nos ponemos a distancia de todo tipo de problemas: especialmente de las deudas y la maledicencia, porque a nadie se le ocurre ir a cobrarle a un muerto, pero también cuando alguien muere todos dicen -casi siempre sin creerlo – “Tan bueno que era.” Tal estará generalizada esta conducta, que al cementerio le llaman “La casa de los buenos.”

 Pero… ¿Qué es la muerte?

 En mi criterio, como fenómeno físico es la cesación de todo tipo de actividad del cuerpo, que inicia el proceso de incorporación a la tierra,  de todos sus elementos integrantes. Algo así como lo que sucede con un aparato eléctrico o electrónico, cuando lo desconectan de la energía. Simplemente, ya no funciona más.

 Desde el punto de vista espiritual, pienso que nuestra alma termina su estadía en esta tierra dentro del cuerpo que se queda aquí, y en ese viaje de ascenso espiritual eterno, regresa a donde vino.

 Cuando morimos sucede igual que cuando dormimos; no estamos conscientes de nada de lo que nos sucede alrededor, y por cierto es una sensación muy agradable. Será por eso que nadie se atemoriza por dormir, porque a nadie se le ocurrió decirnos desde niños que si nos dormíamos, pudiera ser que nunca más nos levantáramos, porque si tal hubieren hecho, el sueño nos aterrorizaría igual que la muerte.

 El temor a la muerte es psicológico, netamente mental como todos los temores creados por el hombre, sin conocer la intención y sin ningún beneficio.

 La realidad es que la muerte física no es más que un evento futuro e incierto, el cual sabemos que llegará pero no dónde,  cuándo ni cómo, y por supuesto, qué se siente al producirse.

 En mi caso, aunque amo mi existencia y me transo por cien años de vida, ni siquiera creo que deba prepararme para recibir la muerte, por que no tengo duda que, como el nacimiento, no me voy a enterar cuando suceda. Como mi convicción espiritual es eterna, sé que durante mi periplo por este planeta debo cumplir una misión que desconozco, de la cual forma parte todo lo que hago diariamente, pero que acepto feliz como la voluntad de Dios.

 En vez de perder mi tiempo preocupándome por la muerte, me ocupo de vivir lo más feliz e intensamente cada instante de mi existencia, con ansia de disfrute, con fruición, con deleite, como si me faltaran segundos para morir. Por eso no desperdicio mi tiempo pensando en cosas que no tienen solución, menos si las representan con una señora tan fea.

 Por eso amo a las personas de mi entorno íntimo, se los digo y demuestro a cada momento. Acepto a mis demás hermanos humanos como son, en su interesantísima diversidad y con su  personalidad individual; les acompaño y trato de compartir, en lo posible, también su vida. Disfruto de los alimentos, del descanso, de la diversión, del estudio, del trabajo y de… otras cuántas cosas más.

 Estoy demasiado ocupado procurándome felicidad,  para pensar en cosas tan poco interesantes y productivas como la muerte. Eso se lo dejo a las casas funerarias y los sepultureros, que son quienes viven de sus efectos.

 El razonamiento lógico es que los seres humanos tememos a lo que conocemos, que nos perjudica, o que estimamos que de alguna manera nos hace daño. Por eso es ilógico que temamos a la muerte, porque de ella no conocemos nada que nos pueda hacer daño. Por el contrario, nos encanta dormir y morir… es como dormir.

 Por cierto, hoy es mi cumpleaños número sesenta y seis. Seguramente me tienen preparada una torta y un brindis con cantos, abrazos y buenos deseos, precisamente, porque me falta un año menos para… morirme. 

 

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