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NUESTRA VOZ INTERIOR ES NUESTRO MEJOR ALIADO… SIEMPRE


HOMBRE PENSATIVO I

 En alguna parte leí sobre el consejo que un sabio búho daba a una joven encina, que estaba triste porque no producía flores ni frutos  “No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas…Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior.” Con esta apropiada reflexión la encina entendió que ella no había sido creada sino para ser un árbol gigante, frondoso, hermoso y ello era muy importante porque daba la sombra necesaria para el descanso del viajero, que luego podría continuar su camino. Esta sencilla anécdota podría aplicarse de forma didáctica a miles de seres humanos que,   por no conocerse a sí mismos y escuchar su voz interior, que les indica su increíble valor como individualidad,  viven estresados y hasta perturbados, por no tener las cualidades físicas o mentales, condiciones económicas,  actividad social o poder político de otras personas.

El hecho de que somos  individuales y diversos, es la base para que nadie pueda sentirse de alguna manera desmejorado frente a otro ser humano de diferente condición. La sabiduría de esa fuerza energética extraordinaria e infinita que se llama Dios, al regalarnos esa individualidad y diversidad, nos dotó de un invalorable tesoro. Una de las ventajas derivadas de tales características es que, en una sociedad tan compleja como la actual, tanta importancia tiene el profesional de la salud como el que recoge la basura, que produce  enfermedades. Asimismo, es comparable en cuanto a recreación, un buen músico,  un buen deportista o artista;  y soporta el control de  la economía, igual un contador,  un vendedor, fabricante o la cajera de un supermercado.

Al ser individuales y estar satisfactoriamente conscientes de ello, adicionando el libre albedrío y el estado de ánimo, que también habitan nuestra interioridad, no es razonable ni entendible el malsano y dañino sentimiento de la envidia;  porque todos somos necesarios  por útiles en la comunidad organizada. De hecho, si no existiera el zapatero, el abogado, el médico y el diplomático, andarían descalzos y si  algunas personas no se dedicaran a la  agricultura, la pesca y la ganadería, nuestra salud decaería al punto de que moriríamos de inanición.

Entonces podemos preguntarnos ¿Quién o qué actividad es más importante en la sociedad actual? ¿Es quizás más importante el soldado que el maestro de escuela? No, de ninguna manera, todos somos parte importante de esa maquinaria que hemos denominado sociedad organizada. El o la dirigente política es tan importante como los que eligen; el que confecciona la ropa es tan importante como el que la adquiere; el que edita el periódico como quienes lo leen, etc. Nuestra naturaleza gregaria nos hace hormigas de la misma cueva,  donde cada uno es una parte substancial y necesaria, independiente de su posición o condición personal; y esto no deberíamos olvidarlo en ningún momento de nuestra existencia.

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Alguien dijo que nuestra vida es como un rompecabezas, cual nos corresponde individualmente realizar de la mejor manera posible.  Somos especialmente individuales y diversos. Cada uno de nosotros es muy bueno para algo y mejor para otra cosa, pero tenemos capacidad y temple para no hacer nada malo: es sólo un asunto de  disposición.

Tenemos una especial capacidad de adaptación al medio y nuestro estado de ánimo,  que nos permiten dar el color deseado a la vida; vale decir, transformar a nuestra voluntad la sensación interna de los acontecimientos y circunstancias que se nos rodean.

No hay tarea pequeña en nuestra vida, porque todo lo que hacemos, de alguna forma o por su consecuencia, es trascendente. Desde tumbar o recoger la hoja más pequeña hasta realizar el acto más deleznable o heroico, siempre va a influir en algo o en alguien. Por eso nuestras acciones deben ser debidamente meditadas, y a ser posible, reflexivas.

Una palabra dicha con sinceridad y amor en su oportunidad puede salvar una persona o una colectividad completa. Asimismo, una palabra despreciativa, hiriente, inoportuna o mal intencionada, puede  hacer tanto mal, que ni en muchas vidas podríamos repararlo. Esa bendición de poder pronunciar palabras, es uno de los mayores tesoros que Dios nos dio, especialmente porque nos permite transmitir amor, compasión y caridad.

