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Para satisfacer la inquietud de un consecuente lector, trataré sobre las posesiones materiales e intelectuales y su trascendencia en la vida terrenal. ¿Qué tengo en esta vida exclusivamente mío o pudiera llevarme al más allá? Nada, al menos nada físico o intelectual que pudiera permanecer por siempre; todo, incluida mi persona, es esencialmente… temporal.

La vida no me pertenece porque es de Dios, quien decide hasta cuando puedo mantenérmela. Mi esposa y mis hijos a quienes amo tanto, tampoco son míos porque también son de Dios; y siendo que nos une el amor y el cariño, que no son físicos, no necesito llevármelos porque son parte de mi espiritualidad.

¿Y el fruto de mi trabajo, de mi dedicación y mis desvelos… tampoco son míos? Pienso que sólo podemos disfrutarlos; los tenemos prestados mientras vivimos, porque donde vamos… no los necesitaremos. Los bienes, el poder y la fama, complementarios a la felicidad, al ser eventuales nadie puede asegurar su permanencia. Los bienes así como nuestros cuerpos -por ser físicos- volverán a la tierra donde pertenecen; el poder y la fama no existen físicamente, sino que representan operaciones mentales, ya que no pueden ser cuantificadas, físicamente determinadas, trasportadas o transferidas. ¿Y mis conocimientos y sabiduría adquiridos? Esos valores corresponden a nuestra individualidad y únicamente podemos aprovecharlos en nuestra condición físico-espiritual y al morir, por carecer de uno de esos elementos, ya no nos servirán para nada.

Pero… ¿Qué tengo entonces? ¿Qué es realmente mío? Mi capacidad de amar, de disfrutar, de compartir, de ser útil; mi hoy -que es inmutable e     impredecible- pero que puedo manejar a mi antojo. Mi gran tesoro es este maravilloso presente, donde puedo aplicar todas mis capacidades para ser feliz, porque depende de mi estado de ánimo y libre albedrío para sacarle el mejor provecho a esas muchísimas bendiciones que Dios me da… todos los días.

Es que, para evitarnos preocupaciones por atesorar o cuidar bienes materiales, fama o poder, Él los hizo temporales en esta vida e innecesarios en el más allá. Fue por ese acto de amor que no trajimos nada físico a este mundo; precisamente para que nunca olvidásemos que como llegamos, así nos iremos: desnudos de cuerpo y alma, porque lo que es muy importante, lo trascendente, lo que no muere, como mi alma y mi amor, como vinieron se irán y de ellos no quedará recuerdo perdurable en esta tierra.

Mirando hacia atrás en el tiempo y habiendo desarrollado una familia de cinco hijos, quienes tienen hogares felices, siento que paulatinamente se nos fue quedando una forma de vida que cambió bastante nuestro mundo, pero no nuestra vocación para ser felices.

Criar los hijos no era tan difícil, porque se alimentaban del seno materno, visitaban el médico una vez al año, jugaban descalzos en el patio o la calle, podían comer dulces o helados, no conocían antialérgicos, pero eran muy sanos.

No viajaban a Disneyworld, pero disfrutaban entusiasmados los paseos a la playa, la retreta, las películas vespertinas o los paseos campestres los fines de semana; y para dormir no requerían ninguna medicina, más allá de una limonada caliente antes de pedir la bendición, cuando dormían como lirones.

No conocían juguetes eléctricos, ni robots, ni nintendo; confeccionaban sus propios juguetes con carretes de hilo y latas de sardina, porque eran creativos, sencillos, conformes, respetuosos y… amorosos. Disfrutaban su niñez porque no asistían a la escuela sino hasta los siete años, lo cual les daba espacio para descansar, jugar y colaborar con las tareas domésticas, creciendo en el amor y solidaridad familiar. Tampoco se usaban filtros para el agua y el mentol era el remedio para los golpes, pero generalmente eran bien sanos.

Si no estaban en la casa, se suponía que compartían con los vecinos, los amigos o en la escuela, pero no en nada peligroso. No los amarraban a los asientos de los autos ni se temía por depredadores sexuales; pero no recuerdo ningún caso o deceso infantil por esos males.