Nuestra mirada puede ser más expresiva que nuestra palabra, y como consecuencia, puede regalar paz, comprensión, desprecio u odio. Es por lo cual, hasta para mirar otra persona, debemos cuidar nuestra actitud, porque somos responsables de sus resultados ya que, por mandato divino, estamos obligados a amar a todos nuestros semejantes.

Un apretón de manos, una palmada, un abrazo o prestar nuestro hombro para recostar la cabeza al desvalido o desventurado, vale más que mil palabras y hacerlo eficientemente –esto es que se sienta nuestro amor-  es más difícil que regalar cualquier bien material por valiosos que fuere.

En todos mis años he observado que, compartir lo  que se  tiene con el que de todo carece es riqueza, no para quien lo recibe sino para quien lo da, porque la vida siempre te lo devolverá multiplicado por muchas veces y cuando más se necesita; porque un pedazo de pan al hambriento, vale más que celebrar  una cena para los pobres.

Escuchar con paciencia e interés al triste o problemático no sólo es un acto noble, sino que nos hace parecernos a Dios.

 

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El concepto de belleza es subjetivo, porque depende de la optica particular de cada individuo. De tal manera, pareciera aventurado emitir un criterio definitivo sobre si alguien es o no bello.

Nuestra personalidad es individual, independiente, pero integral. Consecuencialmente, nuestra presencia, en mucho, es el reflejo de esa personalidad; cual involucra la parte fisica, pero también la espiritualidad que nos caracterizan como seres racionales.

Pudiera ser que alguien comente que otra persona le parece fisicamente linda; pero, cuando nos referimos a la gente bella, no lo hacemos por su sola apariencia fisica, sino que la determinamos como conjunto fisico-espiritual, que involucra esa belleza subjetiva que corresponde a nuestro gusto, pero tambien su trato, su bonomia, su humor, su generosidad y su respeto por las personas y las instituciones sociales.

De hecho, una persona bella, casi siempre es exquisita. Físicamente, su apariencia no la determina la marca de la ropa, los atuendos o accesorios que usa, sino el gusto al avenirlos a la imagen personal que de ella misma tiene.

La gente bella es diligente y atenta; especialmente, oye con atención y respeto a sus interlocutores, interviniendo cuando le corresponde, para aportar opiniones ponderadas sobre lo tratado e incorpor temas agradables o interesantes.

La gente bella demuestra su preocupación e interés por las cosas, problemas y sentimientos de los demás. Como consecuencia, normalmente genera las mismas reacciones e  inspira y recibe idénticos sentimientos, como los que logra demostrar con su trato afable pero auténtico.

La gente  bella, es activa, optimista, sinérgica y… vibrante. Este tipo de personas suele ser  moderada, tolerante, caritativa e intenta por encima de todo realizar esa proeza humana tan dificil: ser justa. Quizás porque nunca olvida que solo somos seres humanos, tratando de ser mejores, pero que, al final, no somos mejores ni peores, sino… diferentes.

La gente  bella, por lo general enfrenta la vida con alegría y da gracias por el privilegio de vivir. Por eso, en busca del éxito personal no se atemoriza del fracaso, porque entienden que es necesario tropezar para aprender como recorrer mejor el camino.

Lo único triste de todo esto es que, no obstante que a cada momento tropezamos con gente bella –porque ciertamente hay mucha- nuestros mecanismos de defensa,  y la prisa que injustificadamente ponemos en nuestra actividad, no nos deja tiempo suficiente para detectarlas;  y con ello perdemos la oportunidad más linda que nos ofrece la existencia: disfrutar plenamente de nuestros hermanos humanos.

 

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Sobre el tema se ha escrito mucho, variado y constante; sin embargo, por su importancia para la felicidad personal, todo lo que se abunde es bueno.