Ninguno necesitaba psicólogo, porque no conocían  “traumas”, “espacio propio” o “especial intimidad”, porque vivían la familia integralmente. Para su disciplina bastaba la psicología doméstica” de la nalgadita a tiempo, tan eficiente para evitar malos hijos y… delincuentes.

¿Qué sucedió y porqué cambiamos?

No lo sé con exactitud, quizás de todo un poco; se trata de un nuevo tiempo preñado de cambios, que nos reta y debemos enfrentarlo serenamente. Seguimos siendo los mismos sobre la misma tierra, donde todo tiempo es apto para la vida buena.

¿Cuál es la moraleja y qué debemos considerar como enseñanza?

Que sin lamentaciones inútiles, evocaciones tristes o detenernos para que el desarrollo nos atropelle, conviene de vez en cuando mirar atrás, para sinceramente, evaluar el pasado, apreciar el presente y por esas experiencias, planificar el futuro en función de una felicidad que siempre es posible lograr.

La maravillosa frase “todo pasará” ha sido repetida y concientizada por siglos; quienes la atesoran viven tranquilos hasta su ancianidad. Sin embargo, la mayoría de las personas… la ignoran. Pienso que si nuestra formación hubiese sido diseñada en función de nuestra felicidad, hubiese sido nuestra primera enseñanza familiar y se habría continuado en la educación formal desde el kínder hasta el último grado universitario; porque… ¿De qué sirve cualquier triunfo si no somos felices?

La convicción de que todo pasará representa la única posibilidad cierta de transitar el camino de la vida en paz, tranquilidad y regocijo. Quienes teniendo problemas graves, por desconocer esta verdad milenaria, al no encontrar solución inmediata, acrecientan progresivamente en su psique su entidad, auto flagelándose con la visión de un futuro desventurado que pudiera ser que nunca llegue. De la misma manera, quienes logran el éxito en su confort y felicidad, se desbocan en excesos considerando que ya nunca cambiará su situación, lo que les impide tomar las previsiones mínimas necesarias.

Felicidad, dolor, salud y enfermedad son huéspedes en habitaciones contiguas; la enfermedad y el dolor llegan sin avisar y el amor surge sin programación alguna. Por tanto, si se disfruta intensamente de felicidad, salud y amor a conciencia de que podrían pasar, al deleitarse en estas bendiciones, se tomarán las previsiones oportunas frente a la posibilidad de que se produjere un cambio. Asimismo, si se sufre dolor, enfermedad o desamor y se asume que todo pasará, no solamente será más llevadero sino que se fortalecerá el espíritu y enriquecerá la experiencia.

Si hoy estamos sanos, prósperos, enamorados y felices, daremos gracias; seremos comprensivos, generosos y caritativos con nuestros hermanos humanos, compartiendo esas bendiciones recibidas de Dios; disfrutaremos al máximo, conscientes de que esto podría cambiar en un momento dado, pero que nuestra fe, optimismo, diligencia, amor por la vida y a los semejantes, son nuestras mejores armas para evitar o retrasar unas situación indeseable.

Las promesas de amor, de amistad, de solidaridad, con el transcurrir del tiempo y la condiciones, suelen deteriorarse, golpeando el alma y la autoestima del afectado; no obstante, el hecho cierto de que todo pasa, se convierte en una tabla de salvación para aminorar el dañoso y abrir la posibilidad a un nuevo panorama.

El conocimiento de la indefectible temporalidad material de toda circunstancia, motiva el aprovechamiento, goce y fruición de lo que tenemos a mano, precisamente porque conocemos que pudiera ser pasajero.

Es que el hecho de que todo pasa, produce la sanadora realidad del olvido. ¿Qué sería de nosotros si no pasara el dolor, la tristeza, la frustración y los malos momentos? ¿Si no pasara el dolor por la muerte de los padres o un hijo? Venturosamente, como todo pasa las sensaciones, buenas o malas, más tarde o más temprano, al pasar…se olvidan.