La efectividad de nuestra personalidad, depende en mucho de cómo nos consideremos nosotros mismos; a nuestro favor tenemos que corpórea y espiritualmente, somos la obra más acabada sobre esta madre tierra.

Físicamente, somos especialmente singulares. Nuestro cuerpo es individual, único, hecho a imagen y semejanza de Dios y eso significa que nadie puede ser más o menos bello sino diferente, pero siempre… bello; precisamente porque Dios es bello.

Nacimos cuando, como y donde tenía que suceder; nuestra edad, siempre, es la apropiada; nuestros padres los mejores y este hermoso y apasionante mundo, nuestra heredad.

Tenemos el poder de dar a cada circunstancia la trascendencia que nos convenga, y eso nos asegura la posibilidad de determinar el nivel de la satisfacción deseada.

No necesitamos mostrarnos diferentes a como somos, ni desear la vida de otro, y la autenticidad es elemento importante de nuestra personalidad. En función del amor, sabemos superar nuestra originalidad, elevarnos por encima de nuestra propia naturaleza y eso nos hace… espirituales.

Disponemos del intelecto suficiente para diferenciar lo bueno de lo malo; lo seguro de lo peligroso; escogimos la generosidad y ser útil nos regala el honroso título de hijos de Dios.

Mis tiempos siempre han sido buenos: cuando niño satisfice mi curiosidad y me reí de todo lo importante; cuando joven aprendí a amar la vida, las personas y a disfrutar con fruición… todo, sin darle mayor trascendencia. En mi madurez aprendí que el respeto, la consideración, el reconocimiento y la admiración, fundamentan el amor verdadero y… permanente.

Hice de la generosidad y la felicidad mi ruta: por eso comparto mi pan con el necesitado, abro mi corazón al desvalido y presto mi hombre al desventurado, para recostar su cabeza.

Conozco lo que valgo, sé que como ser humano, soy único e irrepetible; consecuencialmente, a cualquier edad represento un valioso obsequio para cualquier otro ser humano. Así que, quien no lo descubra, aprecie o desperdicie, simplemente… se lo pierde.

Eso es la autoestima; sentirnos, dentro de nuestra natural sencillez, especialmente seguros de estar dotados por Dios, de todos los atributos necesarios para motivar éxito, bienestar, solidaridad y amor; condiciones fundamentales para combatir el egoísmo y lograr nuestra mayor ambición como seres racionales: LA FELICIDAD.

 

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Mucha oportunidad de disfrutar y disfrutarnos, se desperdicia en preocupaciones por cuanto debe o puede ser nuestro peso ideal; paradójicamente, corresponde más a nuestra preocupación por como nos ven, que por como nos apreciamos nosotros mismos.

La sociedad, más por intereses mercantiles que estéticos, ha diseñado modelos y etiquetas, con los cuales manejarnos a su antojo, sin ninguna preocupación por nuestra sagrada individualidad y… diversidad.

De niños, con la intención de que crezcamos “Sanos y fuertes”, se nos induce a consumir productos energéticos con alto contenido de carbohidratos, y consecuentemente, a favor del aumento de peso. A determinada edad, se invierte la presión y entonces se nos aplica todo tipo de expresiones peyorativas a nuestra humanidad, para que dejemos de comer.

Así, por causa de nuestra apariencia física, más pensando en los modelos creados para controlarnos que en nuestra propia satisfacción, terminamos descontentos con nosotros mismos.

A todas estas nadie se ha preguntado, con relación al peso, cuál es aquel que, como individuos, sentimos que es bueno para nuestra vida.

Más allá del factor salud, en el caso de personas con patologías como la obesidad o anorexia… ¿Puede alguien determinar que sea el peso lo que decida la felicidad? No, de ninguna manera.

Que un peso apropiado pudiera ser conveniente para una mejor salud, eso parece bastante lógico. Pero que una persona para ser feliz dependa de su peso, realmente me parece un contrasentido.