De la misma manera, si nos ataca una enfermedad, mala situación o somos objeto del desamor, no debemos desesperarnos, porque conocemos que eso pasará; vendrán tiempos mejores y estos males serán sólo un recuerdo, que de alguna manera nos prepararán para disfrutar mejor ese futuro bueno que nos espera; y eso se llama… esperanza, cual es una cualidad que, como alguien lo escribiera, es lo único que el hombre mantiene hasta después que la ha perdido.

Cuando observo las estadísticas del crimen en mi paìs, donde el promedio de vìctimas y sus victimarios no sobrepasa los veinticinco años, siento que pudiera ser que por omisiòn,  parte de la culpa de esta tragedia nacional corresponda a quienes fueron responsables de la formaciòn de estos desventurados: sus padres.

Es que el papel de padres no se agota en traerlos al mundo, alimentarlos, cuidarlos y educarlos, sino que es fundamental formarlos para la vida, lo que conlleva infundir principios, valores, amor, respeto, solidaridad, pero tambièn disciplina y ejemplo.

Todos los padres ambicionamos hijos alegres y felices, pero para que esa alegría los acompañe por siempre, debemos tener la valentìa de aprender a decirles NO cuando consideremos inconveniente la solicitud, aunque nuestro corazòn quiera decir SI.

Así como la sonrisa de un niño es lo màs hermoso, sus làgrimas nos afectan en lo màs profundo del alma; pero nuestro deber como máximos responsables de su futuro, es aprender a diferenciar lo conveniente de lo inapropiado de sus actitudes y requerimientos, independiente de su estado de ànimo.

Cuando un padre cegado por el amor y debilidad de caràcter dice permanentemente SI, sin medir los efectos que para esa vida tendrà su permisividad, està renunciando a su màxima responsabilidad como ductor de sus hijos, sin medir todo el daño que para el futuro puede representar esa actitud. Son esos hijos acostumbrados a recibir siempre un SI independientemente de la naturaleza, entidad o caràcter de su solicitud, quienes al momento de enfrentar la vida solos y sin la protecciòn de sus padres, no soportan un NO a lo que consideran beneficioso y esto los lleva a cometer lo peores errores.

Los padres tenemos que aprender a soportar el dolor de ver llorar a nuestros hijos, si a conciencia entendemos que aceptar sus solicitudes pudiera influir negativamente en su caràcter, conciencia o apreciaciòn de la sensibilidad y solidaridad humana. Es preferible que en esos primeros años les digamos NO, cuando tenemos a mano otros elementos para ayudarlos, a que màs adelante, cuando ya no estemos con ellos, sea la vida la que les diga NO sin haber sido debidamente preparados para enfrentarlo, cuando ya no podremos hacer nada por ellos.

La actitud permisiva y si se quiere cómoda con los hijos hoy, pudiera significar el peor daño a sufrir en su futuro, y eso sería ciertamente… imperdonable para cualquier padre.

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¿Cuál es el significado de la libertad personal?

Considerando la libertad como la facultad para decidir acciones según la inteligencia o voluntad para producir el derecho a la libre determinación, pudiera ser que la respuesta concierna más a la ideología individual o filosofía de vida, que su influencia real materializada como elemento vivencial cotidiano desde la óptica de su concepción física, espiritual o… ideal.

Estimo la libertad como indivisible e integral, y si se quiere, autónoma, porque su entidad y dimensión dependen de la concepción personal e individual; pero siempre regida o condicionada por el beneficio colectivo frente al interés personal. Nadie más que yo mismo decide si me hace superior, fuerte, poderoso e invulnerable; o si por el contrario, me pone en riesgo de convertirme en débil, inferior, sojuzgado o especialmente vulnerable.

La libertad como condición especial y única de los seres inteligentes, no es un atributo sólo para escucharlo con deleite o pregonarlo, sino que, para que surta efectos en su máxima expresión físico-espiritual, debe sentirse y vivirse. Su entidad no se circunscribe a lo corporal, sino que va más allá y con consecuencias no dimensionables, afecta mi intelectualidad, pensamientos, ideas y espiritualidad, que son intangibles. Es en esa dimensión inmaterial donde obtengo mayor fortaleza porque me da sabiduría, permitiéndome sobrevivir cualquier desventura, inclusive la de perderla corporalmente cuando, eventualmente, la organización social pudiera privármela.

Dolorosamente percibo que algunas personas violentan su propia libertad personal, cuando permiten que elementos nocivos, desestabilizadores y degradantes de su condición humana como el alcohol, las drogas, el mal uso y depravación sexual, compelen el disfrute de esta bendición de Dios encerrándola y coartándola bajo el imperio desventurado de esos bajos instintos, al permitir sobreponerlos a su voluntad que es condición racional e inteligente.

No hay posibilidad de encadenar la libertad de ideas ni el espìritu, porque sólo puede inmovilizarse el cuerpo, que es tangible y temporal, pero no el espíritu que trasciende la vida física; pero sí existe la probabilidad del autocautiverio o encierro individual, cuando se supedita la voluntad a los vicios y tendencias originarias, estableciendo barreras que perturban la intelectualidad, produciendo la mayor pérdida de la libertad posible: la espiritual, que al ser la de mayor entidad, conlleva nuestra autodeterminación para ser mejores y vivir felices, cual fue el destino que recibimos en el momento de ser concebidos y  debe representar la meta más ambiciosa, porque nos permite llamarnos hijos de Dios.

El sol sale y el sol se pone y… nada nuevo hay bajo el sol. Estas sentencias bíblicas, aunque fueron escritas mucho después del advenimiento del hombre, rigen su vida sobre este planeta. El día… la noche, la vida y… la muerte, representan la bipolaridad de nuestra esencia humana. De cómo lo entendamos y asimilemos depende en mucho nuestra estabilidad emocional y nuestra felicidad. Concepción, nacimiento, desarrollo y muerte; cuatro instancias de nuestra permanencia física sobre este planeta. Al nacer, con el primer llanto saludamos al mundo y desde ese momento procuramos disfrutar de sus múltiples beneficios y facetas. La inocente y bella niñez, precede la confusa pero inolvidable adolescencia, para dar paso a la adultez que nos presenta las diferentes opciones sobre esa tabla de ajedrez que es nuestra vida consciente; sus resultados dependerán de nuestra forma de jugar. Si logramos la felicidad, merecemos felicitación, pero si somos infelices a nadie podemos endosar la culpa. Por siempre, independiente de la entidad, somos nosotros y nadie más quienes ponemos color a nuestra vida. Podemos ver salir el sol con entusiasmo y optimismo asumiendo que será el mejor día, y ese será su resultado; o presentir que no será bueno, que tendremos problemas, y el temor que desvirtúa la realidad se encargará de hacer gris lo que pudo ser brillante. Asimismo, podemos presentir una noche borrascosa, de ruidos ensordecedores y excesivamente fríos, y de tal manera desperdiciar su dulce olor a tierra mojada y ruidos silenciosos de caídas de hojas, que dan reposo al alma. Pero, si esperamos la noche como amiga mágica de nuestro romance con el mundo, que nos ofrece alfombra para el descanso, bajo un manto de azules estrellas que nos guiñan sus ojos cómplice y felices de acompañarnos en esa emocionante aventura nocturna, de amar a esas personas de nuestro entorno íntimo, que son la razón y el acicate para ser mejores, en vez de fría y borrascosa será una bendición. Es que Dios, que vela por cada uno de sus hijos, hace el día y la noche, con sus bellos colores, sonidos y silencios para nuestro disfrute y felicidad, pero no para el desaliento ni la tristeza. Por eso nacen los cervatillos y florecen los árboles en Primavera, sembrando de colores y optimismo al mundo; caen las hojas en el otoño para nutrir la tierra y abrir camino de vida a nuevos retoños; viene la nieve a pintar de blanco la planta del mundo, mientras hiberna el oso y las aves vacacionan en el Sur; y finalmente, nuevamente el brillante calor del verano, que cierra el ciclo de una vida que en toda estación y oportunidad nos brinda la posibilidad de disfrutarla. Es un ramillete de opciones disponible para todos; podemos tomar la que nos plazca. Depende de cómo utilicemos el mayor tesoro que vino y se irá con nosotros: nuestro estado de ánimo.