El peso ideal es aquel que uno escoge y se procura; porque el primer admirador del cuerpo debe ser uno mismo y no hay nada más reconfortante que sentirse bien.

Conozco mujeres llenitas que a todos atraen, cuales nadie podría negar su hermosura y sensualidad. Igualmente conozco otras flacas o delgadas, que inspiran más ganas de regalarles un caramelo que de saborearlas como tal.

Lo importante no es como me ven o me perciben los demás, sino como me siento yo mismo, porque tengo que vivir con mi cuerpo veinticuatro horas y sería horrible hacerlo insatisfecho.

La belleza es una apreciación absolutamente subjetiva; por tanto, para quienes me aman soy la imagen física que ellos ven, o quizás como me quieren ver, diferente a la que pudieran percibir los demás. Para ellos no es trascendental mi peso corporal, porque aprecian mis valores humanos individuales y mi capacidad de expresar y concretar mi amor, y eso es lo único que debe importarme.

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Hoy quiero compartir con mis consecuentes lectores, algunos pensamientos y antiguas enseñanzas que    por obvias nos pasan desapercibidas, pero son fuente de sabiduría; o al menos, abonan a ese concepto de inteligencia de que esta representa “…la medida de la capacidad de hacer las cosas bien, todos los dìas.”

Rreflexionar sobre que: debemos dar con alegrìa, màs a las personas de lo que ellas esperan de nosotros; no debemos creer en todo lo que oimos; gastar todo lo que tenemos; ni dormir tanto como podamos, son sabios consejos que quien los toma, logra una existencia màs productiva y reconfortante.

Recordar que cuando digamos: yo te amo debemos hacerlo con sinceridad; o lo siento mucho, mirando a los ojos de quien nos disculpamos, me consta que inspira aceptación, confianza y respeto por nuestra persona.

Jugar siempre limpio; nunca insultar a nadie; no juzgar ninguna persona por sus parientes, me ha evitado meterme en muchos problemas en la vida.

Hablar siempre claro y lento, pero pensando rápido; y sonreir diciendo: ¿Por qué deseas saberlo? ante una pregunta problemática de responder, les aseguro que ha economizado miles de horas de mi tiempo y quizás, algunos sinsabores.

Recordar que: grandes amores conllevan grandes riesgos; que, una pequeña pelea no debe hacer perder una gran amistad; y que, cuando se pierde se debe aprovechar la lecciòn, me han ayudado fundamentalmente, a poder orientar acertadamente, a quienes solicitan mi ayuda.

Aunque no lo comparto en su totalidad, sí considero apropiado reflexionar sobre este antiguo proverbio,  porque recordarlo y actuar en consecuencia, evitará situaciones inconvenientes: NO SE PUEDE RECOGER: la piedra, después de arrojada; la palabra, después de dicha; la ocasión, después de perdida; y el tiempo, después de pasado.

Tener respeto por mí mismo; respeto por los demás; y responsabilidad por mis actos, me han regalado cientos de consecuentes amigos y una familia amorosa, que han hecho mi vida màs agradable y buena.

Estar de novio por lo menos seis meses antes de casarse; creer en el amor a privera vista; amar profundamente y con pasiòn; nunca reirse de los sueños de otros; y decir salud cuando alguien esturnuda, contribuyó de forma decisiva a mi buena relación con quienes amo y la grata solidaridad de mis amigos, que contribuyeron con esa bella vida que por màs de sesenta y nueve años, Dios me ha regalado.

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¿A quién me parezco? ¿Con quien puedo compararme?

Creo que con nadie, porque simplemente soy  una individualidad; soy particular, diverso, típico… único. No hay ni existirá física o intelectualmente, nunca nadie exactamente igual como yo, o con idénticos sentimientos a los que yo experimento en cualquier circunstancia de mi vida.

De tal suerte, es  inútil y sin sentido práctico que me compare con alguien más, porque a ciencia cierta y de forma perfecta, no existen parámetros exactos para la comparación, ya que, como no soy exactamente igual a nadie más, siempre habría un desequilibrio, que de alguna manera, inclinaría el fiel de la balanza a favor o en contra.