¿CUAL DERROTA?

En el mundo de la realidad y  en el campo de lo personal, la derrota como tal no es fácil de definir, porque perder una batalla, sufrir un descalabro, no lograr un objetivo propuesto u obtener un resultado adverso en una empresa, la mayoría de las veces no debe considerarse una derrota. Especialmente, porque con el transcurrir del tiempo, tarde o temprano, descubrimos con regocijo que fue preferible no haber ganado o haber obtenido una victoria que nada realmente beneficioso, de forma extraordinaria,  hubiera aportado a nuestra causa o vida.

Nuestra existencia transcurre en un ir y venir de acontecimientos de diferente magnitud y resultados, pero en todos los casos, por razones conocidas o no, son  consecuencia de nuestra propia actuación. Su condición es causal no casual. Sólo son derrotados quienes admiten los eventos o circunstancias adversas como derrotas. De hecho, situaciones que eventualmente parecieran derrotas, luego aceptamos que fueron preferibles. Es que, para nuestro bien, no nos está dado conocer el porvenir, y por tanto, conviene aceptar que más allá de nuestra diligencia, esfuerzo, dedicación y fe, no tenemos elementos para prever en el futuro  lo mejor o peor de cada evento. Debe bastarnos para sentirnos bien, la seguridad de haber actuado en cada caso, conforme se esperaba de nosotros.

Si aceptamos que perder una batalla significa una derrota, entonces nunca obtendremos la victoria. Por el contrario, si no aceptamos la derrota como posibilidad en nuestra vida, hasta en el evento más desventurado encontraremos algo nuevo que aprender, que nos reconforte y aliente y se convierta en acicate para seguir adelante. Fue luego de muchas equivocaciones, desvelos y frustraciones, que pudieran haberse considerado derrotas pero no aceptadas como tales, que los grandes descubrimientos, inventos y logros realmente extraordinarios, pudieron convertirse en victorias para la humanidad.

Desde antes de ser concebidos, nuestra herencia genética es de triunfadores; el espermatozoide que fecunda el óvulo que nos da vida, lucha con millones para lograr su  objetivo y… triunfa. Luego, durante toda nuestra vida, alcanzar el éxito en los propósitos importantes y trascendentes, exige un recorrido largo y accidentado, porque  excepcionalmente,  en el inicio del camino encontramos el final deseado.

Con toda razón H. W. Arnold, sentenció: “La peor derrota de una persona es cuando pierde su entusiasmo”. Coincido plenamente con este criterio; no obstante, para quienes creen en la derrota en sus luchas, creo que lo único que pueden hacer por disminuir  ese doloroso sentimiento, es recordar que deben asumirla con dignidad, cual es como decir, aceptar que son las actuaciones negativas o inapropiadas, desinteligencias, imprevisiones o falta de diligencia, lo que produce los resultados negativos; porque nosotros, como seres humanos inteligentes fuimos diseñados para el éxito pero nunca para el fracaso.

UN PRESENTE…

Un presente,  un obsequio… es un acto humano inmerso en un mundo de real… irrealidad. Es el triunfo del dar frente al recibir, del altruísmo frente al egoísmo, del ego frente a la bondad. Es que cuando regalamos algo con amor, de alguna manera y en una dimensión que no es física, regalamos un poco de… nosotros mismos. Si pudiéramos dimensionarlo, el obsequio tendrìa apenas un uno por ciento de sustancia física, pero un noventa y nueve por ciento de espiritualidad y… magia.

Especialmente en navidad, el regalo es la representación de la alegría, la generosidad, del reconocimiento, del agradecimiento por existir y permitirnos sentirnos… tan cerca. Es una manera de decir aquí estoy… como soy… con mi personalidad… con mi fuerza… con mi existencia… con mi corazón… con mi alma que  sufre porque no puede expresarse… físicamente. En esta época del año, el regalo es una especie de confesión  íntima de que la dimensión de nuestro amor es tan grande, que las palabras, los gestos y las miradas se quedan cortas y requerimos algo con que auxiliarnos.

Por eso, los regalos màs hermosos, los màs sentidos, los màs expresivos; son aquellos sencillos, inmersos en ese mundo nebuloso pero presente de nuestra personalidad ìntima, que ni siquiera nosotros mismos logramos determinar… suficientemente. En la familia, el regalo no es un acto condicionado u obligado, sino un medio de comunicación espontánea de un gran significado gràfico,  por encima de la de todos los días.

Ese acto maravilloso de desprendimiento, fabricante de ilusiones, ratificador de sueños y paridor de emociones, nos dice que no somos una sombra o un accidente del camino, sino un ser humano amado, considerado, recordado y… siempre presente en la vida de nuestros seres amados.

El regalo, por ser una manifestación espiritual y mágica, tiene mil formas de expresión y ninguna puede tener màs valor que otra, porque el amor, el sentimiento, la solidaridad, la ternura y el compartir emociones,  son acciones físico-espirituales, simplemente imposibles de valorar, más allà del extraordinario e ilimitado deleite de… amar.

Sin duda alguna, es màs significativo el barquito de papel que el niño pobre regala a su madre con la palabra te amo, que cualquier obsequio ostentoso, que sólo representa la capacidad económica para adquirirlo. Sin embargo, en algunos casos, también son regalos maravillosos la palabra amiga sincera y desprejuiciada; el apretón de manos al mendigo; el abrazo entusiasta y tierno al convaleciente o pesaroso.

Hoy, en este día de navidad que tanto representa para la humanidad, en medio de regalos, al son de villancicos y luces de colores, lejos de mi lar y mis raíces, doy gracias a Dios por haberme dado los regalos más hermosos: mi familia, mi bella familia, y mi capacidad de disfrute, siempre permanente  y activo, de… dar.


Hoy, como padre más que como consejero familiar, me he sentido triste al leer un comentario de una de mis lectoras muy jóvenes, quien se quejaba de su supuesta enfermedad de depresión permanente –para lo cual está siendo medicada- al punto de confesarme que lo único que la apegaba a la vida, era el dolor que sabía produciría a su familia en caso de perderla. Tal injustificada situación me hizo reflexionar sobre el hecho de que, en la mayoría de los casos, los humanos producimos muchas de nuestras enfermedades físicas y creamos las condiciones para desestabilizar nuestra psique. Opino que la raíz de esa desacertada circunstancia vivencial, reside en el hecho de que pensamos y nos preocupamos más de lo que carecemos y/o pudiéramos llegar a tener, que de lo que realmente disponemos a nuestro alcance. En este mismo sentido, nos preocupamos más por el objetivo final de nuestras metas, que por vivir el camino que recorremos para lograrlas. En el primer caso, descuidamos contar las múltiples bendiciones que recibimos de Dios todos los días, como el mantenernos vivos, cuando tantas personas menores, de igual o mayor edad, mueren todos los días de diferentes maneras. Unicamente el disponer de juventud –como el caso de la joven que refiero- que es el mayor tesoro de un ser humano racional, es sin duda, una de las más ricas bendiciones. Igualmente, poseer todo nuestro cuerpo, cuando hay tantas personas que carecen de uno o más miembros; poder utilizar nuestros sentidos, que nos permiten disfrutar de la belleza; oír la música y la palabra amor; degustar los múltiples manjares de nuestra dieta diaria; oler el maravilloso perfume de las flores; y sentir el toque mágico en la piel del ser amado, no podemos llamarlo más que bendiciones. Pero, en un mundo donde cada quince segundos muere un niño de hambre; y un mil trescientos millones de personas viven bajo pobreza crítica, lo cual implica no tener trabajo, ni casa, ni educación, ni bienes de ningún género, y escasamente el alimento mínimo para no morir de inanición, tales datos que no nos afectan personalmente, no pueden más que hacernos sentir privilegiados. Entre otras cosas, porque nosotros tenemos –al menos en la medida conveniente- casi todas las cosas de que ellos carecen, especialmente alimentos, cuales algunas veces rechazamos por el temor a engordar, en las mismas cantidades con las que ellos, si los tuviesen, sobrevivirían. Pues bien, todas esas bendiciones son las que debemos contar todos los días, porque en la medida en que lo procesemos, estaremos en capacidad de disfrutar mejor de nuestra vida cotidiana; pero también porque ese sentimiento de satisfacción inmediata, hace disminuir la importancia de las pocas cosas de las cuales carecemos, ubicándolas en su justo sitio. En el segundo caso, si en vez de dedicar todo nuestro esfuerzo, intelecto, dedicación y a veces hasta el sacrificio del afecto de quienes amamos, por lograr el objetivo final de nuestras metas, disfrutáramos del camino de lograrlo viviendo cada paso y cada estación; amando lo que hacemos y edificando a quienes con nosotros colaboran y nos hacen compañía; regocijándonos en cada momento y evento como si fuera el último, pero con la esperanza de que tendremos muchos mejores; dejando sobre el camino nuestra huella de diligencia, afecto, reconocimiento, gratitud, solidaridad y plenitud, seguramente al llegar a la meta estaríamos mucho más frescos, pletóricos de optimismo y llenos de vida, para disfrutar plenamente de esos ambicionados logros. Es que si descuidamos disfrutar el recorrido del camino, que es largo, lleno de actividad y oportunidad de dar y recibir, lo perderíamos; y, pudiera ser que luego, cuando lleguemos al final, si el resultado fuere como lo ambicionáramos, el tiempo para regocijarse pudiere resultar muy corto… y eso nunca nos lo perdonaríamos.