Físicamente, siempre ha  habido o habrá alguien más alto, bajo, gordo, flaco, liviano, pesado, rápido o lento, fuerte o débil, sano o enfermo que yo. Como consecuencia, siempre ha habido o habrá alguien que me supere, por defecto o por exceso en cualquiera de estos aspectos, por lo cual, desde el punto de vista físico, no puedo considerarme  mejor o peor que otra persona; simplemente, soy diferente.

Intelectualmente, siempre han existido y existirán personas con más altos o bajos niveles de coeficiente mental que  yo; más o menos nobles, valientes, generosos, amorosos, positivos o negativos. Por tanto, no debo sentirme superior, inferior, mejor o peor que ningún otro individuo, precisamente porque soy diverso.

Mi atipicidad es mi escudo frente a esa sensación, que como casi todos los males que aquejan nuestra espiritualidad, son una creación maléfica de nuestra mente, que se traduce en sentirnos disminuidos frente a las cualidades, características, actuaciones o realizaciones personales de otros, conocido como el sentimiento de inferioridad.

Como es cierto soy atípico, diverso e individual en mi conformación física e intelectual, también lo soy en mis actuaciones y en mi forma de ver la vida y las cosas. Con respecto a otros individuos, soy mejor en algunos aspectos y actuaciones, pero peor en otras. Mis cualidades y condiciones corresponden a mi especial y única forma de ser y actuar, y por tanto, de alguna manera, en justicia son incomparables.

Dentro de mi esencia como ente particular, el resultado de cualquier comparación que haga con otro individuo, va a depender de criterios de “normalidad” predeterminados no por mí, sino por una sociedad,  en un momento y espacio determinados.

De la misma manera, no voy a comparar los hechos o actuaciones en sí mismos, sino lo que yo creo, estimo o pienso de ellos, en base a esos patrones sociales aprendidos, cuales considero aplicables en cada caso. En esa posible comparación, en su resultado incidirá especialmente la concepción personal del qué, el porqué y el cómo nos comparamos o medimos.

Estas premisas me llevan a la conclusión de que, definitivamente, nadie es superior ni inferior que yo en todo lo que haga, sino que en algunos asuntos -que no tienen por qué ser los trascendentales- alguien puede ser mejor o peor que yo, pero dentro de los parámetros de lo que, en una sociedad y un momento determinado, esos patrones que la rigen se determinen como “normales”.

De hecho, lo que para una persona muy sensible o sentimental sea “normal”, pudiera ser que para otra insensible y desentendida no lo sea, no obstante que esa sociedad donde se desenvuelva lo tipifique en uno u otro sentido. En este mismo orden, lo que para una persona resulte importante, trascendente o especial,  pudiera ser que para la mentalidad de otro, no reúna ninguna de esas valoraciones y lo estime desprovisto de toda importancia.

Para un jugador de béisbol, no es determinante para realizar bien su trabajo, tener la capacidad de memorización de diálogos o una especial capacidad gestual; como tampoco requiere fuerza en los brazos o velocidad al correr, una artista dramática para concretar una buena representación teatral.

En el caso citado, el primero funda su éxito en su capacidad física, que le permite superar en velocidad, agilidad y fuerza a sus contrincantes;  pero la segunda radica su éxito en su capacidad intelectual, que le facilita la memorización de los diálogos y la representación de sus personajes, de tal manera que motive a los espectadores. Por eso, la comparación entre ellos, respecto de lo que cada  uno hace, simplemente  no tendría sentido práctico.

Diferente es “qué piensa o estima cualquiera de ellos de lo que hace, o la valoración de lo que realiza la otra persona”, porque eso corresponde a su manera muy personal de  ver e interpretar la vida y las cosas.