LA JUSTICIA ES UNA VOLUNTAD, NO UN HECHO FÁCTICO.

Para responder a un lector interesado y despejar su interrogante, opino que no es cierto que nuestra existencia física, como condición fáctica, de alguna manera pueda ser justa o injusta. En verdad, nuestra vida y la justicia, más allá de conceptos escolásticos o academicistas, son circunstancias de entidad y magnitud conforme a la personalidad e ideología de cada persona en particular.

Vivir es existir físicamente, es decir, no estar muerto. La definición clásica de justicia de que es   “…la voluntad de dar a cada quien lo que corresponde… en su justa medida.”, la sitúa en el plano de lo volitivo; un concepto que no es material ni tiene existencia física.

La vida como condición existencial no tiene nada que ver con la justicia, sino que, lo que pudiera afectarnos tiene mucho que ver como interpretemos nuestra vida, y muy especialmente, como actuemos y percibamos la actuación de nuestros hermanos humanos, hacia nosotros.

Independientemente de que existen reglas naturales, que aunque no están escritas como derecho objetivo siempre se cumplen, como aquella de actuar en la misma forma que esperamos actúen con nosotros; en una sociedad organizada de alguna manera convergen junto con las normas que rigen el comportamiento social, para constituirse en guía de nuestra actuación individual, de donde pudiera derivar lo que consideremos justo o injusto, respecto de las situaciones que nos afecten.

Así, si dispongo de mi libre albedrío, y a voluntad de mi estado de ánimo, cuales son los dos elementos que rigen mi circunstancia vivencial ¿De qué manera la vida podría serme justa o injusta? ¿No soy yo acaso, en mi ser interior, quien decide que cosa es o puede ser buena o mala, agradable o desagradable, justa o injusta? ¿No es acaso mi conciencia la balanza que pesa lo conveniente o inconveniente de mis actuaciones? Porque, para yo juzgar la actuación de alguien, requeriría poder entrar y ver en su alma, ya que sus actuaciones responden a sus motivaciones íntimas, cuales no me está dado conocer.

Entonces, debo concluir que la vida no es ni justa ni injusta, sino que somos nosotros, con nuestra percepción personal del significado y alcance de cada una de nuestras actuaciones, quienes podemos calificar nuestra vida respecto de cómo la afecta la justicia; pero no como regla o concepto general y abstracto que pudiera justificar situaciones adversas, sino con relación a nuestra actuación personal y conforme a la escala de nuestros propios y personalísimos valores.

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