Todo esto me lleva a concluir que, como individuos, no somos ni “superiores” ni “inferiores” a nadie con respecto a nuestra vida integral. Simplemente somos “nosotros” y no tenemos por que creernos ni mejores ni peores que nadie, porque esas son apreciaciones personales nuestras, que nacen y se desarrollan en nuestro intelecto, por lo tanto no pueden ser generales, sino como nosotros individualmente las estimemos, cual sin duda puede ser bien diferente a la evaluación de otras personas.

Si algo pudiera ser trascendente en nuestra mayor aspiración vivencial, debería serlo el que,  sobre la base de los principios éticos y valores morales que rigen nuestra vida, en todas nuestras actuaciones, en vez de compararnos, imitemos la cosas buenas que observamos en la actuación de otros individuos, que con sus resultados nos demuestren que benefician a nuestros semejantes; lo cual también nos beneficiará como personas, y es completamente diferente a una comparación, que no nos deja nada positivo y casi siempre juega en contra nuestra.

Fuimos hechos por Dios individuales, diferentes y diversos, con el mandato de amarnos y ayudarnos de tal modo que hiciéramos lo más placentera nuestra corta etapa sobre esta madre tierra. Bajo esa consideración, el respeto por la individualidad, la diversidad y la disidencia, son condiciones fundamentales para el logro de la mayor aspiración  como personas y como colectivo: armonía, paz y felicidad.

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hombre-pensando-iii.jpgEn la entrega anterior nos quejábamos de esa sociedad desarrollista en que vivimos, a la cual hemos permitido que nos condicione en esa supuesta necesidad de acumular bienes materiales, que en el fondo no es más que el efecto de esos otros sentimientos que no trajimos con nosotros en nuestro advenimiento a este planeta, sino que aquí aprendimos y que nos producen sensaciones de inseguridad y desesperanza que pretendemos controlar con la errada convicción de que, disponiendo de mayor cantidad de riqueza o poder nos blindamos frente a los males de ese mismo medio ambiente que cuando niños nos entusiasmaba conocer y explorar, pero que hoy por haber perdido nuestra espontaneidad y haber inventado el temor, observamos con recelo y desconfianza.

      Pero eso no significa que no podamos enderezar el rumbo, o volver a rescatar algo de lo que se nos quedó atrás. Por virtud de nuestra propia naturaleza, somos el ser vivo más adaptable que ha pisado esta madre tierra. Tenemos la capacidad de mover montañas, dividir continentes, subir al cielo e inspeccionar los más profundos abismos marinos.

      ¿Quién podría convencernos de que no podemos enderezar nuestra vida?

      Nadie tiene ese poder. Ya lo dijo Jesús hace dos mil años, que únicamente requeríamos fe como el tamaño de una semilla de mostaza para lograr el éxito, y el devenir de la historia y sus acontecimientos nos han ratificado las palabras de ese hijo predilecto de Dios.

      Comenzaremos con el acto más valiente de un ser humano: luchar contra sí mismo, imponiéndose a sus errores y desaciertos venciendo su propia adicción a las ficciones engañosas. Enfrentando un ambiente cargado de conceptos y paradigmas comunes pero erróneos y desacertados, por cuya causa hemos perdido una buena parte de nuestra perspectiva de la realidad.

      Aceptaremos que algunas cosas no las hemos hecho muy bien y hasta que otras las hemos hecho peor. Aplicaremos nuestra extraordinaria capacidad para enmendar. Volveremos a apreciarnos como seres humanos, nosotros mismos y a las personas que amamos, en el largo pero interesante camino de la vida que aún nos queda por recorrer.

      Lucharemos contra esos anti valores que como bacterias han inundado nuestros espacios, para robarnos buena parte de nuestra propia individualidad. Nos ayudaremos recordando que tenemos un pequeño mundo que es nuestro, conformado por esas personas de nuestro entorno íntimo que tanto amamos, que con nosotros hacen causa común, luchando por sobrevivir dentro de un gran mundo que es ajeno y algunas veces adverso.

      Defenderemos con gallardía la necesidad de satisfacer ese pequeño mundo nuestro, para luego atender los requerimientos del otro gran mundo del cual también formamos parte, pero… que es ajeno. De forma definitiva nos sinceraremos con nosotros mismos y nuestro entorno inmediato, defendiendo lo que queremos ser, que concreta nuestra identidad personal conformada en ese pequeño gran mundo propio e íntimo, sin importar que choque con los convencionalismos sociales que rigen ese otro gran mundo… que no es nuestro.

      Tenemos que ser y actuar como somos, con nuestros propios valores, sentimientos e identidad, pero no como lo deseen o nos quieran ver los demás. Seremos consecuentes con nuestro propio pensamiento, tomando consciencia de que tenemos una sola vida, que es muy corta y que debemos vivir  intensamente, porque no volveremos a repetirla.

      Recordaremos que somos nosotros y nadie más quienes podemos hacernos felices… o infelices. Liberaremos aunque sea por poco tiempo al niño que tenemos retenido adentro hace tantos años, y él, que nunca llegó a contaminarse nos señalará el camino. Aunque sea por un momento debemos olvidar, y si se quiere rechazar los mecanismos de defensa que nos hemos creado para evitar que alguien pueda herirnos, que se reflejan en nuestra diaria forma de actuar.

      Como los niños ignoraremos el riesgo. Aprenderemos otra vez a llorar y… lloraremos. Nuestras lágrimas después de tanto tiempo mostrarán un pedacito de un alma sensible y buena que no hemos perdido. Porque si queremos recuperar nuestra felicidad tenemos que hacer un stop en el camino, un espacio en la jornada. Regalarnos la posibilidad de intentar volver a comportarnos aunque sea por poco tiempo, otra vez como… niños.

      Dibujar el mundo a nuestra conveniencia y colorearlo con sueños multicolores, aunque tengamos que pedir prestado… el arcoíris.

      Como niños saldremos corriendo de nuestra habitación y nos colgaremos del cuello de la persona que más amamos… sin cuidar que piensa de nosotros, ni interesarnos en lo que sienta. Mancharemos su vestido o su camisa. Meteremos el dedo en su postre y lo comeremos sin pensar en nada… sólo en comerlo y disfrutarlo. Sorberemos su leche, o su café, o su sopa, fría o caliente… no importa.

      Diremos te amo, aunque no nos oigan o entiendan que lo decimos, eso… no importa. Gritaremos si algo no nos gusta y brincaremos de alegría sobre el colchón de la cama, si nos dan lo que deseamos. Sacaremos la lengua al vecino y sonreiremos al hombre que corta el pasto. Vestiremos de colores, aunque no combine nuestro atuendo.

      Usaremos esas pijamas que hace tiempo que no usamos, porque sabemos que sólo a nosotros nos gustan. Fingiremos que estamos dormidos o…enfermos, para dejar un día de trabajar o ir a la escuela. Caminaremos descalzos por la casa y a ser posible por el patio, y salpicaremos todo con el agua de la lluvia.

      En verdad, escaparemos por veinticuatro horas de esa realidad impuesta, que pretende ignorar que antes de todo somos… seres humanos y no máquinas o fríos e inmutables guarismos. Gritaremos que somos imperfectos, pero perfectibles; que necesitamos amar y ser amados, aunque a veces no lo hagamos muy bien; que no queremos ser tenidos como objetos, sino como sujetos, dignos de amor, de aceptación, de comprensión y decuidado.

      Nos regalaremos este espacio de tiempo en el anchuroso mundo de nuestra corta, pero interesante vida; en un paréntesis sobre el lomo del tiempo, detrás de la sombra del pasado y tomados de las manos del hoy, para regodearnos en lo inmenso de nuestra capacidad de disfrutar, de olvidar, de ser mejores, de amar y ser amados como lo que somos, como lo que nunca dejaremos de ser… niños

      Próxima Entrega: UN STOP EN EL CAMINO -Parte III

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